¿Me concede este baile, señorita?

Los satélites TanDEM-X y TerraSAR-X durante su vuelo. Créditos: DLR.14 de octubre de 2010. Fue entonces cuando por fin empezó a acercarse a mí. Llevaba un tiempo observándolo, llena de preguntas. El vacío está helado. ¿Se imaginan estar allá arriba, sola, en silencio, sin nadie con quien hablar, sin un triste compañero con quien compartir las alegrías y las penas?

¿Se imaginan mi sorpresa, después de estar tres años sola, cuando vi que él llegaba hasta donde estaba yo y empezaba a mirarme? Al principio me asusté. Han sido cinco meses de mirarnos en la distancia. Sin más…

Así que cuando empezó a acercarse se me recalentaron todos los circuitos (es una metáfora, claro). Porque, generalmente, estamos solos. Hay muchos como nosotros. Muchas almas perdidas orbitando la Tierra que, con el tiempo, cuando ya no son útiles, van acercándose a la atmósfera y la atraviesan hasta desintegrarse o, con suerte, caer al mar. Continuar leyendo “¿Me concede este baile, señorita?”

Caer al mar… Dejar atrás el silencio…

Ahora ya no estoy sola. Me llamo TerraSAR-X, soy alemana y me encanta la fotografía. De hecho, me dedico a ello profesionalmente. Mi pareja, mi media naranja, quien ha completado mi vida de satélite, se llama TanDEM-X.

Cuando inició su acercamiento cualquier paso en falso habría dado al traste con nuestras ilusiones… Pero todo salió bien. “¿Me concede este baile, Señorita?, me dijo”.

Aunque el vacío sigue siendo frío y el silencio impera, ahora mismo todo es diferente. Ahora mismo miramos hacia abajo y fotografiamos juntos la Tierra para hacer un mapa tridimensional de lo más completo. Ser un satélite no significa que no tengamos nuestro corazoncito. Y es la primera vez en la historia de la tecnología que dos satélites bailan tan cerca.

Y, aunque el riesgo de choque sea un temor callado, él y yo no paramos de sonreír.

Publicado en octubre de 2010 en el blog CretivaCanaria, inspirado en la noticia del diario ABC “Dos satélites alemanes vuelan casi pegados en una arriesgada maniobra”, por J. de J./Madrid.

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La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana la hice yo cuando tenía unos 12 años. Es una figurita de unos diez centímetros, en posición de buda sentado, las manos sobre las rodillas. Siempre me ha inspirado mucha paz. Me sorprendió que, después de tantos años, mi madre la guardara. Cuando me mudé aquí me la traje y, desde entonces, ha estado ahí. A medida que se acerca el día D, la miro más, como buscando una respuesta en su postura, como si esa sensación de paz pudiera ayudarme de alguna manera a superar este trance…

Hoy he vuelto a dormirme sobre el teclado. Sabía que tendría que despertarme antes para estar preparada porque se avecinaba el día D. Ya tengo todas mis cosas metidas en cajas… los chismes de la cocina, las cosas de menaje, la ropa, los libros… No ha sido mucho tiempo, casi 7 años, pero el suficiente para ver cómo he hecho míos un montón de sueños que no eran míos, los he puesto en marcha, me la he jugado y me he pegado la torta de mi vida… hasta ahora, claro. Es posible que, tal y como están las cosas, me pegue muchas más. Siempre he pensado que soy una persona optimista, que tras esta locura todo volverá a su sitio en algún momento…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana, de un marrón rojizo, ha visto ya muchas lunas y muchas aguas. Los cambios de estación la han ajado un poco, pero ahí sigue. Cuando él se marchó también estaba. Y me pasé horas mirándola, también entonces, pensando que habría alguna respuesta detrás de todo aquel embrollo.

Continuar leyendo “La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana…”

Cuando se me acababan los ahorros de toda una vida trabajando, cotizando desde los 16 años, cuando se me acabó la prestación por desempleo, cuando me di cuenta de que a mi edad las cosas se ponían cada vez más difíciles… En todos esos momentos  solo podía pensar en una cosa: quién coño me manda a mí a comprarme un piso. Me dejé llevar… pensando que muy mal se nos tendrían que dar las cosas para no poder pagar la hipoteca. Luego llegó la separación. Asumir sola los gastos. El paro. La crisis…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana nunca se ha quebrado. Al contrario que yo. Cuando perdí mi trabajo (como si un trabajo se pudiera “perder”…)… Cuando me despidieron rescindiendo mi contrato en la empresa en la que trabajaba (mejor así) salí de allí pensando que ya encontraría alternativas. Y me puse a ello.

Al quedarme dormida sobre el teclado he soñado que la figura de barro deshacía su postura de buda sentado, se levantaba y empezaba a caminar por toda la casa, intentando encender alguna de las luces que no funcionan porque me la han cortado… Y al despertarme me he dado cuenta de que, efectivamente, acababan de cortarme la luz. Al principio pensé que era un corte general… Pero no. Bueno, total, una cosa menos. Aún puedo darme una ducha antes de salir para siempre de la que ha sido mi casa.

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana es un ente vacuo, sin padres, ni hermanos, ni necesidades, sin tiempo ni dolor…

No tengo padres a los que regresar. No tengo hermanos a los que acudir. Tengo amigos que me echarán un cable unas semanas, tal vez unos meses, pero luego, el vacío… Sigo mandando currículums y yendo a entrevistas. Mientras, recuerdo al conjunto de personas que suele acudir a los comedores de Cáritas. Los veo pasar por mi calle. Algunos de ellos son alcohólicos y permanecen en el exterior del comedor, discutiendo vehementemente sobre cualquier cosa. Están muy deteriorados. De pequeña siempre pensaba que la vida podría llevarme por esos derroteros. Pensaba que podía caer en las garras de alguna adicción, o que podría tener que prostituirme por necesidad… Siempre he pensado que era una posibilidad. No lo descarto.

