Mírame

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Fuente: KOHL THRELKELD/NEWS SENTINEL

Mírame. Quiero que me mires…

Así. Mírame las arrugas. Sí, soy vieja. Tengo el pelo blanco y algo deshilachado. ¡Con lo bonito que lo tenía! Pero me he negado a cortármelo. Todas las mujeres, cuando nos hacemos viejas, nos cortamos el pelo. Yo me niego. Aunque esté quebradizo y tieso…

Mírame la cara. Está surcada, ¿verdad? Son enormes. Si estirase todas las arrugas, dentro me cabrían dos caras nuevas… La piel está flácida y blandita. La firmeza despareció hace años…

Mírame las manos. Bueno, las manos nunca han sido tu fuerte. Ya las tenías feas cuando eras joven. Pero ahora están cuarteadas y los dedos algo torcidos.

Mírame a los ojos… Ya casi no te veo sin gafas. Empezó siendo presbicia y ahora estoy medio cegata. Pero bueno, te acostumbras.

Mírame. Quiero que me mires.

Estoy encorvada y me cuelgan las carnes. No quieras saber lo que fue de aquella chicha que te empezó a crecer en la tripa a los cuarenta… Ahora es un flotador. ¿Y las “alas de murciélago”? Me da la risa. ¿La piel arrugada de las rodillas y los tobillos? Ya ni me fijo.

Los pies, madre mía los pies. Los juanetes son lo peor. No veas cómo duelen… Menos mal que es por temporadas y que se pueden operar cuando se ponen muy feos. Dicen que después se te queda la zona insensible. Pero mira, mejor así.

¿Hombres? ¿Sentirte atractiva? Pues claro que sí. Lo que pasa es que es todo tan distinto a los anuncios de la tele y a las películas románticas que nadie diría que estás flirteando. Yo me siento guapa, no te creas. Y me siguen gustando los hombres que me hacen reír… ese que sigue a tu lado y que todos los días te saca una sonrisa.

Además hay otras cosas buenas.

¿Recuerdas los ardores? Pues se han ido. Ahora no puedo comer de todo, pero tampoco es tan grave. ¿Y los dolores de cabeza? También se han ido. ¿Y qué me dices de aquellas contracturas musculares? Fuera todo. Fuera pesadillas. Fuera insomnio.

¿Sabes por qué?

Porque ya no tengo miedo.
Ya no hay estrés.
Vivo en paz.

He aceptado y he perdonado lo que tenía que aceptar y perdonar. He querido y me han querido tanto y con tanta intensidad que se han cerrado todas las heridas. La calma ha ido llegando y ahora vive conmigo.

Mírame. Quiero que me mires.

No puedes esperar a hacerte vieja para dejar de tener miedo. Tienes que hacerlo ahora. Sé que sólo soy un reflejo en un espejo. Menos aún: soy la que tú crees que serás cuando seas vieja reflejada en un espejo imaginario. Añoras la calma y la paz que crees que sólo los años pueden dar.

Pero tú eres fuerte. Siempre lo has sido.

Mírame: quiero que me mires.

Deja de tener miedo, pero hazlo ahora.

Vive.

La caja azul

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Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Era una caja de cartón que no podía contarnos mucho, porque había prometido guardar el secreto de su existencia y de su presencia en el lugar donde empieza este cuento. Y así es como dejamos que la historia se cuente sola…

Tenía doce años cuando se enfrentó a aquel reto.

Era pequeña, de dientes algo torcidos y pecas mal repartidas. Negros ojos, vivos y grandes, tal vez demasiado grandes. Un pelo rebelde, ni rizado ni lacio, siempre en un intento de recogido en forma de trenza o coleta. Tal delgada que toda la ropa le quedaba grande. Ni asomo de femineidad, lo cual la mantenía en un vilo constante, ya que la preadolescencia no perdona y las hormonas, crueles, hacían de las suyas, pero no de un modo visible.

Berta.
Además se llamaba Berta.
¿Por qué no la habían llamado Laia, como su madre?

Continuar leyendo “La caja azul”

Pero… ¿qué tenía de malo aquel nombre? De origen germánico, Berta significaba única, brillante, resplandeciente, ilustre… Sin embargo sus compis del cole no terminaban de entender eso. “Berta, ¡despierta!”, le decían con una colleja los niños al pasar por el pasillo. “Berta la muerta”, o su variante, “Berta huele a muerta”. Ese era el peor. “Berta la puerta”, “Berta nunca acierta”,…

Llegó un momento en que ya no se enfadaba. Les ignoraba. Y un buen día, con diez años, empezó a responder con motes a quienes la insultaban. “¿Ah, sí? Pues si yo soy Berta la muerta, tú eres Rosa la casposa. Y tú Elena la hiena. Y tú Juan el patán. Y tú Andrés, el que le huelen los pies. Y tú Valentín el puercoespín. Y tú…”. Y le dio tal repaso a todos que los niveles de acoso comenzaron a bajar.

Sin embargo seguía siendo la destartalada niña sin amigos, solitaria y rara, que intentaba a toda costa pasar desapercibida, con camisetas anchas para que no se notara la ausencia de pecho, siempre con algún libro bajo el brazo. En esa época le pusieron el aparato dental y las gafas. Una pesadilla. Si ya se sentía poco agraciada eso ya fue el colmo. Así que se enfrentó a esos nuevos tiempos con algo de resignación y valentía.

Porque para Berta salir de casa cada día era eso: un acto de valentía. Su madre había fallecido siendo ella muy pequeña, y vivía sola con su padre. Él era un hombre bueno, de esos que deberían figurar en el diccionario junto a la palabra “bueno”. Ella pensaba que el sentido de la composición “hombre bueno” se estaba deformando. Cuando la gente decía “Es un hombre bueno” o “Es un buen hombre”, parecían ocultar cierto sentido de debilidad, o incluso estupidez. Berta no estaba de acuerdo. Su padre era fuerte y sensible. Inteligente y audaz. Honesto y luchador. Un hombre bueno. Un héroe para ella.

Cuando Berta empezó a sentir los efectos de las hormonas (es decir, se enamoró perdidamente del chico más bestia y tonto de la clase) y su padre vio cómo arrastraba su cuerpo suspirante y lloroso por las esquinas, tuvo una conversación clara y directa con ella:

“Cariño. Lo que te pasa es normal. No estés tan apagada, mi vida… -le dijo sujetando su carita- Estás creciendo, y eso es maravilloso. Tus hormonas te están cambiando y eso puede hacer que estés triste, que te enfades, que te sientas cansada… y que te empiecen a gustar los chicos… o las chicas. Eso ya lo irás descubriendo, no te preocupes. Solo date tiempo. Es posible que en unos meses tengas tu primera menstruación. Eso hará que te sientas rara. Si ocurre, cuéntamelo. Puede que te duela la barriga, la cabeza, te sientas hinchada, quieras tirarme algo a la cabeza…”.

