CuentoFilia Cuentos breves sobre historias cortas…

La estrella y el polvo, un cuento con epílogo *

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La estrella llegaba al final de su vida.

Si las estrellas pudieran sentir, pensar o elaborar cadenas de palabras (en inglés, porque como en toda la ciencia ficción, si hay visita de extraterrestres, hablan en inglés… Pues esta ficción, aunque sin extraterrestres, no va a ser menos)... Como decíamos, ¿qué ideas asaltarían a esta gigante roja que empezaría en breve a perderse para dejar de ser un objeto y pasar a ser miles de ellos?

Las partes empezarían a tomar conciencia, a discurrir, a sentir los efectos de la reciente muerte en sus recientes vidas. Un ciclo salvaje e impertérrito. Hermoso y cruel. Un ciclo cargado de incógnitas y de variables.

Pero volvamos al principio, que nos estamos poniendo muy tremendos...

Nuestra estrella había disfrutado de una larga vida. Es lo que ocurre cuando se tiene una masa relativamente pequeña. Las estrellas con hasta ocho veces la masa del Sol tienen una prolongada y pacífica existencia. Al contrario que sus primas, las estrellas masivas, que tienen una vida corta y explosiva (la vida loca, que se le llama).

Durante la fase de secuencia principal (es decir, su vida normal) la estrella mantiene un estado de equilibrio estable gracias a las dos fuerzas que se contrarrestan: la presión que nace del interior de la estrella, que tiende a expandirla, y la gravedad que tiende a comprimirla. Estos dos procesos hacen que se alcance un equilibrio hidrostático: la estrella parece tener un flujo estable, por lo que deducimos que está en fase de equilibrio (esto le va a durar, pero luego se vuelve una desequilibrada…).

Pensemos en nuestra estrella como en una especie de cebolla compuesta por capas de elementos químicos (como toda la materia que conocemos, tan poquita en el universo, lleno de vacíos y de energías y materias oscuras e invisibles… ¿sabían que la materia que conocemos es sólo un 4 por ciento de todo el universo? Una minucia…).

Nuestra cebolla particular ha pasado su vida consumiendo el hidrógeno del núcleo (su combustible principal) y transformándolo en helio. En ese ejercicio de fusión, el hidrógeno pasa, principalmente, por el proceso de reacción protón-protón… Dos veces. Así como suena: “protón-protón”.

Les explico: es como si hubiera una tremenda fiesta e invitásemos al hidrógeno (hay truco, le hemos quitado un electrón). En principio, debido a que se tienen “yuyu” (es decir, como tienen la misma carga se repelen, como los imanes) los protones no se relacionan nada de nada. Pero imagínense que subimos la temperatura y la densidad, tal y como ocurre en el núcleo de la estrella. Pues los núcleos de los hidrógenos, es decir, los protones, se fusionan de dos en dos hasta quedar bien pegaditos por la fuerza fuerte (que no es lo contrario a la “debilidad débil”, que eso no existe, aunque sí existe la “fuerza débil”, por muy contradictorio que suene… cosas de la física). Pero estas relaciones son muy inestables… menudo carácter tienen. De manera que uno de los protones, molesto, se convierte en neutrón, generando un núcleo de deuterio. Por si fuera poco (y no me preguntéis por qué) esto ocurre dos veces. Por el camino se han cansado y han gastado energía, generando un positrón (esta fiesta tiene cada vez más gente) y un electro-neutrino.

Pero eso no es todo. La locura se apodera del personal y el deuterio choca con un protón. Eso libera un fotón gamma (¿este de dónde ha salido?) y genera un isótopo de helio. Y como fiesta llama a fiesta, otro isótopo de helio se acercará, formando un núcleo de helio con dos protones y dos neutrones (¿en el mismo espacio caben todos?), liberando a dos protones sobrantes (aaahhh, eso decía yo) y soltando una energía que ya la quisieran los radiadores de mi casa…

Menudo fiestón.

Y así millones de años.

Agotador.

Sin embargo… llega un momento fatídico en que se agota el hidrógeno, ese elemento elemental (querido Watson), y todo ha pasado a convertirse en helio. Dicen los libros de ciencia que la estrella llega a una etapa llamada de “envenenamiento por helio”... Imagínense, ese núcleo donde antes todo era jolgorio, ahora es tan solo helio… ¿se le pondrá voz de pito? (Menos cachondeo, ¿eh?). Dado que en el núcleo no queda chicha, la fusión pasará a producirse en una capita más externa de la cebolla donde aún, ahí sí, queda hidrógeno.

¿Qué efectos tiene que la actividad de fusión haya cambiado de capa? Pues que la cebolla, aparentemente, engorda y pierde temperatura, volviéndose más roja.

¡A-JA-JÁ! ¡Por eso se les llama gigantes rojas!

Pues sí, muy bien, premio para la persona humana lectora. Pero todavía no hemos llegado. Tranquilidad…

Ahí sigue nuestra estrella, enfriándose paulatinamente, hasta que llega a un punto en que no puede enfriarse más… y para compensar ese “pelete” que ha empezado a adueñarse de su atmósfera estelar, empieza a hincharse cual globo, convirtiéndose, esta vez sí, en una magnífica, enorme y gigantesca gigante roja (valga la redundancia). La estrella ha multiplicado su tamaño por tropecientosmil. Es el principio del fin, y ha dado comienzo una etapa difícil de unos millones de años de deterioro... El apretado núcleo de la estrella, donde antes no había más que fiestas y fusiones, es ahora un mar de dudas… Los elementos que antes permanecían ocultos salen ahora a la superficie y empiezan a dejarse llevar…

¿Que por qué?

Porque una vez que ha terminado de hincharse en esta primera fase… ay amigos… empieza a quemar el helio de su núcleo. El centro de la cebolla grita “¡Ignición!”, y otra vez a volverse locos. Todo empieza a tambalearse. Ya no es una gigante roja (qué manía con las etiquetas…), porque ahora… está en una fase de “apelotonamiento rojo”. Un momento… -interrumpe airada la estrella-.