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana está empezando a caerme mal. Ahí, perfecta, tranquila, sin sueños… ¡Me están dando unas ganas de tirarla!

Me levanto, cojo la figura y la estrello contra el suelo justo en el momento en que la policía toca a mi puerta. Ya se cierra el círculo. Al menos este. Solo soy uno más de los 500 desahucios diarios que hay en este bendito país…

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Un extraño

La superficie árida de aquel lugar del planeta permanecía inamovible, silenciosa, casi absurda. No era normal por aquellos lares. Allí, en su pequeño círculo, debían estar en constante movimiento, simulando vida, simulando actividad. Un viento rojizo empeñado en dar sentido a las tormentas de polvo quiso restablecer la situación. Quería llevarse lo que podrían ser pensamientos, transmisiones eléctricas que flotaban en un espacio irreal y olvidado. Información.  ¿Tal vez una débil señal? Una oportunidad, quizás, de seguir comunicándose, de estar…

¿Qué son seis años en la vida de un planeta? Eso no es nada… solo un paréntesis en el conocimiento. Pero un conocimiento tan valioso… La fría batalla de Troya pudo con él. Una batalla contra la quietud y el invierno.

El viento quiso que aquel extraño volviera a recorrer su pequeño espacio, que con esa delicada lentitud se moviera haciendo lo que fuera que solía hacer. Pero quería que se moviera. Uno de sus brazos pareció reaccionar… pero nada. Sólo era el viento. Aquel suelo árido permanecía ausente, soñando. Tal vez bajo su superficie hubiese algo esperando. Tal vez fuera una simple bacteria. Tal vez nada. Pero ahora tendrían que esperar. Porque la Spirit permanecía en silencio. A su alrededor, Marte.

 

Publicado en noviembre de 2011 en el blog de CreativaCanaria.com

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Se me han roto las alas

Luisa Rojo Gayán. Exposición de Fotografía “Alas rotas”. http://www.luisa-rojo.com/fotografia/exposiciones/alas-rotas.html

Estaba yo con la cabeza en otra parte.

Sí.

Literalmente.

Me la desencajé por la base del cráneo y me la fui dejando por ahí… es que soy muy despistada. Me la dejé en la frutería, al lado de los melones, y no quedaba mal, incluso hacía juego (salvo por el color, claro… y porque los melones no tienen ojos). Me la dejé también en un probador de ropa y esa vez tardé más en recordar dónde me había dejado a mí misma. En realidad no sabía muy bien quién dejaba olvidado a quién. Creo que por momentos era la cabeza la que perdía al cuerpo. Aunque no me preocupaba mucho. Era como si durante algunos segundos nada importase. Imagínense: olvidar la cabeza. Perderla y no recordar dónde la has dejado… y que no te importe lo más mínimo. A veces la tenemos tan cargada de cosas que es más cómodo desmontarla y deshacerse temporalmente de ella. Otras veces basta con conectarla a alguna fuente de vaciado, como puede ser una tele o algún juego chorra de internet. ¡Uy, internet! Eso mejor no, que llena mucho y a veces hasta hace pensar. La tele no. Para encontrar algo que merezca la pena hay que buscar mucho… En fin, es como todo. Yo ahora mismo no sé ni cómo estoy escribiendo. Tengo la cabeza en otra parte. Tal vez en la cocina mirando la nevera vacía y valorando dónde quedarían mejor los huevos (esos morenos que tienen impresa en rojo la fecha de caducidad). O en la ventana viendo la lluvia mientras cae la tarde, chocando sobre el cristal y formando diminutos riachuelos que resbalan hasta caer sobre el alféizar. O en el parque respirando la humedad de la tierra, sintiendo cómo se me moja el pelo y se me pega a la cara… O en aquel balcón cálido parecido a un invernadero, junto a mi orquídea preferida, viendo en tiempo real cómo se abren sus magníficas flores… mientras detrás el sol tiñe de naranjas el juego de nubes que flotan sobre el mar… Continuar leyendo “Se me han roto las alas”

Mi cabeza no está. Se ha enfadado. Y creo que se ha enfadado conmigo. Ay, qué difícil es lidiar con alguien tan cabezota… Lleva días ignorándome. Cada vez que intento que vuelva se da la vuelta y se enfurruña… Yo le digo que no he podido evitarlo, que tenía que elegir. Ella no entiende que en la vida, como decía mi querida Cleopatra, hay unas pocas opciones: hacer lo que debes, hacer lo que quieres… o no hacer nada.

A mí me ha tocado hacer lo que debo. Lo he hecho en contra de mí misma. He tenido que elegir entre mi miedo y mis alas. Y mi cabeza no me lo ha perdonado. Menudo fastidio… Ahora que he hecho lo que debía mi cabeza ha decidido no hacer nada hasta que elija lo que de verdad quiero hacer y lo haga. ¡Esa maldita cabeza llena de pelos! Mira que me está dando quebraderos de cabeza… ¡En realidad me importa un bledo que se quede por ahí! Lo prefiero. Esta cabeza no sigue la corriente, no encaja en este mundo… ¿No entiendes que las alas ya no servían para volar? Solo me daban problemas. ¿Saben lo que cuesta el mantenimiento de unas buenas alas? ¿Unas alas bien cuidadas y preparadas? Es un esfuerzo muy grande para los tiempos que corren. Y ya no era fácil.

… por eso se me han roto las alas…

¿Creen que hice mal?