Berta se echó a reír y sus braquets resplandecieron con ella. “¡Por fin!”, dijo Eduardo, satisfecho. “Tú confía en mí. Esto es un equipo, ¿recuerdas?”.

Y Berta dejó de preocuparse en exceso por todo aquel proceso de cambios y empezó a darse cuenta de que el chico que le gustaba era el más bestia y el más tonto de la clase. ¿Cómo podía ser tan tonto siendo su madre la dueña de la librería más grande de toda la provincia? Pero… ¡era tan guapo!

Un día, en el instituto, la profe dijo que harían un concurso de cuentos. Y Berta, sin saber cómo, se propuso a toda costa ganar ese concurso. Se convirtió en una secreta obsesión. Se dijo que tenía que ganar ese premio: la publicación del cuento y un lote de libros a elegir… de la “Librería Bustos”. Precisamente (qué casualidad) la librería de la madre del niño más tonto y más bestia de la clase, cuyo nombre era Asier. Sus padres eran vascos y él era el primogénito. Al parecer Asier significaba eso: el principio. Y ella empezó a fantasear con la idea de ganar el premio e ir a la librería. Se encontraría allí con él y sonreiría… no, eso mejor no (por los braquets).

En fin, que Berta empezó a escribir y a escribir, y a desechar y a desechar, y a elegir un personaje y otro, y a cambiar de idea una y otra vez, hasta que el plazo se fue acercando amenazante y tuvo que decidirse.

Escribiría sobre una mujer aventurera, una madre que finge morir y en realidad se va de viaje con la intención de regresar con historias maravillosas que contarle a sus hijos… Pero por el camino ocurrirían cosas terribles que le impedirían volver.

Pobre Berta.

El suyo era un sufrimiento callado. Y con los cuentos había empezado a liberarse de aquella carga generada por la ausencia de la figura materna. No quiso darle a su padre el cuento, quería que fuera una sorpresa cuando se hiciera público. Esperaría hasta que se fallaran los resultados del concurso… y no ganó.

—-

Muchos años después, Eduardo estaba en su cama de hospital, tan pequeño y destartalado como Berta a los doce años. Allí estaba ella, adulta, con su esposo, Asier (que no era ni bestia ni tonto, solo había sido un niño un poco trasto y muy tímido). Sus dos hijos mayores estaban con ellos, agarrando las manos del abuelo. La pequeña brincaba por la habitación. “Ojalá tuviera cinco manos, así podría agarraros a todos”, decía Eduardo con una sonrisa tan preciosa que todo el edificio podría haberse derrumbado en aquel momento y nadie se habría dado cuenta.

Berta lloraba, sonriendo también. Asier la abrazaba, escondiendo a vece su cara en el hombro de ella. Los dos hijos mayores, Eduardo y Ángel, en silencio, besando las arrugadas manos del abuelo. Todos le miraban, con esa sensación de querer disfrutar hasta el último segundo de vida de aquel hombre bueno.

Entonces el abuelo lo contó.

– Berta, ¿recuerdas el concurso de cuentos del colegio, aquel que tanto te obsesionó?

– Sí, papá. ¿Cómo iba a olvidarlo?

– Pues tengo que contarte algo… Berta. ¿Recuerdas también la caja que hay en el trastero, la azul con un lazo?

– Sí, claro, nunca me dejaste abrirla… ¿pero qué tiene eso que ver con…? – Eduardo levantó un poco la mano e hizo un gesto, como para que le dejaran seguir hablando sin interrumpirle-.

– Pues mira: cuando el jurado leyó tu cuento todos decidieron de forma unánime que era el mejor. Pero era tan triste que la profesora, una vez abrió el sobre para conocer la autoría, me llamó para hablar conmigo. No sabíamos si era bueno que airearas el dolor por la ausencia de tu madre en aquellas condiciones. Aunque… debo ser sincero. Fui yo quien decidió que no se hiciera público… No me sentía fuerte para responder preguntas sobre tu madre. Me preguntaba cómo era posible que lo supieras…

– ¿Que supiera qué?

Se hizo un silencio espeso y caliente como la lava…

– Berta: tu madre no murió, al menos no en el momento en que tú imaginas. Poco después de nacer tú, tu madre se sentó conmigo y me dijo que necesitaba crecer. Que te quería mucho, pero que no había vivido. ¿Cómo iba a enseñarte nada si ella misma no sabía nada de la vida? Me dijo que necesitaba viajar, aprender, conocer mundo… Y eso hizo. No podía decirle que no… Tenía toda la razón. Con la mala suerte de que dos años después falleció en un accidente. De hecho estaba regresando a casa cuando ocurrió…

– Papá… ¿Y por qué…? ¿Por qué has esperado tanto para decírmelo? – Berta estaba ahora echada sobre el regazo de su padre, llorando tanto que ningún mar habría recogido tantas lágrimas, de hecho todos lloraban- ¿Por qué no me lo contaste antes?

– No tuve valor, hija. Nunca tuve el valor… Cariño: la caja azul son los libros que compró tu madre para ti durante su viaje. Jamás me atreví a leerlos… Solo la abrí para añadir los que me dieron en la librería. Berta: ¡ganaste el premio!- Lo dijo con esa preciosa sonrisa, más bella y resplandeciente aún, lleno de orgullo…

Apretó durante un momento más sus manos.

Y se fue.

—-

Berta es abuela. Escribe libros de aventuras y cuentos, sobre todo cuentos. Le gusta leerlos a sus nietos. Está en su pequeño despacho, en un silloncito viejo atestado de cojines. Asier juega en el pequeño jardín, tirado en el suelo, con sus nietos. Ella los ve por la ventana. “Como siga así van a romper a este viejo”, piensa ella divertida. La hija, la menor de los tres, entra con su pequeño en brazos.

– Laia, ¿dónde he metido mis gafas?

– Las llevas colgando del cuello, como siempre…

Se miran y se ríen…

– Te ríes como tu abuelo… -Ambas se miran-.

– ¿Sabes una cosa? Siempre pensé que esto era una tener familia. Muchas personas, hijos, nietos, gente a tu alrededor… Y ahora aquí estoy, rodeada de gente que me quiere y a la que quiero. Una familia.

– Sí mamá. Pero ¿sabes tú otra cosa? Tanto amor no surge por generación espontánea. Alguien te enseñó a querer. El abuelo y tú también erais una familia. Un equipo.

– Tienes razón. Y aunque no llegué a conocerla creo que mi madre tuvo mucho que ver en esto…

Laia se fijó en que tenía un viejo cuaderno entre las manos y, sorprendida, le preguntó:

– ¿Estás leyendo sus diarios de viajes? ¿Por fin?

– Sí. Por fin me atreví. Este es el último… soy una tonta.