- ¿Apelotonamiento rojo? ¿Esto es una broma? O sea, paso por una etapa en la que se me acaban las pilas de hidrógeno, engordo y me enfrío (que no veas la rasca que hace aquí arriba), atravieso uno de los momentos (en millones de años, menos mal) más duros de mi vida… ¿y me llamáis “apelotonamiento rojo”? Venga ya, esto es tener mal gusto y lo demás son pamplinas…

La estrella nos vuelve la espalda (si es que tienen espalda, claro) enfurruñada mientras murmura palabras ininteligibles. Apelotonamiento rojo en efervescencia y helio. Esto es un sinvivir. Un sinvivir que puede durar millones de años. Otra vez. Esta muerte, como la vida, es muy lenta…

Ahí hemos dejado a la estrella, en sus disquisiciones, fusionando el helio en carbono. (¡Anda, otro invitado más!). También hay berilio por ahí (un elemento duro y bastante tóxico, mejor mantenerse alejados). Luego el carbono se transformará en oxígeno, el oxígeno en neón, el neón en magnesio… todo seguirá así mientras haya helio.

Pero ahora es cuando yo me pongo triste, porque contar estas cosas tiene su lado triste, no se crean… Se nos acaba el helio, incluso el de las capas exteriores...

- Y ahora qué- la estrella se ha vuelto hacia nosotros con una cara muy provocadora, claramente irritada.- ¿Ein? Ahora qué, narradora, ¡venga, dinos qué pasa!

Ay, estrella, no me mires así, en jarras, toda enfadada… Pues ¿qué va a pasar? Lo que pasa siempre… te volverás a hinchar, llegarás a una etapa que se conoce como “rama asintótica de las gigantes” (asintótica, no asintontica”), brillarás como nunca has brillado en un canto del cisne impresionante, llegará el dragado, es decir, los elementos de tu interior saldrán al exterior, mostrándonos tus más profundas intimidades, perderás masa y te volverás inestable (con ese humor no me extraña) y, como cebolla marchita, empezarás a librarte de tus capas exteriores…

Sólo tu blanco corazón permanecerá, rodeado de preciosas nubes de polvo y gas que habrás ido soltando en este camino hacia tu bello final.

- Ah -silencio-. Pues vaya… -más silencio-. Pero tú no has venido aquí a contar cómo me muero, ¿no?

Efectivamente. Esto es solo parte de la historia. Yo he venido aquí a hablar de un misterio misterioso. Todo el mundo se fija en la pobre estrella (vale, no me extraña, es un momento muy duro y a nadie le hace gracia convertirse en una enana blanca… por cierto, ¿sabían que, teóricamente, el siguiente paso tras ser enana blanca es convertirse en enana negra? Sin embargo, parece ser que es necesario taaaaaanto tiempo para que esto ocurra, que el universo es tan joven que aún no ha dado tiempo a que ninguna enana blanca se convierta en enana negra… Eso, o son tan negras que aún no las hemos encontrado).

Volviendo al meollo. La estrella, pena, dolor, triste adiós, sí, pero nadie parece darse cuenta del momento vital que están atravesando… las motas de polvo.

¿Cómo que qué motas de polvo? Almas de cántaro, ¿pero no les estamos diciendo que desde el núcleo de la estrella, por diversos efectos, se están expulsando las capas de cebolla de la estrella al exterior? ¿Y en forma de qué se creen que están liberándose? ¡¿De chuleta?! ¡No! (Déjenme calmarme…).

Veamos: la atmósfera de la estrella nunca ha dejado de estar en movimiento. Hemos dicho que nuestra protagonista ha estado hinchándose y lanzando al espacio la materia, haciendo que, al final, perdiese todo su contenido, convirtiéndose en una enana blanca. Como aquí nadie se está quieto, la propia enana blanca emite una radiación que influye en esos elementos que antes formaban las capas y que, ahora, generarán una maravillosa nebulosa planetaria (no va de planetas, es que quien lo descubrió tenía un telescopio muy básico y pensó que había planetas, pero no. En realidad es una muerte estelar, suena feo, pero luego lo arreglo).

Intenten rebobinar… Vayamos justo al momento en que la estrella empieza a hincharse. No se lo van a creer, pero estrellas como nuestra protagonista son verdaderas fábricas de polvo cósmico. Un polvo compuesto por diminutos granos que viajan hacia el medio interestelar y juegan un importante papel en la evolución de los objetos astronómicos, ya sean galaxias o embriones de planetas (sí, apelotonamientos de materia que acabarán formando planetas). Y aquí está el misterio: lo mismo que sabemos casi con total certeza cuál es el proceso que vive una estrella en su núcleo cuando empiezan las fases finales de su vida, desconocemos cómo se forman los granos de polvo y qué les pasa en su viaje.

Los tenemos ahí delante, nos concentramos en lo que le pasa a la estrella, y a esos recién nacidos, ni caso…  Olvidamos que el espacio interestelar está lleno de las cenizas de estrellas fallecidas (no lo estoy arreglando) compuestas por partículas de gas y polvo que, reiniciando un proceso de millones de años, empiezan a interaccionar. El grano de polvo parece ser el mecenas, el anfitrión y el transportador de esas interacciones, además de formar parte de los discos que rodean a las estrellas, generando los componentes básicos de las rocas a partir de las cuales se forman los planetas sólidos.

¿Qué les pasa a los granos de polvo que nacen cuando la estrella empieza a hincharse y a dejar escapar su material? Hay unas cuantas cosas que sí sabemos. No las voy a contar todas, pero, por ejemplo, aunque sabemos que casi todos los elementos se generan en el núcleo de una estrella, también sabemos que hay algunos que no: como contábamos, en el núcleo, cuando el helio empieza a fusionarse, pasa directamente a carbono y oxígeno… ¿Qué pasa con los elementos intermedios, con el berilio, el boro y el litio?

Pues estos elementos no se forman en las estrellas. Cuando son lanzados fuera, los pepinazos de rayos cósmicos (que andan por ahí sueltos a su aire, y no se sabe con certeza cuál es su origen) les alcanzan, desintegrando el carbono, el nitrógeno y el oxígeno y dando lugar al nacimiento de estos elementos.

Interesante, ¿verdad? Pero intuyo que se están liando. O yo me estoy liando. Es que esto del ciclo eterno de la vida es muy cansino. Solo les pido que se queden con una cosita: el polvo primigenio (siempre he querido decir esta palabra tan pomposa, “primigenio”) solo puede formarse en las recónditas y cálidas regiones de estrellas evolucionadas (un eufemismo para decir en el corazón de estrellas viejunas) como la que ha protagonizado nuestra historia, o en las explosiones de sus primas, las estrellas gordotas, que acaban estallando como supernovas.