Ay, mi cabeza… Es posible que si voy a aquel jardín me la encuentre oliendo alguna flor chuchurrida. Yo le diré “eso no huele a nada”. Y ella me responderá “porque tú lo digas, idiota”. Me mirará, de nuevo enfurruñada, y elegirá un trozo de hierba verde desde el cual me ignorará con el entrecejo marcado (si pudiera, se cruzaría de brazos y me daría una patada en la espinilla). Mientras, yo seguiré esperando que se vuelva. En algún momento, se volverá a mirarme. Yo, descabezada, seguiré ahí, esperando.  Y cuando vea que su ceño se relaja un poco (porque en el fondo le doy pena) me daré la vuelta para enseñarle mis alas. “Las mandé arreglar”, le diré. Y ella sonreirá primero. Luego soltará una lágrima. Volverá conmigo mientras acaricio una de mis alas heridas.

Voy a curarme despacio. Me va a costar no estar todo el día discutiendo con ella, con mi cabeza. Sé que volverá a quedarse por ahí, en la barra de alguna cafetería junto a los restos de un colacao, o en un andén de metro tirada en un rincón. Es que soy muy despistada. Pero aunque a veces discutamos, aunque alguna que otra vez incluso nos odiemos, tengo que reconocer que tiene razón. Prefiero hacer lo que quiero. Prefiero tener miedo durante un tiempo que toda la vida. Y, llegados a un extremo, prefiero no hacer nada durante un tiempo para que me dé tiempo a pensar (valga la redundancia). Y luego hacer las cosas bien. Lo que quiero, no lo que debo. Así conservaré mis alas. Que ha costado mucho llegar hasta aquí para que ahora me las corten.

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El roce en tu mejilla

 

Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)
Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)

Dicen los que cuentan cuentos que, a veces, los sueños dominan la realidad y nos abren puertas hacia secretos deseos que desconocíamos.

Las conexiones neuronales de nuestros cerebros (ese cuyos perjúmenes nos sulibellan cuando quieren), nuestras percepciones (engañosas las más de las veces), lo que olemos, tocamos y saboreamos, se mezcla en extrañas vías paralelas y nos arrastra hacia caminos inextricables. Entramos en bosques de acero como quien entra a un jardín de acacias, paseamos por valles de fuego como si las llamas fueran de caramelo, jugamos con la luz como si pudiésemos asirla, el puntillismo se convierte en una colección de galaxias o el roce de la lana, de repente, nos hace cosquillas en el paladar…

Son sueños de plastilina, de madera viva, de hierro con sabor a menta… son sueños de dibujos animados, sueños en blando y negro, sueños sin forma amarilla o sueños que cantan alegres réquiems. Son sueños de azúcar glasé que brota de tallos verdes, campañas de políticos afónicos, tacones planos envueltos en nubes, una película hecha sólo de créditos, una canción de una sola nota que, sin embargo, no suena. Sueños con personalidad propia e impropia. Sueños emergentes, divergentes o detergentes.  Esos sueños pueden ser tan reales que, a veces, nos despertamos llorando. Continuar leyendo “El roce en tu mejilla”

Nos despertamos. Creemos que nos despertamos. Y ya nunca nada vuelve a ser igual. Esa fracción de tiempo que flota en el aire, ese margen de tiempo en el que todo es tan firme como el agua, ese entorno asfixiante de liberación infinita que, hasta hace un momento, era nuestra única realidad, ese abismo en nuestro espacio, esa miseria del alma enrarecida… eso es el roce en tu mejilla.

Ayer estabas en mis sueños. Eras tan real que me enamoré de ti. Vivimos una vida juntos. Recuerdo vagamente el momento en que te conocí, los hijos (3 o 7) que tuvimos juntos, el día de nuestro compromiso ante un millón de estorninos, la primera vez que te dije “te quiero”, el accidente en aquella carrera de caracoles del que nos salvamos por los pelos, nuestro primer hogar, dulce; aquella pelea en la que me tiraste un pan bimbo y nos reímos de Punset, el primer camión de bombonas de butano de juguete que tuvo nuestra hija, el césped brillante sobre el que te sentabas a leer, la sensación de amor salvaje que me invadía al mirarte sentado fuera, mientras yo tomaba un té en la cocina (¿o era el dormitorio… o el salón?).

Recuerdo cómo me mirabas mientras tú creías que dormía, el miedo cuando ellos crecían, tu mano de huellas en la mía, las discusiones por el gato/perro/ornitorrinco que brincaba en la terraza (¿o era un jardín?). Los besos eternos, eternos, eternos, eternos… También recuerdo cada marca de tu cuerpo, blanco, mío, suave, delicado, firme… Cada pliegue de tu piel envejecida por el tiempo. Y seguí amándote a través de las arrugas y te seguí mirando y me seguiste mirando y el ornitorrinco/gato/perro seguía allí enredado en nuestros pies de zapatillas y periódico y libros no digitales.

Recuerdo las carreras para llegar a la facultad de pizzas, los nervios de un examen que no recuerdo de qué era, tus palabras sin sentido que cobraban vida y echaban a andar sobre aquel terraplén de grava, cuando no echaban a correr hacia el alfeizar de la ventana desde la que te asomabas a no despedirme porque nunca me iba…

Recuerdo lo guapísimo que estabas cuando ya no te fijabas en mi pelo, y lo lejos que quedaban tus manos cuando la casa de cinco teras empezó a desmoronarse… y lo cerca que estaban tus labios del espejo cuando te viste por fin y llegaste corriendo con aquel libro debajo del brazo y me dijiste que ya lo entendías todo, que ahora podrías empezar a fabricar cristales de azúcar moreno…

Cuando todo parecía ser un bucle perfecto en el que oía coches frenando, barcos en el puerto, cielos cargados de cigüeñas que ya nunca se van, flores rojas que nunca se secan, Esperanza Spalding (¿estaba en el despertador?) susurrándome “Little fly” de William Blake, tú diciendo que los mosquitos eran para el verano, niños armando un escándalo horroroso, el sol haciéndome cosquillas en la playa a la que nunca voy, el sudor de alguien que no sé quién es… cuando todo parecía ser algo tangible, entonces desperté.

