Un oso indignado

Llevo ya bastantes días aquí, extrañado.

Bueno, eso tampoco es nuevo, porque he visto cada cosa… Aquí siempre hay gente pasando. Muchos se hacen fotos conmigo y con el árbol. A veces hasta se suben para dar algún grito. Se preguntarán si no siento cierto anquilosamiento (véase el juego anquilOSAdo, jeje) en mis patas traseras. Tantísimo tiempo llevo de pie que ya no siento ni padezco. Pero oigan, es lo que tiene ser de piedra y bronce, que no pasan los años por uno.

Desde principios del siglo pasado aquí, “arriñonao” sobre el madroño este que está más soso… Porque yo soy de los que se quedan en la Puerta del Sol, sí señor. Madrid está tan viva que lo único que permanece somos nosotros… hasta ahora. Bueno, cuando las obras, me movieron a la parte que da a la calle del Carmen por un tiempo, pero luego me volvieron a traer a mi sitio. En parte ha sido lo más excitante que me ha pasado en mucho tiempo, porque cambié de perspectiva. Eso y las Nocheviejas, claro (y que conste que las uvas no son lo mío).

Continuar leyendo “Un oso indignado”

A eso, por supuesto, hay que sumar la que se ha montado aquí en las últimas semanas. Por todas las osas y madroñas, menudo espectáculo. Casetas y casetas, consignas y consignas, carteles y carteles… y porque no veo la tele, que si no me hubiese enterado de que están haciendo lo mismo en un montón de sitios más… (aunque también he oído que la tele no está muy por la labor de darle publicidad al asunto).

Yo, cuando era oso (porque yo fui oso, señores, y no digo que esté disecao, no, pero déjenle a esta escultura el gusto de soñar) corría libre y no molestaba más que a algún panal y a algún animalejo que se dejara cazar. Alguna vez di algún susto (que ser animal suave y peludo no es ser un santo, ni mucho menos), pero poco más. No fui famoso, ni cinematográfico, ni nada, pero era un señor oso.

Con el paso del tiempo, pese a no haber perdido el cargo de oso, creo que sí he perdido el de señor. No es que lo añore, no, pero a uno le daba una sensación de respeto, porque a todo el mundo se le decía por igual, “señor” o “señora”, lo que fuera… Fuera donde fuera me decía “buenos días, señor oso”. ¿Que iba al banco a hacer un ingreso? “Buenos días, señor oso”. ¿Que entraba a una tienda a comprar chacina? “Buenos días, señor oso”. El otro día me contaba mi prima –he aprendido a activar el manos libres, que antes tenía que andar sujetando el árbol con la frente- que entró a un banco y le dijeron “qué quieres”… y otro día, a su marido, le dijeron en la oficina del ayuntamiento “cómo te llamas”…

Pero bueno… es un signo inequívoco de falta de respeto a los kilos de pelo que llevamos encima. Si ya nos tutean impunemente por ser diferentes, ¿qué será lo siguiente? Yo se lo diré: lo siguiente es que nos esquilen y encima demos las gracias. Hay gente pa tó… Y ya les digo que no me importa que me tuteen, qué va. Lo que me molesta es que me traten como a un mindundi, que me ninguneen, que me manipulen, que me miren por encima del hombro (que miren que es difícil), y que me obliguen a rellenar mil papeles (porque no se crean que la ocupación de vía pública es gratuita, y más siendo especie protegida).

Total, que me parece que todas estas protestas son por algo. Yo, a mi manera, también protesto. Porque si creen ustedes que estoy abrazando el madroño para comerme sus frutos, se equivocan. Mingote tenía razón: me estoy agarrando al árbol para que no lo corten. Cada uno se indigna por lo que le toca, ¿no? No me toquen los madroños… a ver si alguien nos escucha.

El grifo

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que, algún día, alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato.

Porque una cosa es abrir un grifo y usar el agua que corre firme y decidida, y otra muy distinta es no cerrarlo con la suficiente fuerza o dejar que un huequito traicionero deje escapar el preciado líquido o que el tiempo haga que esa gota siga cayendo, incondicional, porque nadie puede nada contra la gravedad.

Arturo, nuestro grifo (¡no tienen por qué llamarse todos Roca o Grohe!), era de esos antiguos grifos de una sola llave. Vivía en un lavadero antiguo, de un mármol marrón veteado de blanco muy elegante (el lavadero, Curro, era muy buena gente, aunque un poco reservado). Estaba en un lugar un tanto extraño, ya que se encontraba pegado a la entrada de la casa, una casita baja de una planta en mitad del campo. Junto al lavadero había una enorme ventana, de manera que Arturo, situado entre la puerta y la ventana, veía todo el interior de la casa y, al abrirlo, disfrutaba de las vistas a las verdes extensiones.

Continuar leyendo “El grifo”

A veces se pasaba horas contándole a Curro el caminar del caballo, el vuelo de los pájaros, los cambios de estación… Lo que más le gustaba a Curro era escuchar cómo Arturo le contaba, de un día para otro, cómo salían las flores de colores en la campiña. Lo que Curro no sabía es que Arturo se lo inventaba casi todo porque, al estar cerrado, Arturo no podía mirar a través del cristal. Sólo cuando lo abrían podía ver el valle.

La casa había sido reformada y, nada más entrar, a la izquierda, podía verse la enorme cocina, y a la derecha estaba la sala de estar. Era un espacio sin paredes, diáfano. Al otro lado estaban las habitaciones donde se oía corretear a los niños y al perro. Al hacer las obras de renovación, los dueños habían dejado el lavadero, como adornando la entrada, porque era muy antiguo, y eso a Curro le pareció un reconocimiento inmerecido. “Ya ves, decía, un vulgar lavadero en la entrada de una casa tan bonita”. “De vulgar nada, le respondía Arturo algo indignado, que tú tienes mucho camino andado y sabes más que ninguna de estas losetas, y a ellas también las han dejado”. Curro sonreía (ay, si las losetas hablaran…). Y los dueños ni pensaron en quitar el grifo… ya puestos…

Arturo y Curro presenciaron cómo se desmantelaba la casa. Fue muy doloroso estar presentes cuando desmontaban la cocina de leña, pero afortunadamente la conservaron, instalándola en mitad del salón comedor, presidiendo el hogar. Era de hierro forjado, negra y brillante, y la trataban como si fuera una obra de arte. Tal vez Arturo estuviese secretamente enamorado de esa preciosa cocina de leña…

Otro momento complicado fue cuando instalaron el nuevo fregadero. El flamante grifo nuevo era de última tecnología. Lo más moderno que habían visto nunca. Aunque Arturo pensaba que tanto no habían evolucionado. La cocina sí que era un prodigio, pero un grifo… pfff. Lo abres, sale agua. Lo cierras, deja de salir agua. Y ya está. Pero cómo brillaba ese grifo nuevo… ¡cómo se alargaba su extensor! Qué maravilla… y no goteaba. ¡Y sus juntas tenían cinta de teflón!

