Y, sin embargo, tan joven…

SN1979C_in_M100Brrrr… Hoy tengo un apetito voraz… Es curioso. Hace unos años no comía tanto. Estaré “gestando algo”. Jeje… el desayuno es la comida más importante. Siempre lo han dicho. Aunque yo no tengo mucho problema con eso: cualquier hora es buena para comer. Para engordar. ¿Engordar? Bueno, eso habría que discutirlo -¿dónde habré dejado los cubiertos?-.

¿Acaso engorda un agujero negro? Porque si se trata de acumular gran cantidad de masa en un espacio muy compacto… engordar, engordar, lo que se dice engordar… Pero, ¡por toda la materia oscura, qué hambre más grande tengo! Me voy a colocar la servilleta al cuello que luego me pongo perdidito…

En realidad eso de comer no me había gustado tanto hasta ahora. Antes, en mi vida pasada (anda que… ¡¿lo tengo que explicar todo?!)… Antes yo era una estrellota, una estrella masiva. Las hay enormes, mucho mayores, pedazos de estrellas que, se supone, pueden alcanzar hasta 300 veces el tamaño de la estrellita esa que os alumbra. Pero esas tan gordas viven la vida loca, porque son tan grandes que lo bueno les dura poco… las pobres… ¡Boom!

Bueno, volviendo a mí, (que soy el centro de esta conversación unilateral) no es que yo fuera un monstruo, pero vamos, con unas veinte veces la masa del Sol, grande era.

Hasta que pegué el reventón.

Hijos, qué le voy a hacer. La materia evoluciona. Y a mí me toco pasar de ser estrella masiva a ser un agujero negro. Podría haber acabado como una estrella de neutrones, pero no… Me tomaba un par de planetoides de tapa. Pero, por todos los asteroides, ¡qué apetito tengo! Mira, yo no sé si lo que está orbitándome por ahí (lo veo por el rabillo del ojo) es mi estrella compañera o son restos de la explosión, ¡pero que no se acerque que me lo trago! El salero… ¿dónde está el salero?

Tengo que reconocer que, tras el estallido, he sufrido una ligera pérdida de memoria… Hay muchos datos de mi vida pasada que no recuerdo ni por asomo… Tampoco es que me preocupe mucho. Me han llamado de todo, pero desde luego el último nombre es de lo más curioso: SN1979C. Como si yo no supiera cómo me llamo… -pues la verdad es que no me acuerdo…-

No es que tenga problemas de personalidad… Ni de doble personalidad… Es que, aunque parezca que tengo una larga vida a mis espaldas no paran de decirme que soy un chaval. Tan viejo… y sin embargo tan joven.

 

Inspirado en la noticia del diario El País Un joven agujero negro en nuestro vecindario cósmico”, por A.R./Madrid

Enlace a fuente de la imagen.

 

Versión sonora del cuento “Y sin embargo, tan joven” en ivoox:

Música de la introducción: Lee Rosevere, tema “Planet F” del álbum “Trappist 1”. Bajo licencia Creative Commons. Música del cuento “Y sin embargo, tan joven”: Podington Bear, tema “A1 Rogue”, del álbum “Brooding”. Bajo licencia Creative commons

Jack

Guante de lana.Nunca sabremos de dónde vino, sólo que lo compraron en una tienda por tres euros. Al par. A los dos. Por tanto, a euro y medio cada uno. Al contrario de lo que pueda pensar la gente, dos guantes no tienen por qué llevarse bien. Ni siquiera tienen que conocerse. Pueden pasarse la vida sin hablarse. Es muy triste, sí. Pero es así.

Nadie comprende cómo, habiendo estado juntos tanto tiempo (fabricación, almacenaje, transporte, exposición, adquisición, uso y, fuera de temporada, cajón de la derecha) tienen esa tendencia tan peculiar a permanecer como entes autónomos manteniéndose a la defensiva y evitando entablar relaciones profundas entre ellos. Tal vez lo vean como algo antinatural. Pero ¿qué puede ser lo natural en la vida de un par de guantes?

Yo tengo una teoría. Jack sabía que, tarde o temprano, iba a pasarle lo que le pasó. Nos pasa a todos. Y, para evitarse disgustos, se dejó llevar por su tendencia natural al ostracismo (o, en este caso, al “guantecismo”).

Aquel día ocurrió lo que todos tememos que nos ocurra alguna vez: se perdió.

“No entiendo cómo le has dicho que sí, después de todas las conversaciones que hemos tenido sobre este asunto –María (pues así se llamaba la joven, aunque Jack no lo supiera) se sentó en el banco del metro, quitándose el gorro y sus propios guantes, sin ver que, en el respaldo, reposaba Jack-. ¿Pero no ves que te está engañando? No… No, cariño… No se trata de dinero. Pero si ya lo hemos hablado. Es tu dignidad, ¿no te das cuenta? ¡Así es como se desprestigia una profesión! Pues… pues ya nos arreglaremos. Ya… Ya sé que lo estás pasando mal… ¿Crees que yo no? No es… -se acerca, inexorable, el metro, y María se levanta y se aleja-“.

Jack se queda perplejo. Señala en su mente lanuda las palabras nuevas que ha escuchado: “engañando”, “dinero” y “dignidad”. Empieza a darle vueltas a las posibles combinaciones de letras de palabras cuyo significado no acaba de entender. Porque Jack es un guante pequeño, como de mano de cinco años, y hay cosas a las que aún no ha tenido acceso. Aunque avispado (sin aguijones), Jack es aún joven para discernir ciertas cosas.

Hay mucha gente yendo y viniendo y pocos se sientan en el banco del metro. Lo que más extraña a Jack es que pocos hablan. Leen, miran sus teléfonos móviles, hablan por teléfono… Jack está demasiado acostumbrado a una niña de cinco años que habla por los codos, habla de todo y con todos. Por eso le extraña. A Jack le gusta escuchar y ahora le resulta difícil. Sólo oye retazos, palabras sueltas, murmullos.

Es curioso… Jack no está asustado. Tiene la sensación de que esto forma parte de su trayectoria vital. La vida de un guante de lana de mano pequeña implica perderse. Puede que esa sea su última etapa. Si nadie le ve utilidad, si nadie lo coge, si nadie…

Ahora se ha espaciado el tiempo entre metro y metro y se empiezan a sentar personas. Si no se conocen, no hablan. Eso Jack no lo comprende. Si puedes hablar, deberías intentar hacerlo con los desconocidos. A los conocidos ya se lo has contado todo, ¿no? Tal vez por eso, en la genética de un guante, esté definido el no hacer buenas migas con tu reflejo especular, con tu guante opuesto… aunque a mí me sigue pareciendo una actitud muy, pero que muy rara.

“Esa discusión no me interesa –se sienta una pareja mayor- porque es algo que hemos hablado un millón de veces y siempre llegamos, agotados, a la misma conclusión”. Ella tiene el pelo blanco, tirando a ese azul extraño que llevan algunas abuelas, fruto de una libre interpretación, en las peluquerías, de qué color proporciona mayor presencia a una dama entrada en años. Él está un poco calvo, y el pelo que le queda es gris. Se toca el cuello antes de replicar: “Ya sé que siempre acabamos en tablas, no se trata de convencer a nadie de nada. Y tampoco es una discusión, es una conversación. ¿No podemos hablar de este tema sin sentirnos… agredidos?”. Ella lo mira, sorprendida, y se levanta cuando ve que falta un minuto para el siguiente metro. “No sólo eres testarudo, también eres ingenuo. Y la combinación de las dos cosas te hace ser encantador, pero también pesado. Eres un cansino”. Él se levanta tras ella y ambos entran en el metro, despacito, de la mano. Cuando se cierran las puertas, Jack ve cómo se besan.