En ese puente entre la actividad neuronal del no yo y mi personificación más allá del holograma… en ese momento en el que aún no sabemos si somos o no somos… en ese salto al vacío, juro, prometo, que eras tan real que me enamoré de ti. Y me atrevo a apostar algo… sentí el roce de tu mejilla.

Y es todo lo que me queda.

 

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El Asesino

ATENCIÓN: Este es un cuento de muy mal gusto (no quiero con ello decir que lo haya escrito nadie llamado Muy Mal Gusto, sino que realmente se trata de un cuento de mal gusto, así que si creen que su sensibilidad puede verse herida, no sigan leyendo).

Érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un asesino en serie que quiso dejar su meteórica carrera. Era este un asesino sádico, despiadado, metódico y sin complejos. Al contrario de lo que pretenden vendernos en las películas, este asesino no quería entrar en lid con ningún poli chulo, ni pretendía salir en los periódicos, ni tener ningún tipo de protagonismo. Era un asesino de los de verdad, dedicado a su “trabajo”. No aceptaba encargos (a alguno que había intentado hacérselos le había dado finiquito) ni mantenía contacto con nadie del “gremio”. Se dedicaba a lo suyo y nada más. Continuar leyendo “El Asesino”

Durante una época tuvo que fingir una vida normal para no despertar sospechas. Eso sí que era un fastidio. Llegaba a casa e intentaba convivir con su familia y, aunque “viajaba” bastante, nadie le hacía preguntas porque todo estaba planificado y justificado a la perfección. Lo intentó durante unos años, pero le costaba mucho disimular cariño… la verdad es que se le daba fatal. Estaba todo el día generando traumas por falta de afecto. Y eso le molestaba…  Le gustaba hacer las cosas bien y era totalmente consciente de su falta de capacidad para amar. Lo único que le gustaba era matar. Al final se cansó de estar fingiendo y eliminó a toda su familia. Fue un lamentable accidente. Volvió a una vida solitaria. Y nunca nadie sospechó nada.

Al principio, como en todo, mataba de uno en uno. Pero la última vez había matado a veinte personas de una atacada. Pensaba que era mucho más práctico, y que ya que se ponía a trabajar, podía intentar repetirlo en los entornos adecuados. Sus técnicas eran también muy variadas, no le hacía ascos a ningún arma, a ninguna técnica, a ninguna víctima. En realidad no se ajustaba a ningún perfil de asesino en serie. Siempre le pareció una gilipollez eso de andar eligiendo pelirrojas, o jóvenes imberbes, o mujeres que te recuerdan a tu madre… No. Este asesino mataba lo que pillaba. Tampoco es que fuera así, al tun tún, pero vamos, que lo mismo daba un anciano, que una joven, que un caballero, que un niño… Era un asesino asquerosamente  democrático.

Sin embargo, un día, sentado frente al espejo, nuestro asesino en serie empezó a plantearse algunas cosas. Le parecía injusto no poder hacer la declaración de la renta. Porque, claro, no podía dar a conocer sus actividades. Y es que nuestro protagonista aprovechaba los crímenes para robar un poco de aquí y otro poco de allá, básicamente para ir tirando. No era una persona ambiciosa, se conformaba con lo que tuviera la víctima de turno, pero eso de no poder declarar sus ingresos le fastidiaba. Frívolo como el que más, se planteaba esto mientras estudiaba su siguiente asesinato.

Además de esta cuestión pecuniaria, este personaje empezó a plantearse que su papel en la sociedad era necesario. Que sin sus esfuerzos no habría temor, no existiría el miedo… muchas leyendas se alimentaban de asesinos que en algún momento habían sido reales. El hombre del saco, el sacamantecas, Jack el destripador…  Pero él no pretendía destacar. Se limitaba a su día a día. ¿Crímenes sexuales? Por favor, qué vulgaridad… No, no, no. Crímenes sociales. Justificados. Necesarios. Tampoco es eso de ir por ahí asesinando asesinos (como en Dexter)  pero creía estar cumpliendo con una obligación. Si tenía esa capacidad era por algo. La vida le había forjado así. No tuvo una mala infancia. Sus padres eran normales. Estudió. Y antes de graduarse ya había asesinado a unas cuantas personas. Y, al hacerlo, sintió que había nacido para eso. Pensó que muchos antes que él ya lo habían hecho. Y no se equivocaba.

Lo reconoció una vez más: había tenido mucha suerte. Su capacidad para matar, su innegable falta de empatía, sus tendencias criminales… se habían cruzado con aquella magnífica guerra. La guerra. La razón que justifica toda atrocidad.

Nuestro asesino se levantó, se caló la gorra, se miró el uniforme y salió al campo. Le daba igual si eran blancos, negros, asiáticos, judíos o árabes, ateos o cristianos. Él estaba allí por lo que estaba. Porque había encontrado su lugar en el mundo. Y si algún día llegaba el final de esta guerra, le daba igual. Sabía que habría más. Qué gran satisfacción le daba eso (casi tanta como el propio acto de matar). Y también sabía que podía irse cuando quisiera. Matar a todos los que se suponía que eran sus compañeros y desaparecer sin dejar rastro.