– No eres tonta, mamá, no digas eso…

– Ya lo sé, ya… Voy a contarte algo que nunca le he dicho a nadie. –Laia se sentó frente a ella con el bebé y escuchó atentamente-. Cuando aquel día, con doce años, dieron el fallo del concurso, me sentí como si me hubiera pasado por encima una apisonadora… Fue cuando decidí dedicarme a escribir. Supongo que buscando siempre aquel premio. Cuando el abuelo me dijo que había ganado… no sentí alivio. Me hizo sentirme muy triste. Y ahora, tanto tiempo después… Ahora me sentía preparada para saber. Para leer los diarios de mi madre. Para comprender por qué calló mi padre. Ahora es cuando siento que he ganado, Laia.

Cogió su mano, miró al bebé, soltó una lágrima agarrando la vieja libreta manuscrita y repitió, mirándola a los ojos:

– He ganado.

Y es que, érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Ahora está debajo de una mesa, en un saloncito luminoso donde siempre hay gente y se cuentan historias. La abren y cierran casi cada día para leer lo que ha estado guardando todo este tiempo. Está algo desvencijada, pero sigue guardando misterios que sólo los ojos de los que aman los cuentos pueden desentrañar. Y quién no se ha enamorado alguna vez de un cuento…

El niño y la niña

1.- Ella

Ella, cuando sonríe, cierra el labio inferior sobre la boca, porque tiene las paletas grandes y le da vergüenza salir fea en las fotos. A veces sus sonrisas son de arrullo, casi de niña dormida, porque son sonrisas de tímida, sonrisillas de ojos entornados. Ella, cuando sonríe, ilumina la cara, con mofletes de medio pilla, o de medio niña buena (eso nunca se sabe).

A veces, aunque sonría, ella tiene los ojos tristes. No sabe por qué, ya que la verdad es que no está triste. Pero ahí están sus ojos rebeldes, inclinados como un junco, porque son reacios a la risa. Sin embargo, vence y doblega, y su cara, forzada por el labio inferior que no quiere que se escapen las paletas, sonríe de esa manera tan peculiar.

Ella, la niña, a veces mira de reojo y no se sabe si está tramando alguna chifladura (como tirarte un petardo en mitad de la habitación) o si está pensando en que olvidó darle de comer al gato. Ella es así, algo despistada. Y nunca sabes lo que está pensando…

Hablando de pensar: la niña ya tiene unos cuantos pelos blancos en la cabeza, escondidos entre el resto del cabello, y ella cree que son de tanto pensar. Aunque le gusta pensar. Puede pasar horas pensando. Y leyendo. Y pensando que está leyendo. A la niña también le gusta la música. Le gusta tocarla y escucharla. Puede pasar horas tocando. Y escuchando. Y pensando que está escuchando.

Ella se preocupa porque le gusta que las cosas salgan bien. Y le falta tiempo para hacer las cosas como le gustaría. Tal vez todo ha ido rápido-rápido y a ella esas prisas le parecen un abuso. El tiempo es un abusón. Como todo el mundo, se pregunta (y, si no, debería hacerlo) dónde ha ido el tiempo que le falta…

A la niña le gusta enseñar. Le explica a los demás cosas para que aprendan. A veces se sorprende de lo rápido que aprenden. Otras se subleva. Contar cómo funcionan algunas cosas y que los demás las entiendan. A ella le gusta pensar que eso les ayuda a crecer, al tiempo que ella misma crece y piensa. A ellos también les saldrán pelos blancos algún día de tanto pensar.

Ella, la niña, sueña. Sueña que la luz tiene múltiples matices y quiere atraparlos. Y le gusta el mar. El mar le habla de sus amigos y su familia. De su isla. Ella sueña con volver algún día a su casa a dejar que la luz juegue con los reflejos del agua y ella le deje mirar. Sueña con recuperar el ritmo del agua tranquila.

La niña se ríe como si fuera una orquesta. Se ríe alto. Le sale del fondo una risa clara como un manantial. Y todo su cuerpo se ríe con ella. Se ríe de cosas pequeñas. De cosas absurdas. De cosas que a veces sólo ella entiende. Se ríe. Y sonríe. Y se le hace una curva en el moflete de niña traviesa o de niña buena…

Ella, la niña, no sabe bailar. Pero se lo pasa tan bien que no le importa. Porque, curiosamente, la niña no sabe lo que es la vergüenza… hay un tipo de vergüenza que nunca le ha salido al paso. Eso, o quizás sea que la ha pisoteado tanto que ya no pueda con ella.

Sólo, a veces, la del labio inferior.
Por eso, en el fondo, sigue siendo una niña.

2.- Él

Él, el niño, lo mismo se deja barba que bigote, lo mismo perilla que patillas… el niño juega con los pelos que le salen en la cara porque para eso son suyos… y al niño le gustan las gafas raras, de colores chillones, o de formas absurdas. Es una manera de mostrar su lado de payaso sin nariz roja.

Pero el niño está triste. Triste y cansado. El niño un día se dejó besar por una chica. No se lo esperaba. Empezaron a hablar y ella le besó en un momento de despiste. El niño, hasta entonces siempre poderoso, se dejó llevar como una pluma por el viento…

Se sorprendió a sí mismo conversando con ella, durmiendo con ella, soñando con ella… Se sorprendió a sí mismo pensando que tal vez, solo tal vez, ella fuera una experiencia diferente. Y le contó su vida, y le dijo lo que no quería. Ni amargura, ni mentiras, ni palabras huecas. Solo verdad… Pero se equivocó.

El niño se equivocó porque no basta con la verdad. También hace falta amor. Y el amor tiene que ser de ida y vuelta. Así que, tras un tiempo luchando contra el mar, el niño decidió decirle que no quería seguir con aquel juego porque sentía cosas frías que le evocaban miedos y soledades… pero ella se resistió a dejarlo.

El niño no entiende esto. Está confuso. Y esa confusión hace que su decisión sea volátil. Así que siguió jugando, diciéndose a sí mismo que el día a día es más importante que las grandes declaraciones de amor…

Mentira.

El niño sabe, en el fondo, que el mundo se sustenta sobre las grandes declaraciones de amor desesperadas. Las de amores imposibles, amores traidores, amores truculentos, amores plácidos que te dan rutina y paz y que, un día, cargados de canas, te miran en la perspectiva del tiempo y te lo han dado todo… o te han dejado enormes vacíos. Así se forma el puzzle de la vida: con piezas que van completando huecos. Y el niño no entiende un mundo sin intensidad… sin amor. O sin palabras bonitas.

Él, el niño, sufre porque ella se olvida de él constantemente. No es maldad. Es que no lo quiere. Es divertido estar con él. Pero en una era de tecnología y comunicación hay mucho frío, mucho silencio, mucha distancia…

“Claro, no puedes esperar que todo el mundo sea igual de atento que tú”, piensa el niño, justificándola. De hecho, lo mejor en la vida es no esperar nada de nadie… Él, el niño, sabe que ella vive en su pequeño universo. Y ha permanecido como una sombra a su lado, dándole calorcito y piruletas. Pero ella no ha reaccionado. Se ha quedado ahí, en sus cosas… y cuando el niño le ha dicho que está cansado, triste y un poco enfadado, y que prefiere volverse a su mundo, en el que es poderoso y gobierna a todo un reino con apenas unos pocos gestos, la niña le ha dicho que no lo entendía… que quería seguir jugando con él.