Nuestro polvo estelar empieza entonces un viaje iniciático que le llevará, primero, a superar una carrera de choques en sus primeras etapas, nada más desprenderse de la estrella; a enfrentarse con los fotones ultravioletas que tienen muy mala UVa (pillen el chiste); a luchar contra las partículas energéticas (rayos cósmicos, rayos gamma, dándolo todo en una lid sin par); a defenderse en la fase de creación de los planetas, donde todos tienden a quedarse pegados; y, finalmente, a no sentirse solo cuando llegue al medio interestelar y flote, aislado, en un semivacío en el que parece (y digo “parece”) que nunca volverá a estar acompañado. De la multitud a la soledad…

¿Se dan cuenta de todo lo que viven estas motitas de polvo? No me extraña que luego, con tanto choque y tanta interacción, acaben surgiendo cosas inauditas como, por ejemplo, la vida.

Conclusión: sí, el trasiego de la estrella es una locura. Mucho trajín en sus últimas etapas. Pero qué me dicen de la vida de una mota de polvo…

Supeditada a las presiones, intentando no sucumbir a los vientos estelares. Una sencilla mota de polvo suspendida en algo muy parecido al vacío. Tras un intenso viaje allí está, en un silencio sórdido que todo lo inunda. Cuántas cosas podría contarnos una mota de polvo…

Mientras, seguimos preguntándonos cuál fue la semilla a partir de la cual nació.

Su origen. Por qué.

Todo es un misterio… todavía.

EPÍLOGO:

No quiero dejarles sin algo más de información (¡como si fuera poca!) sobre el futuro. Sepan que cada vez nuestros instrumentos ven mejor y más lejos. Y que eso que tanto nos inquieta a los astroquímicos (¡Alerta! ¡Palabro! Corrijo:)… a los que estudiamos, entre otras cosas, qué condiciones se dan en las zonas de las estrellas evolucionadas donde se forma el polvo, algún día será otra historia, con otros protagonistas. Mientras tanto, observamos nuestras estrellas, soñamos en nuestros laboratorios y seguimos investigando rodeados, a veces, de polvo no tan cósmico, de recortes y ausencias, de éxitos y pérdidas, en un camino con un único fin. Porque, sean quienes sean nuestros protagonistas, ya sea una estrella o una mota de polvo, nuestro viaje es hacia el conocimiento.

*Una versión adaptada de este cuento participó en el certamen "Inspiraciencia" 2014, en la categoría de relato corto para adultos.

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La caja azul

http://www.ile-aux-nounous.fr

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Era una caja de cartón que no podía contarnos mucho, porque había prometido guardar el secreto de su existencia y de su presencia en el lugar donde empieza este cuento. Y así es como dejamos que la historia se cuente sola…

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Tenía doce años cuando se enfrentó a aquel reto.

Era pequeña, de dientes algo torcidos y pecas mal repartidas. Negros ojos, vivos y grandes, tal vez demasiado grandes. Un pelo rebelde, ni rizado ni lacio, siempre en un intento de recogido en forma de trenza o coleta. Tal delgada que toda la ropa le quedaba grande. Ni asomo de femineidad, lo cual la mantenía en un vilo constante, ya que la preadolescencia no perdona y las hormonas, crueles, hacían de las suyas, pero no de un modo visible.

Berta.
Además se llamaba Berta.
¿Por qué no la habían llamado Laia, como su madre?

Pero… ¿qué tenía de malo aquel nombre? De origen germánico, Berta significaba única, brillante, resplandeciente, ilustre... Sin embargo sus compis del cole no terminaban de entender eso. “Berta, ¡despierta!”, le decían con una colleja los niños al pasar por el pasillo. “Berta la muerta”, o su variante, “Berta huele a muerta”. Ese era el peor. “Berta la puerta”, “Berta nunca acierta”,…

Llegó un momento en que ya no se enfadaba. Les ignoraba. Y un buen día, con diez años, empezó a responder con motes a quienes la insultaban. “¿Ah, sí? Pues si yo soy Berta la muerta, tú eres Rosa la casposa. Y tú Elena la hiena. Y tú Juan el patán. Y tú Andrés, el que le huelen los pies. Y tú Valentín el puercoespín. Y tú…”. Y le dio tal repaso a todos que los niveles de acoso comenzaron a bajar.

Sin embargo seguía siendo la destartalada niña sin amigos, solitaria y rara, que intentaba a toda costa pasar desapercibida, con camisetas anchas para que no se notara la ausencia de pecho, siempre con algún libro bajo el brazo. En esa época le pusieron el aparato dental y las gafas. Una pesadilla. Si ya se sentía poco agraciada eso ya fue el colmo. Así que se enfrentó a esos nuevos tiempos con algo de resignación y valentía.

Porque para Berta salir de casa cada día era eso: un acto de valentía. Su madre había fallecido siendo ella muy pequeña, y vivía sola con su padre. Él era un hombre bueno, de esos que deberían figurar en el diccionario junto a la palabra “bueno”. Ella pensaba que el sentido de la composición “hombre bueno” se estaba deformando. Cuando la gente decía “Es un hombre bueno” o “Es un buen hombre”, parecían ocultar cierto sentido de debilidad, o incluso estupidez. Berta no estaba de acuerdo. Su padre era fuerte y sensible. Inteligente y audaz. Honesto y luchador. Un hombre bueno. Un héroe para ella.

Cuando Berta empezó a sentir los efectos de las hormonas (es decir, se enamoró perdidamente del chico más bestia y tonto de la clase) y su padre vio cómo arrastraba su cuerpo suspirante y lloroso por las esquinas, tuvo una conversación clara y directa con ella:

“Cariño. Lo que te pasa es normal. No estés tan apagada, mi vida… -le dijo sujetando su carita- Estás creciendo, y eso es maravilloso. Tus hormonas te están cambiando y eso puede hacer que estés triste, que te enfades, que te sientas cansada… y que te empiecen a gustar los chicos… o las chicas. Eso ya lo irás descubriendo, no te preocupes. Solo date tiempo. Es posible que en unos meses tengas tu primera menstruación. Eso hará que te sientas rara. Si ocurre, cuéntamelo. Puede que te duela la barriga, la cabeza, te sientas hinchada, quieras tirarme algo a la cabeza…”.

