El listín telefónico

100910_paginas_blancasEl otro día tuve un sueño. Un sueño extrañísimo. En mi sueño, mi madre me decía que había llamado alguien intentando venderle libros. Yo le dije que cuando recibiera una llamada así, simplemente colgara. Sonó el teléfono. Fui yo a cogerlo y, al hacerlo, oí la voz de un señor muy mayor, pero que muy mayor, hablándome con dulzura sobre unos libros. Le dije “No queremos libros, gracias”. Y le colgué.

En ese momento sentí una punzada de dolor tan aguda que ya no sé si seguía durmiendo o estaba despierta. Recordaba la dulce voz, tan tierna, y me sentía culpable por haberle colgado el teléfono. ¿Por qué soñaré estas cosas tan tristes? Y escuché mi propia voz diciendo, entre lágrimas: “Porque tienes que escribir un cuento”.

Aurelio se levanta todas las mañanas desde hace siete años y, lo primero que hace, es ir a ver a su canario, un pajarillo que ya está algo mayor, pero que sigue cantando. Se lo regalaron poco después de que falleciera Mercedes, su mujer.

Prepara el desayuno, un tazón de leche con galletas y algo de fruta. Se sienta en pijama, bata y zapatillas y pone las noticias de la radio. Si pudiera, pondría grabaciones de noticias antiguas. Y piensa que, probablemente, salvo en lo que a avances se refiere, todas las noticias serían parecidas a las que escucha ahora. Se maravilla con los descubrimientos. Se apena con las guerras. Le habla a su canario como si fuera una persona.

Luego, tranquilamente, retira el bol, lo pone en el pequeño lavavajillas que le instalaron hace poco (sabe manejarlo porque la hija de su vecina le hizo un curso intensivo), quita los restos y las migas y se va al dormitorio para preparar la ropa que se va a poner ese día. Se ducha despacito en un baño habilitado para personas mayores. Muchas veces piensa que un resbalón en la bañera sería una forma muy tonta de morir. Él, que fue experto en explosivos y se dedicaba a detectar minas. Así es la vida, se dice Aurelio en un susurro agarrándose al pasamanos de su plato de ducha. Después de ducharse, se seca despacito, se pone su ropa interior y se afeita. Cuando acaba, se echa la loción (que siempre pica), se peina y se acicala. Siempre va hecho un “dandi”. Pero no, no penséis que Aurelio se pone un traje y baja a la calle. La mayor parte de las veces se queda en casa.

Va al dormitorio en ropa interior dando saltitos porque hace fresco. Sobre la cama está la ropa que ha elegido para hoy: pantalón de pana marrón y jersey de cuello negro. Se pone unos calcetines gorditos y las zapatillas de casa.

Se frota las manos, satisfecho. Ahora toca ponerse manos a la obra. Viene hacia mí, que estoy en la mesa del salón. Me abre por donde dejó la marca antes de ayer (porque ayer no tocaba trabajar), se coloca las gafas y empieza a pasear su dedo por los nombres. Se para, coge un lápiz, señala, coge el teléfono y marca un número. La cantinela es siempre la misma:

– Buenos días, me llamo Aurelio Buendía. Me gustaría saber con quién hablo, por favor.

Muchas veces cuelgan el teléfono sin siquiera responder. Otras veces le dicen cosas feas y cuelgan. Pero él nunca, jamás, se muestra abatido. Sigue y sigue hasta que alguien responde.

– Buenos días, me llamo Aurelio Buendía. Me gustaría saber con quién hablo, por favor.

– Soy Rocío Cortés –Rocío tiene un fuerte acento granadino-, ¿qué quería usted?

– Buenas, muchas gracias por contestar. Mire usted, soy jubilado. Mi señora era catedrática de Historia y cuando falleció me dejó muchísimos libros, una biblioteca entera, de libros sobre historia y sobre muchas otras cosas. Al principio pensé donarlos a una biblioteca, y de hecho doné casi la mitad. Pero el resto son libros especiales, libros que quiero regalar.

– ¿Me está usted ofreciendo libros?

– Todavía no, antes me gusta saber algo más sobre los posibles “padres de adopción”.

– Ay, Aurelio, de verdad que se lo agradezco, pero si le digo que soy ciega de nacimiento y que solo leo braille va usted a pensar que no le digo la verdad y…

– ¡Vaya por Dios, Rocío! No me diga usted eso. Con lo bien que me caía usted. Pero ¿se las apaña bien?

– Sí, sí. Ahora con internet y toda la tecnología moderna lo único complicado es salir a la calle. Las ciudades no están pensadas para los invidentes.

– Y, si no es mucha indiscreción preguntar, ¿vive usted sola? Si no quiere contestar, lo entenderé.

– No, no se preocupe, Aurelio. Vivo con dos compañeras más. Todas somos estudiantes. Compartimos piso y nos va estupendamente.

– Pues no sabe usted cuánto me alegro. Vivir solo tiene sus inconvenientes.

– ¿Vive usted solo, Aurelio? Si no es mucho preguntar…

– Sí, hace siete años que mi Mercedes falleció. Aquí estoy con Paco, mi canario. Y cuatro días a la semana me dedico a buscar “padres adoptivos” para los libros de Mercedes. Menos mal que tengo tarifa plana…

– (Rocío se ríe) Aurelio, es usted un encanto. Es un placer hablar con usted. ¿Podría ayudarlo de otra manera?

– Pues no, Rocío, no se preocupe. Voy a seguir con mi búsqueda, a ver si coloco un par de niños. (Ahora ambos se ríen).

– Aurelio, ¿le importa si guardo su número de teléfono y lo llamo de vez en cuando?

– ¡En absoluto, qué me va a importar! Aquí estamos para lo que usted necesite.

– Pues muchas gracias. Y buena suerte con las “adopciones”.

– Gracias a usted, Rocío. Que pase un día estupendo.

– Hasta luego.

– Adiós.

Aurelio cuelga el auricular del teléfono y señala con una estrellita el número que acaba de marcar. Escribe al lado “Rocío” con letra temblorosa. Se saca un pañuelo, deja las gafas sobre la mesa, se seca los ojillos, se pone de nuevo las gafas y vuelve a posar el dedo sobre mis letras diminutas. Señala de nuevo con el lápiz y empieza donde lo dejó:

– Buenos días, me llamo Aurelio Buendía. Me gustaría saber con quién hablo, por favor.

Esta semana no ha habido suerte. La mayoría de las veces no responden. Aurelio me utiliza sin darse cuenta de que ya llevo con él siete años. Las guías telefónicas se actualizan cada año, pero igual es que me ha cogido cariño. No sé. El caso es que ahí seguimos, buscando personas que amen los libros, con voces que inspiren confianza, conversaciones interesantes y buen corazón.

Suele levantarse a las ocho y media, empieza a telefonear a las diez y para a las doce. Luego se toma un aperitivo en el bar de abajo, normalmente unas aceitunas con un mosto sin alcohol, y vuelve a subir a casa donde se prepara la comida. Hace la compra en el mercado tres veces en semana y en el barrio todos conocen a Aurelio, el artificiero jubilado. Por las tardes, después de comer, se toma su café (descafeinado), se echa una siesta corta, limpia lo que haya ensuciado y se sienta de nuevo, de cinco a siete, para seguir llamando por teléfono.

– Buenas tardes, me llamo Aurelio Buendía. Me gustaría saber con quién hablo, por favor.

– Buenas, pues me llamo Rubén… (contesta un señor con acento gallego).

– Hola, Rubén, perdone que le moleste y muchas gracias por contestar. Mire usted, soy jubilado. Mi señora era catedrática de Historia y cuando falleció me dejó muchísimos libros, una biblioteca entera de libros sobre historia y sobre muchas otras cosas. He donado casi la mitad a la biblioteca, pero el resto los quiero regalar a personas especiales.

– ¿A personas especiales?

– Sí, a estudiantes, profesores, o simplemente personas interesadas en la historia que quieran aprender y que amen los libros.

– Pues no sé qué decirle… Hoy en día la historia va tan rápido… y hay unos blogs muy buenos, documentales…

– Lo sé, lo sé. Está todo en la internet. Pero estos libros son especiales. La mayoría están firmados por el autor o la autora, con dedicatoria, y, lo más importante: están comentados por Mercedes, mi mujer, con páginas añadidas, dibujos, chistes, anécdotas… Vamos, que están “pintarrajeados” y son interesantes por ese valor añadido, pero, obviamente, no puedo donarlos a la biblioteca en ese estado.

– Ya veo. (Un silencio, al fondo se oye una vaca mugir). Mire Aurelio, ¿en qué ciudad vive usted?

– Vivo en Madrid, Rubén.

– Mire, se me está ocurriendo una cosa. Yo tengo que ir a Madrid a visitar a mi hermana, que estudia allí. ¿Le parece si nos vemos? Lo que no puedo decirle todavía es cuándo.

– Me parece estupendo, Rubén.

– Pues me anoto su teléfono y le vuelvo a llamar en un par de semanas para mantenerlo al tanto, Don Aurelio.

– ¡Uy, nada de Don! Aurelio está bien, Rubén. Un placer.

– Buenas tardes, Aurelio.

Un día suena el teléfono y es Rocío, la chica ciega, que quiere saber cómo va Aurelio. Está comunicando. Insiste un par de veces y por fin consigue hablar con él.

– Buenos días, ¿está Aurelio?

– Buenos días, soy yo. Dígame.

– Soy Rocío, la chica ciega a la que llamó usted hace un par de meses. ¿Cómo está?

– ¡Rocío, qué alegría! Pues aquí estaba, me ha pillado en mi ronda de llamadas de la mañana.

– ¿Ha conseguido usted que le adopten muchos libros?

– Pueeees… Mire, Rocío, le voy a ser sincero: ni uno este año. La cosa está complicada. Entre otras cosas porque me gusta saber en manos de quiénes van a estar los libros y, bueno, hoy en día es difícil tener una conversación lo suficientemente larga como para conocer un poco a las personas. Pero como tampoco tengo nada más que hacer, no desfallezco.

– ¿Y a qué se dedicaba su mujer, si no es mucho preguntar? Quiero decir, además de dar clases en la Universidad.

– Pues mire, Rocío, pocas veces habrá conocido usted a una mujer tan excepcional…

Mis páginas están llenas de rayitas, tachones, anotaciones, marcas extrañas… pero hay dos, con lápiz verde, dibujitos de flores y sonrisas, que destacan de todas las demás. Están separadas por un taco de páginas, una en Coruña y otra en Granada. Y Aurelio es feliz cada vez que Rocío o Rubén le llaman. Rubén es más tímido, pero también acaban hablando de viajes, de Mercedes, de vacas rubias gallegas, de agricultura, de historia…

Un día, por fin, Rocío hace algo que Aurelio llevaba tiempo esperando.