Ella es sincera. Ha sido honesta al decirle que no le ama. Lo que ella no entiende es que el aire se está escapando por un hueco, el que deja su propia ausencia aunque esté presente.

Y sin aire no se puede respirar.

La niña se abruma cuando él le escribe poemas… Se asusta tanto de que él la quiera que una vez salió corriendo, espantada de algo que parecía grande y precipitado, como un elefante cargado de cerámica que va cuesta abajo y tiene que coger una curva, y no se sabe si podrá con ella o acabará en el suelo con toda la cacharrería rota… Yo siempre he dicho que me gusta la cacharrería rota, que con ella se pueden hacer muchas cosas bonitas. Con trocitos de cerámicas de colores se pueden hacer mosaicos preciosos.

Pero, para hacerlos, antes hay que romperlo todo.

Habrá próxima vez

Cuando estás roto tienes la sensación de que nada de lo que hagas te va a ayudar, aunque eso no es cierto, claro… En mi caso me quiebro siempre que alguien a quien quiero no me quiere o deja de quererme… Es una puñeta, pero he acabado por generar un trauma bastante jodido en torno a este asunto, tanto que he decidico por fin asistir a un especialista para que me ayude a superar ciertos problemas que he desarrollado en paralelo, como crisis de ansiedad y algo que he tenido que buscar en internet (en realidad lo descubrí buscando “ansiedad” y “dolor de pecho”), una dolencia muy jodida que se llama “tanatofobia”, es decir, de golpe me da un pánico horrible la idea de morir… Creo que es algo así.

Y me duele el pecho, como si tuviera agujetas en los músculos del corazón… Menuda mierda. Por si fuera poco, últimamente tengo miedo a quedarme dormido. No es somnifobia (no pienso que me vaya a pasar nada mientras duermo, como morirme o asfixiarme) simplemente me asusta ese paso entre la consciencia y la inconsciencia… Son cosas a las que nunca le había dado importancia, las achacaba al estrés. Quiero aclarar que no tengo estrés laboral -suerte tengo de tener trabajo, aunque esa es otra histroria- sino estrés por puro miedo a quedarme solo. O eso creo.

El caso es que soy consciente de todas estas ideas tóxicas que necesito exorcizar. Que una tía no me quiera no puede hacer que me hunda tanto en la miseria. Lo que me gustaría es poder separar la razón de la reacción. Porque yo sé que una ruptura no es el puto fin del mundo. Las cosas se tambalean un poco, pero con algo de tiempo todo vuelve a su sitio, con ligeras diferencias, pero vuelve. Sin embargo las reacciones escapan a mi control. Se me empieza a cerrar la garganta, siento que me falta el aire, es como si estuviera encerrado en mí mismo y no pudiera gritar… Y asumo que voy a estar jodido un tiempo. Y sencillamente espero. La curva, una vez que no puedes caer más bajo, empezará a subir en algún momento. Cierro los ojos deseando que ese tiempo sea amable conmigo, que no me torture con recuerdos del tiempo compartido, con la terrible añoranza del calor de su cuerpo, con imágenes de momentos buenos y malos. Ruego a mi cerebro para que no me traicione y me deje pasar mi duelo sin hacerme un daño innecesario… Ahora mismo estoy llorando, me duele la garganta, y me doy tanta pena que al mismo tiempo me dan ganas de darme de ostias a mí mismo. Por qué… Si al final es mejor así, es mejor estar solo que mal acompañado, ¿no?

Sí, claro. El corazón es así de amable. Así de mal educado. Debo reconocer que tal vez el origen de todo está en mis padres (hala, tenía que salir). Ahora lo veo claro, arrastro ese lastre sin haberlo sabido detectar hasta ahora. Pero aún sabiéndolo soy incapaz de frenar el dolor. El dolor de no querer cambiar las sábanas porque aún huelen a ella (mira que soy guarro). El dolor de mirar el teléfono y resistir con todas mis fuerzas las ganas de llamarla… El dolor de saber que no me quiere y que le doy pena… El enorme vacío que ha dejado… Es todo una mierda.

Me gustaría pensar que cuando esto pase será la última vez… Pero no, amigos, eso no es verdad, porque no es la primera vez que me ocurre y, sencillamente, estoy hasta los cojones. Me dirán que la vida es así, que hay que asumirlo y que, por otro lado, el amor es maravilloso. Claro que sí. Lo sé. No piensen que no soy capaz de ver lo bella que es la vida. Soy capaz de abstraerme de esta situación concreta y ver las cosas desde otra perspectiva, una más global, y puedo ver la suerte que tengo y todo lo que nos ofrece este mundo. Y ahí está la clave.

¿Cómo carajo, sabiéndolo, siendo consciente, no consigo quitarme del alma este cuchillo de cocina? Siento como si caminara con él clavado desde la espalda… Cuando me subo en el ascensor tengo que entrar con cuidado porque el jodío es más grande que el receptáculo. A veces en vez de un enorme cuchillo de los que manejaba Rambo tengo la sensación de que es una enorme flecha, con plumas y todo. Con esa ni puedo entrar al ascensor. Es mi forma de sentir que hay algo que no encaja, que estoy en fase de reconstrucción… Digo yo.

Ese es el dolor de fondo (como un ruido constante que uno puede sobrellevar). Lo peor son los golpes repentinos. Cuando me viene a la cabeza algún recuerdo. Eso son puñaladas fugaces, pero bestiales. Y respiro hondo, y me digo que tengo mucha suerte por haber tenido esas experiencias (y mi otro yo me dice “y un cojón”). Así vamos, mis múltiples yoes, el que dice que mejor así porque estar con alguien que no te quiere desgasta mucho; el que la echa de menos a morir porque ella tiene todo lo que me gusta de una chica; el que la odia porque es la única forma de empezar a eliminarla de mi memoria inmediata. Y el que se resigna al dolor y ruega para que pase, si no pronto, al menos con el menor número de “víctimas” posible. Y hay otro: el que ha decidido ir a un psicólogo para que le dé consejo. No vamos a arreglar el mundo de mis emociones, pero al menos vamos a intentar comprenderlo mejor.

Para estar mejor preparado la próxima vez.
Porque amigos, ahora lo sé: habrá próxima vez.

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P.D.: No me escriban dándome ánimos, que esto es un cuento. Si les ha gustado y conocen a alguien en una situación semejante… denle ánimos a él/ella. Sentir dolor también es señal de estar vivos. Al menos nos queda ese consuelo… y si hay próxima vez será porque en medio, en algún momento, nos habremos vuelto a enamorar. Qué ganas tengo…

Mirar al cielo

Por las tardes es cuando más me acuerdo de ti… y de ella.