Berta se echó a reír y sus braquets resplandecieron con ella. “¡Por fin!”, dijo Eduardo, satisfecho. “Tú confía en mí. Esto es un equipo, ¿recuerdas?”.

Y Berta dejó de preocuparse en exceso por todo aquel proceso de cambios y empezó a darse cuenta de que el chico que le gustaba era el más bestia y el más tonto de la clase. ¿Cómo podía ser tan tonto siendo su madre la dueña de la librería más grande de toda la provincia? Pero… ¡era tan guapo!

Un día, en el instituto, la profe dijo que harían un concurso de cuentos. Y Berta, sin saber cómo, se propuso a toda costa ganar ese concurso. Se convirtió en una secreta obsesión. Se dijo que tenía que ganar ese premio: la publicación del cuento y un lote de libros a elegir… de la “Librería Bustos”. Precisamente (qué casualidad) la librería de la madre del niño más tonto y más bestia de la clase, cuyo nombre era Asier. Sus padres eran vascos y él era el primogénito. Al parecer Asier significaba eso: el principio. Y ella empezó a fantasear con la idea de ganar el premio e ir a la librería. Se encontraría allí con él y sonreiría… no, eso mejor no (por los braquets).

En fin, que Berta empezó a escribir y a escribir, y a desechar y a desechar, y a elegir un personaje y otro, y a cambiar de idea una y otra vez, hasta que el plazo se fue acercando amenazante y tuvo que decidirse.

Escribiría sobre una mujer aventurera, una madre que finge morir y en realidad se va de viaje con la intención de regresar con historias maravillosas que contarle a sus hijos... Pero por el camino ocurrirían cosas terribles que le impedirían volver.

Pobre Berta.

El suyo era un sufrimiento callado. Y con los cuentos había empezado a liberarse de aquella carga generada por la ausencia de la figura materna. No quiso darle a su padre el cuento, quería que fuera una sorpresa cuando se hiciera público. Esperaría hasta que se fallaran los resultados del concurso… y no ganó.

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Muchos años después, Eduardo estaba en su cama de hospital, tan pequeño y destartalado como Berta a los doce años. Allí estaba ella, adulta, con su esposo, Asier (que no era ni bestia ni tonto, solo había sido un niño un poco trasto y muy tímido). Sus dos hijos mayores estaban con ellos, agarrando las manos del abuelo. La pequeña brincaba por la habitación. “Ojalá tuviera cinco manos, así podría agarraros a todos”, decía Eduardo con una sonrisa tan preciosa que todo el edificio podría haberse derrumbado en aquel momento y nadie se habría dado cuenta.

Berta lloraba, sonriendo también. Asier la abrazaba, escondiendo a vece su cara en el hombro de ella. Los dos hijos mayores, Eduardo y Ángel, en silencio, besando las arrugadas manos del abuelo. Todos le miraban, con esa sensación de querer disfrutar hasta el último segundo de vida de aquel hombre bueno.

Entonces el abuelo lo contó.

- Berta, ¿recuerdas el concurso de cuentos del colegio, aquel que tanto te obsesionó?

- Sí, papá. ¿Cómo iba a olvidarlo?

- Pues tengo que contarte algo… Berta. ¿Recuerdas también la caja que hay en el trastero, la azul con un lazo?

- Sí, claro, nunca me dejaste abrirla... ¿pero qué tiene eso que ver con…? – Eduardo levantó un poco la mano e hizo un gesto, como para que le dejaran seguir hablando sin interrumpirle-.

- Pues mira: cuando el jurado leyó tu cuento todos decidieron de forma unánime que era el mejor. Pero era tan triste que la profesora, una vez abrió el sobre para conocer la autoría, me llamó para hablar conmigo. No sabíamos si era bueno que airearas el dolor por la ausencia de tu madre en aquellas condiciones. Aunque… debo ser sincero. Fui yo quien decidió que no se hiciera público… No me sentía fuerte para responder preguntas sobre tu madre. Me preguntaba cómo era posible que lo supieras…

- ¿Que supiera qué?

Se hizo un silencio espeso y caliente como la lava…

- Berta: tu madre no murió, al menos no en el momento en que tú imaginas. Poco después de nacer tú, tu madre se sentó conmigo y me dijo que necesitaba crecer. Que te quería mucho, pero que no había vivido. ¿Cómo iba a enseñarte nada si ella misma no sabía nada de la vida? Me dijo que necesitaba viajar, aprender, conocer mundo… Y eso hizo. No podía decirle que no... Tenía toda la razón. Con la mala suerte de que dos años después falleció en un accidente. De hecho estaba regresando a casa cuando ocurrió…

- Papá… ¿Y por qué…? ¿Por qué has esperado tanto para decírmelo? – Berta estaba ahora echada sobre el regazo de su padre, llorando tanto que ningún mar habría recogido tantas lágrimas, de hecho todos lloraban- ¿Por qué no me lo contaste antes?

- No tuve valor, hija. Nunca tuve el valor… Cariño: la caja azul son los libros que compró tu madre para ti durante su viaje. Jamás me atreví a leerlos... Solo la abrí para añadir los que me dieron en la librería. Berta: ¡ganaste el premio!- Lo dijo con esa preciosa sonrisa, más bella y resplandeciente aún, lleno de orgullo…

Apretó durante un momento más sus manos.

Y se fue.

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Berta es abuela. Escribe libros de aventuras y cuentos, sobre todo cuentos. Le gusta leerlos a sus nietos. Está en su pequeño despacho, en un silloncito viejo atestado de cojines. Asier juega en el pequeño jardín, tirado en el suelo, con sus nietos. Ella los ve por la ventana. “Como siga así van a romper a este viejo”, piensa ella divertida. La hija, la menor de los tres, entra con su pequeño en brazos.

- Laia, ¿dónde he metido mis gafas?

- Las llevas colgando del cuello, como siempre…

Se miran y se ríen…

- Te ríes como tu abuelo… -Ambas se miran-.

- ¿Sabes una cosa? Siempre pensé que esto era una tener familia. Muchas personas, hijos, nietos, gente a tu alrededor… Y ahora aquí estoy, rodeada de gente que me quiere y a la que quiero. Una familia.

- Sí mamá. Pero ¿sabes tú otra cosa? Tanto amor no surge por generación espontánea. Alguien te enseñó a querer. El abuelo y tú también erais una familia. Un equipo.

