El piano

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas. El piano recordaba tantas cosas que ordenarlas era demasiado complicado… sólo podía asociar los recuerdos con melodías. Entonces sí podía darles sentido y uniformidad. Cómo olvidar al joven pianista que había llorado sobre sus teclas tocando a Bach después de que su amor lo abandonara… Cómo no recordar a la pequeña que aprendía a tocar en secreto, interpretando las canciones de los Beatles que escuchaba en casa de sus padres… Cómo no evocar tiernamente a la cantante de jazz enamorada en secreto del bailarín errante que solo sabía tocar piezas de Hancock… Nuestro piano había recorrido tanto que le costaba conservar sus recuerdos…

La casa en la que vivía era oscura. Antes había cambiado tantas veces de lugar que estar parado ahora no le importaba. Sentía que necesitaba descansar y eso era lo que hacía. Una vez al mes, siempre por la tarde, la chica que vivía en la casa levantaba la tapa, cogía un pincel y un paño, y limpiaba cuidadosamente las teclas. Despacio, para que no sonaran. Continuar leyendo “El piano”

Era un piano Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas, fabricado en la Viena en 1918. El enorme salón en el que estaba era también de un apartamento antiguo, de altos techos y grandes puertas de madera silenciosas. Los gigantescos ventanales, cubiertos con gruesas cortinas, no dejaban pasar la luz.

Hacía ya mucho tiempo que nadie dejaba a la vista su bastidor, oculto tras la brillante tapa lacada que tenía algún que otro rasguño, al igual que la tapa de las teclas.

Había vivido una guerra mundial, había pasado por varias restauraciones y tenía un problema en la caja de resonancia que hacía que sonase siempre algo desafinado. Por eso lo tocaban poco. De hecho él creía que su vida útil había terminado y solo servía de adorno… fabricado con las mejores maderas, su prestigio le había precedido durante todos estos años…

Una noche sonó el timbre y la joven abrió la puerta, recibiendo en voz baja a alguien. Lo acompañó hasta donde estaba el piano, intercambiaron algunas palabras inaudibles, y la joven lo dejó sólo en el inmenso salón.

Era un hombre mayor, con gabardina, sombrero y maletín. Le sonaba aquel maletín. Si no le fallaba la memoria era un maletín de afinador: afinador de pianos. El hombre se acercó despacio, mirándolo fijamente, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Sus zapatos resonaban sobre el suelo de mármol, dando pasos cortos hasta que se paró… y suspiró. Se sentó en el taburete del pianista, muy despacio, echando hacia atrás su gabardina. Dejó el sombrero sobre el piano y el maletín en el suelo. Luego pasó su mano sobre la tapa. Al encontrar los rasguños se estremeció. No podía ser.

Levantó la tapa despacio. Acarició las teclas. Alguna nota suelta sonó… ya llevaba mucho tiempo sin afinar. Empezó su trabajo. Abrió el maletín y miró sus herramientas. Se levantó del taburete, se dirigió a un lateral y levantó la tapa del bastidor. Miró hacia el arpa… sintió un ahogo súbito que lo dejó sin aliento. Bajó de nuevo la tapa. Y se quedó de pie durante un rato, inmóvil.

Se sacó un pañuelo del bolsillo de la gabardina y se secó el sudor. Volvió a sentarse. Era normal que aquel piano sonase raro. En su caja de resonancia algo dormitaba desde hacía años. Algo que aquel afinador había estado buscando durante mucho tiempo.

Durante su época gloriosa, este piano había necesitado una afinación diaria, justo antes de cada concierto. Y este hombre se había encargado de hacerla. El día en que el piano desapareció el afinador creyó volverse loco. Lo buscó desesperadamente. No pudo encontrarlo y no quería levantar sospechas, así que, tras meses intentando averiguar qué había sido del piano del concertista más prestigioso del momento, cejó en su empeño y se dio por vencido.

El piano y el pianista no se separaban. Y la esposa del pianista no se separaba de su esposo. Y, aunque todo el mundo empezaba a murmurar y él disimulaba todo lo que podía, llegó un momento en que todos se percataron de que el afinador no se separaba de la esposa del pianista… Casi parecían un trío, siempre uno flotando en la estela del otro, en torno al piano que parecía el hilo conductor de una historia silenciosa, sin banda sonora.