Jack sigue ahí cuando se apagan las luces. Ha pasado mucha gente hoy por el metro. Perderse y que te coloquen sobre el respaldo de un banco tiene su encanto. Ha aprendido palabras nuevas. “Conclusión”, “agredidos”, “ingenuo”. “Cansino” ya se la sabía. Y sigue mascullando mentalmente las nuevas palabras, que ya forman parte de su acervo guantil.

Al día siguiente, Marta hace el mismo trayecto que el día anterior. Hoy no ha llevado a la peque a la escuela, le tocada a Alberto, que le ha mandado un whatsapp por si sabe dónde está el guante que le falta. “Vaya, pues igual se le ha perdido. No le gusta que se los ate…”. “Bueno, no pasa nada –escribe Alberto-. Creo que debo tener algunos viejos míos por ahí que guardó mi padre, ya sabes que lo guarda todo. :)”. En ese preciso instante Marta pasa junto al banco donde está el guante. Jack la reconoce. Marta va mirando el móvil…

Y pasa de largo.

La estrella y el polvo, un cuento con epílogo *

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La estrella llegaba al final de su vida.

Si las estrellas pudieran sentir, pensar o elaborar cadenas de palabras (en inglés, porque como en toda la ciencia ficción, si hay visita de extraterrestres, hablan en inglés… Pues esta ficción, aunque sin extraterrestres, no va a ser menos)… Como decíamos, ¿qué ideas asaltarían a esta gigante roja que empezaría en breve a perderse para dejar de ser un objeto y pasar a ser miles de ellos?

Las partes empezarían a tomar conciencia, a discurrir, a sentir los efectos de la reciente muerte en sus recientes vidas. Un ciclo salvaje e impertérrito. Hermoso y cruel. Un ciclo cargado de incógnitas y de variables.

Pero volvamos al principio, que nos estamos poniendo muy tremendos…

Nuestra estrella había disfrutado de una larga vida. Es lo que ocurre cuando se tiene una masa relativamente pequeña. Las estrellas con hasta ocho veces la masa del Sol tienen una prolongada y pacífica existencia. Al contrario que sus primas, las estrellas masivas, que tienen una vida corta y explosiva (la vida loca, que se le llama).

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Durante la fase de secuencia principal (es decir, su vida normal) la estrella mantiene un estado de equilibrio estable gracias a las dos fuerzas que se contrarrestan: la presión que nace del interior de la estrella, que tiende a expandirla, y la gravedad que tiende a comprimirla. Estos dos procesos hacen que se alcance un equilibrio hidrostático: la estrella parece tener un flujo estable, por lo que deducimos que está en fase de equilibrio (esto le va a durar, pero luego se vuelve una desequilibrada…).

Pensemos en nuestra estrella como en una especie de cebolla compuesta por capas de elementos químicos (como toda la materia que conocemos, tan poquita en el universo, lleno de vacíos y de energías y materias oscuras e invisibles… ¿sabían que la materia que conocemos es sólo un 4 por ciento de todo el universo? Una minucia…).

Nuestra cebolla particular ha pasado su vida consumiendo el hidrógeno del núcleo (su combustible principal) y transformándolo en helio. En ese ejercicio de fusión, el hidrógeno pasa, principalmente, por el proceso de reacción protón-protón… Dos veces. Así como suena: “protón-protón”.

Les explico: es como si hubiera una tremenda fiesta e invitásemos al hidrógeno (hay truco, le hemos quitado un electrón). En principio, debido a que se tienen “yuyu” (es decir, como tienen la misma carga se repelen, como los imanes) los protones no se relacionan nada de nada. Pero imagínense que subimos la temperatura y la densidad, tal y como ocurre en el núcleo de la estrella. Pues los núcleos de los hidrógenos, es decir, los protones, se fusionan de dos en dos hasta quedar bien pegaditos por la fuerza fuerte (que no es lo contrario a la “debilidad débil”, que eso no existe, aunque sí existe la “fuerza débil”, por muy contradictorio que suene… cosas de la física). Pero estas relaciones son muy inestables… menudo carácter tienen. De manera que uno de los protones, molesto, se convierte en neutrón, generando un núcleo de deuterio. Por si fuera poco (y no me preguntéis por qué) esto ocurre dos veces. Por el camino se han cansado y han gastado energía, generando un positrón (esta fiesta tiene cada vez más gente) y un electro-neutrino.

Pero eso no es todo. La locura se apodera del personal y el deuterio choca con un protón. Eso libera un fotón gamma (¿este de dónde ha salido?) y genera un isótopo de helio. Y como fiesta llama a fiesta, otro isótopo de helio se acercará, formando un núcleo de helio con dos protones y dos neutrones (¿en el mismo espacio caben todos?), liberando a dos protones sobrantes (aaahhh, eso decía yo) y soltando una energía que ya la quisieran los radiadores de mi casa…

Menudo fiestón.

Y así millones de años.

Agotador.

Sin embargo… llega un momento fatídico en que se agota el hidrógeno, ese elemento elemental (querido Watson), y todo ha pasado a convertirse en helio. Dicen los libros de ciencia que la estrella llega a una etapa llamada de “envenenamiento por helio”… Imagínense, ese núcleo donde antes todo era jolgorio, ahora es tan solo helio… ¿se le pondrá voz de pito? (Menos cachondeo, ¿eh?). Dado que en el núcleo no queda chicha, la fusión pasará a producirse en una capita más externa de la cebolla donde aún, ahí sí, queda hidrógeno.

¿Qué efectos tiene que la actividad de fusión haya cambiado de capa? Pues que la cebolla, aparentemente, engorda y pierde temperatura, volviéndose más roja.

¡A-JA-JÁ! ¡Por eso se les llama gigantes rojas!

Pues sí, muy bien, premio para la persona humana lectora. Pero todavía no hemos llegado. Tranquilidad…

Ahí sigue nuestra estrella, enfriándose paulatinamente, hasta que llega a un punto en que no puede enfriarse más… y para compensar ese “pelete” que ha empezado a adueñarse de su atmósfera estelar, empieza a hincharse cual globo, convirtiéndose, esta vez sí, en una magnífica, enorme y gigantesca gigante roja (valga la redundancia). La estrella ha multiplicado su tamaño por tropecientosmil. Es el principio del fin, y ha dado comienzo una etapa difícil de unos millones de años de deterioro… El apretado núcleo de la estrella, donde antes no había más que fiestas y fusiones, es ahora un mar de dudas… Los elementos que antes permanecían ocultos salen ahora a la superficie y empiezan a dejarse llevar…

¿Que por qué?

Porque una vez que ha terminado de hincharse en esta primera fase… ay amigos… empieza a quemar el helio de su núcleo. El centro de la cebolla grita “¡Ignición!”, y otra vez a volverse locos. Todo empieza a tambalearse. Ya no es una gigante roja (qué manía con las etiquetas…), porque ahora… está en una fase de “apelotonamiento rojo”. Un momento… -interrumpe airada la estrella-.