“¡Atchís!”, estornudaba a veces Arturo cuando había corriente entre la puerta y la ventana. “Salud”, le decía Curro, que nunca se resfriaba. El agua de la zona era muy dura y hacía tiempo que el cáñamo usado como junta se había ido deshilachando. Igual si le ponían a Arturo una junta de goma dejaba de gotear… Bueno, era una molestia, pero no era lo más grave.

Los días pasaban tranquilos desde las reformas. Antes había vivido días muy duros. Sobre todo cuando, tras los bombardeos, la casa había quedado abandonada durante años… el tedio era insoportable. Una explosión había destruido parte de las cañerías y Arturo se había quedado seco. Nada. Ni gota. Y el desagüe de Curro se convirtió en un nido de ratones de campo. A Curro le hacían muchas cosquillas cuando asomaban el hocico, y Arturo estaba todo el rato intentando espantarlos, pero los muy listillos hacían lo que les venía en gana. Menos mal que no tenían nada que roer… bueno, a Arturo le comieron algunos hilillos de cáñamo que le sobresalían de la última vez que el antiguo dueño de la casa lo había reparado, pero poco más. Lo bueno de esa época es que Arturo podía girar hacia el lado que quisiera. Como ni se abría ni se cerraba, podía pasarse horas (esta vez de verdad) mirando a través de las ventanas. Sin embargo, los cristales se fueron ensuciando con las lluvias y el barro y al final no podía contarle mucho a Curro sobre lo que se veía al otro lado…

Pues ahí andaban, con los ratoncillos a sus anchas por las tuberías rotas y con las ventanas sucias cuando un día entró alguien corriendo, cerró la puerta y se quedó respirando rápido, apoyado sobre la puerta, de espaldas, mirando para todos lados igualito que los ratones…

“¿Lo recuerdas, Arturo? Era un niño de apenas ocho años, sucio, con ropas rotas y que le iban grandes. Estaba tan asustado que sus latidos se habrían oído al otro lado del valle”.

“¿Cómo podría olvidarlo? Era de noche. De puntillas, cuando ya pudo recuperar la respiración, muy despacio, aquel niño fue avanzando hacia el interior de la casa, se acercó a la ventana e intentó mirar por el cristal, justo este de la esquina, pero estaba opaco de suciedad. Mirando a todas partes, agotado, se sentó en un rincón -justo ahí enfrente- buscó en un viejo bolso de tela que llevaba cruzado al pecho, sacó un mendrugo de pan duro, le dio dos mordiscos, lo volvió a guardar en el bolso y, acurrucado contra sí mismo, se durmió. Un mendrugo de pan… Eso era todo lo que llevaba en el bolso”.

“Todo lo que llevaba en el bolso, sí señor -insistió Curro-“. Sus voces se perdieron en el recuerdo de aquella noche, la noche en la que todos, incluidas las losetas del suelo, miraban enternecidos al niño que dormía. Respiraba despacio. Y soñaba. A veces, algo irrumpía en su sueño y un movimiento espasmódico, casi eléctrico, agitaba su cuerpo.

Llegaron ruidos, al principio lejanos, luego cada vez más cerca, ruidos de un motor. El niño estaba tan agotado que no despertó.

De repente, una cara se asomó al sucio cristal desde el exterior.

“No pudimos avisarle, ¿cómo habríamos podido? No pudimos avisarle… Las losetas daban grititos, asustadas. Todos temíamos por el pequeño durmiente que no despertaba…”

“La puerta volvió a abrirse con un enorme golpe que aún hoy hace rechinar sus goznes -contaba Curro-. Sonó un trueno y Arturo pudo ver cómo un rayo de fuego atravesaba el espacio en dirección al pequeño que, sin un solo gemido, se desplomó sobre sí mismo… Fue terrible. Se hizo el silencio… Alguien, un hombre grande con una enorme escopeta entre las manos, entró, ensuciando la entrada de la casa con un tipo de suciedad distinta a la que estábamos acostumbrados. Se paró. Sus enormes botas sucias pisaban a las losetas que callaron asustadas, crujiendo ligeramente. Estaba parado, mirando hacia el niño. Por un momento pareció desconcertado. Permaneció de pie donde estaba. Apoyó el rifle sobre el suelo, sin mover los pies. Sacó un cigarro. Lo encendió. Se iluminó su sucia cara. El humo sucio que salía de su boca inundó la estancia. Se acercó al niño. Le quitó la bolsa de tela, la abrió y buscó…”.

“Sólo encontró un mendrugo de pan duro…” sollozó Arturo.

“Nada más…”. Curro siguió contando cómo “el hombre dejó caer la bolsa al suelo y lanzó algo parecido a un grito. Pero no estábamos solos. El hombre grande se quedó quieto, escuchando. Su disparo había sido oído por alguien más que por la casa. Pareció temer por su vida. Oyó voces de gente buscando algo. Salió a escondidas, sin ser visto, rozándonos con su suciedad… Un rato después, cuando las voces que llamaban a alguien eran ya nítidas, más gente entró a la casa al ver la puerta abierta. Entonces encontraron al niño, desangrándose… Y se lo llevaron…”.

“Al día siguiente -continuó Curro- el hombre sucio regresó silencioso. Qué desagradable fue volver a verlo… Quiso lavarse las manos pero no teníamos agua. Se ausentó y volvió poco después con unas herramientas… y arregló la tubería. Abrió la llave de paso. Y Arturo lloró agua. Yo sentí cómo los ratoncillos huían despavoridos…”.

Arturo sonreía triste, mientras recordaba. “Pasé mucho miedo, no podía parar de temblar… Abriéndome y cerrándome varias veces, el hombre comprobó que ya salía agua y se secó con un trapo sucio que llevaba en el bolsillo. Luego se giró y se quedó un rato mirando hacia la bolsa de tela, que había quedado en el suelo, y la mancha de sangre que había dejado el cuerpecito del niño en el rincón… El hombre se volvió de nuevo hacia nosotros, se inclinó y empezó a lavarse la cara. Sentimos su aliento. Se frotaba muy fuerte, casi haciéndose daño… Un rato después levantó la cara enrojecida, que goteaba. Cerró el grifo. Se apoyó sobre el fregadero y miró el sucio cristal… bajó la cabeza, mientras su cara seguía goteando. Luego miró de nuevo hacia el cristal y movió su mano hacia él, haciendo algunos gestos… En aquel momento no supe qué hacía, y ya no podía girar a mis anchas…”.