– …¿En un barranco? ¿Eso hizo? ¡Es usted admirable, Aurelio! –Se ríe y suspira- Mire: estoy pensando una cosa, y es que nunca le he preguntado, pero, ¿dónde vive usted?

– En un barrio de Madrid.

– Eso imaginaba por las cosas que me cuenta… Precisamente en unas semanas tengo que ir a Madrid a casa de unos amigos. ¿Le parece bien si le hago una visita y nos conocemos?

– ¡Pero qué alegría, claro que sí!

Una librería con cafetería de un barrio de Madrid, una tarde de otoño. Aurelio lleva un carrito de la compra lleno de libros, y entre ellos estoy yo, su listín telefónico. Entra y se sienta en una mesa apartada. Pide un café (descafeinado). Entra un joven de unos 30 años en vaqueros y con jersey. Lleva una mochila. Mira y en seguida reconoce a Aurelio.

– ¿Es usted Aurelio?

– ¡Rubén, pero qué joven es usted! (Aurelio se levanta y abraza a Rubén, que se queda sorprendido y se deja abrazar. Aurelio le da la mano eufórico). ¡No sabe la alegría que me da conocerlo!

– Y a mí, Don… Aurelio. Ha elegido usted un sitio muy bonito.

– Sí, las librerías son los sitios más rebonitos del mundo. Y esta es especialmente acogedora. Una vez estuve en una en Barcelona, una de viajes, que también me gustó muchísimo. ¿Qué quiere usted tomar?

– Por favor, Aurelio, vamos a tutearnos, que ya hay confianza. No creo haber pasado tanto tiempo al teléfono como con usted. (Ambos se ríen).

– ¡Yo siempre digo que la tarifa plana es el mejor invento después de los libros! Bueno, la verdad sea dicha, a mí casi todo me parece “el mejor invento”. (Vuelven a reír). Pero mire, le he traído algunos de los libros… te he traído algunos de los libros de los que hablamos. Sobre la historia de la raza rubia gallega, aquí tienes una copia-original del “Reglamento Oficial de Libros Genealógicos” de la Dirección General de Ganadería. De 1933 y todo lleno de comentarios…

– Pero qué maravilla, Aurelio. Esto es una joya.

– Sí, mira, se ve que Mercedes hizo una copia del reglamento y lo llenó de notas en los márgenes. Fíjate en todo el control que había ya en aquella época… aquí habla Mercedes de cuando se compraba en las lecherías y se hervía la leche en casa, de la pasteurización, del sistema UHT (que no llegó a España hasta 1964)…

– Y que lo diga, Aurelio, para que ahora lleguen y nos digan que la leche cruda es lo mejor. (Aurelio se lleva la mano a la cabeza y hace un gesto de “no me lo puedo creer”). ¿Y este libro?

– Ah, este es de 1984. A Mercedes le dio por tirar del hilo para ver cómo se instauró la ganadería en distintos países del sur de América. Este es el primer tomo de la “Historia de la ganadería en México”, de Pedro Saucedo. También todo lleno de anotaciones.

– Qué maravilla. Mire esta nota: “Buscar más información sobre estadísticas que relacionen ganadería, salud y educación. ¡Debe estar relacionado y nos queda tanto por aprender!”.

– Sí, mi Mercedes siempre tan curiosa. Tan inquieta. ¡Mire, ya llega Rocío!

– ¿Rocío?

– Ay, he olvidado mencionarte que, casualmente, habéis decidido venir a verme el mismo día. ¡Rocío es la chica de la que le hablé! (Ambos se levantan para ayudar a entrar a Rocío, que entra con su bastón).

– ¡Rocío, cómo estás!

– Buenas tardes, soy Rubén.

– ¡Vaya, no me había dicho que iba a estar acompañado, Aurelio!

– Venga, siéntese con nosotros… ¡y hemos decidido tutearnos todos, hale! (Se sientan los tres mientras se ríen).

– ¿A ti también te ha contado historias fantásticas por teléfono? -pregunta Rubén-.

– Y tanto, no miento si digo que me ha hecho pasar las mejores horas de mi vida viajando sin moverme del sillón. Aurelio, debería usted escribir un libro con todas las historias que nos cuenta de Mercedes.

– Pues mirad, para eso en parte os quiero liar: quiero que lo hagáis vosotros dos.

Se hace el silencio, solo suena la música de jazz de fondo. Hasta el chico que sirve los cafés mira hacia el grupo, interrogante.

– ¿Cómo dice? – pregunta Rocío estupefacta-.

– A ver, Rocío, Rubén: ambos tenéis una capacidad especial para escuchar. Os dejáis embarcar y viajáis conmigo. Yo ya soy mayor para ponerme a escribir, pero lo que es hablar… ¡Bueno, ya lo sabéis! Además: quiero que el libro se haga en braille. Tengo unos ahorros que creo que darán para pagar todo el proceso.

Durante casi un minuto vuelve a oírse solo jazz. Rubén se ruboriza. Rocío sonríe. Aurelio los mira sucesivamente, expectante, esperando una respuesta.

– Mire, Aurelio –empieza Rocío-. Como sabe estoy buscando tema para mi tesis. Después de todo lo que me ha contado creo que ya sé sobre quién la haré. Le propongo hacer una tesis sobre Mercedes y sobre toda su investigación histórica. Aunque lo que ella hizo da para mucho más que una tesis.

– ¡Eso sería fabuloso! ¡Ay, Rocío, qué alegría me das! (La abraza sentado, mientras Rubén se ruboriza).

– Yo no sé muy bien para qué puedo servir en este proyecto.

– Rubén, ¿tú me ayudarías en la digitalización? Son muchos libros y anotaciones, y serán difíciles de interpretar por mis programas de ordenador. Necesitaré a alguien que me eche una mano.

– Pero tendremos que pasar tiempo juntos, yo tengo mi finca de rubias en Coruña y… -Rocío interrumpe-.

– Ya lo había pensado, puedo hacer parte de los cursos de doctorado en Santiago de Compostela. De hecho, tengo allí facilidades con unos amigos y…

Cuatro años después, suena el teléfono en casa de Aurelio.

– ¿Sí, dígame?

– ¡Aurelio, tiene usted que venir, tiene que venir pero ya!

– ¡Ay, pero cómo me avisáis tan tarde!

– ¡Es que entre las vacas y la tesis no nos da la vida, Aurelio!

– ¡Lo sé, lo sé! Ahora mismo cojo un autobús, luego te mando un whatsap y te digo dónde recogerme.

– ¡Dese prisa!

Aurelio me agarra y me mete en una bolsa de viaje. Coge una foto de Mercedes, algo de ropa, coge a Paco para dejarlo con la vecina, mira la casa y sale sin mirar atrás.

En el Hospital de Santiago de Compostela está Rocío, agotada, sonriente, abrazando a una bebé. Entra Aurelio, emocionado, y detrás, sin aliento, Rubén, que acaba de aparcar el coche tras recoger a Aurelio.

– ¿Cómo estás?

– Muy cansada. Pero qué bien huelen los bebés… ¡y cómo chupan!

– Qué preciosidad de niña, Rocío. ¡Tiene los hoyuelos de Rubén! (Rubén se ruboriza).

– Por supuesto, ya sabes cómo se llamará, ¿verdad?

Aurelio está de pie, junto a la cama. Los mira a los dos y no puede evitar empezar a llorar.

La pequeña Mercedes suspira satisfecha. En dos meses Rocío defenderá su tesis sobre la persona que les ha unido. La vida da muchas vueltas. Las familias se crean de formas extrañas. Esta empezó con un listín telefónico anticuado y un teléfono.

 

Mírame

Fuente: masterennubes.blogspot.com.es
Fuente: KOHL THRELKELD/NEWS SENTINEL

Mírame. Quiero que me mires…

Así. Mírame las arrugas. Sí, soy vieja. Tengo el pelo blanco y algo deshilachado. ¡Con lo bonito que lo tenía! Pero me he negado a cortármelo. Todas las mujeres, cuando nos hacemos viejas, nos cortamos el pelo. Yo me niego. Aunque esté quebradizo y tieso…

Mírame la cara. Está surcada, ¿verdad? Son enormes. Si estirase todas las arrugas, dentro me cabrían dos caras nuevas… La piel está flácida y blandita. La firmeza despareció hace años…

Mírame las manos. Bueno, las manos nunca han sido tu fuerte. Ya las tenías feas cuando eras joven. Pero ahora están cuarteadas y los dedos algo torcidos.

Mírame a los ojos… Ya casi no te veo sin gafas. Empezó siendo presbicia y ahora estoy medio cegata. Pero bueno, te acostumbras.

Mírame. Quiero que me mires.

Estoy encorvada y me cuelgan las carnes. No quieras saber lo que fue de aquella chicha que te empezó a crecer en la tripa a los cuarenta… Ahora es un flotador. ¿Y las “alas de murciélago”? Me da la risa. ¿La piel arrugada de las rodillas y los tobillos? Ya ni me fijo.

Los pies, madre mía los pies. Los juanetes son lo peor. No veas cómo duelen… Menos mal que es por temporadas y que se pueden operar cuando se ponen muy feos. Dicen que después se te queda la zona insensible. Pero mira, mejor así.

¿Hombres? ¿Sentirte atractiva? Pues claro que sí. Lo que pasa es que es todo tan distinto a los anuncios de la tele y a las películas románticas que nadie diría que estás flirteando. Yo me siento guapa, no te creas. Y me siguen gustando los hombres que me hacen reír… ese que sigue a tu lado y que todos los días te saca una sonrisa.

Además hay otras cosas buenas.

¿Recuerdas los ardores? Pues se han ido. Ahora no puedo comer de todo, pero tampoco es tan grave. ¿Y los dolores de cabeza? También se han ido. ¿Y qué me dices de aquellas contracturas musculares? Fuera todo. Fuera pesadillas. Fuera insomnio.

¿Sabes por qué?

Porque ya no tengo miedo.
Ya no hay estrés.
Vivo en paz.

He aceptado y he perdonado lo que tenía que aceptar y perdonar. He querido y me han querido tanto y con tanta intensidad que se han cerrado todas las heridas. La calma ha ido llegando y ahora vive conmigo.

Mírame. Quiero que me mires.

No puedes esperar a hacerte vieja para dejar de tener miedo. Tienes que hacerlo ahora. Sé que sólo soy un reflejo en un espejo. Menos aún: soy la que tú crees que serás cuando seas vieja reflejada en un espejo imaginario. Añoras la calma y la paz que crees que sólo los años pueden dar.

Pero tú eres fuerte. Siempre lo has sido.

Mírame: quiero que me mires.

Deja de tener miedo, pero hazlo ahora.

Vive.

El tupper

Un tupper especialAdelino es de los de boina y chaqueta de pana. Camina despacio. Ya muy mayor, de cejas pobladas y surcos en la cara. Adelino camina encorvadito, con las manos a la espalda. Camina con sus albarcas en verano y sus zapatos de suela de goma en invierno. Le gustan las suelas de goma porque se siente más grande. Pero las albarcas dejan que sus pies cansados respiren mejor (y huelan peor, qué se le va a hacer).

