El tupper

Un tupper especialAdelino es de los de boina y chaqueta de pana. Camina despacio. Ya muy mayor, de cejas pobladas y surcos en la cara. Adelino camina encorvadito, con las manos a la espalda. Camina con sus albarcas en verano y sus zapatos de suela de goma en invierno. Le gustan las suelas de goma porque se siente más grande. Pero las albarcas dejan que sus pies cansados respiren mejor (y huelan peor, qué se le va a hacer).

Adelino nunca sabe cuándo se van los dolores de las articulaciones, pero sabe cuándo llegan porque siente los avisos. Hace años que se entiende con los cambios de temperatura. Y se comunica con ellos: “Hola. Ya estás aquí. A ver cómo de fuerte vienes este año, jodío”.

Este año se ha dado cuenta de que sus pasos son más cortos y que arrastra un poco los pies. Lo nota más con las albarcas. “Los años”, piensa. Cada tarde, cuando el tiempo lo permite, sale a la plaza y se sienta en el borde de la jardinera de obra de su árbol favorito. Él era pequeño cuando lo plantaron. Y ahí está, tan hermoso y oscuro. Dando sombra todo el año.

Prefiere sentarse ahí que en los bancos que puso el ayuntamiento. También se está a la sombra, pero a él le gusta más la jardinera porque se le quedan los pies colgando y le recuerda a su infancia. Los vecinos le dicen que un día se va a caer una torta como siga dando esos saltitos para alcanzar la jardinera. Pero él piensa que cuando llegue el día, si eso ocurre, ya nada merecerá la pena. Así que sigue retando a la gravedad con su diminuto cuerpecillo.

En su bolsillo, Adelino lleva un tupper. Es de esos pequeñitos que, en las colecciones de 24 tuppers, nunca sirven para mucho. No cabe casi nada. Pero él lo lleva siempre encima. Cuando se sienta bajo el árbol, una señora encina, saca el tupper y lo mira.

Adelino entonces, como si de una película de Tolkien se tratase (él ha visto la saga de “El Señor de los anillo” en versión extendida y luego se ha leído los libros -le gustan más las películas-) se siente como el hobbit que lleva la pesada carga del anillo. Lleno de pesar pero, al mismo tiempo, con la sensación de tener que cumplir una misión, dura y dolorosa, pero necesaria. Adelino deja volar su imaginación. En su mente, rememora la plaza del pueblo cuando, muchos años antes, se llevaron a su padre para nunca volver.

Dos gotas de sangre se hallaron sobre el suelo, en el que alguien había dejado caer unas bellotas. Una gota de sangre sobre una de las bellotas. La otra en la tierra. De esas bellotas crecería la encima que es hoy su sombra. La de la gota de sangre la cogió aquel niño Adelino y la guardó mimosamente en un pañuelo de hilo, el que ahora estaba dentro del pequeño tupper. Cuando miraba el tupper sentía la manaza de su padre sobre su cabecita, revolviéndole el pelo.

Hoy Adelino ha decidido enterrar la bellota con la esperanza de que aún pueda brotar algo de ella. Se ha levantado muy temprano, aún con el alba, y ha ido a la plaza, a la zona que no está ensolada. Ha sacado el tupper. Lo ha abierto. Ha sacado el pañuelo de hilo, casi hecho jirones, y ha mirado la bellota seca. Tal vez no sirva para nada. Tal vez esté muerta. Pero Adelino sonríe cuando la entierra y la riega. Una vez terminada la operación, mete el pañuelo en el tupper y se vuelve a desayunar.

Cuando amanece del todo, Adelino sale a la plaza con su ritmo bailarín, despacito, despacito. Salta sobre la jardinera. Se balancea peligrosamente (como siempre) y acaba sentadito con las piernas colgando. Saca el tupper y, como cada día desde hace años, lo mira.

Mit

Mit: Microcebus mittermeieri. Créditos: Mark Thiessen/National Geographic Society. Érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un ratón lémur que tuvo que luchar contra una de las peores plagas: el olvido.

Anciano ya, hemos ido a entrevistar a este preciosísimo animal a su isla, a Madagascar, donde le hemos encontrado, como buen primate (sí, primate), colgando de las ramas. Llegamos al atardecer a la zona donde nos hemos citado con él, en la reserva Sur de Anjanaharibe.

Al parecer los lémures colonizaron la isla hace millones de años haciendo rafting… y el que quiera saber más que lea (qué divertido es esto de picar la curiosidad… aunque ahora nos pica otra cosa, que parece que hay algún piojillo de lémur que se ha escapado fuera de su sitio).

Encontramos a Mit dormitando (aunque como sigan talando árboles vemos a Mit dormitando en lo alto de una lavadora… ayyyy, qué complicado…). Este cuento, querido lector, es más una entrevista que un cuento, así que no esperes mucho romanticismo hoy que la cosa no está muy fina. Y es que con tanto traqueteo internacional, hasta los seres más apartados, como puede ser este espécimen de ratón Lémur, se sienten absorbidos por los movimientos sociales de reivindicación (más si tenemos en cuenta que la situación política de Madagascar no es precisamente estable). Continuar leyendo “Mit”

Volviendo al meollo, Mit nos habla durante la entrevista de muchas cosas. Empieza bostezando (lo que también es muy común en su especie) y protestando porque considera que es justo estar “cansado de ser uno de los animales más pequeños del mundo…”. Afirma que ser un diminuto lémur ratón de Madagascar de lo más nocturno le ha ocasionado muchos quebraderos de cabeza. “Me llaman Mit –afirma-. Todo por una historia rocambolesca… Mis padres fueron famosos por salir en una fotito, una de las primeras (imagino) que se le hizo a alguien de nuestra especie. Bueno, en realidad la que sale en la foto es mi madre, medio dormida, con unas ganas de bostezar horrorosas… cosa de familia (sonríe Mit y bosteza perezosamente). Gracias a esa foto conoció a mi padre, que se enamoró de ella al verla en internet (cerca de mi árbol hay un cibercafé), que la buscó hasta debajo de las piedras –cosa nada fácil teniendo en cuenta que vivimos en los árboles- . Y fueron la pareja más mediática del árbol -se ríe animado-.”