Cuando el afinador llegó como cada día a afinar el piano y vio que no estaba, supo que algo muy grave había ocurrido. No sólo el piano había desaparecido, también el pianista y su esposa. El afinador se quedó de pie en mitad del escenario vacío con una diminuta nota de papel en la mano, llorando a oscuras.

Ahora, tantos años después, debía explicarle a la joven dueña del piano que su caja de resonancia no sonaba bien porque tenía algo dentro. Algo que era para él. Algo que nadie había visto. Y ahora que lo había encontrado tenía miedo…

Volvió a levantarse. Abrió de nuevo la tapa, colocó el seguro y acercó su mano al lugar que ocultaba su secreto. Despacio, lo despegó. Lo sacó del piano. Sacó una carta del paquete envuelto en celofán. Y leyó el papel amarillento, conservado milagrosamente.

“15 de agosto de 1939

Querido Gabriel,
Durante años mi esposo y yo hemos querido tener hijos. Como sabes, no poder ser padres ha sido una de nuestras mayores penas, llegando incluso a levantar una fría barrera de indiferencia entre nosotros. Por eso creo que me enamoré de ti, por la falta de cariño que creció en el seno de nuestro matrimonio. Ahora que estoy esperando un hijo, y pese al riesgo que corro de que él descubra el engaño, he decidido darle una oportunidad a nuestra relación.

Sé que esto te destrozará el corazón, mi querido ángel, y que no vas a querer dejar que vuelva con él. Pero créeme: es lo mejor para los dos.

He dejado una nota en tu maletín indicándote dónde puedes encontrar esta carta y otras cosas que he envuelto para ti. El bastidor del piano es el único lugar seguro que se me ha ocurrido, ya que sé que mirarás ahí mañana antes del concierto y que nadie más se atrevería a tocar el piano de Wilhelm.

Perdóname, ángel mío, y olvídame si puedes.
Con amor:
Alice.”

Dos semanas más tarde se declaraba la segunda guerra mundial. Con apenas 25 años Gabriel tuvo que marchar al frente. Ni un solo día dejó de pensar en Alice, en el piano, apurando los días, deseando saber algo de ella. El famoso concertista había desaparecido. Pasó la guerra. Intentó reiniciar una vida normal. Persiguió todos los Bösendorfer de ¼ de cola y 85 teclas de los que tuvo noticia. Hasta hoy, 30 años después…

Gabriel lloraba, sentado en el taburete, en aquel inmenso salón, intentando imaginar a un joven o una joven de esa edad, con las delicadas manos de Alice, tal vez con sus ojos… Cuando la joven que le había recibido entró de nuevo a la habitación con una bandeja de té, Gabriel se secó torpemente las lágrimas y sintió un escalofrío. ¿Sería tal vez ella?

– Le traigo una taza de té, espero que le guste el té… en esta casa no tomamos café.
– Sí, gracias… es usted muy amable –consiguió articular Gabriel-.
– Espero que consiga usted afinar el piano. Lleva mucho tiempo sin ser usado. Mi padre era un conocido concertista… pero yo nunca llegué a oírlo tocar. Falleció antes de que yo naciera, en la guerra.- Decía todo esto mientras colocaba la bandeja en una mesita y servía el té-.
– Sí… el piano…
– Yo no toco el piano, es mi madre, que quiere que esté siempre impecable… Me acostumbré a limpiarlo con esmero, pero nunca llegué a tocar… Mi madre insistió mucho, pero no heredé las virtudes de mi padre…
– ¿Su madre…? –se llevó la taza a la boca, sin beber, intentando disimular- ¿Vive con usted?
– Sí, nunca entra en esta habitación… Y nunca quiso vender el piano, pese a que llegó a pasar por épocas difíciles tras la guerra… Debe ser el único recuerdo que conserva de mi padre…
– Sí… Es probable –se llevó de nuevo la taza a la boca y se dio cuenta de que no había puesto azúcar en el té-.
– Disculpe, olvidé ponerle azúcar –dijo sonriendo- ¿uno o dos azucarillos?
– Tres, por favor… si no le importa…
– No se preocupe, yo también tomo tres… -dijo ella, sonriendo-.
– Entonces… ¿no toca usted el piano?
– No… ¿y usted?
– … Tampoco. ¿Y su madre…?