Adelino nunca sabe cuándo se van los dolores de las articulaciones, pero sabe cuándo llegan porque siente los avisos. Hace años que se entiende con los cambios de temperatura. Y se comunica con ellos: “Hola. Ya estás aquí. A ver cómo de fuerte vienes este año, jodío”.

Este año se ha dado cuenta de que sus pasos son más cortos y que arrastra un poco los pies. Lo nota más con las albarcas. “Los años”, piensa. Cada tarde, cuando el tiempo lo permite, sale a la plaza y se sienta en el borde de la jardinera de obra de su árbol favorito. Él era pequeño cuando lo plantaron. Y ahí está, tan hermoso y oscuro. Dando sombra todo el año.

Prefiere sentarse ahí que en los bancos que puso el ayuntamiento. También se está a la sombra, pero a él le gusta más la jardinera porque se le quedan los pies colgando y le recuerda a su infancia. Los vecinos le dicen que un día se va a caer una torta como siga dando esos saltitos para alcanzar la jardinera. Pero él piensa que cuando llegue el día, si eso ocurre, ya nada merecerá la pena. Así que sigue retando a la gravedad con su diminuto cuerpecillo.

En su bolsillo, Adelino lleva un tupper. Es de esos pequeñitos que, en las colecciones de 24 tuppers, nunca sirven para mucho. No cabe casi nada. Pero él lo lleva siempre encima. Cuando se sienta bajo el árbol, una señora encina, saca el tupper y lo mira.

Adelino entonces, como si de una película de Tolkien se tratase (él ha visto la saga de “El Señor de los anillo” en versión extendida y luego se ha leído los libros -le gustan más las películas-) se siente como el hobbit que lleva la pesada carga del anillo. Lleno de pesar pero, al mismo tiempo, con la sensación de tener que cumplir una misión, dura y dolorosa, pero necesaria. Adelino deja volar su imaginación. En su mente, rememora la plaza del pueblo cuando, muchos años antes, se llevaron a su padre para nunca volver.

Dos gotas de sangre se hallaron sobre el suelo, en el que alguien había dejado caer unas bellotas. Una gota de sangre sobre una de las bellotas. La otra en la tierra. De esas bellotas crecería la encima que es hoy su sombra. La de la gota de sangre la cogió aquel niño Adelino y la guardó mimosamente en un pañuelo de hilo, el que ahora estaba dentro del pequeño tupper. Cuando miraba el tupper sentía la manaza de su padre sobre su cabecita, revolviéndole el pelo.

Hoy Adelino ha decidido enterrar la bellota con la esperanza de que aún pueda brotar algo de ella. Se ha levantado muy temprano, aún con el alba, y ha ido a la plaza, a la zona que no está ensolada. Ha sacado el tupper. Lo ha abierto. Ha sacado el pañuelo de hilo, casi hecho jirones, y ha mirado la bellota seca. Tal vez no sirva para nada. Tal vez esté muerta. Pero Adelino sonríe cuando la entierra y la riega. Una vez terminada la operación, mete el pañuelo en el tupper y se vuelve a desayunar.

Cuando amanece del todo, Adelino sale a la plaza con su ritmo bailarín, despacito, despacito. Salta sobre la jardinera. Se balancea peligrosamente (como siempre) y acaba sentadito con las piernas colgando. Saca el tupper y, como cada día desde hace años, lo mira.

Versión sonora de “El tupper” en ivoox:

Música de la introducción: Lee Rosevere, tema “Planet F” del álbum “Trappist 1”. Bajo licencia Creative Commons. Música del cuento “El Tupper”: Kai Engel, temas “Denouement” y “Tumult” del álbum “The Run” (2017). Bajo licencia Creative Commons.

La estrella y el polvo, un cuento con epílogo *

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La estrella llegaba al final de su vida.

Si las estrellas pudieran sentir, pensar o elaborar cadenas de palabras (en inglés, porque como en toda la ciencia ficción, si hay visita de extraterrestres, hablan en inglés… Pues esta ficción, aunque sin extraterrestres, no va a ser menos)… Como decíamos, ¿qué ideas asaltarían a esta gigante roja que empezaría en breve a perderse para dejar de ser un objeto y pasar a ser miles de ellos?

Las partes empezarían a tomar conciencia, a discurrir, a sentir los efectos de la reciente muerte en sus recientes vidas. Un ciclo salvaje e impertérrito. Hermoso y cruel. Un ciclo cargado de incógnitas y de variables.

Pero volvamos al principio, que nos estamos poniendo muy tremendos…

Nuestra estrella había disfrutado de una larga vida. Es lo que ocurre cuando se tiene una masa relativamente pequeña. Las estrellas con hasta ocho veces la masa del Sol tienen una prolongada y pacífica existencia. Al contrario que sus primas, las estrellas masivas, que tienen una vida corta y explosiva (la vida loca, que se le llama).

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Durante la fase de secuencia principal (es decir, su vida normal) la estrella mantiene un estado de equilibrio estable gracias a las dos fuerzas que se contrarrestan: la presión que nace del interior de la estrella, que tiende a expandirla, y la gravedad que tiende a comprimirla. Estos dos procesos hacen que se alcance un equilibrio hidrostático: la estrella parece tener un flujo estable, por lo que deducimos que está en fase de equilibrio (esto le va a durar, pero luego se vuelve una desequilibrada…).

Pensemos en nuestra estrella como en una especie de cebolla compuesta por capas de elementos químicos (como toda la materia que conocemos, tan poquita en el universo, lleno de vacíos y de energías y materias oscuras e invisibles… ¿sabían que la materia que conocemos es sólo un 4 por ciento de todo el universo? Una minucia…).

Nuestra cebolla particular ha pasado su vida consumiendo el hidrógeno del núcleo (su combustible principal) y transformándolo en helio. En ese ejercicio de fusión, el hidrógeno pasa, principalmente, por el proceso de reacción protón-protón… Dos veces. Así como suena: “protón-protón”.

Les explico: es como si hubiera una tremenda fiesta e invitásemos al hidrógeno (hay truco, le hemos quitado un electrón). En principio, debido a que se tienen “yuyu” (es decir, como tienen la misma carga se repelen, como los imanes) los protones no se relacionan nada de nada. Pero imagínense que subimos la temperatura y la densidad, tal y como ocurre en el núcleo de la estrella. Pues los núcleos de los hidrógenos, es decir, los protones, se fusionan de dos en dos hasta quedar bien pegaditos por la fuerza fuerte (que no es lo contrario a la “debilidad débil”, que eso no existe, aunque sí existe la “fuerza débil”, por muy contradictorio que suene… cosas de la física). Pero estas relaciones son muy inestables… menudo carácter tienen. De manera que uno de los protones, molesto, se convierte en neutrón, generando un núcleo de deuterio. Por si fuera poco (y no me preguntéis por qué) esto ocurre dos veces. Por el camino se han cansado y han gastado energía, generando un positrón (esta fiesta tiene cada vez más gente) y un electro-neutrino.

Pero eso no es todo. La locura se apodera del personal y el deuterio choca con un protón. Eso libera un fotón gamma (¿este de dónde ha salido?) y genera un isótopo de helio. Y como fiesta llama a fiesta, otro isótopo de helio se acercará, formando un núcleo de helio con dos protones y dos neutrones (¿en el mismo espacio caben todos?), liberando a dos protones sobrantes (aaahhh, eso decía yo) y soltando una energía que ya la quisieran los radiadores de mi casa…

Menudo fiestón.

Y así millones de años.

Agotador.

Sin embargo… llega un momento fatídico en que se agota el hidrógeno, ese elemento elemental (querido Watson), y todo ha pasado a convertirse en helio. Dicen los libros de ciencia que la estrella llega a una etapa llamada de “envenenamiento por helio”… Imagínense, ese núcleo donde antes todo era jolgorio, ahora es tan solo helio… ¿se le pondrá voz de pito? (Menos cachondeo, ¿eh?). Dado que en el núcleo no queda chicha, la fusión pasará a producirse en una capita más externa de la cebolla donde aún, ahí sí, queda hidrógeno.

¿Qué efectos tiene que la actividad de fusión haya cambiado de capa? Pues que la cebolla, aparentemente, engorda y pierde temperatura, volviéndose más roja.

¡A-JA-JÁ! ¡Por eso se les llama gigantes rojas!

Pues sí, muy bien, premio para la persona humana lectora. Pero todavía no hemos llegado. Tranquilidad…

Ahí sigue nuestra estrella, enfriándose paulatinamente, hasta que llega a un punto en que no puede enfriarse más… y para compensar ese “pelete” que ha empezado a adueñarse de su atmósfera estelar, empieza a hincharse cual globo, convirtiéndose, esta vez sí, en una magnífica, enorme y gigantesca gigante roja (valga la redundancia). La estrella ha multiplicado su tamaño por tropecientosmil. Es el principio del fin, y ha dado comienzo una etapa difícil de unos millones de años de deterioro… El apretado núcleo de la estrella, donde antes no había más que fiestas y fusiones, es ahora un mar de dudas… Los elementos que antes permanecían ocultos salen ahora a la superficie y empiezan a dejarse llevar…

¿Que por qué?

Porque una vez que ha terminado de hincharse en esta primera fase… ay amigos… empieza a quemar el helio de su núcleo. El centro de la cebolla grita “¡Ignición!”, y otra vez a volverse locos. Todo empieza a tambalearse. Ya no es una gigante roja (qué manía con las etiquetas…), porque ahora… está en una fase de “apelotonamiento rojo”. Un momento… -interrumpe airada la estrella-.

– ¿Apelotonamiento rojo? ¿Esto es una broma? O sea, paso por una etapa en la que se me acaban las pilas de hidrógeno, engordo y me enfrío (que no veas la rasca que hace aquí arriba), atravieso uno de los momentos (en millones de años, menos mal) más duros de mi vida… ¿y me llamáis “apelotonamiento rojo”? Venga ya, esto es tener mal gusto y lo demás son pamplinas…

La estrella nos vuelve la espalda (si es que tienen espalda, claro) enfurruñada mientras murmura palabras ininteligibles. Apelotonamiento rojo en efervescencia y helio. Esto es un sinvivir. Un sinvivir que puede durar millones de años. Otra vez. Esta muerte, como la vida, es muy lenta…

Ahí hemos dejado a la estrella, en sus disquisiciones, fusionando el helio en carbono. (¡Anda, otro invitado más!). También hay berilio por ahí (un elemento duro y bastante tóxico, mejor mantenerse alejados). Luego el carbono se transformará en oxígeno, el oxígeno en neón, el neón en magnesio… todo seguirá así mientras haya helio.