“En realidad me bautizaron así porque es el nombre que le han dado a los de nuestra especie… Me explico: nos encontraron unos señores hace unos años y a los de mi familia nos llamaron como un señor, un tal Mittermeier, que había investigado mucho las especies de nuestra isla. ¡Aquí tenemos el 58% de los animales de todo el mundo! -afirma orgulloso-“.

Mit es del género Microcebus, y hasta el momento se han encontrado unas 20 variedades (¡hay unas cien especies diferentes de lémures!). “Hablamos malgache y solo vivimos en Madagascar… eso es porque nuestra isla se separó de África y, al parecer, llegamos aquí antes que los hombres subidos sobre ramas o plantas (eso que llaman rafting)… no tuvimos habitantes humanos hasta muy tarde. Luego llegaron desde Asia y desde África y la cosa se fastidió un poco, pero bueno… aquí estamos. Somos los primates más chiquititos del mundo mundial, un fastidio para reivindicar tus derechos, pero una ventaja cuando lo que quieres es que te dejen en paz porque, desde un punto de vista alimenticio, lo que es servir, no servimos ni de tapa (Mit se ríe y agita sus diminutos dedos al aire). Mi madre recuerda que Mireia Mayor, su ‘descubridora’ (que ya son egocéntricos los humanos, ¡como si no hubiésemos existido antes!), se emocionó mucho al verla y que, al cogerla, dijo: “Ayyyy, qué deditos más pequeñitos”… pa darle dos yoyas. Bueno. Me parece que voy a seguir durmiendo… ¡Ah! Por cierto… Esto de la entrevista ¿por dónde sale? ¿Por la tele? ¿No? ¿En una página web? Vale… No olvide promocionarnos bien, que no se olviden de nosotros. Me han dicho que hay una misteriosa enfermedad que narran los cuentos, una plaga maldita, un virus inerte y voraz que todo lo arrasa… lo llaman olvido y nadie puede nada contra él. Por eso les concedí esta entrevista. No se trata de modas.
Es que no queremos que nos olviden.”

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un ratón lémur que tuvo que luchar contra una de las peores plagas: el olvido.

Un oso indignado

Llevo ya bastantes días aquí, extrañado.

Bueno, eso tampoco es nuevo, porque he visto cada cosa… Aquí siempre hay gente pasando. Muchos se hacen fotos conmigo y con el árbol. A veces hasta se suben para dar algún grito. Se preguntarán si no siento cierto anquilosamiento (véase el juego anquilOSAdo, jeje) en mis patas traseras. Tantísimo tiempo llevo de pie que ya no siento ni padezco. Pero oigan, es lo que tiene ser de piedra y bronce, que no pasan los años por uno.

Desde principios del siglo pasado aquí, “arriñonao” sobre el madroño este que está más soso… Porque yo soy de los que se quedan en la Puerta del Sol, sí señor. Madrid está tan viva que lo único que permanece somos nosotros… hasta ahora. Bueno, cuando las obras, me movieron a la parte que da a la calle del Carmen por un tiempo, pero luego me volvieron a traer a mi sitio. En parte ha sido lo más excitante que me ha pasado en mucho tiempo, porque cambié de perspectiva. Eso y las Nocheviejas, claro (y que conste que las uvas no son lo mío).

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A eso, por supuesto, hay que sumar la que se ha montado aquí en las últimas semanas. Por todas las osas y madroñas, menudo espectáculo. Casetas y casetas, consignas y consignas, carteles y carteles… y porque no veo la tele, que si no me hubiese enterado de que están haciendo lo mismo en un montón de sitios más… (aunque también he oído que la tele no está muy por la labor de darle publicidad al asunto).

Yo, cuando era oso (porque yo fui oso, señores, y no digo que esté disecao, no, pero déjenle a esta escultura el gusto de soñar) corría libre y no molestaba más que a algún panal y a algún animalejo que se dejara cazar. Alguna vez di algún susto (que ser animal suave y peludo no es ser un santo, ni mucho menos), pero poco más. No fui famoso, ni cinematográfico, ni nada, pero era un señor oso.

Con el paso del tiempo, pese a no haber perdido el cargo de oso, creo que sí he perdido el de señor. No es que lo añore, no, pero a uno le daba una sensación de respeto, porque a todo el mundo se le decía por igual, “señor” o “señora”, lo que fuera… Fuera donde fuera me decía “buenos días, señor oso”. ¿Que iba al banco a hacer un ingreso? “Buenos días, señor oso”. ¿Que entraba a una tienda a comprar chacina? “Buenos días, señor oso”. El otro día me contaba mi prima –he aprendido a activar el manos libres, que antes tenía que andar sujetando el árbol con la frente- que entró a un banco y le dijeron “qué quieres”… y otro día, a su marido, le dijeron en la oficina del ayuntamiento “cómo te llamas”…

Pero bueno… es un signo inequívoco de falta de respeto a los kilos de pelo que llevamos encima. Si ya nos tutean impunemente por ser diferentes, ¿qué será lo siguiente? Yo se lo diré: lo siguiente es que nos esquilen y encima demos las gracias. Hay gente pa tó… Y ya les digo que no me importa que me tuteen, qué va. Lo que me molesta es que me traten como a un mindundi, que me ninguneen, que me manipulen, que me miren por encima del hombro (que miren que es difícil), y que me obliguen a rellenar mil papeles (porque no se crean que la ocupación de vía pública es gratuita, y más siendo especie protegida).

Total, que me parece que todas estas protestas son por algo. Yo, a mi manera, también protesto. Porque si creen ustedes que estoy abrazando el madroño para comerme sus frutos, se equivocan. Mingote tenía razón: me estoy agarrando al árbol para que no lo corten. Cada uno se indigna por lo que le toca, ¿no? No me toquen los madroños… a ver si alguien nos escucha.

La maldición

Hacía un frío que pelaba en Madrid. Salí del aeropuerto arrastrando mi maleta con ruedas y me lo pensé dos veces antes de coger un taxi. Siempre cogía el metro. Pero eran las 11:30 de la noche y al día siguiente había que madrugar. Como excepción, me subí a ese taxi. Se me había olvidado por qué me gusta tanto el metro hasta que nos adentramos en la ciudad y empecé a ver los edificios de diez plantas marcados por la luz, definidos contra la noche como fondo, llenos de vida, llenos de historias, aparentemente fríos, mecánicos, geométricos.