– ¿Apelotonamiento rojo? ¿Esto es una broma? O sea, paso por una etapa en la que se me acaban las pilas de hidrógeno, engordo y me enfrío (que no veas la rasca que hace aquí arriba), atravieso uno de los momentos (en millones de años, menos mal) más duros de mi vida… ¿y me llamáis “apelotonamiento rojo”? Venga ya, esto es tener mal gusto y lo demás son pamplinas…

La estrella nos vuelve la espalda (si es que tienen espalda, claro) enfurruñada mientras murmura palabras ininteligibles. Apelotonamiento rojo en efervescencia y helio. Esto es un sinvivir. Un sinvivir que puede durar millones de años. Otra vez. Esta muerte, como la vida, es muy lenta…

Ahí hemos dejado a la estrella, en sus disquisiciones, fusionando el helio en carbono. (¡Anda, otro invitado más!). También hay berilio por ahí (un elemento duro y bastante tóxico, mejor mantenerse alejados). Luego el carbono se transformará en oxígeno, el oxígeno en neón, el neón en magnesio… todo seguirá así mientras haya helio.

Pero ahora es cuando yo me pongo triste, porque contar estas cosas tiene su lado triste, no se crean… Se nos acaba el helio, incluso el de las capas exteriores…

– Y ahora qué- la estrella se ha vuelto hacia nosotros con una cara muy provocadora, claramente irritada.- ¿Ein? Ahora qué, narradora, ¡venga, dinos qué pasa!

Ay, estrella, no me mires así, en jarras, toda enfadada… Pues ¿qué va a pasar? Lo que pasa siempre… te volverás a hinchar, llegarás a una etapa que se conoce como “rama asintótica de las gigantes” (asintótica, no asintontica”), brillarás como nunca has brillado en un canto del cisne impresionante, llegará el dragado, es decir, los elementos de tu interior saldrán al exterior, mostrándonos tus más profundas intimidades, perderás masa y te volverás inestable (con ese humor no me extraña) y, como cebolla marchita, empezarás a librarte de tus capas exteriores…

Sólo tu blanco corazón permanecerá, rodeado de preciosas nubes de polvo y gas que habrás ido soltando en este camino hacia tu bello final.

– Ah -silencio-. Pues vaya… -más silencio-. Pero tú no has venido aquí a contar cómo me muero, ¿no?

Efectivamente. Esto es solo parte de la historia. Yo he venido aquí a hablar de un misterio misterioso. Todo el mundo se fija en la pobre estrella (vale, no me extraña, es un momento muy duro y a nadie le hace gracia convertirse en una enana blanca… por cierto, ¿sabían que, teóricamente, el siguiente paso tras ser enana blanca es convertirse en enana negra? Sin embargo, parece ser que es necesario taaaaaanto tiempo para que esto ocurra, que el universo es tan joven que aún no ha dado tiempo a que ninguna enana blanca se convierta en enana negra… Eso, o son tan negras que aún no las hemos encontrado).

Volviendo al meollo. La estrella, pena, dolor, triste adiós, sí, pero nadie parece darse cuenta del momento vital que están atravesando… las motas de polvo.

¿Cómo que qué motas de polvo? Almas de cántaro, ¿pero no les estamos diciendo que desde el núcleo de la estrella, por diversos efectos, se están expulsando las capas de cebolla de la estrella al exterior? ¿Y en forma de qué se creen que están liberándose? ¡¿De chuleta?! ¡No! (Déjenme calmarme…).

Veamos: la atmósfera de la estrella nunca ha dejado de estar en movimiento. Hemos dicho que nuestra protagonista ha estado hinchándose y lanzando al espacio la materia, haciendo que, al final, perdiese todo su contenido, convirtiéndose en una enana blanca. Como aquí nadie se está quieto, la propia enana blanca emite una radiación que influye en esos elementos que antes formaban las capas y que, ahora, generarán una maravillosa nebulosa planetaria (no va de planetas, es que quien lo descubrió tenía un telescopio muy básico y pensó que había planetas, pero no. En realidad es una muerte estelar, suena feo, pero luego lo arreglo).

Intenten rebobinar… Vayamos justo al momento en que la estrella empieza a hincharse. No se lo van a creer, pero estrellas como nuestra protagonista son verdaderas fábricas de polvo cósmico. Un polvo compuesto por diminutos granos que viajan hacia el medio interestelar y juegan un importante papel en la evolución de los objetos astronómicos, ya sean galaxias o embriones de planetas (sí, apelotonamientos de materia que acabarán formando planetas). Y aquí está el misterio: lo mismo que sabemos casi con total certeza cuál es el proceso que vive una estrella en su núcleo cuando empiezan las fases finales de su vida, desconocemos cómo se forman los granos de polvo y qué les pasa en su viaje.

Los tenemos ahí delante, nos concentramos en lo que le pasa a la estrella, y a esos recién nacidos, ni caso…  Olvidamos que el espacio interestelar está lleno de las cenizas de estrellas fallecidas (no lo estoy arreglando) compuestas por partículas de gas y polvo que, reiniciando un proceso de millones de años, empiezan a interaccionar. El grano de polvo parece ser el mecenas, el anfitrión y el transportador de esas interacciones, además de formar parte de los discos que rodean a las estrellas, generando los componentes básicos de las rocas a partir de las cuales se forman los planetas sólidos.

¿Qué les pasa a los granos de polvo que nacen cuando la estrella empieza a hincharse y a dejar escapar su material? Hay unas cuantas cosas que sí sabemos. No las voy a contar todas, pero, por ejemplo, aunque sabemos que casi todos los elementos se generan en el núcleo de una estrella, también sabemos que hay algunos que no: como contábamos, en el núcleo, cuando el helio empieza a fusionarse, pasa directamente a carbono y oxígeno… ¿Qué pasa con los elementos intermedios, con el berilio, el boro y el litio?

Pues estos elementos no se forman en las estrellas. Cuando son lanzados fuera, los pepinazos de rayos cósmicos (que andan por ahí sueltos a su aire, y no se sabe con certeza cuál es su origen) les alcanzan, desintegrando el carbono, el nitrógeno y el oxígeno y dando lugar al nacimiento de estos elementos.

Interesante, ¿verdad? Pero intuyo que se están liando. O yo me estoy liando. Es que esto del ciclo eterno de la vida es muy cansino. Solo les pido que se queden con una cosita: el polvo primigenio (siempre he querido decir esta palabra tan pomposa, “primigenio”) solo puede formarse en las recónditas y cálidas regiones de estrellas evolucionadas (un eufemismo para decir en el corazón de estrellas viejunas) como la que ha protagonizado nuestra historia, o en las explosiones de sus primas, las estrellas gordotas, que acaban estallando como supernovas.

Nuestro polvo estelar empieza entonces un viaje iniciático que le llevará, primero, a superar una carrera de choques en sus primeras etapas, nada más desprenderse de la estrella; a enfrentarse con los fotones ultravioletas que tienen muy mala UVa (pillen el chiste); a luchar contra las partículas energéticas (rayos cósmicos, rayos gamma, dándolo todo en una lid sin par); a defenderse en la fase de creación de los planetas, donde todos tienden a quedarse pegados; y, finalmente, a no sentirse solo cuando llegue al medio interestelar y flote, aislado, en un semivacío en el que parece (y digo “parece”) que nunca volverá a estar acompañado. De la multitud a la soledad…

¿Se dan cuenta de todo lo que viven estas motitas de polvo? No me extraña que luego, con tanto choque y tanta interacción, acaben surgiendo cosas inauditas como, por ejemplo, la vida.

Conclusión: sí, el trasiego de la estrella es una locura. Mucho trajín en sus últimas etapas. Pero qué me dicen de la vida de una mota de polvo…

Supeditada a las presiones, intentando no sucumbir a los vientos estelares. Una sencilla mota de polvo suspendida en algo muy parecido al vacío. Tras un intenso viaje allí está, en un silencio sórdido que todo lo inunda. Cuántas cosas podría contarnos una mota de polvo…

Mientras, seguimos preguntándonos cuál fue la semilla a partir de la cual nació.

Su origen. Por qué.

Todo es un misterio… todavía.