“Aún me hago muchas preguntas, Arturo… el agua que caía por el desagüe sabía a sal”.

Cuando se hubo aseado, simplemente, el hombre grande y sucio cogió la bolsa de tela del suelo y se marchó… Nunca volvieron a verle.

Muchos años después, cuando la mancha de sangre ya casi no se distinguía de todo lo demás por la suciedad acumulada, cuando los desvencijados muros parecían darse por vencidos, alguien llegó a la casa y le devolvió la vida. Un joven de unos 30 años en silla de ruedas acompañado por una hermosa joven y un pequeño de apenas unos meses. Ellos solos iniciaron los trabajos de restauración de la casa. El joven era muy resuelto. La silla de ruedas no era un impedimento para él. Al contrario. Se servía de ella con fuerza y energía.

Un día, el joven se acercó al fregadero, perplejo, mirando hacia la ventana. Había algo escrito. Puso cara de extrañeza… se acercó más. Su cara cambió. Pareció entender. Y se retiró, rodando su silla entristecido, hacia el interior de la casa. Luego llegó la joven… Miró el cristal, se llevó las manos a la boca conteniendo el aire… y lloró. Cogió su trapo, abrió el grifo. Justo el tiempo suficiente para que Arturo pudiera leer: “Niño del pan: Perdóname”.

La joven limpió la ventana. Se apoyó sobre el fregadero. Respiró hondo. Y se fue a seguir trabajando. Hoy Arturo y Curro siguen con sus achaques, debidos a la edad. En el fregadero han puesto una macetita de albahaca que se riega con la gota que pierde este grifo viejo.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que algún día alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato. Ahora el olor a albahaca inunda la casa.

El Silencio

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

Los pájaros cantaban bajito, respetando el deseo del Silencio de imperar ante todas las cosas. Un Silencio bailarín y alegre que iba haciendo callar con el dedo en los labios a todo lo que se movía.

El viento silbaba bajito, fresco, cerca de las orejas de los conejos salvajes que mordisqueaban bajito los tallos de las hierbas, con las orejitas gachas, para no molestar.

Continuar leyendo “El Silencio”

La hierba, a su vez, oscilaba verde, sonriendo por el impulso casi irrefrenable de lanzarse a gritar “frusss” en cada roce, pero resistiéndose y haciendo un guiño a las hormigas, que también caminaban de puntillas para no hacer ruido.

Las hojas de las palmeras reposaban su peso en equilibrio para no hacer ruido, pues sus puntas puntiagudas rozaban el éter con ganas de pulsarlo como si fueran cuerdas de una guitarra, “glin, glin”.

Aleteaban bajito las aves que se acercaban a beber al agua, cuyas ondas, empujadas por el viento, se deslizaban eternas, rebotando bajito entre sí, “dum dum”, formando círculos en la superficie, círculos que a su vez formaban más círculos, “dum, dum, dum, dum”.

Unas nubes traviesas se alejaban juguetonas porque allí no iban a poder descargar, pues hubiesen hecho demasiado ruido. Un viento que soplaba casi sin soplar se las llevó, retozando entre el algodón de sus formas, mientras se oían sus risas alejándose. Arriba, muy arriba, las alas de los aviones se afinaban para no surcar el aire de forma sonora, sabiendo que era el Silencio quien jugaba el papel de dueño y señor de aquel vasto espacio.

Los rayos de sol calentaban bajito las azoteas de las casas. En algunas había macetas que se susurraban las unas a las otras para no hacer mucho ruido. Las flores se miraban, coquetas. En otras, había tumbonas que reposaban junto con sillas y mesas. Podía verse una que tenía una sombrilla que oscilaba sus alambres bajito, haciendo que la tela de colores que la formaba rozara furtiva, rojo con verde, amarillo con azul… Los niños estaban en el colegio. A veces llegaban lejanas voces, casi ecos que no lograban romper el Silencio.

Las lagartijas, con su ensoñamiento cálido, apoyaban sus dedos blandos sobre las superficies de piedra y no arrastraban las colas, evitando que se oyeran los sinuosos sonidos “rasss rass”.

Las arañas que anidan en los huecos de algunos ventanales saltaban bajito para no desafiar al Silencio, “poing, poing”. Incluso los cristales decidieron dejar de crujir con los cambios de temperatura (“crac crac”).

Ella dormía bajito, respirando en sueños, como si, pese a estar dormida, no quisiera alterar ese Silencio.

Dormía en silencio y él la miraba dormir.

En silencio.

Hasta que la besó y el día despertó con sus ojos y su sonrisa de amor en silencio.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

P.D.: Cuento dedicado a nuestro admirador número 100 de facebook, (él sabe quién es).

El árbol de Navidad

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un árbol de Navidad que se declaró en rebeldía y retó al calendario. Era este árbol uno de esos pequeñitos y desmontables que van metidos en una caja. Sus ramitas, hechas de hojitas de plástico con una alambre en la base, se podían colocar como uno quisiera, según fueran de grandes los adornos que se iban a colgar. Pero eso no era todo, qué va. Este árbol fue el árbol revelación en su momento: tenía un enchufe que salía de su base y lo conectaba a la red eléctrica. Cuando se insertaba la clavija y se activaba un diminuto botón negro hacia el “On”… !Ohhhhh! Los diminutos y transparentes hilos de fibra óptica que lo vertebraban desde su tronco llevaban luz de todos los colores hacia todas sus ramas y hojas. ¡Además cambiaba de color! Podían pasar horas con la luz apagada, mirando cómo las ramas del árbol cambiaban del morado al azul, del azul al verde, del verde al amarillo, del amarillo al anaranjado, del anaranjado al rojo, del rojo al fucsia, del fucsia al morado… Menuda maravilla.

Continuar leyendo “El árbol de Navidad”

Lógicamente, el primer año fue el centro de atención de todos los adornos navideños. El segundo año, aunque ya no era novedad, seguía siendo el más mirado. El tercer año pasó sin más aspavientos. Pero el cuarto año notó cierta falta de interés. Pese a que todos sus circuitos seguían en perfecto funcionamiento y permanecía en las vanguardias efectistas, ya no sentía esa chispa cada vez que lo miraban. De hecho, ya casi no lo miraban… Cuando lo estaban metiendo en la cajita, unos días después de reyes, el árbol sintió cierta inquietud y empezó a preocuparse ligeramente por el cariz que estaban tomando las cosas.