Y, con esa visión golpeando mi retina, empecé a divisar una historia, dentro de otra historia, dentro de una de esas habitaciones iluminadas que, de repente, apagó su luz e inició un viaje por cuentofilia…

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Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un alguien cansado y dubitativo. Energético y alegre. Sonriente y nervioso. Un alguien siempre alerta y siempre dormido. Un alguien especial para alguien más. Un alguien que gozaba de las pequeñas cosas y veía el mundo a través de unas rendijas. Un alguien dulce, suave y delicado. Un alguien fuerte y enamoradizo.

Lucas se despertaba cada mañana y, por el rabillo del ojo, veía cómo María se levantaba y, torpe, se quitaba el pijama, atravesaba el pasillo de lado a lado medio dormida, se iba a la ducha, traía el desayuno a la mesa de la habitación, miraba el ordenador, se vestía, se lavaba los dientes, se despedía tiernamente, no sin antes dejarlo todo listo, y se marchaba.

Así de lunes a viernes.

Los fines de semana dormía más.

A Lucas le gustaba verla dormir. La miraba durante la noche, mientras ella dormía y él hacía sus cosas y se preparaba, mientras recogía, mientras comía… Ambos tenían los horarios cambiados y se veían poco, pero cuando se veían era precioso. A veces pensaba que ese momento luminoso se parecía al de esa película en la que los amantes vivían una maldición y no podían verse bajo forma humana, pues él se convertía en lobo de noche y ella en halcón durante el día… La habían visto juntos alguna vez en la tele de la habitación. Lucas recordaba las lágrimas de emoción que ella había derramado al ver a los amantes unidos… era tan bonita. Si María supiera…

A Lucas también le gustaba mucho dormir. Pero dormía de día porque desarrollaba la mayor parte de su actividad durante la noche. Había tantas cosas que hacer y en tan poco espacio, en tan poco tiempo, que no podía permitirse ni una sola distracción. Pararse era pensar. Y pensar era cobrar consciencia de su situación, de su realidad… Estar triste era un lujo que no podía permitirse. Por él y por María.

Pero ya llevaba varios años intentando arreglarlo. Lo había probado de todas las maneras posibles y ninguna había funcionado. Se sentía como una rana a la que nadie quiere besar. Sabía que en algún momento algo rompería su maldición particular. Pero , ¿cómo podría sacar el príncipe azul que llevaba dentro si nadie le echaba un cable?

Aquel día Lucas no pudo evitarlo. Se sintió cansado y dubitativo. Triste, no podía evitar ver el mundo a través de unas rendijas… Se tumbó de lado, como solía hacer. Pronto llegaría la luz. Y su turno para dormir. Y sentiría que ella despertaba. Y la notaría más cerca que nunca. Se fue durmiendo, muy despacio, mirando el mundo a través de las rendijas de luz que dejaban pasar sus ojos.

Así fue como Lucas se marchó.

A la mañana siguiente María se levantó y, torpe, se quitó el pijama, atravesó el pasillo de lado a lado medio dormida, se metió en la ducha, llevó el desayuno a la mesa de la habitación, miró el ordenador, se vistió, se lavó los dientes y, como cada mañana, fue a cambiarle la jaula a Lucas.

Pero esa mañana Lucas no se movía. María se extrañó un poco al notar que ni siquiera le hizo caso al trocito de manzana que le había puesto la mañana anterior. No…

Hubo un momento en que el tiempo se frenó.

Un momento en que María sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos.

Un ahogo desde lo más profundo.

Y unas lágrimas tenaces e irrefrenables.

María tenía diecinueve años y hacía cuatro que le habían regalado a Lucas.

Probablemente le había llegado la hora. Probablemente, para ser un hámster, había vivido una vida plena y llena de comodidades. Probablemente.

Y sin embargo, María lo había visto siempre tan energético y alegre, tan sonriente y alerta, tan capaz de gozar de las pequeñas cosas, tan dulce, suave y delicado. Tan fuerte y enamoradizo…. Que incluso llegó a pensar en él como en un amigo al que contarle sus cosas. A veces lo sorprendía mirándola fijamente, alzado sobre sus dos patas, como llamándola. Y ella dejaba correr su imaginación y soñaba con amantes separados por malvadas brujas. Tal vez sólo pidiera comida. O tal vez estuviese intentando hacerle saber que, dentro de aquel diminuto ser peludo, había otro ser atrapado que, como en la película, quería salir de aquella jaula, romper una maldición…

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán…

Madrid seguía helada. Dejábamos atrás los edificios altos, fríos e impersonales. Pisos, ventanas, vidas… Sobre el techo de una de las viviendas, en un enorme bloque de pisos, se veía el reflejo de la luz emanada por la televisión. En otro una luz cálida. Una cortina amarilla. Una vela… Se me cerraron los ojos y empecé a pensar en alguien que, de noche, sólo vería esos reflejos desde su pequeño rincón. Alguien como Lucas.

El Silencio

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

Los pájaros cantaban bajito, respetando el deseo del Silencio de imperar ante todas las cosas. Un Silencio bailarín y alegre que iba haciendo callar con el dedo en los labios a todo lo que se movía.

El viento silbaba bajito, fresco, cerca de las orejas de los conejos salvajes que mordisqueaban bajito los tallos de las hierbas, con las orejitas gachas, para no molestar.

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La hierba, a su vez, oscilaba verde, sonriendo por el impulso casi irrefrenable de lanzarse a gritar “frusss” en cada roce, pero resistiéndose y haciendo un guiño a las hormigas, que también caminaban de puntillas para no hacer ruido.

Las hojas de las palmeras reposaban su peso en equilibrio para no hacer ruido, pues sus puntas puntiagudas rozaban el éter con ganas de pulsarlo como si fueran cuerdas de una guitarra, “glin, glin”.

Aleteaban bajito las aves que se acercaban a beber al agua, cuyas ondas, empujadas por el viento, se deslizaban eternas, rebotando bajito entre sí, “dum dum”, formando círculos en la superficie, círculos que a su vez formaban más círculos, “dum, dum, dum, dum”.

Unas nubes traviesas se alejaban juguetonas porque allí no iban a poder descargar, pues hubiesen hecho demasiado ruido. Un viento que soplaba casi sin soplar se las llevó, retozando entre el algodón de sus formas, mientras se oían sus risas alejándose. Arriba, muy arriba, las alas de los aviones se afinaban para no surcar el aire de forma sonora, sabiendo que era el Silencio quien jugaba el papel de dueño y señor de aquel vasto espacio.