Pero ahora es cuando yo me pongo triste, porque contar estas cosas tiene su lado triste, no se crean… Se nos acaba el helio, incluso el de las capas exteriores…

– Y ahora qué- la estrella se ha vuelto hacia nosotros con una cara muy provocadora, claramente irritada.- ¿Ein? Ahora qué, narradora, ¡venga, dinos qué pasa!

Ay, estrella, no me mires así, en jarras, toda enfadada… Pues ¿qué va a pasar? Lo que pasa siempre… te volverás a hinchar, llegarás a una etapa que se conoce como “rama asintótica de las gigantes” (asintótica, no asintontica”), brillarás como nunca has brillado en un canto del cisne impresionante, llegará el dragado, es decir, los elementos de tu interior saldrán al exterior, mostrándonos tus más profundas intimidades, perderás masa y te volverás inestable (con ese humor no me extraña) y, como cebolla marchita, empezarás a librarte de tus capas exteriores…

Sólo tu blanco corazón permanecerá, rodeado de preciosas nubes de polvo y gas que habrás ido soltando en este camino hacia tu bello final.

– Ah -silencio-. Pues vaya… -más silencio-. Pero tú no has venido aquí a contar cómo me muero, ¿no?

Efectivamente. Esto es solo parte de la historia. Yo he venido aquí a hablar de un misterio misterioso. Todo el mundo se fija en la pobre estrella (vale, no me extraña, es un momento muy duro y a nadie le hace gracia convertirse en una enana blanca… por cierto, ¿sabían que, teóricamente, el siguiente paso tras ser enana blanca es convertirse en enana negra? Sin embargo, parece ser que es necesario taaaaaanto tiempo para que esto ocurra, que el universo es tan joven que aún no ha dado tiempo a que ninguna enana blanca se convierta en enana negra… Eso, o son tan negras que aún no las hemos encontrado).

Volviendo al meollo. La estrella, pena, dolor, triste adiós, sí, pero nadie parece darse cuenta del momento vital que están atravesando… las motas de polvo.

¿Cómo que qué motas de polvo? Almas de cántaro, ¿pero no les estamos diciendo que desde el núcleo de la estrella, por diversos efectos, se están expulsando las capas de cebolla de la estrella al exterior? ¿Y en forma de qué se creen que están liberándose? ¡¿De chuleta?! ¡No! (Déjenme calmarme…).

Veamos: la atmósfera de la estrella nunca ha dejado de estar en movimiento. Hemos dicho que nuestra protagonista ha estado hinchándose y lanzando al espacio la materia, haciendo que, al final, perdiese todo su contenido, convirtiéndose en una enana blanca. Como aquí nadie se está quieto, la propia enana blanca emite una radiación que influye en esos elementos que antes formaban las capas y que, ahora, generarán una maravillosa nebulosa planetaria (no va de planetas, es que quien lo descubrió tenía un telescopio muy básico y pensó que había planetas, pero no. En realidad es una muerte estelar, suena feo, pero luego lo arreglo).

Intenten rebobinar… Vayamos justo al momento en que la estrella empieza a hincharse. No se lo van a creer, pero estrellas como nuestra protagonista son verdaderas fábricas de polvo cósmico. Un polvo compuesto por diminutos granos que viajan hacia el medio interestelar y juegan un importante papel en la evolución de los objetos astronómicos, ya sean galaxias o embriones de planetas (sí, apelotonamientos de materia que acabarán formando planetas). Y aquí está el misterio: lo mismo que sabemos casi con total certeza cuál es el proceso que vive una estrella en su núcleo cuando empiezan las fases finales de su vida, desconocemos cómo se forman los granos de polvo y qué les pasa en su viaje.

Los tenemos ahí delante, nos concentramos en lo que le pasa a la estrella, y a esos recién nacidos, ni caso…  Olvidamos que el espacio interestelar está lleno de las cenizas de estrellas fallecidas (no lo estoy arreglando) compuestas por partículas de gas y polvo que, reiniciando un proceso de millones de años, empiezan a interaccionar. El grano de polvo parece ser el mecenas, el anfitrión y el transportador de esas interacciones, además de formar parte de los discos que rodean a las estrellas, generando los componentes básicos de las rocas a partir de las cuales se forman los planetas sólidos.

¿Qué les pasa a los granos de polvo que nacen cuando la estrella empieza a hincharse y a dejar escapar su material? Hay unas cuantas cosas que sí sabemos. No las voy a contar todas, pero, por ejemplo, aunque sabemos que casi todos los elementos se generan en el núcleo de una estrella, también sabemos que hay algunos que no: como contábamos, en el núcleo, cuando el helio empieza a fusionarse, pasa directamente a carbono y oxígeno… ¿Qué pasa con los elementos intermedios, con el berilio, el boro y el litio?

Pues estos elementos no se forman en las estrellas. Cuando son lanzados fuera, los pepinazos de rayos cósmicos (que andan por ahí sueltos a su aire, y no se sabe con certeza cuál es su origen) les alcanzan, desintegrando el carbono, el nitrógeno y el oxígeno y dando lugar al nacimiento de estos elementos.

Interesante, ¿verdad? Pero intuyo que se están liando. O yo me estoy liando. Es que esto del ciclo eterno de la vida es muy cansino. Solo les pido que se queden con una cosita: el polvo primigenio (siempre he querido decir esta palabra tan pomposa, “primigenio”) solo puede formarse en las recónditas y cálidas regiones de estrellas evolucionadas (un eufemismo para decir en el corazón de estrellas viejunas) como la que ha protagonizado nuestra historia, o en las explosiones de sus primas, las estrellas gordotas, que acaban estallando como supernovas.

Nuestro polvo estelar empieza entonces un viaje iniciático que le llevará, primero, a superar una carrera de choques en sus primeras etapas, nada más desprenderse de la estrella; a enfrentarse con los fotones ultravioletas que tienen muy mala UVa (pillen el chiste); a luchar contra las partículas energéticas (rayos cósmicos, rayos gamma, dándolo todo en una lid sin par); a defenderse en la fase de creación de los planetas, donde todos tienden a quedarse pegados; y, finalmente, a no sentirse solo cuando llegue al medio interestelar y flote, aislado, en un semivacío en el que parece (y digo “parece”) que nunca volverá a estar acompañado. De la multitud a la soledad…

¿Se dan cuenta de todo lo que viven estas motitas de polvo? No me extraña que luego, con tanto choque y tanta interacción, acaben surgiendo cosas inauditas como, por ejemplo, la vida.

Conclusión: sí, el trasiego de la estrella es una locura. Mucho trajín en sus últimas etapas. Pero qué me dicen de la vida de una mota de polvo…

Supeditada a las presiones, intentando no sucumbir a los vientos estelares. Una sencilla mota de polvo suspendida en algo muy parecido al vacío. Tras un intenso viaje allí está, en un silencio sórdido que todo lo inunda. Cuántas cosas podría contarnos una mota de polvo…

Mientras, seguimos preguntándonos cuál fue la semilla a partir de la cual nació.

Su origen. Por qué.

Todo es un misterio… todavía.

EPÍLOGO:

No quiero dejarles sin algo más de información (¡como si fuera poca!) sobre el futuro. Sepan que cada vez nuestros instrumentos ven mejor y más lejos. Y que eso que tanto nos inquieta a los astroquímicos (¡Alerta! ¡Palabro! Corrijo:)… a los que estudiamos, entre otras cosas, qué condiciones se dan en las zonas de las estrellas evolucionadas donde se forma el polvo, algún día será otra historia, con otros protagonistas. Mientras tanto, observamos nuestras estrellas, soñamos en nuestros laboratorios y seguimos investigando rodeados, a veces, de polvo no tan cósmico, de recortes y ausencias, de éxitos y pérdidas, en un camino con un único fin. Porque, sean quienes sean nuestros protagonistas, ya sea una estrella o una mota de polvo, nuestro viaje es hacia el conocimiento.

*Una versión adaptada de este cuento participó en el certamen “Inspiraciencia” 2014, en la categoría de relato corto para adultos.

La caja azul

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Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Era una caja de cartón que no podía contarnos mucho, porque había prometido guardar el secreto de su existencia y de su presencia en el lugar donde empieza este cuento. Y así es como dejamos que la historia se cuente sola…

Tenía doce años cuando se enfrentó a aquel reto.

Era pequeña, de dientes algo torcidos y pecas mal repartidas. Negros ojos, vivos y grandes, tal vez demasiado grandes. Un pelo rebelde, ni rizado ni lacio, siempre en un intento de recogido en forma de trenza o coleta. Tal delgada que toda la ropa le quedaba grande. Ni asomo de femineidad, lo cual la mantenía en un vilo constante, ya que la preadolescencia no perdona y las hormonas, crueles, hacían de las suyas, pero no de un modo visible.

Berta.
Además se llamaba Berta.
¿Por qué no la habían llamado Laia, como su madre?

Continuar leyendo “La caja azul”

Pero… ¿qué tenía de malo aquel nombre? De origen germánico, Berta significaba única, brillante, resplandeciente, ilustre… Sin embargo sus compis del cole no terminaban de entender eso. “Berta, ¡despierta!”, le decían con una colleja los niños al pasar por el pasillo. “Berta la muerta”, o su variante, “Berta huele a muerta”. Ese era el peor. “Berta la puerta”, “Berta nunca acierta”,…

Llegó un momento en que ya no se enfadaba. Les ignoraba. Y un buen día, con diez años, empezó a responder con motes a quienes la insultaban. “¿Ah, sí? Pues si yo soy Berta la muerta, tú eres Rosa la casposa. Y tú Elena la hiena. Y tú Juan el patán. Y tú Andrés, el que le huelen los pies. Y tú Valentín el puercoespín. Y tú…”. Y le dio tal repaso a todos que los niveles de acoso comenzaron a bajar.

Sin embargo seguía siendo la destartalada niña sin amigos, solitaria y rara, que intentaba a toda costa pasar desapercibida, con camisetas anchas para que no se notara la ausencia de pecho, siempre con algún libro bajo el brazo. En esa época le pusieron el aparato dental y las gafas. Una pesadilla. Si ya se sentía poco agraciada eso ya fue el colmo. Así que se enfrentó a esos nuevos tiempos con algo de resignación y valentía.

Porque para Berta salir de casa cada día era eso: un acto de valentía. Su madre había fallecido siendo ella muy pequeña, y vivía sola con su padre. Él era un hombre bueno, de esos que deberían figurar en el diccionario junto a la palabra “bueno”. Ella pensaba que el sentido de la composición “hombre bueno” se estaba deformando. Cuando la gente decía “Es un hombre bueno” o “Es un buen hombre”, parecían ocultar cierto sentido de debilidad, o incluso estupidez. Berta no estaba de acuerdo. Su padre era fuerte y sensible. Inteligente y audaz. Honesto y luchador. Un hombre bueno. Un héroe para ella.