EPÍLOGO:

No quiero dejarles sin algo más de información (¡como si fuera poca!) sobre el futuro. Sepan que cada vez nuestros instrumentos ven mejor y más lejos. Y que eso que tanto nos inquieta a los astroquímicos (¡Alerta! ¡Palabro! Corrijo:)… a los que estudiamos, entre otras cosas, qué condiciones se dan en las zonas de las estrellas evolucionadas donde se forma el polvo, algún día será otra historia, con otros protagonistas. Mientras tanto, observamos nuestras estrellas, soñamos en nuestros laboratorios y seguimos investigando rodeados, a veces, de polvo no tan cósmico, de recortes y ausencias, de éxitos y pérdidas, en un camino con un único fin. Porque, sean quienes sean nuestros protagonistas, ya sea una estrella o una mota de polvo, nuestro viaje es hacia el conocimiento.

*Una versión adaptada de este cuento participó en el certamen “Inspiraciencia” 2014, en la categoría de relato corto para adultos.

La caja azul

http://www.ile-aux-nounous.fr

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Era una caja de cartón que no podía contarnos mucho, porque había prometido guardar el secreto de su existencia y de su presencia en el lugar donde empieza este cuento. Y así es como dejamos que la historia se cuente sola…

Tenía doce años cuando se enfrentó a aquel reto.

Era pequeña, de dientes algo torcidos y pecas mal repartidas. Negros ojos, vivos y grandes, tal vez demasiado grandes. Un pelo rebelde, ni rizado ni lacio, siempre en un intento de recogido en forma de trenza o coleta. Tal delgada que toda la ropa le quedaba grande. Ni asomo de femineidad, lo cual la mantenía en un vilo constante, ya que la preadolescencia no perdona y las hormonas, crueles, hacían de las suyas, pero no de un modo visible.

Berta.
Además se llamaba Berta.
¿Por qué no la habían llamado Laia, como su madre?

Continuar leyendo “La caja azul”

Pero… ¿qué tenía de malo aquel nombre? De origen germánico, Berta significaba única, brillante, resplandeciente, ilustre… Sin embargo sus compis del cole no terminaban de entender eso. “Berta, ¡despierta!”, le decían con una colleja los niños al pasar por el pasillo. “Berta la muerta”, o su variante, “Berta huele a muerta”. Ese era el peor. “Berta la puerta”, “Berta nunca acierta”,…

Llegó un momento en que ya no se enfadaba. Les ignoraba. Y un buen día, con diez años, empezó a responder con motes a quienes la insultaban. “¿Ah, sí? Pues si yo soy Berta la muerta, tú eres Rosa la casposa. Y tú Elena la hiena. Y tú Juan el patán. Y tú Andrés, el que le huelen los pies. Y tú Valentín el puercoespín. Y tú…”. Y le dio tal repaso a todos que los niveles de acoso comenzaron a bajar.

Sin embargo seguía siendo la destartalada niña sin amigos, solitaria y rara, que intentaba a toda costa pasar desapercibida, con camisetas anchas para que no se notara la ausencia de pecho, siempre con algún libro bajo el brazo. En esa época le pusieron el aparato dental y las gafas. Una pesadilla. Si ya se sentía poco agraciada eso ya fue el colmo. Así que se enfrentó a esos nuevos tiempos con algo de resignación y valentía.

Porque para Berta salir de casa cada día era eso: un acto de valentía. Su madre había fallecido siendo ella muy pequeña, y vivía sola con su padre. Él era un hombre bueno, de esos que deberían figurar en el diccionario junto a la palabra “bueno”. Ella pensaba que el sentido de la composición “hombre bueno” se estaba deformando. Cuando la gente decía “Es un hombre bueno” o “Es un buen hombre”, parecían ocultar cierto sentido de debilidad, o incluso estupidez. Berta no estaba de acuerdo. Su padre era fuerte y sensible. Inteligente y audaz. Honesto y luchador. Un hombre bueno. Un héroe para ella.

Cuando Berta empezó a sentir los efectos de las hormonas (es decir, se enamoró perdidamente del chico más bestia y tonto de la clase) y su padre vio cómo arrastraba su cuerpo suspirante y lloroso por las esquinas, tuvo una conversación clara y directa con ella:

“Cariño. Lo que te pasa es normal. No estés tan apagada, mi vida… -le dijo sujetando su carita- Estás creciendo, y eso es maravilloso. Tus hormonas te están cambiando y eso puede hacer que estés triste, que te enfades, que te sientas cansada… y que te empiecen a gustar los chicos… o las chicas. Eso ya lo irás descubriendo, no te preocupes. Solo date tiempo. Es posible que en unos meses tengas tu primera menstruación. Eso hará que te sientas rara. Si ocurre, cuéntamelo. Puede que te duela la barriga, la cabeza, te sientas hinchada, quieras tirarme algo a la cabeza…”.

Berta se echó a reír y sus braquets resplandecieron con ella. “¡Por fin!”, dijo Eduardo, satisfecho. “Tú confía en mí. Esto es un equipo, ¿recuerdas?”.

Y Berta dejó de preocuparse en exceso por todo aquel proceso de cambios y empezó a darse cuenta de que el chico que le gustaba era el más bestia y el más tonto de la clase. ¿Cómo podía ser tan tonto siendo su madre la dueña de la librería más grande de toda la provincia? Pero… ¡era tan guapo!

Un día, en el instituto, la profe dijo que harían un concurso de cuentos. Y Berta, sin saber cómo, se propuso a toda costa ganar ese concurso. Se convirtió en una secreta obsesión. Se dijo que tenía que ganar ese premio: la publicación del cuento y un lote de libros a elegir… de la “Librería Bustos”. Precisamente (qué casualidad) la librería de la madre del niño más tonto y más bestia de la clase, cuyo nombre era Asier. Sus padres eran vascos y él era el primogénito. Al parecer Asier significaba eso: el principio. Y ella empezó a fantasear con la idea de ganar el premio e ir a la librería. Se encontraría allí con él y sonreiría… no, eso mejor no (por los braquets).

En fin, que Berta empezó a escribir y a escribir, y a desechar y a desechar, y a elegir un personaje y otro, y a cambiar de idea una y otra vez, hasta que el plazo se fue acercando amenazante y tuvo que decidirse.

Escribiría sobre una mujer aventurera, una madre que finge morir y en realidad se va de viaje con la intención de regresar con historias maravillosas que contarle a sus hijos… Pero por el camino ocurrirían cosas terribles que le impedirían volver.

Pobre Berta.

El suyo era un sufrimiento callado. Y con los cuentos había empezado a liberarse de aquella carga generada por la ausencia de la figura materna. No quiso darle a su padre el cuento, quería que fuera una sorpresa cuando se hiciera público. Esperaría hasta que se fallaran los resultados del concurso… y no ganó.

—-

Muchos años después, Eduardo estaba en su cama de hospital, tan pequeño y destartalado como Berta a los doce años. Allí estaba ella, adulta, con su esposo, Asier (que no era ni bestia ni tonto, solo había sido un niño un poco trasto y muy tímido). Sus dos hijos mayores estaban con ellos, agarrando las manos del abuelo. La pequeña brincaba por la habitación. “Ojalá tuviera cinco manos, así podría agarraros a todos”, decía Eduardo con una sonrisa tan preciosa que todo el edificio podría haberse derrumbado en aquel momento y nadie se habría dado cuenta.

Berta lloraba, sonriendo también. Asier la abrazaba, escondiendo a vece su cara en el hombro de ella. Los dos hijos mayores, Eduardo y Ángel, en silencio, besando las arrugadas manos del abuelo. Todos le miraban, con esa sensación de querer disfrutar hasta el último segundo de vida de aquel hombre bueno.