En ese momento, una hermosa dama, elegante, menuda y de brillante sonrisa, atravesó la puerta del salón del piano.

– Mamá… Es el afinador –dijo sorprendida, levantándose con la taza de té en la mano-.
– Lo sé, Gabrielle…

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un piano que quiso volver a sentir vibrar todas sus cuerdas.

Pachelbel Canon in D major

La nave espacial

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? ¿Pero no dicen que el Espacio y el Tiempo son uno solo? ¿Que se crearon a la vez y son inseparables? Por tanto, si algún día dejase de existir el espacio (ese horrible espacio que nos separa y nos enfrenta), si algún día dejase de existir el espacio… el tiempo también desaparecería, ¿no?…

Es tan difícil imaginar un Universo sin tiempo…. Y aún más complicado imaginar la ausencia de espacio. Pero puesto que nos movemos en el campo misterioso y voluble de los cuentos, dejemos que sea la fantasía la que nos lleve por este inextricable camino.

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Érase una vez que se era, insisto, sin más (que las elucubraciones nos llevarían mil cuentos o a saber), una nave espacial que quería regresar a su planeta. Navegaba ella sola por el espacio interestelar con todos sus sistemas activados y funcionando correctamente. Tenía un listado de misiones que cumplir, aunque con toda la instrumentación de la que disponía la cosa era relativamente sencilla. Estaba un poco aburrida y el tedio la tenía algo existencial… demasiados libros digitales sobre filosofía de la ciencia y pocos de ciencia ficción.

Para compensar, a veces, nuestra nave veía alguna de esas películas catastróficas del espacio en las que un ser extraño, procedente de otra civilización (alienígena, la llamaban ellos, que es una palabra del inglés que significa “extranjero”, aunque no sabemos explicar muy bien qué es eso de “extranjero”…), alteraba la paz de los que habitaban la nave y todo acababa en destrucción poco menos que estilo zombi (otra versión algo más pringosa de invasiones y muerte por doquier)…

Las veía con una colección de sentimientos encontrados, casi por puro masoquismo, porque la verdad es que no le gustaban nada, pero así al menos veía algo de acción, ya que lo más emocionante en el interior de la nave era contemplar cómo se encendían y apagaban algunos pilotitos de colores de los paneles de control… Luego las pesadillas mezclando las luces de los pilotitos con la extinción alienígena eran de espanto, pero eso también aportaba algo nuevo a su día a día.

Efectivamente, la vida era muy aburrida de tranquila que era. En sus mapas del espacio conocido había una larguísima lista de exoplanetas cuya existencia debía ir confirmando de manera observacional (es decir, tenía que ir echando fotos a los planetas). Esa era una de sus misiones. De paso, si veía alguno nuevo que no estuviera en la lista tenía que anotarlo y catalogarlo: que si planeta enano, que si gaseoso, rocoso, que si solitario o asociado a un sistema con una estrella única o binario, planetita, planetazo, planetilla… Los días pasaban despacio para esta pacífica nave de exploración científica.

Hasta que un día vio algo sorprendente. Un sistema planetario parecido al suyo. En su largo periplo (¡Juas! Siempre había querido usar esa palabra pero encaja en tan pocas realidades… Esta es una de ellas: periplo, periplo, periplo…). Pues eso. En su largo periplo esta singular nave había visto multitud de planetas de todo tipo. Y en este sistema, además, en la zona de habitabilidad, había un planeta muy similar al suyo. Era tan maravilloso descubrir una atmósfera de oxígeno, tan hermoso deleitarse con esa azul atmósfera…

Era tan bonito, tan reconfortante, tan mágico… ¡La nave estaba pletórica! Decidió que se acercaría despacio (no mucho, lo suficiente), que miraría discretamente, que lo analizaría… Soñó tanto en los siguientes días, durante su acercamiento, que empezó a temer que, al despertar, el planeta ya no estuviera allí. ¡Ay! Qué ganas de averiguar si se había desarrollado formas de vida como la que le habían construido, tiempo atrás, en un planeta alejado…

Cuando se estaba acercando pudo observar las tormentas, las superficies sólidas y los mares, la variada geografía, la vegetación, los animales… pero no había señales de vida inteligente. Dio vueltas durante varios de los días de este planeta, esperando recibir algún tipo de señal. Pero nada. ¿Sería quizá lo que había estado buscando durante tanto tiempo?