Ya tenía el hábito de pasar once meses metido en su caja, a oscuras, en un desván algo triste por lo vacío que estaba. Si al menos hubiese más chismes con los que conversar… Pero aquel año iba a ser diferente. Lamentablemente no salió del desván. “Ya me lo temía”, se dijo irritado. “Seguro que habrán salido modelos nuevos y me han sustituido”. En realidad ese año los habitantes de la casa no habían pasado la Navidad allí… la habían vendido y como la caja estaba en una esquinita del armario del desván, pues ahí se había quedado. Pasaron unos meses más. Luego, un día, haciendo limpieza, el nuevo propietario del apartamento encontró la caja.

Teo nunca había tenido un árbol de Navidad. Los había visto en las tiendas, en los escaparates y por la tele en multitud de ocasiones, pero nunca había tenido uno. En su casa eran “del portal de Belén”. Pero a él siempre le habían fascinado los adornos y las cintas, las bolas de colores, las estrellitas, las guirnaldas regordetas… Tantos colores juntos le parecían mágicos. Así que, al ver el dibujo en la superficie de la caja sintió una enorme curiosidad y decidió sacar el árbol para ver cómo era.

Su primera impresión fue “qué pequeño es”… Y es que nuestro árbol no medía más de 30-35 centímetros de alto. Era un “arbolito”. Nada más salir el árbol se sorprendió por la cantidad de luz. Estaban en pleno agosto. Teo lo colocó sobre la mesita en la esquina del salón. Sacó la base (que tenía forma de maceta). Colocó el tronco en el agujero que tenía la “maceta” y, muy despacio, fue separando las ramitas de alambre y dándole un poco de aire a esas hojas que se habían quedado pegadas por el tiempo. A Teo le extrañaron esas cosas como hilos de pescar que salían por todas las hojas. Llamaron por teléfono y Teo tuvo que marcharse corriendo. Y allí se quedó el arbolito, medio montado o medio desmontado, según se mire. Se preguntaba cuánto tardaría Teo en volverlo a meter en su caja. Aquello no parecía más que un ataque de curiosidad. El arbolito pensó que podía ser su última Navidad. Miraba sus hojas y se daba cuenta de que ya no estaba tan lustroso como el primer día… Qué pena. Tal vez acabase en la basura.

Teo regresó cuando casi era de noche. “Menos mal que ha sido un parto rápido, tres cachorros estupendos”, decía mientras se quitaba la gorra, encendía la luz del salón y dejaba las llaves en un frutero rarísimo, en el recibidor. Llegó hasta la mesa, miró el árbol, puso los brazos en jarra… y dijo “a ver qué hacemos contigo”. Tras elegir algo de Dave Brubeck para escuchar música, se acercó al árbol y siguió colocando sus ramas. Una vez satisfecho con el resultado (las ramas iban recuperando su “esponjosidad” poco a poco) miró el enchufe, curioso. Acercó la mesita a la pared y lo enchufó. No pasaba nada. Vaya. Miró la maceta, le dio un par de vueltas… ahí estaba el interruptor, casi escondido. Empujó el diminuto botón hacia el “on”… Maravillado, apagó la luz del salón para observar la luz que el arbolito proyectaba sobre todos los objetos de la casa…

Teo lo supo. Y el arbolito también.

Se quedaría allí para siempre.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un árbol de Navidad que se declaró en rebeldía y retó al calendario… con la ayuda de Teo, claro.

La papa

“¡Nooooooooooo! ¡Otra vez noooooo!”.

Queridos lectores. Hoy hemos empezado nuestro cuento haciendo un flash back, justo en el momento en que nuestra protagonista gritaba desesperada para no volver al infierno.

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, una papa que, tras una ardua vida de papa (o de patata, dependiendo de según se venga), quería tener un fin digno. Porque todos tenemos derecho a un final digno, incluidas las papas. Continuar leyendo “La papa”

“En el principio, todo era oscuridad. Cuando tomé conciencia de mí misma estaba calentita, mullidita, rodeada de más como yo. Me sentía crecer enterradita, oía las conversaciones de todas las que nos alimentábamos de la misma madre… ¿Qué verían allá arriba? Luego, tras unas seis semanas bajo la superficie, ¡zas! La luz”.

Nuestra papa, de la variedad amarilla Monalisa, había crecido en un entorno protegido de agresiones externas, con riego por aspersión, abonos orgánicos que habían alimentado las raíces de la planta y unas manos delicadas que arrancaban las malas hierbas (era un huerto ecológico, nada de herbicidas).

“Luego, un día, nos menearon, removieron toda la tierra, nos sacaron y nos amontonaron en un cesto. Muchas emociones en muy poco tiempo, pero ya teníamos ganas de un cambio. Estábamos preparadas para lo que tuviese que ocurrir”.

Tenemos que explicar a los lectores que, para una papa aventurera, no hay nada peor que quedarse enterradas… Claro que a muchas no les importa, pero a esta la sola idea de no ser extraída de la tierra le daba pavor. Ya le había costado lo suyo aceptar que la parte exterior, las hojas y brotes, podían caer en las fauces del feroz  escarabajo de la patata (también conocido como “er terró de lah papah” o Leptinotarsa decemlineata). O morir a manos de los terribles gusanos grises (agrotis sp.), que todo lo devoran. O, peor aún, sufrir el contagio de cualquier terrible virus a través de los malditos pulgones (los “áfidos”, los de humor más ácido del hampa), bichejos  de todos los colores, chupópteros sin compasión… Los gusanos más silenciosos (los nemátodos) y las pulguillas completaban el horrible clan que atemorizaba a la planta de la papa en su crecimiento…

Pero eso no era todo.

“Una vez fuera de la tierra, amontonadas ya en aquel lugar fresco y seco (por recomendaciones internacionales), las papas podíamos sufrir el ataque sin piedad de más enemigos: la temida polilla de la patata (conocida en los círculos mafiosos como “la Joíapolculo que vuela” o Phtorimaea operculella) o el sigiloso gusano de alambre (Agriotes sp.)… Todo en la vida de la papa es riesgo y aventura –afirmaba cerrando sus ojillos de papa aquella papa (loca) que quería acabar sus días dignamente-“.

Desprendida de sus restos de tierra, perdidos ya los lazos familiares, esta papa emprendió su viaje iniciático de realización papal (que nada, repetimos, NADA tiene que ver con el representante de la iglesia de Roma). La realización papal se enfoca, principalmente, de dos maneras (aunque puede que haya otras que desconocemos, quién sabe): por un lado, algunas papas se destinan a la siembra de nuevas plantaciones de papas; por otro, están las papas que se destinan al consumo. Entre los consumidores, por supuesto, está el ser humano.