Recuerdo el brillo incandescente que te rodeaba. Refulgías allá donde mirara, incluso cuando cerraba los ojos podía verte… Recuerdo las horas que pasé pensando en ti, intentando desentrañar tus misterios, analizándote. ¿Eras una estrella?¿Tal vez dos? Estabas demasiado lejos para saberlo, y en eso centraba mi trabajo, en intentar descubrir qué eras, cómo te movías, por qué te comportabas como lo hacías… Igual que con ella. Por las tardes, cuando levanto la vista de mi portátil y miro cómo anochece cuando aún debería ser de día, me pregunto qué habría sido de nosotros si hubiese podido quedarme. Y te veo bailar. Me sonríes. Y me despierto, amodorrado, con las marcas del teclado sobre la cara y mil mmmmmmmm y espacios infinitos en la hoja de texto…

No pudo ser.

Tú no hablas sueco y yo no conseguí trabajo… Un astrofísico sin perspectivas, sin un proyecto que desmarañar… es como un jardín sin flores: algo triste. Podríamos haberlo intentado, pero… no sé. Arrancarte del lugar en el que eras feliz, pese a todo, era pedirte demasiado. Así que, con mis casi 37, acepté un trabajo en otro campo de estudio y dejé atrás mi estrella, mi luz… y mi corazón.

Sé que es una historia como otra cualquiera. No es que me guste dramatizar. Me gustaría volver, pero lo único que me ofrecían era un contrato por el salario mínimo para vender libros a domicilio… y yo para eso no valgo. Porque para eso hay que valer. No creas que no me lo planteé. Pero me habría ido apagando como una enana blanca… y te habrías sentido culpable. Y los dos nos habríamos acabado distanciando.

Decía Manolo García que “Cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana”. Y yo no quería eso para nosotros. Porque tú eres muy feliz con los peques de tu guardería. Aunque no sepas si el año que viene vas a seguir allí, es lo que te gusta.

Joder, Carmen, estoy roto por dentro y ni la llegada del verano va a arreglar este desbarajuste que llevo en el alma. Solo hay una cosa que me alivia. Y es levantar la vista hacia la zona del cielo en la que sé que está mi estrella (¿o serán dos?) y pensar que nada es inmutable, que a lo mejor esto se arregla. Que cuando haya elecciones esto cambiará y volveremos a estar juntos. Que tantos años de estudio no pueden quedarse en Suecia. Que mis padres me echan de menos, que tú quieres tus propios niños y que yo no aguanto este frío… Y que algún día podré hacer algo más que llorar y mirar al cielo…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana la hice yo cuando tenía unos 12 años. Es una figurita de unos diez centímetros, en posición de buda sentado, las manos sobre las rodillas. Siempre me ha inspirado mucha paz. Me sorprendió que, después de tantos años, mi madre la guardara. Cuando me mudé aquí me la traje y, desde entonces, ha estado ahí. A medida que se acerca el día D, la miro más, como buscando una respuesta en su postura, como si esa sensación de paz pudiera ayudarme de alguna manera a superar este trance…

Hoy he vuelto a dormirme sobre el teclado. Sabía que tendría que despertarme antes para estar preparada porque se avecinaba el día D. Ya tengo todas mis cosas metidas en cajas… los chismes de la cocina, las cosas de menaje, la ropa, los libros… No ha sido mucho tiempo, casi 7 años, pero el suficiente para ver cómo he hecho míos un montón de sueños que no eran míos, los he puesto en marcha, me la he jugado y me he pegado la torta de mi vida… hasta ahora, claro. Es posible que, tal y como están las cosas, me pegue muchas más. Siempre he pensado que soy una persona optimista, que tras esta locura todo volverá a su sitio en algún momento…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana, de un marrón rojizo, ha visto ya muchas lunas y muchas aguas. Los cambios de estación la han ajado un poco, pero ahí sigue. Cuando él se marchó también estaba. Y me pasé horas mirándola, también entonces, pensando que habría alguna respuesta detrás de todo aquel embrollo.

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Cuando se me acababan los ahorros de toda una vida trabajando, cotizando desde los 16 años, cuando se me acabó la prestación por desempleo, cuando me di cuenta de que a mi edad las cosas se ponían cada vez más difíciles… En todos esos momentos  solo podía pensar en una cosa: quién coño me manda a mí a comprarme un piso. Me dejé llevar… pensando que muy mal se nos tendrían que dar las cosas para no poder pagar la hipoteca. Luego llegó la separación. Asumir sola los gastos. El paro. La crisis…

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana nunca se ha quebrado. Al contrario que yo. Cuando perdí mi trabajo (como si un trabajo se pudiera “perder”…)… Cuando me despidieron rescindiendo mi contrato en la empresa en la que trabajaba (mejor así) salí de allí pensando que ya encontraría alternativas. Y me puse a ello.

Al quedarme dormida sobre el teclado he soñado que la figura de barro deshacía su postura de buda sentado, se levantaba y empezaba a caminar por toda la casa, intentando encender alguna de las luces que no funcionan porque me la han cortado… Y al despertarme me he dado cuenta de que, efectivamente, acababan de cortarme la luz. Al principio pensé que era un corte general… Pero no. Bueno, total, una cosa menos. Aún puedo darme una ducha antes de salir para siempre de la que ha sido mi casa.

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana es un ente vacuo, sin padres, ni hermanos, ni necesidades, sin tiempo ni dolor…

No tengo padres a los que regresar. No tengo hermanos a los que acudir. Tengo amigos que me echarán un cable unas semanas, tal vez unos meses, pero luego, el vacío… Sigo mandando currículums y yendo a entrevistas. Mientras, recuerdo al conjunto de personas que suele acudir a los comedores de Cáritas. Los veo pasar por mi calle. Algunos de ellos son alcohólicos y permanecen en el exterior del comedor, discutiendo vehementemente sobre cualquier cosa. Están muy deteriorados. De pequeña siempre pensaba que la vida podría llevarme por esos derroteros. Pensaba que podía caer en las garras de alguna adicción, o que podría tener que prostituirme por necesidad… Siempre he pensado que era una posibilidad. No lo descarto.

La figura de barro que está sobre el alfeizar de la ventana está empezando a caerme mal. Ahí, perfecta, tranquila, sin sueños… ¡Me están dando unas ganas de tirarla!

Me levanto, cojo la figura y la estrello contra el suelo justo en el momento en que la policía toca a mi puerta. Ya se cierra el círculo. Al menos este. Solo soy uno más de los 500 desahucios diarios que hay en este bendito país…

Se me han roto las alas

Luisa Rojo Gayán. Exposición de Fotografía “Alas rotas”. http://www.luisa-rojo.com/fotografia/exposiciones/alas-rotas.html

Estaba yo con la cabeza en otra parte.

Sí.

Literalmente.