Cuando Berta empezó a sentir los efectos de las hormonas (es decir, se enamoró perdidamente del chico más bestia y tonto de la clase) y su padre vio cómo arrastraba su cuerpo suspirante y lloroso por las esquinas, tuvo una conversación clara y directa con ella:

“Cariño. Lo que te pasa es normal. No estés tan apagada, mi vida… -le dijo sujetando su carita- Estás creciendo, y eso es maravilloso. Tus hormonas te están cambiando y eso puede hacer que estés triste, que te enfades, que te sientas cansada… y que te empiecen a gustar los chicos… o las chicas. Eso ya lo irás descubriendo, no te preocupes. Solo date tiempo. Es posible que en unos meses tengas tu primera menstruación. Eso hará que te sientas rara. Si ocurre, cuéntamelo. Puede que te duela la barriga, la cabeza, te sientas hinchada, quieras tirarme algo a la cabeza…”.

Berta se echó a reír y sus braquets resplandecieron con ella. “¡Por fin!”, dijo Eduardo, satisfecho. “Tú confía en mí. Esto es un equipo, ¿recuerdas?”.

Y Berta dejó de preocuparse en exceso por todo aquel proceso de cambios y empezó a darse cuenta de que el chico que le gustaba era el más bestia y el más tonto de la clase. ¿Cómo podía ser tan tonto siendo su madre la dueña de la librería más grande de toda la provincia? Pero… ¡era tan guapo!

Un día, en el instituto, la profe dijo que harían un concurso de cuentos. Y Berta, sin saber cómo, se propuso a toda costa ganar ese concurso. Se convirtió en una secreta obsesión. Se dijo que tenía que ganar ese premio: la publicación del cuento y un lote de libros a elegir… de la “Librería Bustos”. Precisamente (qué casualidad) la librería de la madre del niño más tonto y más bestia de la clase, cuyo nombre era Asier. Sus padres eran vascos y él era el primogénito. Al parecer Asier significaba eso: el principio. Y ella empezó a fantasear con la idea de ganar el premio e ir a la librería. Se encontraría allí con él y sonreiría… no, eso mejor no (por los braquets).

En fin, que Berta empezó a escribir y a escribir, y a desechar y a desechar, y a elegir un personaje y otro, y a cambiar de idea una y otra vez, hasta que el plazo se fue acercando amenazante y tuvo que decidirse.

Escribiría sobre una mujer aventurera, una madre que finge morir y en realidad se va de viaje con la intención de regresar con historias maravillosas que contarle a sus hijos… Pero por el camino ocurrirían cosas terribles que le impedirían volver.

Pobre Berta.

El suyo era un sufrimiento callado. Y con los cuentos había empezado a liberarse de aquella carga generada por la ausencia de la figura materna. No quiso darle a su padre el cuento, quería que fuera una sorpresa cuando se hiciera público. Esperaría hasta que se fallaran los resultados del concurso… y no ganó.

—-

Muchos años después, Eduardo estaba en su cama de hospital, tan pequeño y destartalado como Berta a los doce años. Allí estaba ella, adulta, con su esposo, Asier (que no era ni bestia ni tonto, solo había sido un niño un poco trasto y muy tímido). Sus dos hijos mayores estaban con ellos, agarrando las manos del abuelo. La pequeña brincaba por la habitación. “Ojalá tuviera cinco manos, así podría agarraros a todos”, decía Eduardo con una sonrisa tan preciosa que todo el edificio podría haberse derrumbado en aquel momento y nadie se habría dado cuenta.

Berta lloraba, sonriendo también. Asier la abrazaba, escondiendo a vece su cara en el hombro de ella. Los dos hijos mayores, Eduardo y Ángel, en silencio, besando las arrugadas manos del abuelo. Todos le miraban, con esa sensación de querer disfrutar hasta el último segundo de vida de aquel hombre bueno.

Entonces el abuelo lo contó.

– Berta, ¿recuerdas el concurso de cuentos del colegio, aquel que tanto te obsesionó?

– Sí, papá. ¿Cómo iba a olvidarlo?

– Pues tengo que contarte algo… Berta. ¿Recuerdas también la caja que hay en el trastero, la azul con un lazo?

– Sí, claro, nunca me dejaste abrirla… ¿pero qué tiene eso que ver con…? – Eduardo levantó un poco la mano e hizo un gesto, como para que le dejaran seguir hablando sin interrumpirle-.

– Pues mira: cuando el jurado leyó tu cuento todos decidieron de forma unánime que era el mejor. Pero era tan triste que la profesora, una vez abrió el sobre para conocer la autoría, me llamó para hablar conmigo. No sabíamos si era bueno que airearas el dolor por la ausencia de tu madre en aquellas condiciones. Aunque… debo ser sincero. Fui yo quien decidió que no se hiciera público… No me sentía fuerte para responder preguntas sobre tu madre. Me preguntaba cómo era posible que lo supieras…

– ¿Que supiera qué?

Se hizo un silencio espeso y caliente como la lava…

– Berta: tu madre no murió, al menos no en el momento en que tú imaginas. Poco después de nacer tú, tu madre se sentó conmigo y me dijo que necesitaba crecer. Que te quería mucho, pero que no había vivido. ¿Cómo iba a enseñarte nada si ella misma no sabía nada de la vida? Me dijo que necesitaba viajar, aprender, conocer mundo… Y eso hizo. No podía decirle que no… Tenía toda la razón. Con la mala suerte de que dos años después falleció en un accidente. De hecho estaba regresando a casa cuando ocurrió…

– Papá… ¿Y por qué…? ¿Por qué has esperado tanto para decírmelo? – Berta estaba ahora echada sobre el regazo de su padre, llorando tanto que ningún mar habría recogido tantas lágrimas, de hecho todos lloraban- ¿Por qué no me lo contaste antes?

– No tuve valor, hija. Nunca tuve el valor… Cariño: la caja azul son los libros que compró tu madre para ti durante su viaje. Jamás me atreví a leerlos… Solo la abrí para añadir los que me dieron en la librería. Berta: ¡ganaste el premio!- Lo dijo con esa preciosa sonrisa, más bella y resplandeciente aún, lleno de orgullo…

Apretó durante un momento más sus manos.

Y se fue.

—-

Berta es abuela. Escribe libros de aventuras y cuentos, sobre todo cuentos. Le gusta leerlos a sus nietos. Está en su pequeño despacho, en un silloncito viejo atestado de cojines. Asier juega en el pequeño jardín, tirado en el suelo, con sus nietos. Ella los ve por la ventana. “Como siga así van a romper a este viejo”, piensa ella divertida. La hija, la menor de los tres, entra con su pequeño en brazos.

– Laia, ¿dónde he metido mis gafas?

– Las llevas colgando del cuello, como siempre…

Se miran y se ríen…

– Te ríes como tu abuelo… -Ambas se miran-.

– ¿Sabes una cosa? Siempre pensé que esto era una tener familia. Muchas personas, hijos, nietos, gente a tu alrededor… Y ahora aquí estoy, rodeada de gente que me quiere y a la que quiero. Una familia.

– Sí mamá. Pero ¿sabes tú otra cosa? Tanto amor no surge por generación espontánea. Alguien te enseñó a querer. El abuelo y tú también erais una familia. Un equipo.

– Tienes razón. Y aunque no llegué a conocerla creo que mi madre tuvo mucho que ver en esto…

Laia se fijó en que tenía un viejo cuaderno entre las manos y, sorprendida, le preguntó:

– ¿Estás leyendo sus diarios de viajes? ¿Por fin?

– Sí. Por fin me atreví. Este es el último… soy una tonta.

– No eres tonta, mamá, no digas eso…

– Ya lo sé, ya… Voy a contarte algo que nunca le he dicho a nadie. –Laia se sentó frente a ella con el bebé y escuchó atentamente-. Cuando aquel día, con doce años, dieron el fallo del concurso, me sentí como si me hubiera pasado por encima una apisonadora… Fue cuando decidí dedicarme a escribir. Supongo que buscando siempre aquel premio. Cuando el abuelo me dijo que había ganado… no sentí alivio. Me hizo sentirme muy triste. Y ahora, tanto tiempo después… Ahora me sentía preparada para saber. Para leer los diarios de mi madre. Para comprender por qué calló mi padre. Ahora es cuando siento que he ganado, Laia.

Cogió su mano, miró al bebé, soltó una lágrima agarrando la vieja libreta manuscrita y repitió, mirándola a los ojos:

– He ganado.

Y es que, érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una caja azul metida en un trastero. Ahora está debajo de una mesa, en un saloncito luminoso donde siempre hay gente y se cuentan historias. La abren y cierran casi cada día para leer lo que ha estado guardando todo este tiempo. Está algo desvencijada, pero sigue guardando misterios que sólo los ojos de los que aman los cuentos pueden desentrañar. Y quién no se ha enamorado alguna vez de un cuento…

El niño y la niña

1.- Ella

Ella, cuando sonríe, cierra el labio inferior sobre la boca, porque tiene las paletas grandes y le da vergüenza salir fea en las fotos. A veces sus sonrisas son de arrullo, casi de niña dormida, porque son sonrisas de tímida, sonrisillas de ojos entornados. Ella, cuando sonríe, ilumina la cara, con mofletes de medio pilla, o de medio niña buena (eso nunca se sabe).

A veces, aunque sonría, ella tiene los ojos tristes. No sabe por qué, ya que la verdad es que no está triste. Pero ahí están sus ojos rebeldes, inclinados como un junco, porque son reacios a la risa. Sin embargo, vence y doblega, y su cara, forzada por el labio inferior que no quiere que se escapen las paletas, sonríe de esa manera tan peculiar.

Ella, la niña, a veces mira de reojo y no se sabe si está tramando alguna chifladura (como tirarte un petardo en mitad de la habitación) o si está pensando en que olvidó darle de comer al gato. Ella es así, algo despistada. Y nunca sabes lo que está pensando…

Hablando de pensar: la niña ya tiene unos cuantos pelos blancos en la cabeza, escondidos entre el resto del cabello, y ella cree que son de tanto pensar. Aunque le gusta pensar. Puede pasar horas pensando. Y leyendo. Y pensando que está leyendo. A la niña también le gusta la música. Le gusta tocarla y escucharla. Puede pasar horas tocando. Y escuchando. Y pensando que está escuchando.

Ella se preocupa porque le gusta que las cosas salgan bien. Y le falta tiempo para hacer las cosas como le gustaría. Tal vez todo ha ido rápido-rápido y a ella esas prisas le parecen un abuso. El tiempo es un abusón. Como todo el mundo, se pregunta (y, si no, debería hacerlo) dónde ha ido el tiempo que le falta…

A la niña le gusta enseñar. Le explica a los demás cosas para que aprendan. A veces se sorprende de lo rápido que aprenden. Otras se subleva. Contar cómo funcionan algunas cosas y que los demás las entiendan. A ella le gusta pensar que eso les ayuda a crecer, al tiempo que ella misma crece y piensa. A ellos también les saldrán pelos blancos algún día de tanto pensar.