Y para consumir papas el ser humano, por lo general, cocina la papa de diferentes maneras. Puede hervirlas, guisarlas, arrugarlas, asarlas y… sí, queridos lectores: también puede freírlas. Como han podido intuir, la azarosa vida de nuestra papa está llena de obstáculos para llegar a su ansiada meta… porque tras un viaje de kilómetros, un nuevo almacenaje, un curioso envasado, un nuevo viaje hasta el estante de un supermercado, la adquisición por parte de un comprador ilusionado, y otro viaje más hasta el hogar donde iba a ser comida… tras todo esto la papa fue brutalmente pelada, cortada y ahogada en la freidora.

Si todo acabara aquí… ¡Ay, si todo acabara aquí!

Pero no.

Lamentablemente, nuestra papa no es de esas afortunadas que acaban en el paladar de alguien que, con su pizca de sal, se estremece con la experiencia de una superficie crujiente y un interior suave…

¡PORQUE A ESTA POBRE PAPA LA METIERON TRES Y CUATRO VECES EN LA FREIDORA HASTA ACABAR EN UN PLATO DONDE NADIE QUISO COMÉRSELA!

Triste…

Muy triste…

“¡Nooooooooooo! ¡Otra vez noooooo!”.

Gritó la papa.

Luego se desmayó.

Al despertar estaba en el contenedor de basura.

Pero esa es otra historia que os contaremos en otra ocasión.

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, una papa que, tras una ardua vida de papa (o de patata, dependiendo de según se venga), quería tener un fin digno. Porque todos tenemos derecho a un final digno, incluidas las papas.

El beso

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un beso, perdido en unos labios, que quería salir al aire y vibrar con la intensidad que otorgan la pasión y el deseo.

Quería ser este un beso dulce y prolongado, de esos que se hacen eternos y paran el tiempo, haciendo que nada de lo que hay alrededor sea más importante que ese instante, haciendo que sólo exista ese momento embriagador y certero.

No quería morir en una mejilla desconocida, en la superficie lejana de unos labios distantes, o perdido en el viento.

Quería ser “el beso”. Continuar leyendo “El beso”

Quería ser esa leyenda que cuentan los besos que no se dan y que habla de momentos mágicos, de ese segundo preciso que cambia los destinos, de la unión mágica de dos esencias que se revuelven por dentro, enlazadas con un ritmo innato que todo lo danza…

Este beso aún  no nacido no quería deshacerse en un falso beso, en un roce superficial, en un error, en un arrepentimiento… porque hay besos arrepentidos, tristes besos con sabor a lágrima, fríos besos de rencor, amargos besos de venganza, lastimeros besos de despedida, besos de soledad, besos de desesperación y miles de besos sin sentido.

Tampoco quería caer en el saco de los besos vulgares sin significado, sin amor.

Luchaba, reservando su turno, para ser ese beso definitivo y auténtico, dejando pasar todo aquello que pareciese una oportunidad secundaria, dando prioridad al momento verdadero que, estaba seguro, debía llegar algún día.

Durante años esperó, alojado en los rincones donde duermen las entregas más hermosas, los sueños más prometedores, las sonrisas más francas, los deseos más puros, las miradas más dulces, esperando que alguno de ellos le diese la señal que estaba esperando.

Y un día la sonrisa más franca, nacida de los sueños más prometedores, hermana de la mirada más dulce, abrió la puerta a los deseos más puros, a la entrega más hermosa, acariciando a su paso una boca temblorosa que sentía los ritmos acompasados de los latidos del corazón, acelerado por la emoción.

Los labios se entreabrieron, el beso salió exhalado con un suspiro entrecortado…

“…y fue como si el mundo entero se hubiese quedado sin aliento… Un parto difícil, pero ya estás aquí… Mi preciosa flor de otoño”.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un beso, perdido en unos labios, que quería salir al aire y vibrar con la intensidad que otorgan la pasión y el deseo. Y, sorprendido, el beso conoció el amor verdadero… y sólo fue el principio.

El electrón en la corteza

Imagen real de un electrón. Vídeo disponible en http://www.atto.fysik.lth.se/Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un electrón, variable como su naturaleza, que quiso dejar de girar sobre sí mismo. El pobre no podía encontrar la manera de dejar de dar vueltas, y al intentar estirarse (¡ni siquiera sabía qué forma tenía!) rebotaba contra su propio campo magnético y se oía un ruidito: “spin, spin, spin”…

Tron, que así se llamaba nuestro protagonista, nunca estaba en el mismo sitio. Además de girar sobre sí mismo, orbitaba (o algo así) alrededor del núcleo de su átomo, algo que le resultaba bastante incómodo. Cerca de él (por encima, por debajo, formando una nube confusa) había otros electrones, pero éste (pobre) no podía verlos porque, al contrario que sus compañeros, se mareaba si levantaba la cabeza (lo que para los electrones es su cabeza, vamos)… un poco raro este electrón. Pero “¿acaso no puede ser un electrón diferente a los demás?”, chisporroteaba indignado. Continuar leyendo “El electrón en la corteza”

¿Qué hace un electrón cuando quiere salir por piernas de algún sitio (claramente es una expresión ajena al electrón, que, suponemos, no tiene piernas)? Qué difícil. Además, allí abajo, en el núcleo de su átomo, estaba el protón, que siempre, siempre, siempre le llevaba la contraria. Esa era la historia de nunca acabar… ¡El día menos pensado salto y me cambio de átomo!

Tron estaba un poco alterado…  pensaba que estar en la corteza y ser más pequeño le hacía más débil frente al protón (qué ingenuo). Por su parte, el neutrón nunca se decantaba (“a mí no me metáis en vuestros líos”, decía tranquilo el neutrón, y el electrón pensaba “Será cobarde, éste que no sabe vivir sin nosotros, que se asocia con el protón cuando le interesa, que se descompone todo con sólo pensar en salir ahí fuera solito… ¡ña ña ña!”). Y así pasaban el tiempo (el que fuera que viven los electrones) haciéndose todo eterno…

¡Por todos los muones y tauones! ¿Qué tenía que hacer un electrón decente para ser libre como electrón en el metal, para correr como corriente eléctrica, para desplazarse en un haz cruzando veloz el vacío? ¿Qué tenía que hacer para librarse de ese entorno asfixiante del átomo al que pertenecía? “Ya tengo edad para independizarme”, pensaba. “Me encantaría encontrar pareja… convertirnos en una Par de Cooper”, suspiraba romántico este electrón mientras no dejaba de dar vueltas (o lo que fuera) sobre sí mismo.