Los rayos de sol calentaban bajito las azoteas de las casas. En algunas había macetas que se susurraban las unas a las otras para no hacer mucho ruido. Las flores se miraban, coquetas. En otras, había tumbonas que reposaban junto con sillas y mesas. Podía verse una que tenía una sombrilla que oscilaba sus alambres bajito, haciendo que la tela de colores que la formaba rozara furtiva, rojo con verde, amarillo con azul… Los niños estaban en el colegio. A veces llegaban lejanas voces, casi ecos que no lograban romper el Silencio.

Las lagartijas, con su ensoñamiento cálido, apoyaban sus dedos blandos sobre las superficies de piedra y no arrastraban las colas, evitando que se oyeran los sinuosos sonidos “rasss rass”.

Las arañas que anidan en los huecos de algunos ventanales saltaban bajito para no desafiar al Silencio, “poing, poing”. Incluso los cristales decidieron dejar de crujir con los cambios de temperatura (“crac crac”).

Ella dormía bajito, respirando en sueños, como si, pese a estar dormida, no quisiera alterar ese Silencio.

Dormía en silencio y él la miraba dormir.

En silencio.

Hasta que la besó y el día despertó con sus ojos y su sonrisa de amor en silencio.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

P.D.: Cuento dedicado a nuestro admirador número 100 de facebook, (él sabe quién es).

La papa

“¡Nooooooooooo! ¡Otra vez noooooo!”.

Queridos lectores. Hoy hemos empezado nuestro cuento haciendo un flash back, justo en el momento en que nuestra protagonista gritaba desesperada para no volver al infierno.

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, una papa que, tras una ardua vida de papa (o de patata, dependiendo de según se venga), quería tener un fin digno. Porque todos tenemos derecho a un final digno, incluidas las papas. Continuar leyendo “La papa”

“En el principio, todo era oscuridad. Cuando tomé conciencia de mí misma estaba calentita, mullidita, rodeada de más como yo. Me sentía crecer enterradita, oía las conversaciones de todas las que nos alimentábamos de la misma madre… ¿Qué verían allá arriba? Luego, tras unas seis semanas bajo la superficie, ¡zas! La luz”.

Nuestra papa, de la variedad amarilla Monalisa, había crecido en un entorno protegido de agresiones externas, con riego por aspersión, abonos orgánicos que habían alimentado las raíces de la planta y unas manos delicadas que arrancaban las malas hierbas (era un huerto ecológico, nada de herbicidas).

“Luego, un día, nos menearon, removieron toda la tierra, nos sacaron y nos amontonaron en un cesto. Muchas emociones en muy poco tiempo, pero ya teníamos ganas de un cambio. Estábamos preparadas para lo que tuviese que ocurrir”.

Tenemos que explicar a los lectores que, para una papa aventurera, no hay nada peor que quedarse enterradas… Claro que a muchas no les importa, pero a esta la sola idea de no ser extraída de la tierra le daba pavor. Ya le había costado lo suyo aceptar que la parte exterior, las hojas y brotes, podían caer en las fauces del feroz  escarabajo de la patata (también conocido como “er terró de lah papah” o Leptinotarsa decemlineata). O morir a manos de los terribles gusanos grises (agrotis sp.), que todo lo devoran. O, peor aún, sufrir el contagio de cualquier terrible virus a través de los malditos pulgones (los “áfidos”, los de humor más ácido del hampa), bichejos  de todos los colores, chupópteros sin compasión… Los gusanos más silenciosos (los nemátodos) y las pulguillas completaban el horrible clan que atemorizaba a la planta de la papa en su crecimiento…

Pero eso no era todo.

“Una vez fuera de la tierra, amontonadas ya en aquel lugar fresco y seco (por recomendaciones internacionales), las papas podíamos sufrir el ataque sin piedad de más enemigos: la temida polilla de la patata (conocida en los círculos mafiosos como “la Joíapolculo que vuela” o Phtorimaea operculella) o el sigiloso gusano de alambre (Agriotes sp.)… Todo en la vida de la papa es riesgo y aventura –afirmaba cerrando sus ojillos de papa aquella papa (loca) que quería acabar sus días dignamente-“.

Desprendida de sus restos de tierra, perdidos ya los lazos familiares, esta papa emprendió su viaje iniciático de realización papal (que nada, repetimos, NADA tiene que ver con el representante de la iglesia de Roma). La realización papal se enfoca, principalmente, de dos maneras (aunque puede que haya otras que desconocemos, quién sabe): por un lado, algunas papas se destinan a la siembra de nuevas plantaciones de papas; por otro, están las papas que se destinan al consumo. Entre los consumidores, por supuesto, está el ser humano.

Y para consumir papas el ser humano, por lo general, cocina la papa de diferentes maneras. Puede hervirlas, guisarlas, arrugarlas, asarlas y… sí, queridos lectores: también puede freírlas. Como han podido intuir, la azarosa vida de nuestra papa está llena de obstáculos para llegar a su ansiada meta… porque tras un viaje de kilómetros, un nuevo almacenaje, un curioso envasado, un nuevo viaje hasta el estante de un supermercado, la adquisición por parte de un comprador ilusionado, y otro viaje más hasta el hogar donde iba a ser comida… tras todo esto la papa fue brutalmente pelada, cortada y ahogada en la freidora.

Si todo acabara aquí… ¡Ay, si todo acabara aquí!

Pero no.

Lamentablemente, nuestra papa no es de esas afortunadas que acaban en el paladar de alguien que, con su pizca de sal, se estremece con la experiencia de una superficie crujiente y un interior suave…

¡PORQUE A ESTA POBRE PAPA LA METIERON TRES Y CUATRO VECES EN LA FREIDORA HASTA ACABAR EN UN PLATO DONDE NADIE QUISO COMÉRSELA!

Triste…

Muy triste…

“¡Nooooooooooo! ¡Otra vez noooooo!”.

Gritó la papa.

Luego se desmayó.

Al despertar estaba en el contenedor de basura.

Pero esa es otra historia que os contaremos en otra ocasión.

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, una papa que, tras una ardua vida de papa (o de patata, dependiendo de según se venga), quería tener un fin digno. Porque todos tenemos derecho a un final digno, incluidas las papas.