Ella, la niña, sueña. Sueña que la luz tiene múltiples matices y quiere atraparlos. Y le gusta el mar. El mar le habla de sus amigos y su familia. De su isla. Ella sueña con volver algún día a su casa a dejar que la luz juegue con los reflejos del agua y ella le deje mirar. Sueña con recuperar el ritmo del agua tranquila.

La niña se ríe como si fuera una orquesta. Se ríe alto. Le sale del fondo una risa clara como un manantial. Y todo su cuerpo se ríe con ella. Se ríe de cosas pequeñas. De cosas absurdas. De cosas que a veces sólo ella entiende. Se ríe. Y sonríe. Y se le hace una curva en el moflete de niña traviesa o de niña buena…

Ella, la niña, no sabe bailar. Pero se lo pasa tan bien que no le importa. Porque, curiosamente, la niña no sabe lo que es la vergüenza… hay un tipo de vergüenza que nunca le ha salido al paso. Eso, o quizás sea que la ha pisoteado tanto que ya no pueda con ella.

Sólo, a veces, la del labio inferior.
Por eso, en el fondo, sigue siendo una niña.

2.- Él

Él, el niño, lo mismo se deja barba que bigote, lo mismo perilla que patillas… el niño juega con los pelos que le salen en la cara porque para eso son suyos… y al niño le gustan las gafas raras, de colores chillones, o de formas absurdas. Es una manera de mostrar su lado de payaso sin nariz roja.

Pero el niño está triste. Triste y cansado. El niño un día se dejó besar por una chica. No se lo esperaba. Empezaron a hablar y ella le besó en un momento de despiste. El niño, hasta entonces siempre poderoso, se dejó llevar como una pluma por el viento…

Se sorprendió a sí mismo conversando con ella, durmiendo con ella, soñando con ella… Se sorprendió a sí mismo pensando que tal vez, solo tal vez, ella fuera una experiencia diferente. Y le contó su vida, y le dijo lo que no quería. Ni amargura, ni mentiras, ni palabras huecas. Solo verdad… Pero se equivocó.

El niño se equivocó porque no basta con la verdad. También hace falta amor. Y el amor tiene que ser de ida y vuelta. Así que, tras un tiempo luchando contra el mar, el niño decidió decirle que no quería seguir con aquel juego porque sentía cosas frías que le evocaban miedos y soledades… pero ella se resistió a dejarlo.

El niño no entiende esto. Está confuso. Y esa confusión hace que su decisión sea volátil. Así que siguió jugando, diciéndose a sí mismo que el día a día es más importante que las grandes declaraciones de amor…

Mentira.

El niño sabe, en el fondo, que el mundo se sustenta sobre las grandes declaraciones de amor desesperadas. Las de amores imposibles, amores traidores, amores truculentos, amores plácidos que te dan rutina y paz y que, un día, cargados de canas, te miran en la perspectiva del tiempo y te lo han dado todo… o te han dejado enormes vacíos. Así se forma el puzzle de la vida: con piezas que van completando huecos. Y el niño no entiende un mundo sin intensidad… sin amor. O sin palabras bonitas.

Él, el niño, sufre porque ella se olvida de él constantemente. No es maldad. Es que no lo quiere. Es divertido estar con él. Pero en una era de tecnología y comunicación hay mucho frío, mucho silencio, mucha distancia…

“Claro, no puedes esperar que todo el mundo sea igual de atento que tú”, piensa el niño, justificándola. De hecho, lo mejor en la vida es no esperar nada de nadie… Él, el niño, sabe que ella vive en su pequeño universo. Y ha permanecido como una sombra a su lado, dándole calorcito y piruletas. Pero ella no ha reaccionado. Se ha quedado ahí, en sus cosas… y cuando el niño le ha dicho que está cansado, triste y un poco enfadado, y que prefiere volverse a su mundo, en el que es poderoso y gobierna a todo un reino con apenas unos pocos gestos, la niña le ha dicho que no lo entendía… que quería seguir jugando con él.

Ella es sincera. Ha sido honesta al decirle que no le ama. Lo que ella no entiende es que el aire se está escapando por un hueco, el que deja su propia ausencia aunque esté presente.

Y sin aire no se puede respirar.

La niña se abruma cuando él le escribe poemas… Se asusta tanto de que él la quiera que una vez salió corriendo, espantada de algo que parecía grande y precipitado, como un elefante cargado de cerámica que va cuesta abajo y tiene que coger una curva, y no se sabe si podrá con ella o acabará en el suelo con toda la cacharrería rota… Yo siempre he dicho que me gusta la cacharrería rota, que con ella se pueden hacer muchas cosas bonitas. Con trocitos de cerámicas de colores se pueden hacer mosaicos preciosos.

Pero, para hacerlos, antes hay que romperlo todo.

Un extraño

La superficie árida de aquel lugar del planeta permanecía inamovible, silenciosa, casi absurda. No era normal por aquellos lares. Allí, en su pequeño círculo, debían estar en constante movimiento, simulando vida, simulando actividad. Un viento rojizo empeñado en dar sentido a las tormentas de polvo quiso restablecer la situación. Quería llevarse lo que podrían ser pensamientos, transmisiones eléctricas que flotaban en un espacio irreal y olvidado. Información.  ¿Tal vez una débil señal? Una oportunidad, quizás, de seguir comunicándose, de estar…

¿Qué son seis años en la vida de un planeta? Eso no es nada… solo un paréntesis en el conocimiento. Pero un conocimiento tan valioso… La fría batalla de Troya pudo con él. Una batalla contra la quietud y el invierno.

El viento quiso que aquel extraño volviera a recorrer su pequeño espacio, que con esa delicada lentitud se moviera haciendo lo que fuera que solía hacer. Pero quería que se moviera. Uno de sus brazos pareció reaccionar… pero nada. Sólo era el viento. Aquel suelo árido permanecía ausente, soñando. Tal vez bajo su superficie hubiese algo esperando. Tal vez fuera una simple bacteria. Tal vez nada. Pero ahora tendrían que esperar. Porque la Spirit permanecía en silencio. A su alrededor, Marte.

 

Publicado en noviembre de 2011 en el blog de CreativaCanaria.com

El piano

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas. El piano recordaba tantas cosas que ordenarlas era demasiado complicado… sólo podía asociar los recuerdos con melodías. Entonces sí podía darles sentido y uniformidad. Cómo olvidar al joven pianista que había llorado sobre sus teclas tocando a Bach después de que su amor lo abandonara… Cómo no recordar a la pequeña que aprendía a tocar en secreto, interpretando las canciones de los Beatles que escuchaba en casa de sus padres… Cómo no evocar tiernamente a la cantante de jazz enamorada en secreto del bailarín errante que solo sabía tocar piezas de Hancock… Nuestro piano había recorrido tanto que le costaba conservar sus recuerdos…

La casa en la que vivía era oscura. Antes había cambiado tantas veces de lugar que estar parado ahora no le importaba. Sentía que necesitaba descansar y eso era lo que hacía. Una vez al mes, siempre por la tarde, la chica que vivía en la casa levantaba la tapa, cogía un pincel y un paño, y limpiaba cuidadosamente las teclas. Despacio, para que no sonaran. Continuar leyendo “El piano”

Era un piano Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas, fabricado en la Viena en 1918. El enorme salón en el que estaba era también de un apartamento antiguo, de altos techos y grandes puertas de madera silenciosas. Los gigantescos ventanales, cubiertos con gruesas cortinas, no dejaban pasar la luz.

Hacía ya mucho tiempo que nadie dejaba a la vista su bastidor, oculto tras la brillante tapa lacada que tenía algún que otro rasguño, al igual que la tapa de las teclas.

Había vivido una guerra mundial, había pasado por varias restauraciones y tenía un problema en la caja de resonancia que hacía que sonase siempre algo desafinado. Por eso lo tocaban poco. De hecho él creía que su vida útil había terminado y solo servía de adorno… fabricado con las mejores maderas, su prestigio le había precedido durante todos estos años…

Una noche sonó el timbre y la joven abrió la puerta, recibiendo en voz baja a alguien. Lo acompañó hasta donde estaba el piano, intercambiaron algunas palabras inaudibles, y la joven lo dejó sólo en el inmenso salón.

Era un hombre mayor, con gabardina, sombrero y maletín. Le sonaba aquel maletín. Si no le fallaba la memoria era un maletín de afinador: afinador de pianos. El hombre se acercó despacio, mirándolo fijamente, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Sus zapatos resonaban sobre el suelo de mármol, dando pasos cortos hasta que se paró… y suspiró. Se sentó en el taburete del pianista, muy despacio, echando hacia atrás su gabardina. Dejó el sombrero sobre el piano y el maletín en el suelo. Luego pasó su mano sobre la tapa. Al encontrar los rasguños se estremeció. No podía ser.

Levantó la tapa despacio. Acarició las teclas. Alguna nota suelta sonó… ya llevaba mucho tiempo sin afinar. Empezó su trabajo. Abrió el maletín y miró sus herramientas. Se levantó del taburete, se dirigió a un lateral y levantó la tapa del bastidor. Miró hacia el arpa… sintió un ahogo súbito que lo dejó sin aliento. Bajó de nuevo la tapa. Y se quedó de pie durante un rato, inmóvil.

Se sacó un pañuelo del bolsillo de la gabardina y se secó el sudor. Volvió a sentarse. Era normal que aquel piano sonase raro. En su caja de resonancia algo dormitaba desde hacía años. Algo que aquel afinador había estado buscando durante mucho tiempo.

Durante su época gloriosa, este piano había necesitado una afinación diaria, justo antes de cada concierto. Y este hombre se había encargado de hacerla. El día en que el piano desapareció el afinador creyó volverse loco. Lo buscó desesperadamente. No pudo encontrarlo y no quería levantar sospechas, así que, tras meses intentando averiguar qué había sido del piano del concertista más prestigioso del momento, cejó en su empeño y se dio por vencido.

El piano y el pianista no se separaban. Y la esposa del pianista no se separaba de su esposo. Y, aunque todo el mundo empezaba a murmurar y él disimulaba todo lo que podía, llegó un momento en que todos se percataron de que el afinador no se separaba de la esposa del pianista… Casi parecían un trío, siempre uno flotando en la estela del otro, en torno al piano que parecía el hilo conductor de una historia silenciosa, sin banda sonora.

Cuando el afinador llegó como cada día a afinar el piano y vio que no estaba, supo que algo muy grave había ocurrido. No sólo el piano había desaparecido, también el pianista y su esposa. El afinador se quedó de pie en mitad del escenario vacío con una diminuta nota de papel en la mano, llorando a oscuras.