Pese a que se planteaba dejarlo algún día (“¿Dejarlo? Esto no es como fumar, amigo”, le había dicho una vez a un soldado mientras charlaban inocentemente)  no encontraba el momento. Se estaba haciendo mayor, sus técnicas se iban refinando, pero su destreza iba disminuyendo. Su carrera era meteórica, sí, pero una vez en la cima, solo quedaba bajar.  Tal vez había llegado la hora. Tal vez, con lo que tenía ahorrado, pudiera dedicarse a otra cosa. Solo tal vez. Y planteándose las opciones que le había ofrecido el destino, descubrió algo: que había muchas formas de matar. Múltiples y variadas maneras de asfixiar a la víctima. Miles de formas de estrujar sus entrañas hasta dejarlas sin nada… Muchísimas maneras de disfrutar mientras dejas al otro sin respiración. Y nuestro asesino en serie, que existió, existe y existirá, decidió cambiar de profesión y hacerse banquero.

NOTA: Lo advertí: si eres banquero, lo siento, es solo ficción.

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La burbuja

Burbujas

Érase una vez que se era, como todo aquello existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino. Pero, ¿cómo se genera una burbuja, ese “glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie”? ¿Y por qué hacen cosquillas? Esta burbuja no sabía si el dióxido de carbono que la componía acabaría formándose o no… En principio una diminuta legión de burbujas se sucedía desde un mismo origen y se elevaba a través del líquido rosado. Parecían hormiguitas, una detrás de otra, rítmicas, sinuosas, ordenadas. De vez en cuando alguna díscola intentaba salir de la línea, pero sólo lograba un desgarbado giro para volver luego a la formación única, la que les llevaba a una superficie a partir de la cual todo era incierto… Así era la breve e intensa vida a presión de una burbuja. Continuar leyendo “La burbuja”

En esta ocasión, nuestra protagonista quiso saber qué se siente al morir en una boca inquieta, en un momento cargado de incógnitas, qué ocurre cuando todo se precipita, emergiendo desde una forma redondeada hasta convertirse… en nada. ¿Qué piensa una burbuja cuando sale al aire?

Cuando Alicia llenó su copa de cava para brindar por el año nuevo estaba triste. No se presentaba fácil. No parecía que nada fuese a mejorar. Había aceptado una postdoc en Hamburgo. Allí hacía frío. Dejaba atrás familia y amigos. No había oportunidades para ella en su país. Puede que, después de todo, Alicia tuviera suerte. Muchos como ella, con formación o sin ella, con mucho esfuerzo a sus espaldas, tenían que engrosar las filas del paro, como tantos otros profesionales de tantos y tantos sectores de su país de ladrillo.

Era un día triste para la Ciencia. Era un día triste para Alicia. Era una era triste para todos menos para la burbuja. Porque cuando Alicia alzó su copa y esbozó un amago de sonrisa, cuando acercó la copa alargada a sus labios, cuando esa burbuja medio loca se precipitó en su paladar y le hizo cosquillas, Alicia sonrió de verdad. Sonrió y sintió que llevaría el frío con calma. Que se aliaría con los copos de nieve. Que regresaría a visitar a los suyos. Que ellos estarían siempre ahí. Porque érase una vez que se era, como todo aquello que existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino, tan incierto como el de la propia Alicia.

 

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El piano

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas. El piano recordaba tantas cosas que ordenarlas era demasiado complicado… sólo podía asociar los recuerdos con melodías. Entonces sí podía darles sentido y uniformidad. Cómo olvidar al joven pianista que había llorado sobre sus teclas tocando a Bach después de que su amor lo abandonara… Cómo no recordar a la pequeña que aprendía a tocar en secreto, interpretando las canciones de los Beatles que escuchaba en casa de sus padres… Cómo no evocar tiernamente a la cantante de jazz enamorada en secreto del bailarín errante que solo sabía tocar piezas de Hancock… Nuestro piano había recorrido tanto que le costaba conservar sus recuerdos…

La casa en la que vivía era oscura. Antes había cambiado tantas veces de lugar que estar parado ahora no le importaba. Sentía que necesitaba descansar y eso era lo que hacía. Una vez al mes, siempre por la tarde, la chica que vivía en la casa levantaba la tapa, cogía un pincel y un paño, y limpiaba cuidadosamente las teclas. Despacio, para que no sonaran. Continuar leyendo “El piano”

Era un piano Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas, fabricado en la Viena en 1918. El enorme salón en el que estaba era también de un apartamento antiguo, de altos techos y grandes puertas de madera silenciosas. Los gigantescos ventanales, cubiertos con gruesas cortinas, no dejaban pasar la luz.

Hacía ya mucho tiempo que nadie dejaba a la vista su bastidor, oculto tras la brillante tapa lacada que tenía algún que otro rasguño, al igual que la tapa de las teclas.

Había vivido una guerra mundial, había pasado por varias restauraciones y tenía un problema en la caja de resonancia que hacía que sonase siempre algo desafinado. Por eso lo tocaban poco. De hecho él creía que su vida útil había terminado y solo servía de adorno… fabricado con las mejores maderas, su prestigio le había precedido durante todos estos años…

Una noche sonó el timbre y la joven abrió la puerta, recibiendo en voz baja a alguien. Lo acompañó hasta donde estaba el piano, intercambiaron algunas palabras inaudibles, y la joven lo dejó sólo en el inmenso salón.

Era un hombre mayor, con gabardina, sombrero y maletín. Le sonaba aquel maletín. Si no le fallaba la memoria era un maletín de afinador: afinador de pianos. El hombre se acercó despacio, mirándolo fijamente, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Sus zapatos resonaban sobre el suelo de mármol, dando pasos cortos hasta que se paró… y suspiró. Se sentó en el taburete del pianista, muy despacio, echando hacia atrás su gabardina. Dejó el sombrero sobre el piano y el maletín en el suelo. Luego pasó su mano sobre la tapa. Al encontrar los rasguños se estremeció. No podía ser.