Entonces el abuelo lo contó.

– Berta, ¿recuerdas el concurso de cuentos del colegio, aquel que tanto te obsesionó?

– Sí, papá. ¿Cómo iba a olvidarlo?

– Pues tengo que contarte algo… Berta. ¿Recuerdas también la caja que hay en el trastero, la azul con un lazo?

– Sí, claro, nunca me dejaste abrirla… ¿pero qué tiene eso que ver con…? – Eduardo levantó un poco la mano e hizo un gesto, como para que le dejaran seguir hablando sin interrumpirle-.

– Pues mira: cuando el jurado leyó tu cuento todos decidieron de forma unánime que era el mejor. Pero era tan triste que la profesora, una vez abrió el sobre para conocer la autoría, me llamó para hablar conmigo. No sabíamos si era bueno que airearas el dolor por la ausencia de tu madre en aquellas condiciones. Aunque… debo ser sincero. Fui yo quien decidió que no se hiciera público… No me sentía fuerte para responder preguntas sobre tu madre. Me preguntaba cómo era posible que lo supieras…

– ¿Que supiera qué?

Se hizo un silencio espeso y caliente como la lava…

– Berta: tu madre no murió, al menos no en el momento en que tú imaginas. Poco después de nacer tú, tu madre se sentó conmigo y me dijo que necesitaba crecer. Que te quería mucho, pero que no había vivido. ¿Cómo iba a enseñarte nada si ella misma no sabía nada de la vida? Me dijo que necesitaba viajar, aprender, conocer mundo… Y eso hizo. No podía decirle que no… Tenía toda la razón. Con la mala suerte de que dos años después falleció en un accidente. De hecho estaba regresando a casa cuando ocurrió…

– Papá… ¿Y por qué…? ¿Por qué has esperado tanto para decírmelo? – Berta estaba ahora echada sobre el regazo de su padre, llorando tanto que ningún mar habría recogido tantas lágrimas, de hecho todos lloraban- ¿Por qué no me lo contaste antes?

– No tuve valor, hija. Nunca tuve el valor… Cariño: la caja azul son los libros que compró tu madre para ti durante su viaje. Jamás me atreví a leerlos… Solo la abrí para añadir los que me dieron en la librería. Berta: ¡ganaste el premio!- Lo dijo con esa preciosa sonrisa, más bella y resplandeciente aún, lleno de orgullo…

Apretó durante un momento más sus manos.

Y se fue.

—-

Berta es abuela. Escribe libros de aventuras y cuentos, sobre todo cuentos. Le gusta leerlos a sus nietos. Está en su pequeño despacho, en un silloncito viejo atestado de cojines. Asier juega en el pequeño jardín, tirado en el suelo, con sus nietos. Ella los ve por la ventana. “Como siga así van a romper a este viejo”, piensa ella divertida. La hija, la menor de los tres, entra con su pequeño en brazos.

– Laia, ¿dónde he metido mis gafas?

– Las llevas colgando del cuello, como siempre…

Se miran y se ríen…

– Te ríes como tu abuelo… -Ambas se miran-.

– ¿Sabes una cosa? Siempre pensé que esto era una tener familia. Muchas personas, hijos, nietos, gente a tu alrededor… Y ahora aquí estoy, rodeada de gente que me quiere y a la que quiero. Una familia.

– Sí mamá. Pero ¿sabes tú otra cosa? Tanto amor no surge por generación espontánea. Alguien te enseñó a querer. El abuelo y tú también erais una familia. Un equipo.

– Tienes razón. Y aunque no llegué a conocerla creo que mi madre tuvo mucho que ver en esto…

Laia se fijó en que tenía un viejo cuaderno entre las manos y, sorprendida, le preguntó:

– ¿Estás leyendo sus diarios de viajes? ¿Por fin?

– Sí. Por fin me atreví. Este es el último… soy una tonta.

– No eres tonta, mamá, no digas eso…

– Ya lo sé, ya… Voy a contarte algo que nunca le he dicho a nadie. –Laia se sentó frente a ella con el bebé y escuchó atentamente-. Cuando aquel día, con doce años, dieron el fallo del concurso, me sentí como si me hubiera pasado por encima una apisonadora… Fue cuando decidí dedicarme a escribir. Supongo que buscando siempre aquel premio. Cuando el abuelo me dijo que había ganado… no sentí alivio. Me hizo sentirme muy triste. Y ahora, tanto tiempo después… Ahora me sentía preparada para saber. Para leer los diarios de mi madre. Para comprender por qué calló mi padre. Ahora es cuando siento que he ganado, Laia.

Cogió su mano, miró al bebé, soltó una lágrima agarrando la vieja libreta manuscrita y repitió, mirándola a los ojos:

– He ganado.

Y es que, érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Ahora está debajo de una mesa, en un saloncito luminoso donde siempre hay gente y se cuentan historias. La abren y cierran casi cada día para leer lo que ha estado guardando todo este tiempo. Está algo desvencijada, pero sigue guardando misterios que sólo los ojos de los que aman los cuentos pueden desentrañar. Y quién no se ha enamorado alguna vez de un cuento…

¿Me concede este baile, señorita?

Los satélites TanDEM-X y TerraSAR-X durante su vuelo. Créditos: DLR.14 de octubre de 2010. Fue entonces cuando por fin empezó a acercarse a mí. Llevaba un tiempo observándolo, llena de preguntas. El vacío está helado. ¿Se imaginan estar allá arriba, sola, en silencio, sin nadie con quien hablar, sin un triste compañero con quien compartir las alegrías y las penas?

¿Se imaginan mi sorpresa, después de estar tres años sola, cuando vi que él llegaba hasta donde estaba yo y empezaba a mirarme? Al principio me asusté. Han sido cinco meses de mirarnos en la distancia. Sin más…

Así que cuando empezó a acercarse se me recalentaron todos los circuitos (es una metáfora, claro). Porque, generalmente, estamos solos. Hay muchos como nosotros. Muchas almas perdidas orbitando la Tierra que, con el tiempo, cuando ya no son útiles, van acercándose a la atmósfera y la atraviesan hasta desintegrarse o, con suerte, caer al mar. Continuar leyendo “¿Me concede este baile, señorita?”

Caer al mar… Dejar atrás el silencio…

Ahora ya no estoy sola. Me llamo TerraSAR-X, soy alemana y me encanta la fotografía. De hecho, me dedico a ello profesionalmente. Mi pareja, mi media naranja, quien ha completado mi vida de satélite, se llama TanDEM-X.

Cuando inició su acercamiento cualquier paso en falso habría dado al traste con nuestras ilusiones… Pero todo salió bien. “¿Me concede este baile, Señorita?, me dijo”.

Aunque el vacío sigue siendo frío y el silencio impera, ahora mismo todo es diferente. Ahora mismo miramos hacia abajo y fotografiamos juntos la Tierra para hacer un mapa tridimensional de lo más completo. Ser un satélite no significa que no tengamos nuestro corazoncito. Y es la primera vez en la historia de la tecnología que dos satélites bailan tan cerca.

Y, aunque el riesgo de choque sea un temor callado, él y yo no paramos de sonreír.

Publicado en octubre de 2010 en el blog CretivaCanaria, inspirado en la noticia del diario ABC “Dos satélites alemanes vuelan casi pegados en una arriesgada maniobra”, por J. de J./Madrid.