Me la desencajé por la base del cráneo y me la fui dejando por ahí… es que soy muy despistada. Me la dejé en la frutería, al lado de los melones, y no quedaba mal, incluso hacía juego (salvo por el color, claro… y porque los melones no tienen ojos). Me la dejé también en un probador de ropa y esa vez tardé más en recordar dónde me había dejado a mí misma. En realidad no sabía muy bien quién dejaba olvidado a quién. Creo que por momentos era la cabeza la que perdía al cuerpo. Aunque no me preocupaba mucho. Era como si durante algunos segundos nada importase. Imagínense: olvidar la cabeza. Perderla y no recordar dónde la has dejado… y que no te importe lo más mínimo. A veces la tenemos tan cargada de cosas que es más cómodo desmontarla y deshacerse temporalmente de ella. Otras veces basta con conectarla a alguna fuente de vaciado, como puede ser una tele o algún juego chorra de internet. ¡Uy, internet! Eso mejor no, que llena mucho y a veces hasta hace pensar. La tele no. Para encontrar algo que merezca la pena hay que buscar mucho… En fin, es como todo. Yo ahora mismo no sé ni cómo estoy escribiendo. Tengo la cabeza en otra parte. Tal vez en la cocina mirando la nevera vacía y valorando dónde quedarían mejor los huevos (esos morenos que tienen impresa en rojo la fecha de caducidad). O en la ventana viendo la lluvia mientras cae la tarde, chocando sobre el cristal y formando diminutos riachuelos que resbalan hasta caer sobre el alféizar. O en el parque respirando la humedad de la tierra, sintiendo cómo se me moja el pelo y se me pega a la cara… O en aquel balcón cálido parecido a un invernadero, junto a mi orquídea preferida, viendo en tiempo real cómo se abren sus magníficas flores… mientras detrás el sol tiñe de naranjas el juego de nubes que flotan sobre el mar… Continuar leyendo “Se me han roto las alas”

Mi cabeza no está. Se ha enfadado. Y creo que se ha enfadado conmigo. Ay, qué difícil es lidiar con alguien tan cabezota… Lleva días ignorándome. Cada vez que intento que vuelva se da la vuelta y se enfurruña… Yo le digo que no he podido evitarlo, que tenía que elegir. Ella no entiende que en la vida, como decía mi querida Cleopatra, hay unas pocas opciones: hacer lo que debes, hacer lo que quieres… o no hacer nada.

A mí me ha tocado hacer lo que debo. Lo he hecho en contra de mí misma. He tenido que elegir entre mi miedo y mis alas. Y mi cabeza no me lo ha perdonado. Menudo fastidio… Ahora que he hecho lo que debía mi cabeza ha decidido no hacer nada hasta que elija lo que de verdad quiero hacer y lo haga. ¡Esa maldita cabeza llena de pelos! Mira que me está dando quebraderos de cabeza… ¡En realidad me importa un bledo que se quede por ahí! Lo prefiero. Esta cabeza no sigue la corriente, no encaja en este mundo… ¿No entiendes que las alas ya no servían para volar? Solo me daban problemas. ¿Saben lo que cuesta el mantenimiento de unas buenas alas? ¿Unas alas bien cuidadas y preparadas? Es un esfuerzo muy grande para los tiempos que corren. Y ya no era fácil.

… por eso se me han roto las alas…

¿Creen que hice mal?

Ay, mi cabeza… Es posible que si voy a aquel jardín me la encuentre oliendo alguna flor chuchurrida. Yo le diré “eso no huele a nada”. Y ella me responderá “porque tú lo digas, idiota”. Me mirará, de nuevo enfurruñada, y elegirá un trozo de hierba verde desde el cual me ignorará con el entrecejo marcado (si pudiera, se cruzaría de brazos y me daría una patada en la espinilla). Mientras, yo seguiré esperando que se vuelva. En algún momento, se volverá a mirarme. Yo, descabezada, seguiré ahí, esperando.  Y cuando vea que su ceño se relaja un poco (porque en el fondo le doy pena) me daré la vuelta para enseñarle mis alas. “Las mandé arreglar”, le diré. Y ella sonreirá primero. Luego soltará una lágrima. Volverá conmigo mientras acaricio una de mis alas heridas.

Voy a curarme despacio. Me va a costar no estar todo el día discutiendo con ella, con mi cabeza. Sé que volverá a quedarse por ahí, en la barra de alguna cafetería junto a los restos de un colacao, o en un andén de metro tirada en un rincón. Es que soy muy despistada. Pero aunque a veces discutamos, aunque alguna que otra vez incluso nos odiemos, tengo que reconocer que tiene razón. Prefiero hacer lo que quiero. Prefiero tener miedo durante un tiempo que toda la vida. Y, llegados a un extremo, prefiero no hacer nada durante un tiempo para que me dé tiempo a pensar (valga la redundancia). Y luego hacer las cosas bien. Lo que quiero, no lo que debo. Así conservaré mis alas. Que ha costado mucho llegar hasta aquí para que ahora me las corten.

El roce en tu mejilla

 

Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)
Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)

Dicen los que cuentan cuentos que, a veces, los sueños dominan la realidad y nos abren puertas hacia secretos deseos que desconocíamos.

Las conexiones neuronales de nuestros cerebros (ese cuyos perjúmenes nos sulibellan cuando quieren), nuestras percepciones (engañosas las más de las veces), lo que olemos, tocamos y saboreamos, se mezcla en extrañas vías paralelas y nos arrastra hacia caminos inextricables. Entramos en bosques de acero como quien entra a un jardín de acacias, paseamos por valles de fuego como si las llamas fueran de caramelo, jugamos con la luz como si pudiésemos asirla, el puntillismo se convierte en una colección de galaxias o el roce de la lana, de repente, nos hace cosquillas en el paladar…

Son sueños de plastilina, de madera viva, de hierro con sabor a menta… son sueños de dibujos animados, sueños en blando y negro, sueños sin forma amarilla o sueños que cantan alegres réquiems. Son sueños de azúcar glasé que brota de tallos verdes, campañas de políticos afónicos, tacones planos envueltos en nubes, una película hecha sólo de créditos, una canción de una sola nota que, sin embargo, no suena. Sueños con personalidad propia e impropia. Sueños emergentes, divergentes o detergentes.  Esos sueños pueden ser tan reales que, a veces, nos despertamos llorando. Continuar leyendo “El roce en tu mejilla”

Nos despertamos. Creemos que nos despertamos. Y ya nunca nada vuelve a ser igual. Esa fracción de tiempo que flota en el aire, ese margen de tiempo en el que todo es tan firme como el agua, ese entorno asfixiante de liberación infinita que, hasta hace un momento, era nuestra única realidad, ese abismo en nuestro espacio, esa miseria del alma enrarecida… eso es el roce en tu mejilla.