Levantó la tapa despacio. Acarició las teclas. Alguna nota suelta sonó… ya llevaba mucho tiempo sin afinar. Empezó su trabajo. Abrió el maletín y miró sus herramientas. Se levantó del taburete, se dirigió a un lateral y levantó la tapa del bastidor. Miró hacia el arpa… sintió un ahogo súbito que lo dejó sin aliento. Bajó de nuevo la tapa. Y se quedó de pie durante un rato, inmóvil.

Se sacó un pañuelo del bolsillo de la gabardina y se secó el sudor. Volvió a sentarse. Era normal que aquel piano sonase raro. En su caja de resonancia algo dormitaba desde hacía años. Algo que aquel afinador había estado buscando durante mucho tiempo.

Durante su época gloriosa, este piano había necesitado una afinación diaria, justo antes de cada concierto. Y este hombre se había encargado de hacerla. El día en que el piano desapareció el afinador creyó volverse loco. Lo buscó desesperadamente. No pudo encontrarlo y no quería levantar sospechas, así que, tras meses intentando averiguar qué había sido del piano del concertista más prestigioso del momento, cejó en su empeño y se dio por vencido.

El piano y el pianista no se separaban. Y la esposa del pianista no se separaba de su esposo. Y, aunque todo el mundo empezaba a murmurar y él disimulaba todo lo que podía, llegó un momento en que todos se percataron de que el afinador no se separaba de la esposa del pianista… Casi parecían un trío, siempre uno flotando en la estela del otro, en torno al piano que parecía el hilo conductor de una historia silenciosa, sin banda sonora.

Cuando el afinador llegó como cada día a afinar el piano y vio que no estaba, supo que algo muy grave había ocurrido. No sólo el piano había desaparecido, también el pianista y su esposa. El afinador se quedó de pie en mitad del escenario vacío con una diminuta nota de papel en la mano, llorando a oscuras.

Ahora, tantos años después, debía explicarle a la joven dueña del piano que su caja de resonancia no sonaba bien porque tenía algo dentro. Algo que era para él. Algo que nadie había visto. Y ahora que lo había encontrado tenía miedo…

Volvió a levantarse. Abrió de nuevo la tapa, colocó el seguro y acercó su mano al lugar que ocultaba su secreto. Despacio, lo despegó. Lo sacó del piano. Sacó una carta del paquete envuelto en celofán. Y leyó el papel amarillento, conservado milagrosamente.

“15 de agosto de 1939

Querido Gabriel,
Durante años mi esposo y yo hemos querido tener hijos. Como sabes, no poder ser padres ha sido una de nuestras mayores penas, llegando incluso a levantar una fría barrera de indiferencia entre nosotros. Por eso creo que me enamoré de ti, por la falta de cariño que creció en el seno de nuestro matrimonio. Ahora que estoy esperando un hijo, y pese al riesgo que corro de que él descubra el engaño, he decidido darle una oportunidad a nuestra relación.

Sé que esto te destrozará el corazón, mi querido ángel, y que no vas a querer dejar que vuelva con él. Pero créeme: es lo mejor para los dos.

He dejado una nota en tu maletín indicándote dónde puedes encontrar esta carta y otras cosas que he envuelto para ti. El bastidor del piano es el único lugar seguro que se me ha ocurrido, ya que sé que mirarás ahí mañana antes del concierto y que nadie más se atrevería a tocar el piano de Wilhelm.

Perdóname, ángel mío, y olvídame si puedes.
Con amor:
Alice.”

Dos semanas más tarde se declaraba la segunda guerra mundial. Con apenas 25 años Gabriel tuvo que marchar al frente. Ni un solo día dejó de pensar en Alice, en el piano, apurando los días, deseando saber algo de ella. El famoso concertista había desaparecido. Pasó la guerra. Intentó reiniciar una vida normal. Persiguió todos los Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas de los que tuvo noticia. Hasta hoy, 30 años después…

Gabriel lloraba, sentado en el taburete, en aquel inmenso salón, intentando imaginar a un joven o una joven de esa edad, con las delicadas manos de Alice, tal vez con sus ojos… Cuando la joven que le había recibido entró de nuevo a la habitación con una bandeja de té, Gabriel se secó torpemente las lágrimas y sintió un escalofrío. ¿Sería tal vez ella?

– Le traigo una taza de té, espero que le guste el té… en esta casa no tomamos café.
– Sí, gracias… es usted muy amable –consiguió articular Gabriel-.
– Espero que consiga usted afinar el piano. Lleva mucho tiempo sin ser usado. Mi padre era un conocido concertista… pero yo nunca llegué a oírlo tocar. Falleció antes de que yo naciera, en la guerra.- Decía todo esto mientras colocaba la bandeja en una mesita y servía el té-.
– Sí… el piano…
– Yo no toco el piano, es mi madre, que quiere que esté siempre impecable… Me acostumbré a limpiarlo con esmero, pero nunca llegué a tocar… Mi madre insistió mucho, pero no heredé las virtudes de mi padre…
– ¿Su madre…? –se llevó la taza a la boca, sin beber, intentando disimular- ¿Vive con usted?
– Sí, nunca entra en esta habitación… Y nunca quiso vender el piano, pese a que llegó a pasar por épocas difíciles tras la guerra… Debe ser el único recuerdo que conserva de mi padre…
– Sí… Es probable –se llevó de nuevo la taza a la boca y se dio cuenta de que no había puesto azúcar en el té-.
– Disculpe, olvidé ponerle azúcar –dijo sonriendo- ¿uno o dos azucarillos?
– Tres, por favor… si no le importa…
– No se preocupe, yo también tomo tres… -dijo ella, sonriendo-.
– Entonces… ¿no toca usted el piano?
– No… ¿y usted?
– … Tampoco. ¿Y su madre…?

En ese momento, una hermosa dama, elegante, menuda y de brillante sonrisa, atravesó la puerta del salón del piano.