Había leído pocos libros de ciencia ficción, pero un autor famoso ya hablaba de esta posibilidad: colonizar planetas con seres que viajaban congelados o en probetas. Se acordó de un cuento en el que había una especie de cangrejos bajo el mar que desarrollaban una inteligencia que podía poner en peligro a los colonos… Profundizó en los mares, por si se le escapaba algún detalle. No era cuestión de que los cangrejos esos le chafaran el plan. Aunque esta nave no era “colonizadora”, sólo era una misión de búsqueda…

Fotos y más fotos… Y a enviar la información para esperar instrucciones, pues lo que más deseaba era regresar a su planeta. ¿Cómo puede una nave espacial añorar algo? Pues sí, sentía añoranza. En un momento dado se dio cuenta de que había perdido la cuenta (valga la redundancia) del tiempo que llevaba fuera… es decir, lo tenía todo absolutamente anotado, pero no se había parado a pensar en el significado de este Tiempo…

Esperó una respuesta desde su planeta, con el que no se comunicaba desde… ¿desde cuándo? “Ay, mi madre… qué lío tengo”, pensó la nave. De repente, se vio asaltada por una enorme duda. No podía creer lo que se le acababa de ocurrir. Miró en sus mapas… ¿había dado una enorme vuelta para regresar al mismo punto de partida? No… Porque entonces… ese debía ser… ¡su planeta! ¡Su precioso planeta azul! Pero…

Tras un enorme sofoco decidió aclarar lo antes posible tanta confusión. Miró su reloj, que era el reloj que marcaba su propio tiempo y, por otro lado, analizó la geología del planeta y el estado del propio sistema planetario, analizó la estrella central, y llegó a una posible conclusión: ¿y si en algún momento había saltado a un universo paralelo? ¿Estaba frente a su planeta? Pero… en este no había seres inteligentes. Numerosas especies animales saltaban a sus anchas, depredándose y reproduciéndose. ¿Era su hogar?

Números, más números y datos, órbitas, corrientes interestelares, vientos estelares… recalculando… ¡Ufffffff! Definitivamente, aquel no era su planeta. Había tenido un fallo de cálculo, nada más… Respiró tranquila y reemprendió la marcha. Anotó los datos en la ficha número 162.963.571.298:

Planeta: rocoso

Atmósfera: Oxígeno y Nitrógeno

Nombre: …

Aquí dudó… encendió los sistemas de captación de datos y anotó lo que encontró en las redes de comunicación del planeta:

Nombre: Tierra.

Vida inteligente: No

Y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán… No, no… Un momento. ¿Existirán? … ¿Ya estamos otra vez? Dejémoslo ahí. Todo sea por la vida inteligente. Aunque la definición de inteligencia aún está por definir del todo… ¿no creen?

Publicado el 10 de julio en el blog de CreativaCanaria.com

La escritora de cuentos

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una chica que se dedicaba a escribir cuentos en sus ratos libres (que eran pocos). Era ésta una chica animosa, de grandes ojos y manos ágiles, como pequeñas alas que se deslizaban sobre el teclado acariciando las teclas, que pulsaba, a veces suavemente, a veces con más energía, todo con el fin de que sus pensamientos no quedaran atascados en su mente, con la intención de sacar de su cabeza todas aquellas ideas de lo más profundo de su ser… bueno, ella sabía que salían gracias a las sinapsis de sus conexiones neuronales (porque Punset no paraba de repetirlo). Le gustaba mucho el método científico y deductivo y no dejaba que cualquier charlatán la embaucara con pulseras mágicas o leyendas urbanas. Cuando algo olía mal, por lo general es que era una patraña. Tenía ella un sexto sentido para estas cosas…