Ayer estabas en mis sueños. Eras tan real que me enamoré de ti. Vivimos una vida juntos. Recuerdo vagamente el momento en que te conocí, los hijos (3 o 7) que tuvimos juntos, el día de nuestro compromiso ante un millón de estorninos, la primera vez que te dije “te quiero”, el accidente en aquella carrera de caracoles del que nos salvamos por los pelos, nuestro primer hogar, dulce; aquella pelea en la que me tiraste un pan bimbo y nos reímos de Punset, el primer camión de bombonas de butano de juguete que tuvo nuestra hija, el césped brillante sobre el que te sentabas a leer, la sensación de amor salvaje que me invadía al mirarte sentado fuera, mientras yo tomaba un té en la cocina (¿o era el dormitorio… o el salón?).

Recuerdo cómo me mirabas mientras tú creías que dormía, el miedo cuando ellos crecían, tu mano de huellas en la mía, las discusiones por el gato/perro/ornitorrinco que brincaba en la terraza (¿o era un jardín?). Los besos eternos, eternos, eternos, eternos… También recuerdo cada marca de tu cuerpo, blanco, mío, suave, delicado, firme… Cada pliegue de tu piel envejecida por el tiempo. Y seguí amándote a través de las arrugas y te seguí mirando y me seguiste mirando y el ornitorrinco/gato/perro seguía allí enredado en nuestros pies de zapatillas y periódico y libros no digitales.

Recuerdo las carreras para llegar a la facultad de pizzas, los nervios de un examen que no recuerdo de qué era, tus palabras sin sentido que cobraban vida y echaban a andar sobre aquel terraplén de grava, cuando no echaban a correr hacia el alfeizar de la ventana desde la que te asomabas a no despedirme porque nunca me iba…

Recuerdo lo guapísimo que estabas cuando ya no te fijabas en mi pelo, y lo lejos que quedaban tus manos cuando la casa de cinco teras empezó a desmoronarse… y lo cerca que estaban tus labios del espejo cuando te viste por fin y llegaste corriendo con aquel libro debajo del brazo y me dijiste que ya lo entendías todo, que ahora podrías empezar a fabricar cristales de azúcar moreno…

Cuando todo parecía ser un bucle perfecto en el que oía coches frenando, barcos en el puerto, cielos cargados de cigüeñas que ya nunca se van, flores rojas que nunca se secan, Esperanza Spalding (¿estaba en el despertador?) susurrándome “Little fly” de William Blake, tú diciendo que los mosquitos eran para el verano, niños armando un escándalo horroroso, el sol haciéndome cosquillas en la playa a la que nunca voy, el sudor de alguien que no sé quién es… cuando todo parecía ser algo tangible, entonces desperté.

En ese puente entre la actividad neuronal del no yo y mi personificación más allá del holograma… en ese momento en el que aún no sabemos si somos o no somos… en ese salto al vacío, juro, prometo, que eras tan real que me enamoré de ti. Y me atrevo a apostar algo… sentí el roce de tu mejilla.

Y es todo lo que me queda.

 

La burbuja

Burbujas

Érase una vez que se era, como todo aquello existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino. Pero, ¿cómo se genera una burbuja, ese “glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie”? ¿Y por qué hacen cosquillas? Esta burbuja no sabía si el dióxido de carbono que la componía acabaría formándose o no… En principio una diminuta legión de burbujas se sucedía desde un mismo origen y se elevaba a través del líquido rosado. Parecían hormiguitas, una detrás de otra, rítmicas, sinuosas, ordenadas. De vez en cuando alguna díscola intentaba salir de la línea, pero sólo lograba un desgarbado giro para volver luego a la formación única, la que les llevaba a una superficie a partir de la cual todo era incierto… Así era la breve e intensa vida a presión de una burbuja. Continuar leyendo “La burbuja”

En esta ocasión, nuestra protagonista quiso saber qué se siente al morir en una boca inquieta, en un momento cargado de incógnitas, qué ocurre cuando todo se precipita, emergiendo desde una forma redondeada hasta convertirse… en nada. ¿Qué piensa una burbuja cuando sale al aire?

Cuando Alicia llenó su copa de cava para brindar por el año nuevo estaba triste. No se presentaba fácil. No parecía que nada fuese a mejorar. Había aceptado una postdoc en Hamburgo. Allí hacía frío. Dejaba atrás familia y amigos. No había oportunidades para ella en su país. Puede que, después de todo, Alicia tuviera suerte. Muchos como ella, con formación o sin ella, con mucho esfuerzo a sus espaldas, tenían que engrosar las filas del paro, como tantos otros profesionales de tantos y tantos sectores de su país de ladrillo.

Era un día triste para la Ciencia. Era un día triste para Alicia. Era una era triste para todos menos para la burbuja. Porque cuando Alicia alzó su copa y esbozó un amago de sonrisa, cuando acercó la copa alargada a sus labios, cuando esa burbuja medio loca se precipitó en su paladar y le hizo cosquillas, Alicia sonrió de verdad. Sonrió y sintió que llevaría el frío con calma. Que se aliaría con los copos de nieve. Que regresaría a visitar a los suyos. Que ellos estarían siempre ahí. Porque érase una vez que se era, como todo aquello que existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino, tan incierto como el de la propia Alicia.

 

El piano

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas. El piano recordaba tantas cosas que ordenarlas era demasiado complicado… sólo podía asociar los recuerdos con melodías. Entonces sí podía darles sentido y uniformidad. Cómo olvidar al joven pianista que había llorado sobre sus teclas tocando a Bach después de que su amor lo abandonara… Cómo no recordar a la pequeña que aprendía a tocar en secreto, interpretando las canciones de los Beatles que escuchaba en casa de sus padres… Cómo no evocar tiernamente a la cantante de jazz enamorada en secreto del bailarín errante que solo sabía tocar piezas de Hancock… Nuestro piano había recorrido tanto que le costaba conservar sus recuerdos…

La casa en la que vivía era oscura. Antes había cambiado tantas veces de lugar que estar parado ahora no le importaba. Sentía que necesitaba descansar y eso era lo que hacía. Una vez al mes, siempre por la tarde, la chica que vivía en la casa levantaba la tapa, cogía un pincel y un paño, y limpiaba cuidadosamente las teclas. Despacio, para que no sonaran. Continuar leyendo “El piano”

Era un piano Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas, fabricado en la Viena en 1918. El enorme salón en el que estaba era también de un apartamento antiguo, de altos techos y grandes puertas de madera silenciosas. Los gigantescos ventanales, cubiertos con gruesas cortinas, no dejaban pasar la luz.

Hacía ya mucho tiempo que nadie dejaba a la vista su bastidor, oculto tras la brillante tapa lacada que tenía algún que otro rasguño, al igual que la tapa de las teclas.

Había vivido una guerra mundial, había pasado por varias restauraciones y tenía un problema en la caja de resonancia que hacía que sonase siempre algo desafinado. Por eso lo tocaban poco. De hecho él creía que su vida útil había terminado y solo servía de adorno… fabricado con las mejores maderas, su prestigio le había precedido durante todos estos años…

Una noche sonó el timbre y la joven abrió la puerta, recibiendo en voz baja a alguien. Lo acompañó hasta donde estaba el piano, intercambiaron algunas palabras inaudibles, y la joven lo dejó sólo en el inmenso salón.