- Tienes razón. Y aunque no llegué a conocerla creo que mi madre tuvo mucho que ver en esto…

Laia se fijó en que tenía un viejo cuaderno entre las manos y, sorprendida, le preguntó:

- ¿Estás leyendo sus diarios de viajes? ¿Por fin?

- Sí. Por fin me atreví. Este es el último… soy una tonta.

- No eres tonta, mamá, no digas eso...

- Ya lo sé, ya… Voy a contarte algo que nunca le he dicho a nadie. –Laia se sentó frente a ella con el bebé y escuchó atentamente-. Cuando aquel día, con doce años, dieron el fallo del concurso, me sentí como si me hubiera pasado por encima una apisonadora… Fue cuando decidí dedicarme a escribir. Supongo que buscando siempre aquel premio. Cuando el abuelo me dijo que había ganado… no sentí alivio. Me hizo sentirme muy triste. Y ahora, tanto tiempo después… Ahora me sentía preparada para saber. Para leer los diarios de mi madre. Para comprender por qué calló mi padre. Ahora es cuando siento que he ganado, Laia.

Cogió su mano, miró al bebé, soltó una lágrima agarrando la vieja libreta manuscrita y repitió, mirándola a los ojos:

- He ganado.
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Y es que, érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Ahora está debajo de una mesa, en un saloncito luminoso donde siempre hay gente y se cuentan historias. La abren y cierran casi cada día para leer lo que ha estado guardando todo este tiempo. Está algo desvencijada, pero sigue guardando misterios que sólo los ojos de los que aman los cuentos pueden desentrañar. Y quién no se ha enamorado alguna vez de un cuento...

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Porque el hombre, Sancho, nunca deja de soñar…

Aquella tarde, sin saberlo, Don Quijote decidió cambiar el rumbo de la historia.

Se lanzaría hacia los gigantes a sabiendas de que acabaría molido a palos… o no. Se colocó la destartalada armadura, subió a su maltrecho Rocinante y, mirando a Sancho, sonrió con la confianza de aquel que sabe que tiene razón. Lo había hecho en numerosas ocasiones y no podía defraudar a su nuevo lector.

Pero, por una vez, alguien, en algún recóndito rincón del mundo, leyendo por no se sabe cuál vez aquella breve pero intensa aventura del caballero de la triste figura enfrentándose a los molinos de viento, por una vez, digo, el lector, sorprendido, leería una historia distinta.

La propia pluma de Cervantes, aliada con la tinta en un arranque de independencia, había elegido otros caminos cuando se imprimió aquella versión, redactada en un mundo paralelo de fantasía: hoy el loco vencería a los gigantes.

Y Sancho, perplejo, vio cómo Don Quijote se alejaba y divisó, no sin sorpresa, anchos brazos sobre enhiestas cabezas, gruesas piernas intentando aplastar al enjuto hidalgo en un lento y pesado caminar… Pero, inexplicablemente, no pudieron con él.

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El bosque de cedros que reposa sobre tu hombro izquierdo

No importa cómo lo mires. Respira, y dentro se mueven miles de cosas vivas. Oscuro, revela formas curvas que inhalan carbón, adheridas a ese hueco entre tu carne y tu piel más superficial.

Cuando miro tu hombro izquierdo veo un bosque de cedros, movido por el viento, lleno de luces y sombras, con el color traslúcido de la carne emergiendo entre las ramas…

Un bosque de cedros visto desde arriba, como si pudieras volar por encima de ellos y divisar las corrientes de aire en espiral. La mía es una perspectiva privilegiada. Puedo mirarlo mientras reposas. Mientras se desprenden los rastros del día y cae el sueño. Mientras aprietas contra mí el aire y lo comprimes.

Sobre tu hombro izquierdo hay un bosque que parece milenario. Alguien dibujó unas alas extrañas, un renacer de ave mítica. Alguien quiso darte un Fénix color ceniza. Y te dio árboles como plumas.

Mucho mejor.

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Macroaventuras de un microbio

Me presenté voluntaria para esta misión porque consideré que supondría un avance para la ciencia.

Mi vida de Bacillus Subtillis (Bacu para los amigos, aunque a todas nos llaman igual…) es bastante rutinaria.

Normalmente vivo pegado al suelo (como verán, utilizo indistintamente el sexo masculino y femenino, por eso de que no tenemos...-qué cosas-).

La verdad es que como soy tan endiabladamente resistente pensé: “¿Por qué no viajar al espacio y pasar allí una temporadita? Total, el sueldo está bien y no voy a tener gastos. ¡Vámonos pues!”.

Soy algo así como un extremófilo, entendiendo por extremófilo no aquello que se afila en un plis plas, no. Un extremófilo tampoco es un bicho extremista (es que he oído de todo en estos meses, antes de salir de misión, y me gusta dejar las cosas claras).

Un microorganismo extremófilo es un bichito microscópico que puede vivir en condiciones extremas: lo mismo enterrada en el hielo del Ártico que en un ardiente desierto, o en líquidos ácidos o zonas radiactivas en las que se supone que nada vivo puede sobrevivir (valga la redundancia, pero es que no hay otra forma de decirlo… o sí, pero no me traje el diccionario por falta de espacio… menos mal que está la wikipedia).

Parece ser que tengo una endospora bastante dura… en realidad, cuando veo que la cosa se pone fea, en unas diez horas tengo este escudo protector que me deja tranquilo. Eso no lo atraviesa casi nada. Y me quedo tan ancha. Me convierto en “SuperBacu”. No llego a ser un tardígrado, pero me defiendo bien. Por eso nos propusieron este viaje, para ver qué tal la vida aquí en el espacio para nosotras. De hecho, la nave se llama O/Oreos (Organism/Organic Exposure to Orbital Stresses), o sea, que nos van a poner nerviosas a ver qué tal reaccionamos (pero para mí que yo me voy a quedar igual…).

