El beso

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un beso, perdido en unos labios, que quería salir al aire y vibrar con la intensidad que otorgan la pasión y el deseo.

Quería ser este un beso dulce y prolongado, de esos que se hacen eternos y paran el tiempo, haciendo que nada de lo que hay alrededor sea más importante que ese instante, haciendo que sólo exista ese momento embriagador y certero.

No quería morir en una mejilla desconocida, en la superficie lejana de unos labios distantes, o perdido en el viento.

Quería ser “el beso”.

Quería ser esa leyenda que cuentan los besos que no se dan y que habla de momentos mágicos, de ese segundo preciso que cambia los destinos, de la unión mágica de dos esencias que se revuelven por dentro, enlazadas con un ritmo innato que todo lo danza…

Este beso aún  no nacido no quería deshacerse en un falso beso, en un roce superficial, en un error, en un arrepentimiento… porque hay besos arrepentidos, tristes besos con sabor a lágrima, fríos besos de rencor, amargos besos de venganza, lastimeros besos de despedida, besos de soledad, besos de desesperación y miles de besos sin sentido.

Tampoco quería caer en el saco de los besos vulgares sin significado, sin amor.

Luchaba, reservando su turno, para ser ese beso definitivo y auténtico, dejando pasar todo aquello que pareciese una oportunidad secundaria, dando prioridad al momento verdadero que, estaba seguro, debía llegar algún día.

Durante años esperó, alojado en los rincones donde duermen las entregas más hermosas, los sueños más prometedores, las sonrisas más francas, los deseos más puros, las miradas más dulces, esperando que alguno de ellos le diese la señal que estaba esperando.

Y un día la sonrisa más franca, nacida de los sueños más prometedores, hermana de la mirada más dulce, abrió la puerta a los deseos más puros, a la entrega más hermosa, acariciando a su paso una boca temblorosa que sentía los ritmos acompasados de los latidos del corazón, acelerado por la emoción.

Los labios se entreabrieron, el beso salió exhalado con un suspiro entrecortado…

“…y fue como si el mundo entero se hubiese quedado sin aliento… Un parto difícil, pero ya estás aquí… Mi preciosa flor de otoño”.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un beso, perdido en unos labios, que quería salir al aire y vibrar con la intensidad que otorgan la pasión y el deseo. Y, sorprendido, el beso conoció el amor verdadero… y sólo fue el principio.

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