– Mamá… Es el afinador –dijo sorprendida, levantándose con la taza de té en la mano-.
– Lo sé, Gabrielle…

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas.

Pachelbel Canon in D major

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La nave espacial

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? ¿Pero no dicen que el Espacio y el Tiempo son uno solo? ¿Que se crearon a la vez y son inseparables? Por tanto, si algún día dejase de existir el espacio (ese horrible espacio que nos separa y nos enfrenta), si algún día dejase de existir el espacio… el tiempo también desaparecería, ¿no?…

Es tan difícil imaginar un Universo sin tiempo…. Y aún más complicado imaginar la ausencia de espacio. Pero puesto que nos movemos en el campo misterioso y voluble de los cuentos, dejemos que sea la fantasía la que nos lleve por este inextricable camino.

Continuar leyendo “La nave espacial”

Érase una vez que se era, insisto, sin más (que las elucubraciones nos llevarían mil cuentos o a saber), una nave espacial que quería regresar a su planeta. Navegaba ella sola por el espacio interestelar con todos sus sistemas activados y funcionando correctamente. Tenía un listado de misiones que cumplir, aunque con toda la instrumentación de la que disponía la cosa era relativamente sencilla. Estaba un poco aburrida y el tedio la tenía algo existencial… demasiados libros digitales sobre filosofía de la ciencia y pocos de ciencia ficción.

Para compensar, a veces, nuestra nave veía alguna de esas películas catastróficas del espacio en las que un ser extraño, procedente de otra civilización (alienígena, la llamaban ellos, que es una palabra del inglés que significa “extranjero”, aunque no sabemos explicar muy bien qué es eso de “extranjero”…), alteraba la paz de los que habitaban la nave y todo acababa en destrucción poco menos que estilo zombi (otra versión algo más pringosa de invasiones y muerte por doquier)…

Las veía con una colección de sentimientos encontrados, casi por puro masoquismo, porque la verdad es que no le gustaban nada, pero así al menos veía algo de acción, ya que lo más emocionante en el interior de la nave era contemplar cómo se encendían y apagaban algunos pilotitos de colores de los paneles de control… Luego las pesadillas mezclando las luces de los pilotitos con la extinción alienígena eran de espanto, pero eso también aportaba algo nuevo a su día a día.

Efectivamente, la vida era muy aburrida de tranquila que era. En sus mapas del espacio conocido había una larguísima lista de exoplanetas cuya existencia debía ir confirmando de manera observacional (es decir, tenía que ir echando fotos a los planetas). Esa era una de sus misiones. De paso, si veía alguno nuevo que no estuviera en la lista tenía que anotarlo y catalogarlo: que si planeta enano, que si gaseoso, rocoso, que si solitario o asociado a un sistema con una estrella única o binario, planetita, planetazo, planetilla… Los días pasaban despacio para esta pacífica nave de exploración científica.

Hasta que un día vio algo sorprendente. Un sistema planetario parecido al suyo. En su largo periplo (¡Juas! Siempre había querido usar esa palabra pero encaja en tan pocas realidades… Esta es una de ellas: periplo, periplo, periplo…). Pues eso. En su largo periplo esta singular nave había visto multitud de planetas de todo tipo. Y en este sistema, además, en la zona de habitabilidad, había un planeta muy similar al suyo. Era tan maravilloso descubrir una atmósfera de oxígeno, tan hermoso deleitarse con esa azul atmósfera…

Era tan bonito, tan reconfortante, tan mágico… ¡La nave estaba pletórica! Decidió que se acercaría despacio (no mucho, lo suficiente), que miraría discretamente, que lo analizaría… Soñó tanto en los siguientes días, durante su acercamiento, que empezó a temer que, al despertar, el planeta ya no estuviera allí. ¡Ay! Qué ganas de averiguar si se había desarrollado formas de vida como la que le habían construido, tiempo atrás, en un planeta alejado…

Cuando se estaba acercando pudo observar las tormentas, las superficies sólidas y los mares, la variada geografía, la vegetación, los animales… pero no había señales de vida inteligente. Dio vueltas durante varios de los días de este planeta, esperando recibir algún tipo de señal. Pero nada. ¿Sería quizá lo que había estado buscando durante tanto tiempo?

Había leído pocos libros de ciencia ficción, pero un autor famoso ya hablaba de esta posibilidad: colonizar planetas con seres que viajaban congelados o en probetas. Se acordó de un cuento en el que había una especie de cangrejos bajo el mar que desarrollaban una inteligencia que podía poner en peligro a los colonos… Profundizó en los mares, por si se le escapaba algún detalle. No era cuestión de que los cangrejos esos le chafaran el plan. Aunque esta nave no era “colonizadora”, sólo era una misión de búsqueda…

Fotos y más fotos… Y a enviar la información para esperar instrucciones, pues lo que más deseaba era regresar a su planeta. ¿Cómo puede una nave espacial añorar algo? Pues sí, sentía añoranza. En un momento dado se dio cuenta de que había perdido la cuenta (valga la redundancia) del tiempo que llevaba fuera… es decir, lo tenía todo absolutamente anotado, pero no se había parado a pensar en el significado de este Tiempo…

Esperó una respuesta desde su planeta, con el que no se comunicaba desde… ¿desde cuándo? “Ay, mi madre… qué lío tengo”, pensó la nave. De repente, se vio asaltada por una enorme duda. No podía creer lo que se le acababa de ocurrir. Miró en sus mapas… ¿había dado una enorme vuelta para regresar al mismo punto de partida? No… Porque entonces… ese debía ser… ¡su planeta! ¡Su precioso planeta azul! Pero…

Tras un enorme sofoco decidió aclarar lo antes posible tanta confusión. Miró su reloj, que era el reloj que marcaba su propio tiempo y, por otro lado, analizó la geología del planeta y el estado del propio sistema planetario, analizó la estrella central, y llegó a una posible conclusión: ¿y si en algún momento había saltado a un universo paralelo? ¿Estaba frente a su planeta? Pero… en este no había seres inteligentes. Numerosas especies animales saltaban a sus anchas, depredándose y reproduciéndose. ¿Era su hogar?