El electrón en la corteza

Imagen real de un electrón. Vídeo disponible en http://www.atto.fysik.lth.se/Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un electrón, variable como su naturaleza, que quiso dejar de girar sobre sí mismo. El pobre no podía encontrar la manera de dejar de dar vueltas, y al intentar estirarse (¡ni siquiera sabía qué forma tenía!) rebotaba contra su propio campo magnético y se oía un ruidito: “spin, spin, spin”…

Tron, que así se llamaba nuestro protagonista, nunca estaba en el mismo sitio. Además de girar sobre sí mismo, orbitaba (o algo así) alrededor del núcleo de su átomo, algo que le resultaba bastante incómodo. Cerca de él (por encima, por debajo, formando una nube confusa) había otros electrones, pero éste (pobre) no podía verlos porque, al contrario que sus compañeros, se mareaba si levantaba la cabeza (lo que para los electrones es su cabeza, vamos)… un poco raro este electrón. Pero “¿acaso no puede ser un electrón diferente a los demás?”, chisporroteaba indignado. Continuar leyendo “El electrón en la corteza”

¿Qué hace un electrón cuando quiere salir por piernas de algún sitio (claramente es una expresión ajena al electrón, que, suponemos, no tiene piernas)? Qué difícil. Además, allí abajo, en el núcleo de su átomo, estaba el protón, que siempre, siempre, siempre le llevaba la contraria. Esa era la historia de nunca acabar… ¡El día menos pensado salto y me cambio de átomo!

Tron estaba un poco alterado…  pensaba que estar en la corteza y ser más pequeño le hacía más débil frente al protón (qué ingenuo). Por su parte, el neutrón nunca se decantaba (“a mí no me metáis en vuestros líos”, decía tranquilo el neutrón, y el electrón pensaba “Será cobarde, éste que no sabe vivir sin nosotros, que se asocia con el protón cuando le interesa, que se descompone todo con sólo pensar en salir ahí fuera solito… ¡ña ña ña!”). Y así pasaban el tiempo (el que fuera que viven los electrones) haciéndose todo eterno…

¡Por todos los muones y tauones! ¿Qué tenía que hacer un electrón decente para ser libre como electrón en el metal, para correr como corriente eléctrica, para desplazarse en un haz cruzando veloz el vacío? ¿Qué tenía que hacer para librarse de ese entorno asfixiante del átomo al que pertenecía? “Ya tengo edad para independizarme”, pensaba. “Me encantaría encontrar pareja… convertirnos en una Par de Cooper”, suspiraba romántico este electrón mientras no dejaba de dar vueltas (o lo que fuera) sobre sí mismo.

La atracción era algo intrínseco a su naturaleza, no podía evitarlo… pero sin biodramina se desconcentraba tanto que no podía pensar en nada que no fuera no perder el control de sus giros… Sabía que, tarde o temprano, acabarían montando una fiesta con algún otro átomo (“Oh… no. Menudo follón…”, pensaba entristecido Tron, que siempre había soñado con ser un electrón errante).

“¡Y nada de echar el currículum en un microscopio, antes me enfrento a mi positrón! Salir del átomo para estar metido en un microscopio no merece la pena. Es un trabajo muy aburrido…”.

Al menos tenía las cosas claras. Si alguno de sus colegas hubiese escuchado este pensamiento se habría echado a temblar. ¿Enfrentarse a su positrón? Eso significaba la aniquilación mutua… ni Conan el Bárbaro se habría atrevido con semejante asunto, ¡menudo valor!

Es lo que tiene ser tan pequeño, carecer de estructura interna… ¡y ser una partícula elemental! (aquí empieza a oler a queso… ¿ein? ELEMENTAL, he dicho ELEMENTAL, ¡no EMMENTAL! Estamos buenos, vaya lectores que estáis hechos…).

Íbamos por…

Vale.

Un día, de repente, nuestro amigo Tron (que en ese momento se preguntaba, una vez más, si era onda o partícula) sintió unos latigazos. ¡Por el momento dipolar eléctrico! ¿Qué cátodos es eso? Demonios. No he venido a este mundo para quedarme en pura probabilidad… (¿o tal vez sí…? Bueno, que me distraigo). ¿A qué se debe tanto escándalo?

Unos humanos andaban por allí trasteando cacharros. Tron podía oírlos mientras sentía que se mareaba más de la cuenta… “Sí, todo está listo para comenzar, 27 kilómetros de túnel… Sí, lo hemos revisado todo. La muestra está preparada. ¡Adelante!”

“Ay, mi madre -a saber si su madre fue un neutrón…- que me parece que estamos en el LEP… “Que yo he oído hablar de estos, que se dedican a acelerarnos hasta límites insospechados…” “¡Miren! –gritaba Tron- ¡Oigan!… ¡que yo no sé nada del Bosón de Higgs, así que ya nos pueden dejar en paz…!”.

Pero nada.

El resultado fue que lo aceleraron hasta rozar la velocidad de la luz…

“¡Ay! ¡Ahora soy… ¿qué?! ¡Ayyyy! ¡Que no te acerques tanto, protón!”.

Y ¡zas!

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un electrón, variable como su naturaleza misma, que quiso dejar de girar sobre sí mismo.

Y, claro, no pudo.

¿O tal vez sí?

La esencia

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte.

Era esta una esencia dulce, penetrante, pero a la vez suave y llevadera, nada posesiva. A veces, parecía que se perdía y, quien la buscaba, cerraba los ojos y aspiraba profundamente para recuperarla de ese aire volátil que bailaba en todas direcciones.

La esencia nunca había salido de su pedazo de campiña, de la que se alimentaba diariamente. En invierno, penetraba en la tierra, huidiza, húmeda, vistiéndose, gracias al verdor del campo, de notas de frescor incomparables. En verano, tórrida entre las hierbas resquebrajadas, se escondía entre las piedras, a la sombra de algunas hojas secas, para conservar crujientes notas de viveza. El otoño era un renacer de los sentidos, con el anuncio del frío invernal y sus noches de rocío danzarinas cantando la llegada de las tardes anaranjadas en el horizonte. Pero, sin duda, la reina de las estaciones era la primavera. Continuar leyendo “La esencia”

Las flores se disputaban la atención de la esencia, presumidas, con sus colores, sus olores y sus formas, en un alarde de belleza infinita, tan infinita como su sencillez, como su significado efímero, terrenal y a la vez paradisíaco.