Y aquí estamos: no hacemos mucho, la verdad es que esto se parece bastante a la rutina de allí abajo. Bueno, la diferencia es que al no haber gravedad no hacemos más que flotar, flotar, y flotar a 640 kilómetros sobre la Tierra en lo que llaman “microgravedad” (claro, al ser pequeñitas, todo es “micro”). Y es que estamos metidas en una nave del tamaño de una barra de pan (de las buenas, no de esas minis que venden ahora, que ahí sí que habría fricciones entre nosotros). Aquí no sólo estamos las Bacu, también hay Halorubrum chaoviatoris y cuatro tipos de materia orgánica…

¡Uy! Ya empieza lo bueno. ¡Marchaaa! Están empezando a darnos caña con la radiación ultravioleta y la radiación cósmica. Ay mi madre… nos están rehidratando. Pues nada, a ver qué tal van los experimentos. Esto va a ser la fiesta del siglo, aunque como empecemos a reproducirnos lo mismo se “calienta un poco la cosa”… por algo somos los organismos más extendidos del planeta, no nos para nadie…

Por cierto, ¿no creen ustedes que para ser tan pequeños estamos viviendo una aventura impresionante? ¿Qué hace un microorganismo en una micronave espacial? Ya se lo digo yo:

¡Vivir una macroaventura!

Inspirado en la noticia del diario ABC “Una micronave de la NASA pone a prueba la vida en el espacio , por Judith de Jorge/Madrid

Publicado el 22 de enero de 2011 en el blog de CreativaCanaria, lo recupero aquí y se lo dedico a mi recién doctorada amiga Laura, que de bichitos extremófilos sabe un rato. ;)
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Tierra firme

Llegué a la costa con la boca reseca, tragando agua, agitando los brazos cargados de calambres, arrastrándome al final por la arena húmeda, en mitad de la noche, agotada.

Y me quedé en la orilla, dejándome mecer por las olas, pensando que ya nada importaba, que podía morir allí.

Adónde había ido el sentido de las cosas, de las metas, los derechos y deberes de una civilización ahora ajena... Para qué aprender a nadar si el agua es tan fría.

Soñé que dormía rodeada de flores por pintar.

Luego llegó la luz del sol...

Tampoco pude apreciar la belleza del destello de sus rayos, que jugueteaban con mis párpados entrecerrados mientras saboreaba la sal y la arena pegadas a mi boca, inundándola (y nunca mejor dicho).

Solo quería quedarme allí y no despertar del todo.

Imagínalo: la ropa mojada, pesada, haciéndome heridas con el roce, el cuerpo molido, la memoria rota, el sol abrasándome, los puños aferrando la arena... Los puños aferrando algo que tan pronto está ahí como desaparece, escurriéndose como en un juego infantil.

Y levanté la mirada de ojos entrecerrados y lágrimas besadas por la sal.
Y estabas ahí.
Intenté erguirme, temblando, y me quedé de rodillas... ¿eras real?
Hubo antes tantas alucinaciones que tal vez... y empecé a llorar de puro agotamiento.

De acuerdo: hubo una tormenta. Todo se hundió.
No había nada a lo que agarrarse salvo yo misma.
Y ahí estaba.
Viva.
Pisando tierra firme por fin.

Mirarte es como pisar tierra firme después de haber intentado sobrevivir a una tormenta en alta mar.

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De batas y lágrimas

http://caligrafiasurbanas.blogspot.com/2013/01/y-si-la-cura-del-cancer-estuviese.htmlEntró en su laboratorio.

Miró el equipamiento desde la puerta.

Se acercó a una de las sillas y se sentó.

Apoyó los codos sobre la mesa y hundió la cabeza entre sus manos.

Estuvo así un rato.

Estaba amaneciendo.

Pensaba.

O al menos lo intentaba.

 

Ayer se había marchado el último postdoc de su grupo.

Un par de años antes eran ocho.

Ahora solo quedaban tres de plantilla para una cantidad de trabajo que no eran capaces de asumir ellos solos.

Miró por la ventana.

Una lágrima esquiva saltó literalmente a su mejilla.

Salió al pasillo, cogió la bata y entró de nuevo al laboratorio.

Respiró hondo.

Y recordó la pintada que había visto hacía poco en una biblioteca de Logroño.

 

 

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El niño y la niña

1.- Ella

Ella, cuando sonríe, cierra el labio inferior sobre la boca, porque tiene las paletas grandes y le da vergüenza salir fea en las fotos. A veces sus sonrisas son de arrullo, casi de niña dormida, porque son sonrisas de tímida, sonrisillas de ojos entornados. Ella, cuando sonríe, ilumina la cara, con mofletes de medio pilla, o de medio niña buena (eso nunca se sabe).

A veces, aunque sonría, ella tiene los ojos tristes. No sabe por qué, ya que la verdad es que no está triste. Pero ahí están sus ojos rebeldes, inclinados como un junco, porque son reacios a la risa. Sin embargo, vence y doblega, y su cara, forzada por el labio inferior que no quiere que se escapen las paletas, sonríe de esa manera tan peculiar.

Ella, la niña, a veces mira de reojo y no se sabe si está tramando alguna chifladura (como tirarte un petardo en mitad de la habitación) o si está pensando en que olvidó darle de comer al gato. Ella es así, algo despistada. Y nunca sabes lo que está pensando...

Hablando de pensar: la niña ya tiene unos cuantos pelos blancos en la cabeza, escondidos entre el resto del cabello, y ella cree que son de tanto pensar. Aunque le gusta pensar. Puede pasar horas pensando. Y leyendo. Y pensando que está leyendo. A la niña también le gusta la música. Le gusta tocarla y escucharla. Puede pasar horas tocando. Y escuchando. Y pensando que está escuchando.

Ella se preocupa porque le gusta que las cosas salgan bien. Y le falta tiempo para hacer las cosas como le gustaría. Tal vez todo ha ido rápido-rápido y a ella esas prisas le parecen un abuso. El tiempo es un abusón. Como todo el mundo, se pregunta (y, si no, debería hacerlo) dónde ha ido el tiempo que le falta…

A la niña le gusta enseñar. Le explica a los demás cosas para que aprendan. A veces se sorprende de lo rápido que aprenden. Otras se subleva. Contar cómo funcionan algunas cosas y que los demás las entiendan. A ella le gusta pensar que eso les ayuda a crecer, al tiempo que ella misma crece y piensa. A ellos también les saldrán pelos blancos algún día de tanto pensar.

Ella, la niña, sueña. Sueña que la luz tiene múltiples matices y quiere atraparlos. Y le gusta el mar. El mar le habla de sus amigos y su familia. De su isla. Ella sueña con volver algún día a su casa a dejar que la luz juegue con los reflejos del agua y ella le deje mirar. Sueña con recuperar el ritmo del agua tranquila.