Para escribir sus cuentos se documentaba, se inspiraba en la realidad y luego, a veces, inventaba… La realidad es maravillosa, es una magnífica fuente de inspiración. ¿Qué hay más mágico que una gota de lluvia, cuál puede ser su historia, su proveniencia, su composición…? ¿O cómo no investigar sobre las mariquitas para saber cuántas especies hay, o cuáles son sus enemigos naturales? Navegar por las estaciones del año, perderse en el mar, entrar en la que podría ser la “vida” de un electrón o intuir qué piensa el cuerpo cuando el corazón empieza a tener problemas…

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La cantidad de temas era inmensa y ella intentaba escribir historias alegres, pero a veces la inspiración tiene sus propios caminos y surgían historias tristes de guerra entre hombres, situaciones de violencia inusitada, o la visión de cómo se apaga una vela en un tempus fugit sobrecogedor…

Aquel día sus manos decidieron que, como siempre, harían lo que les viniera en gana… porque en realidad no era ella la que escribía: los cuentos se escribían solos, iban desmadejándose de manera propia, nacían de algo que ya estaba ahí. Nuestra escritora de cuentos se sorprendía de cómo los cuentos se escribían de manera totalmente autónoma, utilizándola a ella como mero instrumento. Únicamente tenía que sentarse con la intención de dejarlos nacer. Y ellos llegaban y le susurraban “por ahí vas bien”, o “no, esa no es la historia, vuelve hacia atrás”…

Una vez más, se sentó sin saber qué podía surgir de aquello, y lo primero que le salió fue una especie de introducción, al igual que había hecho con la historia de un enamorado. Llevaba semanas sintiéndose apesadumbrada porque pesaba sobre ella la culpabilidad de no estar ofreciendo cuentos a cascoporro… había tenido tanto trabajo que no había podido dejar que sus dedos se dedicaran a esta pasión por los cuentos. Y tenía miedo de estar desatendiendo al diminuto mundo de las cosas inanimadas. Les pedía perdón. Insistía en que seguía amando los gestos, las maneras, los sonidos de las pequeñas cosas, esos objetos sin voz a los que daba a veces vida.

Y sin darse cuenta empezó a escuchar la voz de las letras, no la de la letra “a”, a la que ya había escuchado una vez (que menuda historia tiene), sino la de todas las letras del teclado con el que escribía. Sin saber cómo, empezaron a contarle una singular sucesión de hechos totalmente inauditos que necesitarían de un cuento o quizá de varios… Y los impulsos eléctricos empezaron a volar.

Cuando quiso darse cuenta, se había dormido sobre el teclado… Tenía que dejar de vivir frente a ese diminuto portátil tan absorbente… Levantó despacio la cabeza, se frotó los ojos, y cuál fue su sorpresa al descubrir algo que ella siempre había sabido: el cuento se había escrito solo. Sonrió, bajó la pantallita del ordenador y decidió que lo leería al día siguiente. Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una chica que se dedicaba a escribir cuentos en sus ratos libres (que eran pocos).

El grifo

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que, algún día, alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato.

Porque una cosa es abrir un grifo y usar el agua que corre firme y decidida, y otra muy distinta es no cerrarlo con la suficiente fuerza o dejar que un huequito traicionero deje escapar el preciado líquido o que el tiempo haga que esa gota siga cayendo, incondicional, porque nadie puede nada contra la gravedad.

Arturo, nuestro grifo (¡no tienen por qué llamarse todos Roca o Grohe!), era de esos antiguos grifos de una sola llave. Vivía en un lavadero antiguo, de un mármol marrón veteado de blanco muy elegante (el lavadero, Curro, era muy buena gente, aunque un poco reservado). Estaba en un lugar un tanto extraño, ya que se encontraba pegado a la entrada de la casa, una casita baja de una planta en mitad del campo. Junto al lavadero había una enorme ventana, de manera que Arturo, situado entre la puerta y la ventana, veía todo el interior de la casa y, al abrirlo, disfrutaba de las vistas a las verdes extensiones.

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A veces se pasaba horas contándole a Curro el caminar del caballo, el vuelo de los pájaros, los cambios de estación… Lo que más le gustaba a Curro era escuchar cómo Arturo le contaba, de un día para otro, cómo salían las flores de colores en la campiña. Lo que Curro no sabía es que Arturo se lo inventaba casi todo porque, al estar cerrado, Arturo no podía mirar a través del cristal. Sólo cuando lo abrían podía ver el valle.