Esta esencia veía pasar los días alegre, rescatando aromas de toda su campiña, bailando al son del viento, dejándose llevar siempre por su inmensa paz interior, la que la naturaleza le otorgaba por su calidad de esencia.

¿A qué puede temer una esencia, etérea, sin cuerpo, desposeída de preguntas y miedos?

¿A qué puede temer una esencia que se realimenta constantemente y que vive en plenitud consigo misma?

¿A qué puede temer…?

Y así, una noche tormentosa en que se refugiaba confiada bajo unas hojas de higuera, la esencia cayó en un sopor parecido al sueño, un sopor en el que vio cosas increíbles y desconocidas por ella hasta el momento.

La esencia siempre se había preguntado adónde iban las hojas cuando se secaban, adónde las flores cuando se marchitaban. Adónde fue el anciano roble cuando, viejo y cansado tras luchar durante años contra los devastadores efectos de un rayo abrasador, se dejó vencer por el sueño y desapareció, lenta, pero inexorablemente, fundiéndose en la tierra en la que se adentraban sus raíces. A veces pensaba en eso, pero no le daba demasiada importancia… las cosas habían sido así desde siempre. Árboles, hierbas, flores, hojas, ramas, animalillos… todos llegaban y, al tiempo, se marchaban. Algunos permanecían más tiempo, como el roble, y otros se marchaban pronto, como algunos insectos que vivían tan sólo un día.

En su sueño, la esencia, que nunca había sentido curiosidad hasta ese momento, se vio a sí misma como un diminuto brote en un tallo del viejo roble. De un intenso verde de indescriptible brillo, el joven tallo deseaba con todas sus fuerzas crecer hacia la luz de la primavera. La esencia sintió en su sueño cómo la forma del tallo, de un nuevo olor a vida, se estiraba y retorcía, alimentada en sus venas por la sabia savia del viejo roble, feliz al sentir la fuerza de la juventud en sus ramas. El tallo creció como hoja, y de su base, nacieron nuevos tallos, enérgicos, poderosos, delicados y hermosos como el mejor regalo de la tierra.

Aquel tallo se convirtió en rama. La esencia era ahora una hoja expuesta al sol, bebiendo de la luz del sol de verano para transformarlo en vida. Calor. Un intenso calor placentero. Nunca se había sentido tan expuesta al calor… Las noches eran refrescantes, relajadas, de ensueño…frondosa y llevadera, la esencia que soñaba que era una hoja, miraba a su alrededor y se sentía plena.

Luego, extrañada, notó que había cambios alrededor… llegaba el otoño y la hora de dejar al roble, pues cada día se hacía más difícil la supervivencia. El suelo seco no dejaba absorber los nutrientes de la tierra, las raíces sufrían demasiado por tener que alimentar a tantas hojas… otro ciclo de la vida del roble llegaba a su fin. Pero no había tristeza.

La caída de las hojas era toda una fiesta: cuando llegaba el momento, se oía un pequeño “clic” en la base de la hoja, y ésta caía en un vuelo libre, con una risa de felicidad que no podía compararse con ninguna otra risa. Miles de diminutas voces en plena risotada se mezclaban, pues las hojas iban cayendo, una tras otra, en una lluvia, en cascada, alteradas como niños en una fiesta…

La esencia sintió que le llegaba el turno. “Clic” y… flotaba de un lado a otro, notando la leve resistencia del aire bajo su cuerpo de hoja, sintiendo que iniciaba un nuevo viaje… Al final, cayó al suelo, suavemente, depositándose sobre otras hojas que habían caído antes que ella. Sintió una especie de sopor tranquilizador, un cansancio que la invitaba a dormir en un merecido sueño reparador, después de tanto esfuerzo por hacer que el roble, un año más, completara su ciclo.

Si darse cuenta, en su sueño, la esencia sintió cómo las hojas se fundían junto con la tierra, en un proceso que las hacía desaparecer para aparecer de nuevo en otras formas, en otros elementos, en otros bailes y en otras risas… se fundían con la tierra y eran de nuevo absorbidas por las raíces, corriendo frenéticas por las venas del roble, en veloces carreteras de vida, en savia desbordada, hasta llegar, misteriosamente, de nuevo, a aquel diminuto brote verde intenso que nacía en primavera…

La esencia despertó de su letargo.

La tormenta había pasado.

Las gotas cristalinas hacían de lupa sobre algunas hojas.

Amanecía. La vida se iluminaba como estallando en sensaciones. La esencia ya sabía algo más, en el paréntesis de ese sueño, incrustado en su tránsito eterno, había descubierto lo que tanto le intrigaba.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte, que no es más que el de la propia vida…

La mirada

Érase que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un hueco en un muro viejo. Era un muro casi histórico, de esos que separan dos terrenos en el extenso campo verde, un muro de piedras y barro, con la consistencia que dan el paso de los años y el respeto ante algo que divide y nos dice qué es tuyo y qué es mío. Junto al muro, un árbol silencioso que casi nunca hablaba porque dormitaba la mayor parte del tiempo, cantando la canción del susurro de las hojas. El hueco, relativamente joven, oía hablar al viejo muro, compuesto de infinitas partes que a su vez opinaban sobre cada pensamiento y elucubración del anciano ya que, aunque eran historias que casi todos conocían, no les importaba escuchar cómo el muro las repetía una y otra vez. Y el hueco escuchaba siempre con atención cada historia.

La que más le interesaba era la de su propio nacimiento, la que narraba cómo cayó la piedra que estaba antes en su lugar y cómo más tarde desapareció, llevada por alguna mano misteriosa. Continuar leyendo “La mirada”

Dicen que un día, mientras las nubes corrían blancas sobre el inmenso plato celeste, como la espuma de las olas que se escurre entre la arena mojada de la playa, el muro vio llegar dos ejércitos, uno por cada lado.

Se apostaron miles de hombres, frente a frente, dispuesto a matar y a morir por no se sabía qué extraño motivo, ya que el muro y todos sus infinitos componentes no podían comprender semejante estupidez en los humanos. Durante días, vieron cómo los hombres excavaban túneles de gusano (nunca entenderé por qué en esos días adquirieron esos hábitos subterráneos -decía la voz profunda del muro- pero os aseguro que se arrastraban y olían como los gusanos de tierra y se movían como las retorcidas lombrices).