La niña se ríe como si fuera una orquesta. Se ríe alto. Le sale del fondo una risa clara como un manantial. Y todo su cuerpo se ríe con ella. Se ríe de cosas pequeñas. De cosas absurdas. De cosas que a veces sólo ella entiende. Se ríe. Y sonríe. Y se le hace una curva en el moflete de niña traviesa o de niña buena…

Ella, la niña, no sabe bailar. Pero se lo pasa tan bien que no le importa. Porque, curiosamente, la niña no sabe lo que es la vergüenza… hay un tipo de vergüenza que nunca le ha salido al paso. Eso, o quizás sea que la ha pisoteado tanto que ya no pueda con ella.

Sólo, a veces, la del labio inferior.
Por eso, en el fondo, sigue siendo una niña.

2.- Él

Él, el niño, lo mismo se deja barba que bigote, lo mismo perilla que patillas… el niño juega con los pelos que le salen en la cara porque para eso son suyos… y al niño le gustan las gafas raras, de colores chillones, o de formas absurdas. Es una manera de mostrar su lado de payaso sin nariz roja.

Pero el niño está triste. Triste y cansado. El niño un día se dejó besar por una chica. No se lo esperaba. Empezaron a hablar y ella le besó en un momento de despiste. El niño, hasta entonces siempre poderoso, se dejó llevar como una pluma por el viento…

Se sorprendió a sí mismo conversando con ella, durmiendo con ella, soñando con ella… Se sorprendió a sí mismo pensando que tal vez, solo tal vez, ella fuera una experiencia diferente. Y le contó su vida, y le dijo lo que no quería. Ni amargura, ni mentiras, ni palabras huecas. Solo verdad… Pero se equivocó.

El niño se equivocó porque no basta con la verdad. También hace falta amor. Y el amor tiene que ser de ida y vuelta. Así que, tras un tiempo luchando contra el mar, el niño decidió decirle que no quería seguir con aquel juego porque sentía cosas frías que le evocaban miedos y soledades… pero ella se resistió a dejarlo.

El niño no entiende esto. Está confuso. Y esa confusión hace que su decisión sea volátil. Así que siguió jugando, diciéndose a sí mismo que el día a día es más importante que las grandes declaraciones de amor…

Mentira.

El niño sabe, en el fondo, que el mundo se sustenta sobre las grandes declaraciones de amor desesperadas. Las de amores imposibles, amores traidores, amores truculentos, amores plácidos que te dan rutina y paz y que, un día, cargados de canas, te miran en la perspectiva del tiempo y te lo han dado todo… o te han dejado enormes vacíos. Así se forma el puzzle de la vida: con piezas que van completando huecos. Y el niño no entiende un mundo sin intensidad... sin amor. O sin palabras bonitas.

Él, el niño, sufre porque ella se olvida de él constantemente. No es maldad. Es que no lo quiere. Es divertido estar con él. Pero en una era de tecnología y comunicación hay mucho frío, mucho silencio, mucha distancia...

"Claro, no puedes esperar que todo el mundo sea igual de atento que tú", piensa el niño, justificándola. De hecho, lo mejor en la vida es no esperar nada de nadie… Él, el niño, sabe que ella vive en su pequeño universo. Y ha permanecido como una sombra a su lado, dándole calorcito y piruletas. Pero ella no ha reaccionado. Se ha quedado ahí, en sus cosas… y cuando el niño le ha dicho que está cansado, triste y un poco enfadado, y que prefiere volverse a su mundo, en el que es poderoso y gobierna a todo un reino con apenas unos pocos gestos, la niña le ha dicho que no lo entendía... que quería seguir jugando con él.

Ella es sincera. Ha sido honesta al decirle que no le ama. Lo que ella no entiende es que el aire se está escapando por un hueco, el que deja su propia ausencia aunque esté presente.

Y sin aire no se puede respirar.

La niña se abruma cuando él le escribe poemas... Se asusta tanto de que él la quiera que una vez salió corriendo, espantada de algo que parecía grande y precipitado, como un elefante cargado de cerámica que va cuesta abajo y tiene que coger una curva, y no se sabe si podrá con ella o acabará en el suelo con toda la cacharrería rota… Yo siempre he dicho que me gusta la cacharrería rota, que con ella se pueden hacer muchas cosas bonitas. Con trocitos de cerámicas de colores se pueden hacer mosaicos preciosos.

Pero, para hacerlos, antes hay que romperlo todo.

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Habrá próxima vez

Cuando estás roto tienes la sensación de que nada de lo que hagas te va a ayudar, aunque eso no es cierto, claro... En mi caso me quiebro siempre que alguien a quien quiero no me quiere o deja de quererme... Es una puñeta, pero he acabado por generar un trauma bastante jodido en torno a este asunto, tanto que he decidico por fin asistir a un especialista para que me ayude a superar ciertos problemas que he desarrollado en paralelo, como crisis de ansiedad y algo que he tenido que buscar en internet (en realidad lo descubrí buscando "ansiedad" y "dolor de pecho"), una dolencia muy jodida que se llama "tanatofobia", es decir, de golpe me da un pánico horrible la idea de morir... Creo que es algo así.

Y me duele el pecho, como si tuviera agujetas en los músculos del corazón... Menuda mierda. Por si fuera poco, últimamente tengo miedo a quedarme dormido. No es somnifobia (no pienso que me vaya a pasar nada mientras duermo, como morirme o asfixiarme) simplemente me asusta ese paso entre la consciencia y la inconsciencia... Son cosas a las que nunca le había dado importancia, las achacaba al estrés. Quiero aclarar que no tengo estrés laboral -suerte tengo de tener trabajo, aunque esa es otra histroria- sino estrés por puro miedo a quedarme solo. O eso creo.

El caso es que soy consciente de todas estas ideas tóxicas que necesito exorcizar. Que una tía no me quiera no puede hacer que me hunda tanto en la miseria. Lo que me gustaría es poder separar la razón de la reacción. Porque yo sé que una ruptura no es el puto fin del mundo. Las cosas se tambalean un poco, pero con algo de tiempo todo vuelve a su sitio, con ligeras diferencias, pero vuelve. Sin embargo las reacciones escapan a mi control. Se me empieza a cerrar la garganta, siento que me falta el aire, es como si estuviera encerrado en mí mismo y no pudiera gritar... Y asumo que voy a estar jodido un tiempo. Y sencillamente espero. La curva, una vez que no puedes caer más bajo, empezará a subir en algún momento. Cierro los ojos deseando que ese tiempo sea amable conmigo, que no me torture con recuerdos del tiempo compartido, con la terrible añoranza del calor de su cuerpo, con imágenes de momentos buenos y malos. Ruego a mi cerebro para que no me traicione y me deje pasar mi duelo sin hacerme un daño innecesario... Ahora mismo estoy llorando, me duele la garganta, y me doy tanta pena que al mismo tiempo me dan ganas de darme de ostias a mí mismo. Por qué... Si al final es mejor así, es mejor estar solo que mal acompañado, ¿no?