Números, más números y datos, órbitas, corrientes interestelares, vientos estelares… recalculando… ¡Ufffffff! Definitivamente, aquel no era su planeta. Había tenido un fallo de cálculo, nada más… Respiró tranquila y reemprendió la marcha. Anotó los datos en la ficha número 162.963.571.298:

Planeta: rocoso

Atmósfera: Oxígeno y Nitrógeno

Nombre: …

Aquí dudó… encendió los sistemas de captación de datos y anotó lo que encontró en las redes de comunicación del planeta:

Nombre: Tierra.

Vida inteligente: No

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? … ¿Ya estamos otra vez? Dejémoslo ahí. Todo sea por la vida inteligente. Aunque la definición de inteligencia aún está por definir del todo… ¿no creen?

Publicado el 10 de julio en el blog de CreativaCanaria.com

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Mit

Mit: Microcebus mittermeieri. Créditos: Mark Thiessen/National Geographic Society. Érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un ratón lémur que tuvo que luchar contra una de las peores plagas: el olvido.

Anciano ya, hemos ido a entrevistar a este preciosísimo animal a su isla, a Madagascar, donde le hemos encontrado, como buen primate (sí, primate), colgando de las ramas. Llegamos al atardecer a la zona donde nos hemos citado con él, en la reserva Sur de Anjanaharibe.

Al parecer los lémures colonizaron la isla hace millones de años haciendo rafting… y el que quiera saber más que lea (qué divertido es esto de picar la curiosidad… aunque ahora nos pica otra cosa, que parece que hay algún piojillo de lémur que se ha escapado fuera de su sitio).

Encontramos a Mit dormitando (aunque como sigan talando árboles vemos a Mit dormitando en lo alto de una lavadora… ayyyy, qué complicado…). Este cuento, querido lector, es más una entrevista que un cuento, así que no esperes mucho romanticismo hoy que la cosa no está muy fina. Y es que con tanto traqueteo internacional, hasta los seres más apartados, como puede ser este espécimen de ratón Lémur, se sienten absorbidos por los movimientos sociales de reivindicación (más si tenemos en cuenta que la situación política de Madagascar no es precisamente estable). Continuar leyendo “Mit”

Volviendo al meollo, Mit nos habla durante la entrevista de muchas cosas. Empieza bostezando (lo que también es muy común en su especie) y protestando porque considera que es justo estar “cansado de ser uno de los animales más pequeños del mundo…”. Afirma que ser un diminuto lémur ratón de Madagascar de lo más nocturno le ha ocasionado muchos quebraderos de cabeza. “Me llaman Mit –afirma-. Todo por una historia rocambolesca… Mis padres fueron famosos por salir en una fotito, una de las primeras (imagino) que se le hizo a alguien de nuestra especie. Bueno, en realidad la que sale en la foto es mi madre, medio dormida, con unas ganas de bostezar horrorosas… cosa de familia (sonríe Mit y bosteza perezosamente). Gracias a esa foto conoció a mi padre, que se enamoró de ella al verla en internet (cerca de mi árbol hay un cibercafé), que la buscó hasta debajo de las piedras –cosa nada fácil teniendo en cuenta que vivimos en los árboles- . Y fueron la pareja más mediática del árbol -se ríe animado-.”

“En realidad me bautizaron así porque es el nombre que le han dado a los de nuestra especie… Me explico: nos encontraron unos señores hace unos años y a los de mi familia nos llamaron como un señor, un tal Mittermeier, que había investigado mucho las especies de nuestra isla. ¡Aquí tenemos el 58% de los animales de todo el mundo! -afirma orgulloso-“.

Mit es del género Microcebus, y hasta el momento se han encontrado unas 20 variedades (¡hay unas cien especies diferentes de lémures!). “Hablamos malgache y solo vivimos en Madagascar… eso es porque nuestra isla se separó de África y, al parecer, llegamos aquí antes que los hombres subidos sobre ramas o plantas (eso que llaman rafting)… no tuvimos habitantes humanos hasta muy tarde. Luego llegaron desde Asia y desde África y la cosa se fastidió un poco, pero bueno… aquí estamos. Somos los primates más chiquititos del mundo mundial, un fastidio para reivindicar tus derechos, pero una ventaja cuando lo que quieres es que te dejen en paz porque, desde un punto de vista alimenticio, lo que es servir, no servimos ni de tapa (Mit se ríe y agita sus diminutos dedos al aire). Mi madre recuerda que Mireia Mayor, su ‘descubridora’ (que ya son egocéntricos los humanos, ¡como si no hubiésemos existido antes!), se emocionó mucho al verla y que, al cogerla, dijo: “Ayyyy, qué deditos más pequeñitos”… pa darle dos yoyas. Bueno. Me parece que voy a seguir durmiendo… ¡Ah! Por cierto… Esto de la entrevista ¿por dónde sale? ¿Por la tele? ¿No? ¿En una página web? Vale… No olvide promocionarnos bien, que no se olviden de nosotros. Me han dicho que hay una misteriosa enfermedad que narran los cuentos, una plaga maldita, un virus inerte y voraz que todo lo arrasa… lo llaman olvido y nadie puede nada contra él. Por eso les concedí esta entrevista. No se trata de modas.
Es que no queremos que nos olviden.”

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un ratón lémur que tuvo que luchar contra una de las peores plagas: el olvido.

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