La atracción era algo intrínseco a su naturaleza, no podía evitarlo… pero sin biodramina se desconcentraba tanto que no podía pensar en nada que no fuera no perder el control de sus giros… Sabía que, tarde o temprano, acabarían montando una fiesta con algún otro átomo (“Oh… no. Menudo follón…”, pensaba entristecido Tron, que siempre había soñado con ser un electrón errante).

“¡Y nada de echar el currículum en un microscopio, antes me enfrento a mi positrón! Salir del átomo para estar metido en un microscopio no merece la pena. Es un trabajo muy aburrido…”.

Al menos tenía las cosas claras. Si alguno de sus colegas hubiese escuchado este pensamiento se habría echado a temblar. ¿Enfrentarse a su positrón? Eso significaba la aniquilación mutua… ni Conan el Bárbaro se habría atrevido con semejante asunto, ¡menudo valor!

Es lo que tiene ser tan pequeño, carecer de estructura interna… ¡y ser una partícula elemental! (aquí empieza a oler a queso… ¿ein? ELEMENTAL, he dicho ELEMENTAL, ¡no EMMENTAL! Estamos buenos, vaya lectores que estáis hechos…).

Íbamos por…

Vale.

Un día, de repente, nuestro amigo Tron (que en ese momento se preguntaba, una vez más, si era onda o partícula) sintió unos latigazos. ¡Por el momento dipolar eléctrico! ¿Qué cátodos es eso? Demonios. No he venido a este mundo para quedarme en pura probabilidad… (¿o tal vez sí…? Bueno, que me distraigo). ¿A qué se debe tanto escándalo?

Unos humanos andaban por allí trasteando cacharros. Tron podía oírlos mientras sentía que se mareaba más de la cuenta… “Sí, todo está listo para comenzar, 27 kilómetros de túnel… Sí, lo hemos revisado todo. La muestra está preparada. ¡Adelante!”

“Ay, mi madre -a saber si su madre fue un neutrón…- que me parece que estamos en el LEP… “Que yo he oído hablar de estos, que se dedican a acelerarnos hasta límites insospechados…” “¡Miren! –gritaba Tron- ¡Oigan!… ¡que yo no sé nada del Bosón de Higgs, así que ya nos pueden dejar en paz…!”.

Pero nada.

El resultado fue que lo aceleraron hasta rozar la velocidad de la luz…

“¡Ay! ¡Ahora soy… ¿qué?! ¡Ayyyy! ¡Que no te acerques tanto, protón!”.

Y ¡zas!

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un electrón, variable como su naturaleza misma, que quiso dejar de girar sobre sí mismo.

Y, claro, no pudo.

¿O tal vez sí?

La esencia

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte.

Era esta una esencia dulce, penetrante, pero a la vez suave y llevadera, nada posesiva. A veces, parecía que se perdía y, quien la buscaba, cerraba los ojos y aspiraba profundamente para recuperarla de ese aire volátil que bailaba en todas direcciones.

La esencia nunca había salido de su pedazo de campiña, de la que se alimentaba diariamente. En invierno, penetraba en la tierra, huidiza, húmeda, vistiéndose, gracias al verdor del campo, de notas de frescor incomparables. En verano, tórrida entre las hierbas resquebrajadas, se escondía entre las piedras, a la sombra de algunas hojas secas, para conservar crujientes notas de viveza. El otoño era un renacer de los sentidos, con el anuncio del frío invernal y sus noches de rocío danzarinas cantando la llegada de las tardes anaranjadas en el horizonte. Pero, sin duda, la reina de las estaciones era la primavera. Continuar leyendo “La esencia”

Las flores se disputaban la atención de la esencia, presumidas, con sus colores, sus olores y sus formas, en un alarde de belleza infinita, tan infinita como su sencillez, como su significado efímero, terrenal y a la vez paradisíaco.

Esta esencia veía pasar los días alegre, rescatando aromas de toda su campiña, bailando al son del viento, dejándose llevar siempre por su inmensa paz interior, la que la naturaleza le otorgaba por su calidad de esencia.

¿A qué puede temer una esencia, etérea, sin cuerpo, desposeída de preguntas y miedos?

¿A qué puede temer una esencia que se realimenta constantemente y que vive en plenitud consigo misma?

¿A qué puede temer…?

Y así, una noche tormentosa en que se refugiaba confiada bajo unas hojas de higuera, la esencia cayó en un sopor parecido al sueño, un sopor en el que vio cosas increíbles y desconocidas por ella hasta el momento.

La esencia siempre se había preguntado adónde iban las hojas cuando se secaban, adónde las flores cuando se marchitaban. Adónde fue el anciano roble cuando, viejo y cansado tras luchar durante años contra los devastadores efectos de un rayo abrasador, se dejó vencer por el sueño y desapareció, lenta, pero inexorablemente, fundiéndose en la tierra en la que se adentraban sus raíces. A veces pensaba en eso, pero no le daba demasiada importancia… las cosas habían sido así desde siempre. Árboles, hierbas, flores, hojas, ramas, animalillos… todos llegaban y, al tiempo, se marchaban. Algunos permanecían más tiempo, como el roble, y otros se marchaban pronto, como algunos insectos que vivían tan sólo un día.

En su sueño, la esencia, que nunca había sentido curiosidad hasta ese momento, se vio a sí misma como un diminuto brote en un tallo del viejo roble. De un intenso verde de indescriptible brillo, el joven tallo deseaba con todas sus fuerzas crecer hacia la luz de la primavera. La esencia sintió en su sueño cómo la forma del tallo, de un nuevo olor a vida, se estiraba y retorcía, alimentada en sus venas por la sabia savia del viejo roble, feliz al sentir la fuerza de la juventud en sus ramas. El tallo creció como hoja, y de su base, nacieron nuevos tallos, enérgicos, poderosos, delicados y hermosos como el mejor regalo de la tierra.

Aquel tallo se convirtió en rama. La esencia era ahora una hoja expuesta al sol, bebiendo de la luz del sol de verano para transformarlo en vida. Calor. Un intenso calor placentero. Nunca se había sentido tan expuesta al calor… Las noches eran refrescantes, relajadas, de ensueño…frondosa y llevadera, la esencia que soñaba que era una hoja, miraba a su alrededor y se sentía plena.

Luego, extrañada, notó que había cambios alrededor… llegaba el otoño y la hora de dejar al roble, pues cada día se hacía más difícil la supervivencia. El suelo seco no dejaba absorber los nutrientes de la tierra, las raíces sufrían demasiado por tener que alimentar a tantas hojas… otro ciclo de la vida del roble llegaba a su fin. Pero no había tristeza.