Un extraño

La superficie árida de aquel lugar del planeta permanecía inamovible, silenciosa, casi absurda. No era normal por aquellos lares. Allí, en su pequeño círculo, debían estar en constante movimiento, simulando vida, simulando actividad. Un viento rojizo empeñado en dar sentido a las tormentas de polvo quiso restablecer la situación. Quería llevarse lo que podrían ser pensamientos, transmisiones eléctricas que flotaban en un espacio irreal y olvidado. Información.  ¿Tal vez una débil señal? Una oportunidad, quizás, de seguir comunicándose, de estar…

¿Qué son seis años en la vida de un planeta? Eso no es nada… solo un paréntesis en el conocimiento. Pero un conocimiento tan valioso… La fría batalla de Troya pudo con él. Una batalla contra la quietud y el invierno.

El viento quiso que aquel extraño volviera a recorrer su pequeño espacio, que con esa delicada lentitud se moviera haciendo lo que fuera que solía hacer. Pero quería que se moviera. Uno de sus brazos pareció reaccionar… pero nada. Sólo era el viento. Aquel suelo árido permanecía ausente, soñando. Tal vez bajo su superficie hubiese algo esperando. Tal vez fuera una simple bacteria. Tal vez nada. Pero ahora tendrían que esperar. Porque la Spirit permanecía en silencio. A su alrededor, Marte.

 

Publicado en noviembre de 2011 en el blog de CreativaCanaria.com

La burbuja

Burbujas

Érase una vez que se era, como todo aquello existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino. Pero, ¿cómo se genera una burbuja, ese “glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie”? ¿Y por qué hacen cosquillas? Esta burbuja no sabía si el dióxido de carbono que la componía acabaría formándose o no… En principio una diminuta legión de burbujas se sucedía desde un mismo origen y se elevaba a través del líquido rosado. Parecían hormiguitas, una detrás de otra, rítmicas, sinuosas, ordenadas. De vez en cuando alguna díscola intentaba salir de la línea, pero sólo lograba un desgarbado giro para volver luego a la formación única, la que les llevaba a una superficie a partir de la cual todo era incierto… Así era la breve e intensa vida a presión de una burbuja. Continuar leyendo “La burbuja”

En esta ocasión, nuestra protagonista quiso saber qué se siente al morir en una boca inquieta, en un momento cargado de incógnitas, qué ocurre cuando todo se precipita, emergiendo desde una forma redondeada hasta convertirse… en nada. ¿Qué piensa una burbuja cuando sale al aire?

Cuando Alicia llenó su copa de cava para brindar por el año nuevo estaba triste. No se presentaba fácil. No parecía que nada fuese a mejorar. Había aceptado una postdoc en Hamburgo. Allí hacía frío. Dejaba atrás familia y amigos. No había oportunidades para ella en su país. Puede que, después de todo, Alicia tuviera suerte. Muchos como ella, con formación o sin ella, con mucho esfuerzo a sus espaldas, tenían que engrosar las filas del paro, como tantos otros profesionales de tantos y tantos sectores de su país de ladrillo.

Era un día triste para la Ciencia. Era un día triste para Alicia. Era una era triste para todos menos para la burbuja. Porque cuando Alicia alzó su copa y esbozó un amago de sonrisa, cuando acercó la copa alargada a sus labios, cuando esa burbuja medio loca se precipitó en su paladar y le hizo cosquillas, Alicia sonrió de verdad. Sonrió y sintió que llevaría el frío con calma. Que se aliaría con los copos de nieve. Que regresaría a visitar a los suyos. Que ellos estarían siempre ahí. Porque érase una vez que se era, como todo aquello que existe y existirá, una burbuja que inició un incierto camino, tan incierto como el de la propia Alicia.

 

El piano

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas. El piano recordaba tantas cosas que ordenarlas era demasiado complicado… sólo podía asociar los recuerdos con melodías. Entonces sí podía darles sentido y uniformidad. Cómo olvidar al joven pianista que había llorado sobre sus teclas tocando a Bach después de que su amor lo abandonara… Cómo no recordar a la pequeña que aprendía a tocar en secreto, interpretando las canciones de los Beatles que escuchaba en casa de sus padres… Cómo no evocar tiernamente a la cantante de jazz enamorada en secreto del bailarín errante que solo sabía tocar piezas de Hancock… Nuestro piano había recorrido tanto que le costaba conservar sus recuerdos…

La casa en la que vivía era oscura. Antes había cambiado tantas veces de lugar que estar parado ahora no le importaba. Sentía que necesitaba descansar y eso era lo que hacía. Una vez al mes, siempre por la tarde, la chica que vivía en la casa levantaba la tapa, cogía un pincel y un paño, y limpiaba cuidadosamente las teclas. Despacio, para que no sonaran. Continuar leyendo “El piano”

Era un piano Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas, fabricado en la Viena en 1918. El enorme salón en el que estaba era también de un apartamento antiguo, de altos techos y grandes puertas de madera silenciosas. Los gigantescos ventanales, cubiertos con gruesas cortinas, no dejaban pasar la luz.

Hacía ya mucho tiempo que nadie dejaba a la vista su bastidor, oculto tras la brillante tapa lacada que tenía algún que otro rasguño, al igual que la tapa de las teclas.

Había vivido una guerra mundial, había pasado por varias restauraciones y tenía un problema en la caja de resonancia que hacía que sonase siempre algo desafinado. Por eso lo tocaban poco. De hecho él creía que su vida útil había terminado y solo servía de adorno… fabricado con las mejores maderas, su prestigio le había precedido durante todos estos años…

Una noche sonó el timbre y la joven abrió la puerta, recibiendo en voz baja a alguien. Lo acompañó hasta donde estaba el piano, intercambiaron algunas palabras inaudibles, y la joven lo dejó sólo en el inmenso salón.

Era un hombre mayor, con gabardina, sombrero y maletín. Le sonaba aquel maletín. Si no le fallaba la memoria era un maletín de afinador: afinador de pianos. El hombre se acercó despacio, mirándolo fijamente, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Sus zapatos resonaban sobre el suelo de mármol, dando pasos cortos hasta que se paró… y suspiró. Se sentó en el taburete del pianista, muy despacio, echando hacia atrás su gabardina. Dejó el sombrero sobre el piano y el maletín en el suelo. Luego pasó su mano sobre la tapa. Al encontrar los rasguños se estremeció. No podía ser.

Levantó la tapa despacio. Acarició las teclas. Alguna nota suelta sonó… ya llevaba mucho tiempo sin afinar. Empezó su trabajo. Abrió el maletín y miró sus herramientas. Se levantó del taburete, se dirigió a un lateral y levantó la tapa del bastidor. Miró hacia el arpa… sintió un ahogo súbito que lo dejó sin aliento. Bajó de nuevo la tapa. Y se quedó de pie durante un rato, inmóvil.

Se sacó un pañuelo del bolsillo de la gabardina y se secó el sudor. Volvió a sentarse. Era normal que aquel piano sonase raro. En su caja de resonancia algo dormitaba desde hacía años. Algo que aquel afinador había estado buscando durante mucho tiempo.

Durante su época gloriosa, este piano había necesitado una afinación diaria, justo antes de cada concierto. Y este hombre se había encargado de hacerla. El día en que el piano desapareció el afinador creyó volverse loco. Lo buscó desesperadamente. No pudo encontrarlo y no quería levantar sospechas, así que, tras meses intentando averiguar qué había sido del piano del concertista más prestigioso del momento, cejó en su empeño y se dio por vencido.

El piano y el pianista no se separaban. Y la esposa del pianista no se separaba de su esposo. Y, aunque todo el mundo empezaba a murmurar y él disimulaba todo lo que podía, llegó un momento en que todos se percataron de que el afinador no se separaba de la esposa del pianista… Casi parecían un trío, siempre uno flotando en la estela del otro, en torno al piano que parecía el hilo conductor de una historia silenciosa, sin banda sonora.