Ahora, tantos años después, debía explicarle a la joven dueña del piano que su caja de resonancia no sonaba bien porque tenía algo dentro. Algo que era para él. Algo que nadie había visto. Y ahora que lo había encontrado tenía miedo…

Volvió a levantarse. Abrió de nuevo la tapa, colocó el seguro y acercó su mano al lugar que ocultaba su secreto. Despacio, lo despegó. Lo sacó del piano. Sacó una carta del paquete envuelto en celofán. Y leyó el papel amarillento, conservado milagrosamente.

“15 de agosto de 1939

Querido Gabriel,
Durante años mi esposo y yo hemos querido tener hijos. Como sabes, no poder ser padres ha sido una de nuestras mayores penas, llegando incluso a levantar una fría barrera de indiferencia entre nosotros. Por eso creo que me enamoré de ti, por la falta de cariño que creció en el seno de nuestro matrimonio. Ahora que estoy esperando un hijo, y pese al riesgo que corro de que él descubra el engaño, he decidido darle una oportunidad a nuestra relación.

Sé que esto te destrozará el corazón, mi querido ángel, y que no vas a querer dejar que vuelva con él. Pero créeme: es lo mejor para los dos.

He dejado una nota en tu maletín indicándote dónde puedes encontrar esta carta y otras cosas que he envuelto para ti. El bastidor del piano es el único lugar seguro que se me ha ocurrido, ya que sé que mirarás ahí mañana antes del concierto y que nadie más se atrevería a tocar el piano de Wilhelm.

Perdóname, ángel mío, y olvídame si puedes.
Con amor:
Alice.”

Dos semanas más tarde se declaraba la segunda guerra mundial. Con apenas 25 años Gabriel tuvo que marchar al frente. Ni un solo día dejó de pensar en Alice, en el piano, apurando los días, deseando saber algo de ella. El famoso concertista había desaparecido. Pasó la guerra. Intentó reiniciar una vida normal. Persiguió todos los Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas de los que tuvo noticia. Hasta hoy, 30 años después…

Gabriel lloraba, sentado en el taburete, en aquel inmenso salón, intentando imaginar a un joven o una joven de esa edad, con las delicadas manos de Alice, tal vez con sus ojos… Cuando la joven que le había recibido entró de nuevo a la habitación con una bandeja de té, Gabriel se secó torpemente las lágrimas y sintió un escalofrío. ¿Sería tal vez ella?

– Le traigo una taza de té, espero que le guste el té… en esta casa no tomamos café.
– Sí, gracias… es usted muy amable –consiguió articular Gabriel-.
– Espero que consiga usted afinar el piano. Lleva mucho tiempo sin ser usado. Mi padre era un conocido concertista… pero yo nunca llegué a oírlo tocar. Falleció antes de que yo naciera, en la guerra.- Decía todo esto mientras colocaba la bandeja en una mesita y servía el té-.
– Sí… el piano…
– Yo no toco el piano, es mi madre, que quiere que esté siempre impecable… Me acostumbré a limpiarlo con esmero, pero nunca llegué a tocar… Mi madre insistió mucho, pero no heredé las virtudes de mi padre…
– ¿Su madre…? –se llevó la taza a la boca, sin beber, intentando disimular- ¿Vive con usted?
– Sí, nunca entra en esta habitación… Y nunca quiso vender el piano, pese a que llegó a pasar por épocas difíciles tras la guerra… Debe ser el único recuerdo que conserva de mi padre…
– Sí… Es probable –se llevó de nuevo la taza a la boca y se dio cuenta de que no había puesto azúcar en el té-.
– Disculpe, olvidé ponerle azúcar –dijo sonriendo- ¿uno o dos azucarillos?
– Tres, por favor… si no le importa…
– No se preocupe, yo también tomo tres… -dijo ella, sonriendo-.
– Entonces… ¿no toca usted el piano?
– No… ¿y usted?
– … Tampoco. ¿Y su madre…?

En ese momento, una hermosa dama, elegante, menuda y de brillante sonrisa, atravesó la puerta del salón del piano.

– Mamá… Es el afinador –dijo sorprendida, levantándose con la taza de té en la mano-.
– Lo sé, Gabrielle…

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas.

Pachelbel Canon in D major

La nave espacial

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? ¿Pero no dicen que el Espacio y el Tiempo son uno solo? ¿Que se crearon a la vez y son inseparables? Por tanto, si algún día dejase de existir el espacio (ese horrible espacio que nos separa y nos enfrenta), si algún día dejase de existir el espacio… el tiempo también desaparecería, ¿no?…

Es tan difícil imaginar un Universo sin tiempo…. Y aún más complicado imaginar la ausencia de espacio. Pero puesto que nos movemos en el campo misterioso y voluble de los cuentos, dejemos que sea la fantasía la que nos lleve por este inextricable camino.

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Érase una vez que se era, insisto, sin más (que las elucubraciones nos llevarían mil cuentos o a saber), una nave espacial que quería regresar a su planeta. Navegaba ella sola por el espacio interestelar con todos sus sistemas activados y funcionando correctamente. Tenía un listado de misiones que cumplir, aunque con toda la instrumentación de la que disponía la cosa era relativamente sencilla. Estaba un poco aburrida y el tedio la tenía algo existencial… demasiados libros digitales sobre filosofía de la ciencia y pocos de ciencia ficción.

Para compensar, a veces, nuestra nave veía alguna de esas películas catastróficas del espacio en las que un ser extraño, procedente de otra civilización (alienígena, la llamaban ellos, que es una palabra del inglés que significa “extranjero”, aunque no sabemos explicar muy bien qué es eso de “extranjero”…), alteraba la paz de los que habitaban la nave y todo acababa en destrucción poco menos que estilo zombi (otra versión algo más pringosa de invasiones y muerte por doquier)…

Las veía con una colección de sentimientos encontrados, casi por puro masoquismo, porque la verdad es que no le gustaban nada, pero así al menos veía algo de acción, ya que lo más emocionante en el interior de la nave era contemplar cómo se encendían y apagaban algunos pilotitos de colores de los paneles de control… Luego las pesadillas mezclando las luces de los pilotitos con la extinción alienígena eran de espanto, pero eso también aportaba algo nuevo a su día a día.

Efectivamente, la vida era muy aburrida de tranquila que era. En sus mapas del espacio conocido había una larguísima lista de exoplanetas cuya existencia debía ir confirmando de manera observacional (es decir, tenía que ir echando fotos a los planetas). Esa era una de sus misiones. De paso, si veía alguno nuevo que no estuviera en la lista tenía que anotarlo y catalogarlo: que si planeta enano, que si gaseoso, rocoso, que si solitario o asociado a un sistema con una estrella única o binario, planetita, planetazo, planetilla… Los días pasaban despacio para esta pacífica nave de exploración científica.

Hasta que un día vio algo sorprendente. Un sistema planetario parecido al suyo. En su largo periplo (¡Juas! Siempre había querido usar esa palabra pero encaja en tan pocas realidades… Esta es una de ellas: periplo, periplo, periplo…). Pues eso. En su largo periplo esta singular nave había visto multitud de planetas de todo tipo. Y en este sistema, además, en la zona de habitabilidad, había un planeta muy similar al suyo. Era tan maravilloso descubrir una atmósfera de oxígeno, tan hermoso deleitarse con esa azul atmósfera…

Era tan bonito, tan reconfortante, tan mágico… ¡La nave estaba pletórica! Decidió que se acercaría despacio (no mucho, lo suficiente), que miraría discretamente, que lo analizaría… Soñó tanto en los siguientes días, durante su acercamiento, que empezó a temer que, al despertar, el planeta ya no estuviera allí. ¡Ay! Qué ganas de averiguar si se había desarrollado formas de vida como la que le habían construido, tiempo atrás, en un planeta alejado…

Cuando se estaba acercando pudo observar las tormentas, las superficies sólidas y los mares, la variada geografía, la vegetación, los animales… pero no había señales de vida inteligente. Dio vueltas durante varios de los días de este planeta, esperando recibir algún tipo de señal. Pero nada. ¿Sería quizá lo que había estado buscando durante tanto tiempo?

Había leído pocos libros de ciencia ficción, pero un autor famoso ya hablaba de esta posibilidad: colonizar planetas con seres que viajaban congelados o en probetas. Se acordó de un cuento en el que había una especie de cangrejos bajo el mar que desarrollaban una inteligencia que podía poner en peligro a los colonos… Profundizó en los mares, por si se le escapaba algún detalle. No era cuestión de que los cangrejos esos le chafaran el plan. Aunque esta nave no era “colonizadora”, sólo era una misión de búsqueda…

Fotos y más fotos… Y a enviar la información para esperar instrucciones, pues lo que más deseaba era regresar a su planeta. ¿Cómo puede una nave espacial añorar algo? Pues sí, sentía añoranza. En un momento dado se dio cuenta de que había perdido la cuenta (valga la redundancia) del tiempo que llevaba fuera… es decir, lo tenía todo absolutamente anotado, pero no se había parado a pensar en el significado de este Tiempo…

Esperó una respuesta desde su planeta, con el que no se comunicaba desde… ¿desde cuándo? “Ay, mi madre… qué lío tengo”, pensó la nave. De repente, se vio asaltada por una enorme duda. No podía creer lo que se le acababa de ocurrir. Miró en sus mapas… ¿había dado una enorme vuelta para regresar al mismo punto de partida? No… Porque entonces… ese debía ser… ¡su planeta! ¡Su precioso planeta azul! Pero…

Tras un enorme sofoco decidió aclarar lo antes posible tanta confusión. Miró su reloj, que era el reloj que marcaba su propio tiempo y, por otro lado, analizó la geología del planeta y el estado del propio sistema planetario, analizó la estrella central, y llegó a una posible conclusión: ¿y si en algún momento había saltado a un universo paralelo? ¿Estaba frente a su planeta? Pero… en este no había seres inteligentes. Numerosas especies animales saltaban a sus anchas, depredándose y reproduciéndose. ¿Era su hogar?

Números, más números y datos, órbitas, corrientes interestelares, vientos estelares… recalculando… ¡Ufffffff! Definitivamente, aquel no era su planeta. Había tenido un fallo de cálculo, nada más… Respiró tranquila y reemprendió la marcha. Anotó los datos en la ficha número 162.963.571.298:

Planeta: rocoso

Atmósfera: Oxígeno y Nitrógeno

Nombre: …

Aquí dudó… encendió los sistemas de captación de datos y anotó lo que encontró en las redes de comunicación del planeta:

Nombre: Tierra.

Vida inteligente: No

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? … ¿Ya estamos otra vez? Dejémoslo ahí. Todo sea por la vida inteligente. Aunque la definición de inteligencia aún está por definir del todo… ¿no creen?

Publicado el 10 de julio en el blog de CreativaCanaria.com

El grifo

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que, algún día, alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato.

Porque una cosa es abrir un grifo y usar el agua que corre firme y decidida, y otra muy distinta es no cerrarlo con la suficiente fuerza o dejar que un huequito traicionero deje escapar el preciado líquido o que el tiempo haga que esa gota siga cayendo, incondicional, porque nadie puede nada contra la gravedad.