La caída de las hojas era toda una fiesta: cuando llegaba el momento, se oía un pequeño “clic” en la base de la hoja, y ésta caía en un vuelo libre, con una risa de felicidad que no podía compararse con ninguna otra risa. Miles de diminutas voces en plena risotada se mezclaban, pues las hojas iban cayendo, una tras otra, en una lluvia, en cascada, alteradas como niños en una fiesta…

La esencia sintió que le llegaba el turno. “Clic” y… flotaba de un lado a otro, notando la leve resistencia del aire bajo su cuerpo de hoja, sintiendo que iniciaba un nuevo viaje… Al final, cayó al suelo, suavemente, depositándose sobre otras hojas que habían caído antes que ella. Sintió una especie de sopor tranquilizador, un cansancio que la invitaba a dormir en un merecido sueño reparador, después de tanto esfuerzo por hacer que el roble, un año más, completara su ciclo.

Si darse cuenta, en su sueño, la esencia sintió cómo las hojas se fundían junto con la tierra, en un proceso que las hacía desaparecer para aparecer de nuevo en otras formas, en otros elementos, en otros bailes y en otras risas… se fundían con la tierra y eran de nuevo absorbidas por las raíces, corriendo frenéticas por las venas del roble, en veloces carreteras de vida, en savia desbordada, hasta llegar, misteriosamente, de nuevo, a aquel diminuto brote verde intenso que nacía en primavera…

La esencia despertó de su letargo.

La tormenta había pasado.

Las gotas cristalinas hacían de lupa sobre algunas hojas.

Amanecía. La vida se iluminaba como estallando en sensaciones. La esencia ya sabía algo más, en el paréntesis de ese sueño, incrustado en su tránsito eterno, había descubierto lo que tanto le intrigaba.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte, que no es más que el de la propia vida…

Un corazon (con acento en la o)

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un corazón cansado que latía con dificultad. Era este un corazón animoso y joven, cargado de ilusiones y esperanzas pero que, por algún motivo, en los últimos días, notaba su vigor aminorado y sus fuerzas reducidas.

Miraba extrañado a su alrededor, contemplando las venas y arterias que de él salían dirigiéndose al resto del cuerpo, divisando a ambos lados a los pulmones que le miraban con cara de preocupación, intentando esforzarse más para que no faltara el oxígeno, asomándose a la izquierda del esternón para poder ver el resto de órganos, más abajo, tocando al compás de su latido para trabajar como uno sólo… Siempre había ido todo bien, pero hoy se sentía extrañamente cansado.

Ventrículos, aurículas, tabique, válvulas (pulmonar, aórtica y mitral), aorta, “venas cavas”… El corazón hacía todo lo que podía, pero se sentía fatal. Le preocupaba que Aurora, su anfitriona, su “usuaria”, su yo, en definitiva, estuviese sufriendo por su culpa. Notaba cómo ella se llevaba la mano al pecho e intentaba seguir con normalidad, pero se veía obligada a sentarse debido a la repentina fatiga.

Algo iba mal. Continuar leyendo “Un corazon (con acento en la o)”

Un par de días después del inicio del problema, el corazón oyó unas voces hablando con Aurora. Menos mal que había ido al médico en seguida. Los oídos prestaron atención y encendieron los altavoces internos para que todos pudieran escuchar lo que decían los doctores. A corazón le fallaba una válvula (anda, -pensó- es verdad, la pobre… Últimamente le cuesta moverse).

Debían operar.

Los cardiólogos le decían a Aurora que su vida corría peligro si no le hacían un trasplante urgente. ¿Trasplante de qué? – pensó aterrado el corazón-. Oh, no… Trasplante de corazón. Es lógico. Estoy enfermo y la vida de Aurora corre peligro… Qué decepción… ¿Cómo puedo fallarle a estas alturas?

El corazón de Aurora, triste, decepcionado, sintiéndose un fracasado, pensó en todo lo que habían vivido juntos, desde que maduró cuando Aurora no era más que un feto, en su tercera semana de formación desde su fecundación, en el cálido útero materno, donde latía más de 140 veces por minuto, ansioso por verla crecer y saber cómo sería su carita. ¡Ay Aurora! ¡Si ni siquiera sabía si ibas a ser niño o niña hasta unas semanas después de conocernos!

Ahora no soy más que un estorbo -se dijo-. Por un momento se sintió abatido. Todos le miraron, apenados… Él, que era la chispa de la fiesta… El pulmón derecho se dirigió al corazón con decisión. Mira, Cori, -le llamaban cariñosamente “Cori”-, las cosas no están en su mejor momento, todos lo sabemos. Pero no te dejaremos tirar la toalla. Ya has oído a los médicos.

Aurora va a necesitar un corazón nuevo. Pero hasta entonces, hasta que le salven la vida, tenemos que aguantar. No puedes venirte abajo ahora. Tienes que resistir. Por todos nosotros…

El corazón de Aurora, henchido de orgullo, aunque con evidentes signos de deterioro, decidió aguantar lo que hiciera falta. Y, ayudado por sus compañeros, empezó su lucha.

Paradójicamente, Aurora tenía ahora que esforzarse por no hacer esfuerzos. Ignoraba el trabajo en equipo que sus órganos desarrollaban, ignoraba incluso que ella era una pieza más de ese trabajo en equipo. Ahora se cuidaba mucho de no hacer nada que pudiera cansarla, tomaba sus medicamentos y procuraba no ponerse nerviosa.

Evidentemente, debido a su miedo a la muerte, los nervios a veces la traicionaban, pero intentaba pensar en cosas hermosas para tranquilizarse y evitarle un mal trago a su corazón, que se aceleraba sobremanera cuando ella se preocupaba demasiado.

Inevitablemente, un par de meses después, todo empeoraba paulatinamente. Corazón estaba casi exhausto. Creía que no aguantaría mucho más, y los pulmones se dieron cuenta de que todo empezaba a encharcarse. El hígado y los pies se estaban hinchando. Tuvieron que ingresar a Aurora para ayudarla. El corazón nuevo no llegaba y Aurora estaba tan cansada…

Cori no podía oír. Ni podía permitirse prestar atención a otra cosa que no fuera aguantar, obligando a su válvula defectuosa a continuar funcionando, dándole y dándose ánimos, empeñados en luchar. Sólo podía pensar en seguir latiendo. Un latido más. Un latido más. Que no sea el último… Uno, dos, tres, cuatro… aurículas, ventrículos, empuja, vamos… otra vez…uno…dos…  uno… dos…

Estaba tumbado cuando, casi dando un impotente adiós, de pronto, vio algo que se abría sobre él. Algo que le enseñaba la luz. La luz de un quirófano. En un último intento, se dijo que debía aguantar, que ya estaba allí su sustituto. Uno, dos, tres, cuatro… ¡otra vez! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡¡Uno, dos tres, cuatro!!