Cuando el afinador llegó como cada día a afinar el piano y vio que no estaba, supo que algo muy grave había ocurrido. No sólo el piano había desaparecido, también el pianista y su esposa. El afinador se quedó de pie en mitad del escenario vacío con una diminuta nota de papel en la mano, llorando a oscuras.

Ahora, tantos años después, debía explicarle a la joven dueña del piano que su caja de resonancia no sonaba bien porque tenía algo dentro. Algo que era para él. Algo que nadie había visto. Y ahora que lo había encontrado tenía miedo…

Volvió a levantarse. Abrió de nuevo la tapa, colocó el seguro y acercó su mano al lugar que ocultaba su secreto. Despacio, lo despegó. Lo sacó del piano. Sacó una carta del paquete envuelto en celofán. Y leyó el papel amarillento, conservado milagrosamente.

“15 de agosto de 1939

Querido Gabriel,
Durante años mi esposo y yo hemos querido tener hijos. Como sabes, no poder ser padres ha sido una de nuestras mayores penas, llegando incluso a levantar una fría barrera de indiferencia entre nosotros. Por eso creo que me enamoré de ti, por la falta de cariño que creció en el seno de nuestro matrimonio. Ahora que estoy esperando un hijo, y pese al riesgo que corro de que él descubra el engaño, he decidido darle una oportunidad a nuestra relación.

Sé que esto te destrozará el corazón, mi querido ángel, y que no vas a querer dejar que vuelva con él. Pero créeme: es lo mejor para los dos.

He dejado una nota en tu maletín indicándote dónde puedes encontrar esta carta y otras cosas que he envuelto para ti. El bastidor del piano es el único lugar seguro que se me ha ocurrido, ya que sé que mirarás ahí mañana antes del concierto y que nadie más se atrevería a tocar el piano de Wilhelm.

Perdóname, ángel mío, y olvídame si puedes.
Con amor:
Alice.”

Dos semanas más tarde se declaraba la segunda guerra mundial. Con apenas 25 años Gabriel tuvo que marchar al frente. Ni un solo día dejó de pensar en Alice, en el piano, apurando los días, deseando saber algo de ella. El famoso concertista había desaparecido. Pasó la guerra. Intentó reiniciar una vida normal. Persiguió todos los Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas de los que tuvo noticia. Hasta hoy, 30 años después…

Gabriel lloraba, sentado en el taburete, en aquel inmenso salón, intentando imaginar a un joven o una joven de esa edad, con las delicadas manos de Alice, tal vez con sus ojos… Cuando la joven que le había recibido entró de nuevo a la habitación con una bandeja de té, Gabriel se secó torpemente las lágrimas y sintió un escalofrío. ¿Sería tal vez ella?

– Le traigo una taza de té, espero que le guste el té… en esta casa no tomamos café.
– Sí, gracias… es usted muy amable –consiguió articular Gabriel-.
– Espero que consiga usted afinar el piano. Lleva mucho tiempo sin ser usado. Mi padre era un conocido concertista… pero yo nunca llegué a oírlo tocar. Falleció antes de que yo naciera, en la guerra.- Decía todo esto mientras colocaba la bandeja en una mesita y servía el té-.
– Sí… el piano…
– Yo no toco el piano, es mi madre, que quiere que esté siempre impecable… Me acostumbré a limpiarlo con esmero, pero nunca llegué a tocar… Mi madre insistió mucho, pero no heredé las virtudes de mi padre…
– ¿Su madre…? –se llevó la taza a la boca, sin beber, intentando disimular- ¿Vive con usted?
– Sí, nunca entra en esta habitación… Y nunca quiso vender el piano, pese a que llegó a pasar por épocas difíciles tras la guerra… Debe ser el único recuerdo que conserva de mi padre…
– Sí… Es probable –se llevó de nuevo la taza a la boca y se dio cuenta de que no había puesto azúcar en el té-.
– Disculpe, olvidé ponerle azúcar –dijo sonriendo- ¿uno o dos azucarillos?
– Tres, por favor… si no le importa…
– No se preocupe, yo también tomo tres… -dijo ella, sonriendo-.
– Entonces… ¿no toca usted el piano?
– No… ¿y usted?
– … Tampoco. ¿Y su madre…?

En ese momento, una hermosa dama, elegante, menuda y de brillante sonrisa, atravesó la puerta del salón del piano.

– Mamá… Es el afinador –dijo sorprendida, levantándose con la taza de té en la mano-.
– Lo sé, Gabrielle…

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas.

Pachelbel Canon in D major

La nave espacial

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? ¿Pero no dicen que el Espacio y el Tiempo son uno solo? ¿Que se crearon a la vez y son inseparables? Por tanto, si algún día dejase de existir el espacio (ese horrible espacio que nos separa y nos enfrenta), si algún día dejase de existir el espacio… el tiempo también desaparecería, ¿no?…

Es tan difícil imaginar un Universo sin tiempo…. Y aún más complicado imaginar la ausencia de espacio. Pero puesto que nos movemos en el campo misterioso y voluble de los cuentos, dejemos que sea la fantasía la que nos lleve por este inextricable camino.

Continuar leyendo “La nave espacial”

Érase una vez que se era, insisto, sin más (que las elucubraciones nos llevarían mil cuentos o a saber), una nave espacial que quería regresar a su planeta. Navegaba ella sola por el espacio interestelar con todos sus sistemas activados y funcionando correctamente. Tenía un listado de misiones que cumplir, aunque con toda la instrumentación de la que disponía la cosa era relativamente sencilla. Estaba un poco aburrida y el tedio la tenía algo existencial… demasiados libros digitales sobre filosofía de la ciencia y pocos de ciencia ficción.

Para compensar, a veces, nuestra nave veía alguna de esas películas catastróficas del espacio en las que un ser extraño, procedente de otra civilización (alienígena, la llamaban ellos, que es una palabra del inglés que significa “extranjero”, aunque no sabemos explicar muy bien qué es eso de “extranjero”…), alteraba la paz de los que habitaban la nave y todo acababa en destrucción poco menos que estilo zombi (otra versión algo más pringosa de invasiones y muerte por doquier)…

Las veía con una colección de sentimientos encontrados, casi por puro masoquismo, porque la verdad es que no le gustaban nada, pero así al menos veía algo de acción, ya que lo más emocionante en el interior de la nave era contemplar cómo se encendían y apagaban algunos pilotitos de colores de los paneles de control… Luego las pesadillas mezclando las luces de los pilotitos con la extinción alienígena eran de espanto, pero eso también aportaba algo nuevo a su día a día.

Efectivamente, la vida era muy aburrida de tranquila que era. En sus mapas del espacio conocido había una larguísima lista de exoplanetas cuya existencia debía ir confirmando de manera observacional (es decir, tenía que ir echando fotos a los planetas). Esa era una de sus misiones. De paso, si veía alguno nuevo que no estuviera en la lista tenía que anotarlo y catalogarlo: que si planeta enano, que si gaseoso, rocoso, que si solitario o asociado a un sistema con una estrella única o binario, planetita, planetazo, planetilla… Los días pasaban despacio para esta pacífica nave de exploración científica.