Arturo, nuestro grifo (¡no tienen por qué llamarse todos Roca o Grohe!), era de esos antiguos grifos de una sola llave. Vivía en un lavadero antiguo, de un mármol marrón veteado de blanco muy elegante (el lavadero, Curro, era muy buena gente, aunque un poco reservado). Estaba en un lugar un tanto extraño, ya que se encontraba pegado a la entrada de la casa, una casita baja de una planta en mitad del campo. Junto al lavadero había una enorme ventana, de manera que Arturo, situado entre la puerta y la ventana, veía todo el interior de la casa y, al abrirlo, disfrutaba de las vistas a las verdes extensiones.

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A veces se pasaba horas contándole a Curro el caminar del caballo, el vuelo de los pájaros, los cambios de estación… Lo que más le gustaba a Curro era escuchar cómo Arturo le contaba, de un día para otro, cómo salían las flores de colores en la campiña. Lo que Curro no sabía es que Arturo se lo inventaba casi todo porque, al estar cerrado, Arturo no podía mirar a través del cristal. Sólo cuando lo abrían podía ver el valle.

La casa había sido reformada y, nada más entrar, a la izquierda, podía verse la enorme cocina, y a la derecha estaba la sala de estar. Era un espacio sin paredes, diáfano. Al otro lado estaban las habitaciones donde se oía corretear a los niños y al perro. Al hacer las obras de renovación, los dueños habían dejado el lavadero, como adornando la entrada, porque era muy antiguo, y eso a Curro le pareció un reconocimiento inmerecido. “Ya ves, decía, un vulgar lavadero en la entrada de una casa tan bonita”. “De vulgar nada, le respondía Arturo algo indignado, que tú tienes mucho camino andado y sabes más que ninguna de estas losetas, y a ellas también las han dejado”. Curro sonreía (ay, si las losetas hablaran…). Y los dueños ni pensaron en quitar el grifo… ya puestos…

Arturo y Curro presenciaron cómo se desmantelaba la casa. Fue muy doloroso estar presentes cuando desmontaban la cocina de leña, pero afortunadamente la conservaron, instalándola en mitad del salón comedor, presidiendo el hogar. Era de hierro forjado, negra y brillante, y la trataban como si fuera una obra de arte. Tal vez Arturo estuviese secretamente enamorado de esa preciosa cocina de leña…

Otro momento complicado fue cuando instalaron el nuevo fregadero. El flamante grifo nuevo era de última tecnología. Lo más moderno que habían visto nunca. Aunque Arturo pensaba que tanto no habían evolucionado. La cocina sí que era un prodigio, pero un grifo… pfff. Lo abres, sale agua. Lo cierras, deja de salir agua. Y ya está. Pero cómo brillaba ese grifo nuevo… ¡cómo se alargaba su extensor! Qué maravilla… y no goteaba. ¡Y sus juntas tenían cinta de teflón!

“¡Atchís!”, estornudaba a veces Arturo cuando había corriente entre la puerta y la ventana. “Salud”, le decía Curro, que nunca se resfriaba. El agua de la zona era muy dura y hacía tiempo que el cáñamo usado como junta se había ido deshilachando. Igual si le ponían a Arturo una junta de goma dejaba de gotear… Bueno, era una molestia, pero no era lo más grave.

Los días pasaban tranquilos desde las reformas. Antes había vivido días muy duros. Sobre todo cuando, tras los bombardeos, la casa había quedado abandonada durante años… el tedio era insoportable. Una explosión había destruido parte de las cañerías y Arturo se había quedado seco. Nada. Ni gota. Y el desagüe de Curro se convirtió en un nido de ratones de campo. A Curro le hacían muchas cosquillas cuando asomaban el hocico, y Arturo estaba todo el rato intentando espantarlos, pero los muy listillos hacían lo que les venía en gana. Menos mal que no tenían nada que roer… bueno, a Arturo le comieron algunos hilillos de cáñamo que le sobresalían de la última vez que el antiguo dueño de la casa lo había reparado, pero poco más. Lo bueno de esa época es que Arturo podía girar hacia el lado que quisiera. Como ni se abría ni se cerraba, podía pasarse horas (esta vez de verdad) mirando a través de las ventanas. Sin embargo, los cristales se fueron ensuciando con las lluvias y el barro y al final no podía contarle mucho a Curro sobre lo que se veía al otro lado…

Pues ahí andaban, con los ratoncillos a sus anchas por las tuberías rotas y con las ventanas sucias cuando un día entró alguien corriendo, cerró la puerta y se quedó respirando rápido, apoyado sobre la puerta, de espaldas, mirando para todos lados igualito que los ratones…

“¿Lo recuerdas, Arturo? Era un niño de apenas ocho años, sucio, con ropas rotas y que le iban grandes. Estaba tan asustado que sus latidos se habrían oído al otro lado del valle”.

“¿Cómo podría olvidarlo? Era de noche. De puntillas, cuando ya pudo recuperar la respiración, muy despacio, aquel niño fue avanzando hacia el interior de la casa, se acercó a la ventana e intentó mirar por el cristal, justo este de la esquina, pero estaba opaco de suciedad. Mirando a todas partes, agotado, se sentó en un rincón -justo ahí enfrente- buscó en un viejo bolso de tela que llevaba cruzado al pecho, sacó un mendrugo de pan duro, le dio dos mordiscos, lo volvió a guardar en el bolso y, acurrucado contra sí mismo, se durmió. Un mendrugo de pan… Eso era todo lo que llevaba en el bolso”.

“Todo lo que llevaba en el bolso, sí señor -insistió Curro-“. Sus voces se perdieron en el recuerdo de aquella noche, la noche en la que todos, incluidas las losetas del suelo, miraban enternecidos al niño que dormía. Respiraba despacio. Y soñaba. A veces, algo irrumpía en su sueño y un movimiento espasmódico, casi eléctrico, agitaba su cuerpo.

Llegaron ruidos, al principio lejanos, luego cada vez más cerca, ruidos de un motor. El niño estaba tan agotado que no despertó.

De repente, una cara se asomó al sucio cristal desde el exterior.

“No pudimos avisarle, ¿cómo habríamos podido? No pudimos avisarle… Las losetas daban grititos, asustadas. Todos temíamos por el pequeño durmiente que no despertaba…”

“La puerta volvió a abrirse con un enorme golpe que aún hoy hace rechinar sus goznes -contaba Curro-. Sonó un trueno y Arturo pudo ver cómo un rayo de fuego atravesaba el espacio en dirección al pequeño que, sin un solo gemido, se desplomó sobre sí mismo… Fue terrible. Se hizo el silencio… Alguien, un hombre grande con una enorme escopeta entre las manos, entró, ensuciando la entrada de la casa con un tipo de suciedad distinta a la que estábamos acostumbrados. Se paró. Sus enormes botas sucias pisaban a las losetas que callaron asustadas, crujiendo ligeramente. Estaba parado, mirando hacia el niño. Por un momento pareció desconcertado. Permaneció de pie donde estaba. Apoyó el rifle sobre el suelo, sin mover los pies. Sacó un cigarro. Lo encendió. Se iluminó su sucia cara. El humo sucio que salía de su boca inundó la estancia. Se acercó al niño. Le quitó la bolsa de tela, la abrió y buscó…”.

“Sólo encontró un mendrugo de pan duro…” sollozó Arturo.

“Nada más…”. Curro siguió contando cómo “el hombre dejó caer la bolsa al suelo y lanzó algo parecido a un grito. Pero no estábamos solos. El hombre grande se quedó quieto, escuchando. Su disparo había sido oído por alguien más que por la casa. Pareció temer por su vida. Oyó voces de gente buscando algo. Salió a escondidas, sin ser visto, rozándonos con su suciedad… Un rato después, cuando las voces que llamaban a alguien eran ya nítidas, más gente entró a la casa al ver la puerta abierta. Entonces encontraron al niño, desangrándose… Y se lo llevaron…”.

“Al día siguiente -continuó Curro- el hombre sucio regresó silencioso. Qué desagradable fue volver a verlo… Quiso lavarse las manos pero no teníamos agua. Se ausentó y volvió poco después con unas herramientas… y arregló la tubería. Abrió la llave de paso. Y Arturo lloró agua. Yo sentí cómo los ratoncillos huían despavoridos…”.

Arturo sonreía triste, mientras recordaba. “Pasé mucho miedo, no podía parar de temblar… Abriéndome y cerrándome varias veces, el hombre comprobó que ya salía agua y se secó con un trapo sucio que llevaba en el bolsillo. Luego se giró y se quedó un rato mirando hacia la bolsa de tela, que había quedado en el suelo, y la mancha de sangre que había dejado el cuerpecito del niño en el rincón… El hombre se volvió de nuevo hacia nosotros, se inclinó y empezó a lavarse la cara. Sentimos su aliento. Se frotaba muy fuerte, casi haciéndose daño… Un rato después levantó la cara enrojecida, que goteaba. Cerró el grifo. Se apoyó sobre el fregadero y miró el sucio cristal… bajó la cabeza, mientras su cara seguía goteando. Luego miró de nuevo hacia el cristal y movió su mano hacia él, haciendo algunos gestos… En aquel momento no supe qué hacía, y ya no podía girar a mis anchas…”.

“Aún me hago muchas preguntas, Arturo… el agua que caía por el desagüe sabía a sal”.

Cuando se hubo aseado, simplemente, el hombre grande y sucio cogió la bolsa de tela del suelo y se marchó… Nunca volvieron a verle.

Muchos años después, cuando la mancha de sangre ya casi no se distinguía de todo lo demás por la suciedad acumulada, cuando los desvencijados muros parecían darse por vencidos, alguien llegó a la casa y le devolvió la vida. Un joven de unos 30 años en silla de ruedas acompañado por una hermosa joven y un pequeño de apenas unos meses. Ellos solos iniciaron los trabajos de restauración de la casa. El joven era muy resuelto. La silla de ruedas no era un impedimento para él. Al contrario. Se servía de ella con fuerza y energía.

Un día, el joven se acercó al fregadero, perplejo, mirando hacia la ventana. Había algo escrito. Puso cara de extrañeza… se acercó más. Su cara cambió. Pareció entender. Y se retiró, rodando su silla entristecido, hacia el interior de la casa. Luego llegó la joven… Miró el cristal, se llevó las manos a la boca conteniendo el aire… y lloró. Cogió su trapo, abrió el grifo. Justo el tiempo suficiente para que Arturo pudiera leer: “Niño del pan: Perdóname”.

La joven limpió la ventana. Se apoyó sobre el fregadero. Respiró hondo. Y se fue a seguir trabajando. Hoy Arturo y Curro siguen con sus achaques, debidos a la edad. En el fregadero han puesto una macetita de albahaca que se riega con la gota que pierde este grifo viejo.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que algún día alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato. Ahora el olor a albahaca inunda la casa.