Era un hombre mayor, con gabardina, sombrero y maletín. Le sonaba aquel maletín. Si no le fallaba la memoria era un maletín de afinador: afinador de pianos. El hombre se acercó despacio, mirándolo fijamente, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Sus zapatos resonaban sobre el suelo de mármol, dando pasos cortos hasta que se paró… y suspiró. Se sentó en el taburete del pianista, muy despacio, echando hacia atrás su gabardina. Dejó el sombrero sobre el piano y el maletín en el suelo. Luego pasó su mano sobre la tapa. Al encontrar los rasguños se estremeció. No podía ser.

Levantó la tapa despacio. Acarició las teclas. Alguna nota suelta sonó… ya llevaba mucho tiempo sin afinar. Empezó su trabajo. Abrió el maletín y miró sus herramientas. Se levantó del taburete, se dirigió a un lateral y levantó la tapa del bastidor. Miró hacia el arpa… sintió un ahogo súbito que lo dejó sin aliento. Bajó de nuevo la tapa. Y se quedó de pie durante un rato, inmóvil.

Se sacó un pañuelo del bolsillo de la gabardina y se secó el sudor. Volvió a sentarse. Era normal que aquel piano sonase raro. En su caja de resonancia algo dormitaba desde hacía años. Algo que aquel afinador había estado buscando durante mucho tiempo.

Durante su época gloriosa, este piano había necesitado una afinación diaria, justo antes de cada concierto. Y este hombre se había encargado de hacerla. El día en que el piano desapareció el afinador creyó volverse loco. Lo buscó desesperadamente. No pudo encontrarlo y no quería levantar sospechas, así que, tras meses intentando averiguar qué había sido del piano del concertista más prestigioso del momento, cejó en su empeño y se dio por vencido.

El piano y el pianista no se separaban. Y la esposa del pianista no se separaba de su esposo. Y, aunque todo el mundo empezaba a murmurar y él disimulaba todo lo que podía, llegó un momento en que todos se percataron de que el afinador no se separaba de la esposa del pianista… Casi parecían un trío, siempre uno flotando en la estela del otro, en torno al piano que parecía el hilo conductor de una historia silenciosa, sin banda sonora.

Cuando el afinador llegó como cada día a afinar el piano y vio que no estaba, supo que algo muy grave había ocurrido. No sólo el piano había desaparecido, también el pianista y su esposa. El afinador se quedó de pie en mitad del escenario vacío con una diminuta nota de papel en la mano, llorando a oscuras.

Ahora, tantos años después, debía explicarle a la joven dueña del piano que su caja de resonancia no sonaba bien porque tenía algo dentro. Algo que era para él. Algo que nadie había visto. Y ahora que lo había encontrado tenía miedo…

Volvió a levantarse. Abrió de nuevo la tapa, colocó el seguro y acercó su mano al lugar que ocultaba su secreto. Despacio, lo despegó. Lo sacó del piano. Sacó una carta del paquete envuelto en celofán. Y leyó el papel amarillento, conservado milagrosamente.

“15 de agosto de 1939

Querido Gabriel,
Durante años mi esposo y yo hemos querido tener hijos. Como sabes, no poder ser padres ha sido una de nuestras mayores penas, llegando incluso a levantar una fría barrera de indiferencia entre nosotros. Por eso creo que me enamoré de ti, por la falta de cariño que creció en el seno de nuestro matrimonio. Ahora que estoy esperando un hijo, y pese al riesgo que corro de que él descubra el engaño, he decidido darle una oportunidad a nuestra relación.

Sé que esto te destrozará el corazón, mi querido ángel, y que no vas a querer dejar que vuelva con él. Pero créeme: es lo mejor para los dos.

He dejado una nota en tu maletín indicándote dónde puedes encontrar esta carta y otras cosas que he envuelto para ti. El bastidor del piano es el único lugar seguro que se me ha ocurrido, ya que sé que mirarás ahí mañana antes del concierto y que nadie más se atrevería a tocar el piano de Wilhelm.

Perdóname, ángel mío, y olvídame si puedes.
Con amor:
Alice.”

Dos semanas más tarde se declaraba la segunda guerra mundial. Con apenas 25 años Gabriel tuvo que marchar al frente. Ni un solo día dejó de pensar en Alice, en el piano, apurando los días, deseando saber algo de ella. El famoso concertista había desaparecido. Pasó la guerra. Intentó reiniciar una vida normal. Persiguió todos los Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas de los que tuvo noticia. Hasta hoy, 30 años después…

Gabriel lloraba, sentado en el taburete, en aquel inmenso salón, intentando imaginar a un joven o una joven de esa edad, con las delicadas manos de Alice, tal vez con sus ojos… Cuando la joven que le había recibido entró de nuevo a la habitación con una bandeja de té, Gabriel se secó torpemente las lágrimas y sintió un escalofrío. ¿Sería tal vez ella?

– Le traigo una taza de té, espero que le guste el té… en esta casa no tomamos café.
– Sí, gracias… es usted muy amable –consiguió articular Gabriel-.
– Espero que consiga usted afinar el piano. Lleva mucho tiempo sin ser usado. Mi padre era un conocido concertista… pero yo nunca llegué a oírlo tocar. Falleció antes de que yo naciera, en la guerra.- Decía todo esto mientras colocaba la bandeja en una mesita y servía el té-.
– Sí… el piano…
– Yo no toco el piano, es mi madre, que quiere que esté siempre impecable… Me acostumbré a limpiarlo con esmero, pero nunca llegué a tocar… Mi madre insistió mucho, pero no heredé las virtudes de mi padre…
– ¿Su madre…? –se llevó la taza a la boca, sin beber, intentando disimular- ¿Vive con usted?
– Sí, nunca entra en esta habitación… Y nunca quiso vender el piano, pese a que llegó a pasar por épocas difíciles tras la guerra… Debe ser el único recuerdo que conserva de mi padre…
– Sí… Es probable –se llevó de nuevo la taza a la boca y se dio cuenta de que no había puesto azúcar en el té-.
– Disculpe, olvidé ponerle azúcar –dijo sonriendo- ¿uno o dos azucarillos?
– Tres, por favor… si no le importa…
– No se preocupe, yo también tomo tres… -dijo ella, sonriendo-.
– Entonces… ¿no toca usted el piano?
– No… ¿y usted?
– … Tampoco. ¿Y su madre…?

En ese momento, una hermosa dama, elegante, menuda y de brillante sonrisa, atravesó la puerta del salón del piano.

– Mamá… Es el afinador –dijo sorprendida, levantándose con la taza de té en la mano-.
– Lo sé, Gabrielle…

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas.

Pachelbel Canon in D major