Una incisión en el esternón, hábiles manos redirigen la sangre con unos tubos hacia una máquina que bombea la sangre para que se mantenga oxigenada y siga su circuito durante la operación, para que el resto de los órganos sigan funcionando con normalidad.

Todo listo. Ha llegado el momento. “Me estoy moviendo de mi sitio. Nunca me había movido así…”.

Uno, dos, tres, cuatro…

Uno, dos, tres…

Uno, dos…

¡Uno!

Los médicos extraen el corazón cansado de Aurora. Justo un último latido. Púm pum. Sólo el tiempo necesario para ver cómo ponen en mi lugar a un precioso y sano corazón. Púm pum.

Miro hacia abajo y lo veo. Le guiño un ojo. Púm pum.

Todo irá bien, amigo. Púm pum.

Tiene cara de asustado. Púm pum.

Es normal. Acaba de perder a su “anfitrión”. Púm pum.

Pero ahora tiene otro nuevo. Y será bien recibido. Púm pum.

Me ponen en una preciosa bandeja plateada… Mmmmm, qué cómodo estoy… Púm pum.

Ahora puedo descansar tranquilo… Púm… estoy… agotado… pum.

Cuánta luz hay por  aquí… Púm… ¡ahora entiendo que los ojos pidieran a gritos unas gafas de sol! …pum.

Qué cansado estoy… Púm… ya está …pum.

Ya puedo dejar de latir… Púm… qué paz …pum.

…y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, (Púm…) un corazón cansado que latía con dificultad (…pum).

La vela

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, una vela sencilla que quiso iluminar al mundo para hacerles ver la belleza más pura, esa que no necesita ser iluminada.

Era esta una vela de cera virgen de abeja, teñida con un tenue color verde, que permanecía en un pequeño vaso de cristal desde que, mucho tiempo atrás, la fabricara una señora en un taller de manualidades.

Aún recordaba cuando, en el momento de su nacimiento, las manos que la crearon mezclaban el tinte con la cera derretida, dejando trazos más intensos en algunas zonas, y cómo, antes de enfriarse, depositaron la cera con la mecha en medio (una de fibra de lino) dentro de aquel vaso de cristal transparente. Continuar leyendo “La vela”

El vaso, que era muy parlanchín, les había contado que, antes de ser vela, había sido vaso de nocilla y que había visto mucho mundo. Tanto la cera de la vela como la mecha, se sabían de memoria todas las historias del vaso. Pero había cosas que el vaso, pese a ser transparente, no podía ver, tal vez porque estaba tan ensimismado en sí mismo (valga la redundancia) que no se daba cuenta. La cera verdosa, junto con la mecha, hablaban de sus cosas a menudo: que si hoy hace más calor y me estoy ablandando, que si hace mucho que no nos encienden, que si mira qué aspecto tan triste tiene esa bombilla, todo el día dando luz, que si esto y que si lo otro…

El vaso de nocilla les contaba que había velas de muchos tipos. Y la cera y la mecha lo sabían, pues en el taller donde la fabricaron vieron a muchas otras velas. Las había hechas de gel, transparentes y que daban mucho juego para meter conchas y flores secas, había velas tradicionales de parafina, las curiosas velas de microcera, que eran como arena de cera…

Pero el sueño de esta vela era volver atrás en el tiempo para recuperar algo que habían perdido. La señora que la había fabricado, Encarna, tenía 87 años. La vela llevaba 5 años en aquella estantería del salón, esperando que Encarna volviese a encenderla como aquella noche en la que, chispeante, recibió la visita de Alfonso, un compañero del taller de manualidades. Alfonso volvió por casa muchas veces, casi 2 años estuvo visitándola, hasta que dejó de ir.

Había pasado mucho tiempo desde entonces, Encarna parecía triste y ya no había vuelto a encender la vela. La cera y la mecha no sabían que Alfonso había muerto.

Mucho tiempo atrás, cuando Encarna no tenía aún arrugas en la cara, las velas sólo se encendían por necesidad porque, al caer la noche, si querían leer o coser, tenían que encender las velas para ver algo. Luego, con la luz eléctrica, ya no eran tan necesarias. Sólo se guardaban en el cajón de abajo por si se iba la luz.

Más adelante, empezaron a hacerse velas de muchos colores que apetecía encender por el mero placer de disfrutar de la luz que daban las llamas. Encarna tenía bonitos recuerdos de aquella época en la que encendía velas, junto con su madre y sus hermanas, en el saloncito de su casa, para charlar en la intimidad. Su hermana Dolores leía sentada en el silloncito, con una vela en la mesilla. Su madre y su hermana Angustias cosían manteles, sábanas y bordaban toallas. Ella, que era la más pequeña, jugaba con los retales que sobraban y se entretenía haciendo muñecas destartaladas.

Pero hacía mucho tiempo de todo aquello. Depués Encarna se hizo moza, se casó y, muchos años más tarde, se quedó viuda. No pudo tener hijos y se encontraba un poco sola, pues sus hermanas se habían ido ya. Pasaron años hasta que salió de casa y, a propuesta de una amiga, se apuntó a un taller de manualidades que organizaba su ayuntamiento… Allí conoció a Alfonso. Recuperó la sonrisa y las ganas de vivir. Pero un tiempo después Alfonso cayó enfermo y, finalmente, murió…  Pasaron meses antes de que Encarna decidiera que necesitaba un cambio.

Aquella noche, se puso su mejor vestido, preparó la mesa como en Nochevieja, encendió la vela, apagó las luces, puso una cinta en el radiocaset y cenó como si estuviera en una noche íntima. Era su 88 cumpleaños y le apetecía celebrarlo así. Cuando terminó de cenar se quedó mirando la vela. La mecha y la cera se iban consumiendo. “Como la vida -pensó-“.

Posó su cara sobre uno de sus brazos y se quedó mirando la vela mientras sonaba una melodía dulce como el almíbar que acababa de comer. Cerró los ojos y vio a su hermana Angustias cosiendo y sonriéndole, a Dolores leyendo, que levantó por un momento los ojos de su libro y también le sonrió. Curiosamente, su marido y Alfonso estaban en la sala, sonriendo también… Su madre, le tendió una mano para que dejara de jugar y se levantara del suelo porque empezaba a hacer frío…

Tras consumirse, la vela se apagó.

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, una vela sencilla que quiso iluminar al mundo para hacerles ver la belleza más pura, esa que no necesita ser iluminada.