La casa había sido reformada y, nada más entrar, a la izquierda, podía verse la enorme cocina, y a la derecha estaba la sala de estar. Era un espacio sin paredes, diáfano. Al otro lado estaban las habitaciones donde se oía corretear a los niños y al perro. Al hacer las obras de renovación, los dueños habían dejado el lavadero, como adornando la entrada, porque era muy antiguo, y eso a Curro le pareció un reconocimiento inmerecido. “Ya ves, decía, un vulgar lavadero en la entrada de una casa tan bonita”. “De vulgar nada, le respondía Arturo algo indignado, que tú tienes mucho camino andado y sabes más que ninguna de estas losetas, y a ellas también las han dejado”. Curro sonreía (ay, si las losetas hablaran…). Y los dueños ni pensaron en quitar el grifo… ya puestos…

Arturo y Curro presenciaron cómo se desmantelaba la casa. Fue muy doloroso estar presentes cuando desmontaban la cocina de leña, pero afortunadamente la conservaron, instalándola en mitad del salón comedor, presidiendo el hogar. Era de hierro forjado, negra y brillante, y la trataban como si fuera una obra de arte. Tal vez Arturo estuviese secretamente enamorado de esa preciosa cocina de leña…

Otro momento complicado fue cuando instalaron el nuevo fregadero. El flamante grifo nuevo era de última tecnología. Lo más moderno que habían visto nunca. Aunque Arturo pensaba que tanto no habían evolucionado. La cocina sí que era un prodigio, pero un grifo… pfff. Lo abres, sale agua. Lo cierras, deja de salir agua. Y ya está. Pero cómo brillaba ese grifo nuevo… ¡cómo se alargaba su extensor! Qué maravilla… y no goteaba. ¡Y sus juntas tenían cinta de teflón!

“¡Atchís!”, estornudaba a veces Arturo cuando había corriente entre la puerta y la ventana. “Salud”, le decía Curro, que nunca se resfriaba. El agua de la zona era muy dura y hacía tiempo que el cáñamo usado como junta se había ido deshilachando. Igual si le ponían a Arturo una junta de goma dejaba de gotear… Bueno, era una molestia, pero no era lo más grave.

Los días pasaban tranquilos desde las reformas. Antes había vivido días muy duros. Sobre todo cuando, tras los bombardeos, la casa había quedado abandonada durante años… el tedio era insoportable. Una explosión había destruido parte de las cañerías y Arturo se había quedado seco. Nada. Ni gota. Y el desagüe de Curro se convirtió en un nido de ratones de campo. A Curro le hacían muchas cosquillas cuando asomaban el hocico, y Arturo estaba todo el rato intentando espantarlos, pero los muy listillos hacían lo que les venía en gana. Menos mal que no tenían nada que roer… bueno, a Arturo le comieron algunos hilillos de cáñamo que le sobresalían de la última vez que el antiguo dueño de la casa lo había reparado, pero poco más. Lo bueno de esa época es que Arturo podía girar hacia el lado que quisiera. Como ni se abría ni se cerraba, podía pasarse horas (esta vez de verdad) mirando a través de las ventanas. Sin embargo, los cristales se fueron ensuciando con las lluvias y el barro y al final no podía contarle mucho a Curro sobre lo que se veía al otro lado…

Pues ahí andaban, con los ratoncillos a sus anchas por las tuberías rotas y con las ventanas sucias cuando un día entró alguien corriendo, cerró la puerta y se quedó respirando rápido, apoyado sobre la puerta, de espaldas, mirando para todos lados igualito que los ratones…

“¿Lo recuerdas, Arturo? Era un niño de apenas ocho años, sucio, con ropas rotas y que le iban grandes. Estaba tan asustado que sus latidos se habrían oído al otro lado del valle”.

“¿Cómo podría olvidarlo? Era de noche. De puntillas, cuando ya pudo recuperar la respiración, muy despacio, aquel niño fue avanzando hacia el interior de la casa, se acercó a la ventana e intentó mirar por el cristal, justo este de la esquina, pero estaba opaco de suciedad. Mirando a todas partes, agotado, se sentó en un rincón -justo ahí enfrente- buscó en un viejo bolso de tela que llevaba cruzado al pecho, sacó un mendrugo de pan duro, le dio dos mordiscos, lo volvió a guardar en el bolso y, acurrucado contra sí mismo, se durmió. Un mendrugo de pan… Eso era todo lo que llevaba en el bolso”.