Hasta que un día vio algo sorprendente. Un sistema planetario parecido al suyo. En su largo periplo (¡Juas! Siempre había querido usar esa palabra pero encaja en tan pocas realidades… Esta es una de ellas: periplo, periplo, periplo…). Pues eso. En su largo periplo esta singular nave había visto multitud de planetas de todo tipo. Y en este sistema, además, en la zona de habitabilidad, había un planeta muy similar al suyo. Era tan maravilloso descubrir una atmósfera de oxígeno, tan hermoso deleitarse con esa azul atmósfera…

Era tan bonito, tan reconfortante, tan mágico… ¡La nave estaba pletórica! Decidió que se acercaría despacio (no mucho, lo suficiente), que miraría discretamente, que lo analizaría… Soñó tanto en los siguientes días, durante su acercamiento, que empezó a temer que, al despertar, el planeta ya no estuviera allí. ¡Ay! Qué ganas de averiguar si se había desarrollado formas de vida como la que le habían construido, tiempo atrás, en un planeta alejado…

Cuando se estaba acercando pudo observar las tormentas, las superficies sólidas y los mares, la variada geografía, la vegetación, los animales… pero no había señales de vida inteligente. Dio vueltas durante varios de los días de este planeta, esperando recibir algún tipo de señal. Pero nada. ¿Sería quizá lo que había estado buscando durante tanto tiempo?

Había leído pocos libros de ciencia ficción, pero un autor famoso ya hablaba de esta posibilidad: colonizar planetas con seres que viajaban congelados o en probetas. Se acordó de un cuento en el que había una especie de cangrejos bajo el mar que desarrollaban una inteligencia que podía poner en peligro a los colonos… Profundizó en los mares, por si se le escapaba algún detalle. No era cuestión de que los cangrejos esos le chafaran el plan. Aunque esta nave no era “colonizadora”, sólo era una misión de búsqueda…

Fotos y más fotos… Y a enviar la información para esperar instrucciones, pues lo que más deseaba era regresar a su planeta. ¿Cómo puede una nave espacial añorar algo? Pues sí, sentía añoranza. En un momento dado se dio cuenta de que había perdido la cuenta (valga la redundancia) del tiempo que llevaba fuera… es decir, lo tenía todo absolutamente anotado, pero no se había parado a pensar en el significado de este Tiempo…

Esperó una respuesta desde su planeta, con el que no se comunicaba desde… ¿desde cuándo? “Ay, mi madre… qué lío tengo”, pensó la nave. De repente, se vio asaltada por una enorme duda. No podía creer lo que se le acababa de ocurrir. Miró en sus mapas… ¿había dado una enorme vuelta para regresar al mismo punto de partida? No… Porque entonces… ese debía ser… ¡su planeta! ¡Su precioso planeta azul! Pero…

Tras un enorme sofoco decidió aclarar lo antes posible tanta confusión. Miró su reloj, que era el reloj que marcaba su propio tiempo y, por otro lado, analizó la geología del planeta y el estado del propio sistema planetario, analizó la estrella central, y llegó a una posible conclusión: ¿y si en algún momento había saltado a un universo paralelo? ¿Estaba frente a su planeta? Pero… en este no había seres inteligentes. Numerosas especies animales saltaban a sus anchas, depredándose y reproduciéndose. ¿Era su hogar?

Números, más números y datos, órbitas, corrientes interestelares, vientos estelares… recalculando… ¡Ufffffff! Definitivamente, aquel no era su planeta. Había tenido un fallo de cálculo, nada más… Respiró tranquila y reemprendió la marcha. Anotó los datos en la ficha número 162.963.571.298:

Planeta: rocoso

Atmósfera: Oxígeno y Nitrógeno

Nombre: …

Aquí dudó… encendió los sistemas de captación de datos y anotó lo que encontró en las redes de comunicación del planeta:

Nombre: Tierra.

Vida inteligente: No

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? … ¿Ya estamos otra vez? Dejémoslo ahí. Todo sea por la vida inteligente. Aunque la definición de inteligencia aún está por definir del todo… ¿no creen?

Publicado el 10 de julio en el blog de CreativaCanaria.com

La escritora de cuentos

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una chica que se dedicaba a escribir cuentos en sus ratos libres (que eran pocos). Era ésta una chica animosa, de grandes ojos y manos ágiles, como pequeñas alas que se deslizaban sobre el teclado acariciando las teclas, que pulsaba, a veces suavemente, a veces con más energía, todo con el fin de que sus pensamientos no quedaran atascados en su mente, con la intención de sacar de su cabeza todas aquellas ideas de lo más profundo de su ser… bueno, ella sabía que salían gracias a las sinapsis de sus conexiones neuronales (porque Punset no paraba de repetirlo). Le gustaba mucho el método científico y deductivo y no dejaba que cualquier charlatán la embaucara con pulseras mágicas o leyendas urbanas. Cuando algo olía mal, por lo general es que era una patraña. Tenía ella un sexto sentido para estas cosas…

Para escribir sus cuentos se documentaba, se inspiraba en la realidad y luego, a veces, inventaba… La realidad es maravillosa, es una magnífica fuente de inspiración. ¿Qué hay más mágico que una gota de lluvia, cuál puede ser su historia, su proveniencia, su composición…? ¿O cómo no investigar sobre las mariquitas para saber cuántas especies hay, o cuáles son sus enemigos naturales? Navegar por las estaciones del año, perderse en el mar, entrar en la que podría ser la “vida” de un electrón o intuir qué piensa el cuerpo cuando el corazón empieza a tener problemas…

Continuar leyendo “La escritora de cuentos”

La cantidad de temas era inmensa y ella intentaba escribir historias alegres, pero a veces la inspiración tiene sus propios caminos y surgían historias tristes de guerra entre hombres, situaciones de violencia inusitada, o la visión de cómo se apaga una vela en un tempus fugit sobrecogedor…

Aquel día sus manos decidieron que, como siempre, harían lo que les viniera en gana… porque en realidad no era ella la que escribía: los cuentos se escribían solos, iban desmadejándose de manera propia, nacían de algo que ya estaba ahí. Nuestra escritora de cuentos se sorprendía de cómo los cuentos se escribían de manera totalmente autónoma, utilizándola a ella como mero instrumento. Únicamente tenía que sentarse con la intención de dejarlos nacer. Y ellos llegaban y le susurraban “por ahí vas bien”, o “no, esa no es la historia, vuelve hacia atrás”…

Una vez más, se sentó sin saber qué podía surgir de aquello, y lo primero que le salió fue una especie de introducción, al igual que había hecho con la historia de un enamorado. Llevaba semanas sintiéndose apesadumbrada porque pesaba sobre ella la culpabilidad de no estar ofreciendo cuentos a cascoporro… había tenido tanto trabajo que no había podido dejar que sus dedos se dedicaran a esta pasión por los cuentos. Y tenía miedo de estar desatendiendo al diminuto mundo de las cosas inanimadas. Les pedía perdón. Insistía en que seguía amando los gestos, las maneras, los sonidos de las pequeñas cosas, esos objetos sin voz a los que daba a veces vida.

Y sin darse cuenta empezó a escuchar la voz de las letras, no la de la letra “a”, a la que ya había escuchado una vez (que menuda historia tiene), sino la de todas las letras del teclado con el que escribía. Sin saber cómo, empezaron a contarle una singular sucesión de hechos totalmente inauditos que necesitarían de un cuento o quizá de varios… Y los impulsos eléctricos empezaron a volar.

Cuando quiso darse cuenta, se había dormido sobre el teclado… Tenía que dejar de vivir frente a ese diminuto portátil tan absorbente… Levantó despacio la cabeza, se frotó los ojos, y cuál fue su sorpresa al descubrir algo que ella siempre había sabido: el cuento se había escrito solo. Sonrió, bajó la pantallita del ordenador y decidió que lo leería al día siguiente. Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una chica que se dedicaba a escribir cuentos en sus ratos libres (que eran pocos).