Luego, a la vez que sacaban la tierra, la colocaban a modo de pared en la superficie del terreno. Como si un muro ancho y resistente como yo no fuese suficiente -escuchaba decir el hueco al orgulloso muro-.

“Claro que -continuaba el muro- los hombres sabían muy bien lo que hacían, pese a que sus fines fuesen tan ignominiosos para con todo el conjunto de la humanidad…” -el muro siempre hablaba con la propiedad que confieren la experiencia y la ancianidad… aunque a veces nadie entendiera lo que decía.

Durante días la vida se limitó a contemplar la actividad de los humanos de uno y otro lado. Hasta que, terminadas las obras de construcción de aquellos túneles y… -el muro pensó unos instantes- “¡Trincheras! Así es como ellos las llamaban…”. Terminada la construcción de las trincheras, los hombres, una noche de verano, empezaron a lanzarse fuego cruzado.

¡¡¡Fiiiiunnnn, bbbaaaabooooom, ssssssslottt, tran tran, pim pam pum!!!

En esta parte el muro se emocionaba tanto que todos sus componentes temblaban… la pequeña piedra que se sostenía milagrosamente en la esquina más apartada, casi en el filo del muro, temblaba de miedo cada vez que llegaba esta parte de la historia, pues temía caer al suelo y no volver a  formar parte nunca más de aquella intensa vida colectiva, que era la única que conocía o recordaba.

Toda una noche estuvieron con el estruendo del fuego -contaba el muro con voz profunda- veía cómo pasaban volando sobre mí aquellas cosas infernales, debo reconocer que pasé mucho miedo (todos se sobrecogían, piedras, granos de arena, briznas de hierba, motas de polvo, granos de polen, tierra esparcida, gotas de rocío y huecos de aire, todos, al imaginar cuán terrorífica debía ser una situación para llegar a atemorizar al imponente muro). “Hasta que vi cómo algunos empezaron a arrastrarse, en medio del ruido, saliendo de sus agujeros, y acercándose hacia mí. Podía verlos en cada explosión, de esas tan intensas que iluminan la noche, parecidas a cuando, en fiestas, los vecinos de los pueblos circundantes lanzan sus fuegos artificiales (todos asentían, recordando la primera vez en que cada uno de ellos vio cómo la noche se hacía día con la intensidad de la luz del fuego).

Sentí un profundo terror cuando vi a dos hombres, una de cada bando, acercándose frente a frente. Claro que, como yo estaba en medio, no podían verse. Fue tan providencial como extraño; iban el uno derechito a la posición del otro. Cuando se apostaron contra el muro pude verles mejor. Estaban cubiertos de barro, oliendo al intenso aroma que genera el miedo, respirando de forma entrecortada, mojados por el rocío que había caído sobre la hierba desde el atardecer, negras sus uñas de tierra húmeda, solos sus cuerpos ante la incertidumbre de la muerte y el pánico al dolor… Uno frente al otro.

Luego, uno de ellos cogió algo que llevaba colgado del cuello, lo besó, y empezó a hablar, con la cabeza gacha, susurrando el incomprensible idioma de los hombres. Al otro lado, el otro hombre escuchó, al principio sorprendido, luego, inmensamente triste, de manera que acabó llorando, siendo escuchados sus sollozos por el hombre que susurraba. Sobresaltados ahora los dos, comenzaron a hablarse a través del muro, agachados… al parecer se conocían.

Cuán terrible puede llegar a ser la locura del hombre.

“Y cuán maravillosa su cordura -apostilló el árbol, con voz de mujer, que dejó a todos impresionados por lo poco habitual que era oírlo hablar- pues el humano es sorprendente para lo malo, pero también para lo bueno”.

“Resultó – continuó el árbol ante el asombro de todos, incluido el muro, que permaneció, no ofendido, sino halagado por su participación, ya que nunca lograba terminar el cuento de una forma atractiva- que aquellos hombres de guerra, llevados por la historia que no puede escribirse porque está sometida a la voluntad de los que ignoran a conciencia la esencia de la vida, eran en realidad hombres de paz”.

“Serenos -dijo el árbol moviendo lentamente sus ramas hacia el hueco, impactado por el súbito protagonismo que estaba tomando- empujaron la piedra que se hallaba antes en este hueco. Al contrario de lo que afirma el anciano y sabio muro, aquellos hombres no se conocían. Pero, para el hombre, hay algo tan universal como para nosotros el viento que nos roza, tan propio del mundo como el tiempo.

Y es que el hombre reza.

Es ese susurro, ese ruego a la vida. No importa en qué idioma se haga, ni a qué divinidad se dirijan, pues todos lo entienden como una súplica, una entrega, el reconocimiento de su infinita pequeñez ante el engranaje de la propia existencia… y esos hombres, vistas sus caras a través del hueco, -el hueco no recordaba muy bien sus primeros momentos de vida- bañados en lágrimas sus ojos, decidieron que no habría muerte en sus manos esa noche. Fracasados sus mutuos intentos, apagados sus iniciales arrebatos, los hombres se miraron y comprendieron que, al menos esa noche, debían conservar algo de humanidad, esa que la locura les estaba arrebatando”.

“Mucho tiempo después -dijo el muro, complacido- un hombre viejo y canoso pasó por aquí. Parecía conocer el terreno, y, paseando lentamente, afectado por los años, vino directo al hueco -al sentirse aludido el hueco miró a su alrededor, recordaba al hombre viejo-. Buscó en el suelo y encontró la piedra que aquella noche de fuego los hombres derribaron para verse las caras. Y el hombre dijo unas palabras, las primeras comprensibles que hemos oímos nunca de boca de hombre:

– “Jamás he podido olvidar esa mirada”.

El anciano miró al árbol, miró el muro, y se agachó para ver a través del hueco. Esta parte la recordaba el hueco claramente.

“Yo lo vi –dijo tímido el hueco, cuya voz sonaba infantil-. Sus ojos parecían mirar al infinito, pero en realidad se paraban justo al otro lado, en donde estuvo la cara de aquel otro hombre. Vi en su retina el reflejo de cada gesto, de cada lágrima, noté cómo sentía en su pecho el ritmo de su respiración… Él también lloró entonces, cansados sus ojos de recordar, pero con la conciencia en paz.”

Cuán terribles pueden ser los recuerdos de un hombre.