“Todo lo que llevaba en el bolso, sí señor -insistió Curro-“. Sus voces se perdieron en el recuerdo de aquella noche, la noche en la que todos, incluidas las losetas del suelo, miraban enternecidos al niño que dormía. Respiraba despacio. Y soñaba. A veces, algo irrumpía en su sueño y un movimiento espasmódico, casi eléctrico, agitaba su cuerpo.

Llegaron ruidos, al principio lejanos, luego cada vez más cerca, ruidos de un motor. El niño estaba tan agotado que no despertó.

De repente, una cara se asomó al sucio cristal desde el exterior.

“No pudimos avisarle, ¿cómo habríamos podido? No pudimos avisarle… Las losetas daban grititos, asustadas. Todos temíamos por el pequeño durmiente que no despertaba…”

“La puerta volvió a abrirse con un enorme golpe que aún hoy hace rechinar sus goznes -contaba Curro-. Sonó un trueno y Arturo pudo ver cómo un rayo de fuego atravesaba el espacio en dirección al pequeño que, sin un solo gemido, se desplomó sobre sí mismo… Fue terrible. Se hizo el silencio… Alguien, un hombre grande con una enorme escopeta entre las manos, entró, ensuciando la entrada de la casa con un tipo de suciedad distinta a la que estábamos acostumbrados. Se paró. Sus enormes botas sucias pisaban a las losetas que callaron asustadas, crujiendo ligeramente. Estaba parado, mirando hacia el niño. Por un momento pareció desconcertado. Permaneció de pie donde estaba. Apoyó el rifle sobre el suelo, sin mover los pies. Sacó un cigarro. Lo encendió. Se iluminó su sucia cara. El humo sucio que salía de su boca inundó la estancia. Se acercó al niño. Le quitó la bolsa de tela, la abrió y buscó…”.

“Sólo encontró un mendrugo de pan duro…” sollozó Arturo.

“Nada más…”. Curro siguió contando cómo “el hombre dejó caer la bolsa al suelo y lanzó algo parecido a un grito. Pero no estábamos solos. El hombre grande se quedó quieto, escuchando. Su disparo había sido oído por alguien más que por la casa. Pareció temer por su vida. Oyó voces de gente buscando algo. Salió a escondidas, sin ser visto, rozándonos con su suciedad… Un rato después, cuando las voces que llamaban a alguien eran ya nítidas, más gente entró a la casa al ver la puerta abierta. Entonces encontraron al niño, desangrándose… Y se lo llevaron…”.

“Al día siguiente -continuó Curro- el hombre sucio regresó silencioso. Qué desagradable fue volver a verlo… Quiso lavarse las manos pero no teníamos agua. Se ausentó y volvió poco después con unas herramientas… y arregló la tubería. Abrió la llave de paso. Y Arturo lloró agua. Yo sentí cómo los ratoncillos huían despavoridos…”.

Arturo sonreía triste, mientras recordaba. “Pasé mucho miedo, no podía parar de temblar… Abriéndome y cerrándome varias veces, el hombre comprobó que ya salía agua y se secó con un trapo sucio que llevaba en el bolsillo. Luego se giró y se quedó un rato mirando hacia la bolsa de tela, que había quedado en el suelo, y la mancha de sangre que había dejado el cuerpecito del niño en el rincón… El hombre se volvió de nuevo hacia nosotros, se inclinó y empezó a lavarse la cara. Sentimos su aliento. Se frotaba muy fuerte, casi haciéndose daño… Un rato después levantó la cara enrojecida, que goteaba. Cerró el grifo. Se apoyó sobre el fregadero y miró el sucio cristal… bajó la cabeza, mientras su cara seguía goteando. Luego miró de nuevo hacia el cristal y movió su mano hacia él, haciendo algunos gestos… En aquel momento no supe qué hacía, y ya no podía girar a mis anchas…”.

“Aún me hago muchas preguntas, Arturo… el agua que caía por el desagüe sabía a sal”.