Sí, claro. El corazón es así de amable. Así de mal educado. Debo reconocer que tal vez el origen de todo está en mis padres (hala, tenía que salir). Ahora lo veo claro, arrastro ese lastre sin haberlo sabido detectar hasta ahora. Pero aún sabiéndolo soy incapaz de frenar el dolor. El dolor de no querer cambiar las sábanas porque aún huelen a ella (mira que soy guarro). El dolor de mirar el teléfono y resistir con todas mis fuerzas las ganas de llamarla... El dolor de saber que no me quiere y que le doy pena... El enorme vacío que ha dejado... Es todo una mierda.

Me gustaría pensar que cuando esto pase será la última vez... Pero no, amigos, eso no es verdad, porque no es la primera vez que me ocurre y, sencillamente, estoy hasta los cojones. Me dirán que la vida es así, que hay que asumirlo y que, por otro lado, el amor es maravilloso. Claro que sí. Lo sé. No piensen que no soy capaz de ver lo bella que es la vida. Soy capaz de abstraerme de esta situación concreta y ver las cosas desde otra perspectiva, una más global, y puedo ver la suerte que tengo y todo lo que nos ofrece este mundo. Y ahí está la clave.

¿Cómo carajo, sabiéndolo, siendo consciente, no consigo quitarme del alma este cuchillo de cocina? Siento como si caminara con él clavado desde la espalda... Cuando me subo en el ascensor tengo que entrar con cuidado porque el jodío es más grande que el receptáculo. A veces en vez de un enorme cuchillo de los que manejaba Rambo tengo la sensación de que es una enorme flecha, con plumas y todo. Con esa ni puedo entrar al ascensor. Es mi forma de sentir que hay algo que no encaja, que estoy en fase de reconstrucción... Digo yo.

Ese es el dolor de fondo (como un ruido constante que uno puede sobrellevar). Lo peor son los golpes repentinos. Cuando me viene a la cabeza algún recuerdo. Eso son puñaladas fugaces, pero bestiales. Y respiro hondo, y me digo que tengo mucha suerte por haber tenido esas experiencias (y mi otro yo me dice "y un cojón"). Así vamos, mis múltiples yoes, el que dice que mejor así porque estar con alguien que no te quiere desgasta mucho; el que la echa de menos a morir porque ella tiene todo lo que me gusta de una chica; el que la odia porque es la única forma de empezar a eliminarla de mi memoria inmediata. Y el que se resigna al dolor y ruega para que pase, si no pronto, al menos con el menor número de "víctimas" posible. Y hay otro: el que ha decidido ir a un psicólogo para que le dé consejo. No vamos a arreglar el mundo de mis emociones, pero al menos vamos a intentar comprenderlo mejor.

Para estar mejor preparado la próxima vez.
Porque amigos, ahora lo sé: habrá próxima vez.

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P.D.: No me escriban dándome ánimos, que esto es un cuento. Si les ha gustado y conocen a alguien en una situación semejante... denle ánimos a él/ella. Sentir dolor también es señal de estar vivos. Al menos nos queda ese consuelo... y si hay próxima vez será porque en medio, en algún momento, nos habremos vuelto a enamorar. Qué ganas tengo...

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Mirar al cielo

Por las tardes es cuando más me acuerdo de ti... y de ella.

Recuerdo el brillo incandescente que te rodeaba. Refulgías allá donde mirara, incluso cuando cerraba los ojos podía verte... Recuerdo las horas que pasé pensando en ti, intentando desentrañar tus misterios, analizándote. ¿Eras una estrella?¿Tal vez dos? Estabas demasiado lejos para saberlo, y en eso centraba mi trabajo, en intentar descubrir qué eras, cómo te movías, por qué te comportabas como lo hacías... Igual que con ella. Por las tardes, cuando levanto la vista de mi portátil y miro cómo anochece cuando aún debería ser de día, me pregunto qué habría sido de nosotros si hubiese podido quedarme. Y te veo bailar. Me sonríes. Y me despierto, amodorrado, con las marcas del teclado sobre la cara y mil mmmmmmmm y espacios infinitos en la hoja de texto...

No pudo ser.

Tú no hablas sueco y yo no conseguí trabajo... Un astrofísico sin perspectivas, sin un proyecto que desmarañar... es como un jardín sin flores: algo triste. Podríamos haberlo intentado, pero... no sé. Arrancarte del lugar en el que eras feliz, pese a todo, era pedirte demasiado. Así que, con mis casi 37, acepté un trabajo en otro campo de estudio y dejé atrás mi estrella, mi luz... y mi corazón.

Sé que es una historia como otra cualquiera. No es que me guste dramatizar. Me gustaría volver, pero lo único que me ofrecían era un contrato por el salario mínimo para vender libros a domicilio... y yo para eso no valgo. Porque para eso hay que valer. No creas que no me lo planteé. Pero me habría ido apagando como una enana blanca... y te habrías sentido culpable. Y los dos nos habríamos acabado distanciando.

Decía Manolo García que "Cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana". Y yo no quería eso para nosotros. Porque tú eres muy feliz con los peques de tu guardería. Aunque no sepas si el año que viene vas a seguir allí, es lo que te gusta.

Joder, Carmen, estoy roto por dentro y ni la llegada del verano va a arreglar este desbarajuste que llevo en el alma. Solo hay una cosa que me alivia. Y es levantar la vista hacia la zona del cielo en la que sé que está mi estrella (¿o serán dos?) y pensar que nada es inmutable, que a lo mejor esto se arregla. Que cuando haya elecciones esto cambiará y volveremos a estar juntos. Que tantos años de estudio no pueden quedarse en Suecia. Que mis padres me echan de menos, que tú quieres tus propios niños y que yo no aguanto este frío... Y que algún día podré hacer algo más que llorar y mirar al cielo...

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