Y cuán convincente su mirada.

Porque érase que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un hueco en un muro viejo.

La mariquita

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una mariquita que quería perder sus manchas. Era esta una mariquita de un intenso color rojo, una coccinella de una variedad abundante, por lo que no se podía clasificar como ninguna especie en extinción. A esta mariquita, lo de no estar arropada por una ley le fastidiaba bastante, porque consideraba que una especie tan pequeña y de tan delicada estructura debía ser  protegida por encima de otras especies más favorecidas como, por ejemplo, el elefante…

Hay que decir que esta mariquita era muy quisquillosa, protestona y quejica, que  nunca estaba contenta y que se pasaba el día refunfuñando. Estas características no suelen ser comunes en las mariquitas, que son, por naturaleza, coleópteros alegres y de un humor envidiable. Pero se ve que los genes de este insecto, al que todos llamaban Paco (hablamos de un espécimen macho) habían acumulado la mala leche de muchas generaciones anteriores.

Paco, pues, renegando de su estatus de mariquita “vulgaris”, decidió ser diferente para pasar a ser bicho protegido. El plan era el siguiente: debía, en primer lugar, encontrar la manera de ocultar esos puntos negros que tenía sobre las alas (o élitros)… Continuar leyendo “La mariquita”

A ver… uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y siete. Como buen “septempunctata”. Podía intentar cambiarlos de color, pero eso era más complejo… Luego, debía pasearse por los jardines botánicos hasta encontrar a un biólogo cuyo aspecto le inspirara confianza. Hacer que el encontronazo coleóptero-científico pareciese una casualidad era tarea de Paco.

Para dar el primer paso, Paco buscó un taller de pintura de coches. Encontró un coche rojo al que estaban reparando una abolladura y esperó a que el mecánico usara la pistola con pintura a presión. Debía ser muy cauteloso porque, si se acercaba demasiado, podía caer bajo el peso de una sola gota de pintura, o quedar pegado a la carrocería del coche de por vida, como añadido “extra made in titanlux”. Cuando el mecánico empezaba a pintar, Paco vio, tal y como esperaba, que unas gotas caían al suelo, ocasión que aprovechó para coger una brizna de hierba, mojarla en la pintura de un intenso (y apestoso, ¡puaj!) color rojo, y cubrir los siete círculos negros que tenía en su espalda.

Inmediatamente después, se puso al sol dejando que la brillante pintura roja se secara y quedara adherida, cual pegamento “Imedio”, a la superficie de sus alas. Notó que se había quedado un poco tiesa por el “efecto cola”, pero era un inconveniente que ya tenía previsto. Se fue a un tronquito de aloe vera y solucionó su incomodidad dándose unos restregones. Luego, tras comprobar en el reflejo de la charca que era una mariquita sin manchas, toda roja… metalizada, se fue decidido al jardín botánico más cercano, que resultó estar a unos diez kilómetros.

Cuando llegó, estaba anocheciendo, y decidió descansar sobre una planta que, de lejos, ya le pareció un poco extraña, pues olía demasiado bien y tenía unas hojas con pinchos un poco raras. Mosqueado (evidentemente, es una expresión), finalmente Paco optó por cambiar el rumbo de su vuelo y se fue hacia un arbusto algo más normal. Afortunadamente Paco nunca llegó a saber que aquello era una planta carnívora de lo más voraz.

Cuando amaneció, Paco intentó desayunarse a algún incauto pulgón, pero aquello estaba más limpio que la patena y el pobre se quedó con las ganas. Decidió esperar, pese al hambre, a algún científico que le hiciera famoso y le sacara del anonimato.

Sabía (un día, sobrevolando el parque, lo leyó en “El correo de Soria” que sujetaba un señor) que en aquel jardín botánico trabajaban eminentes especialistas conocedores de la flora y la fauna de la zona. En uno de los departamentos desarrollaba su trabajo uno de los mejores entomólogos del mundo, Frasco Raso Pro, experto en coleópteros, que había descubierto dos clases nuevas de coccinellas en el último año: la Propylea quintuordecimpunctata y la Harmonia axyridis (Peasoarte).

Eso fue lo que impulsó a Paco a vivir esta aventura, aunque no se puede decir que Paco estuviera muy nervioso. Es verdad que Paco era un bicho templado que controlaba al cien por cien sus impulsos, al contrario que sus compañeras, que eran de un natural alegre y vivaracho, más bien descontroladillas en momentos de felicidad.

Decidido a salir del anonimato costase lo que costase, Paco, revoloteando sobre las plantitas del jardín botánico, empezó a buscar al Sr. Raso, Frasco para los amigos. Las casualidades de la vida hicieron que Paco chocara de bruces con Frasco, que salía de su despacho en dirección a la calle, y se puede decir que, del encontronazo, nació el amor.

Frasco se miró la nariz, donde Paco había hecho el aterrizaje forzoso y, sorprendentemente bizco (casi se cambia los ojos de sitio) se dirigió de nuevo hacia el despacho, despacio, muyyyy despacio, no fuera a ser que el nuevo descubrimiento echara a volar.

Cuando depositó a Paco sobre la mesa empezó a estudiarla poco a poco… Sí – se dijo- sin duda es una “septempunctata”, pero apesta a pintura de coches… debe ser que le cayó algo encima… ¡No! gritó Paco en lenguaje mariquito. ¡No me jodas el invento, hombre! ¡Soy una nueva especie, gilipollas! (Se nota que Paco estaba muy enfadado).

Así que el profesor, delicadamente, limpió a Paco (que se resistió sobremanera) y, justo cuando iba a echarlo a volar se dió cuenta… Paco se estaba poniendo tan rojo del cabreo que hasta sus manchas negras se volvían rojas…

En fin, nos ahorramos el rollo del desarrollo y adelantamos las conclusiones del profesor: había descubierto a una mariquita de genes evolucionados que tenía la capacidad de camuflarse intencionadamente para ocultar sus manchas… no es exactamente lo que Paco quería, pero desde entonces vive como un pachá, digamos que Frasco ha creado el paraíso de las mariquitas en su jardín botánico… ¡Ah! Y ha quitado las plantas carnívoras…

Y fíjate en cómo empezaba este cuento para darte cuenta de que, a veces, lo que no nos gusta de nosotros, puede ser lo más interesante: érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una mariquita que quería perder sus manchas.