Cuando se hubo aseado, simplemente, el hombre grande y sucio cogió la bolsa de tela del suelo y se marchó… Nunca volvieron a verle.

Muchos años después, cuando la mancha de sangre ya casi no se distinguía de todo lo demás por la suciedad acumulada, cuando los desvencijados muros parecían darse por vencidos, alguien llegó a la casa y le devolvió la vida. Un joven de unos 30 años en silla de ruedas acompañado por una hermosa joven y un pequeño de apenas unos meses. Ellos solos iniciaron los trabajos de restauración de la casa. El joven era muy resuelto. La silla de ruedas no era un impedimento para él. Al contrario. Se servía de ella con fuerza y energía.

Un día, el joven se acercó al fregadero, perplejo, mirando hacia la ventana. Había algo escrito. Puso cara de extrañeza… se acercó más. Su cara cambió. Pareció entender. Y se retiró, rodando su silla entristecido, hacia el interior de la casa. Luego llegó la joven… Miró el cristal, se llevó las manos a la boca conteniendo el aire… y lloró. Cogió su trapo, abrió el grifo. Justo el tiempo suficiente para que Arturo pudiera leer: “Niño del pan: Perdóname”.

La joven limpió la ventana. Se apoyó sobre el fregadero. Respiró hondo. Y se fue a seguir trabajando. Hoy Arturo y Curro siguen con sus achaques, debidos a la edad. En el fregadero han puesto una macetita de albahaca que se riega con la gota que pierde este grifo viejo.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un grifo que soñaba con que algún día alguien le enrollara un poquito de cáñamo, ya que se le había aflojado la junta y no le gustaba estar goteando todo el rato. Ahora el olor a albahaca inunda la casa.

El Silencio

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

Los pájaros cantaban bajito, respetando el deseo del Silencio de imperar ante todas las cosas. Un Silencio bailarín y alegre que iba haciendo callar con el dedo en los labios a todo lo que se movía.

El viento silbaba bajito, fresco, cerca de las orejas de los conejos salvajes que mordisqueaban bajito los tallos de las hierbas, con las orejitas gachas, para no molestar.

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La hierba, a su vez, oscilaba verde, sonriendo por el impulso casi irrefrenable de lanzarse a gritar “frusss” en cada roce, pero resistiéndose y haciendo un guiño a las hormigas, que también caminaban de puntillas para no hacer ruido.

Las hojas de las palmeras reposaban su peso en equilibrio para no hacer ruido, pues sus puntas puntiagudas rozaban el éter con ganas de pulsarlo como si fueran cuerdas de una guitarra, “glin, glin”.

Aleteaban bajito las aves que se acercaban a beber al agua, cuyas ondas, empujadas por el viento, se deslizaban eternas, rebotando bajito entre sí, “dum dum”, formando círculos en la superficie, círculos que a su vez formaban más círculos, “dum, dum, dum, dum”.

Unas nubes traviesas se alejaban juguetonas porque allí no iban a poder descargar, pues hubiesen hecho demasiado ruido. Un viento que soplaba casi sin soplar se las llevó, retozando entre el algodón de sus formas, mientras se oían sus risas alejándose. Arriba, muy arriba, las alas de los aviones se afinaban para no surcar el aire de forma sonora, sabiendo que era el Silencio quien jugaba el papel de dueño y señor de aquel vasto espacio.

Los rayos de sol calentaban bajito las azoteas de las casas. En algunas había macetas que se susurraban las unas a las otras para no hacer mucho ruido. Las flores se miraban, coquetas. En otras, había tumbonas que reposaban junto con sillas y mesas. Podía verse una que tenía una sombrilla que oscilaba sus alambres bajito, haciendo que la tela de colores que la formaba rozara furtiva, rojo con verde, amarillo con azul… Los niños estaban en el colegio. A veces llegaban lejanas voces, casi ecos que no lograban romper el Silencio.

Las lagartijas, con su ensoñamiento cálido, apoyaban sus dedos blandos sobre las superficies de piedra y no arrastraban las colas, evitando que se oyeran los sinuosos sonidos “rasss rass”.

Las arañas que anidan en los huecos de algunos ventanales saltaban bajito para no desafiar al Silencio, “poing, poing”. Incluso los cristales decidieron dejar de crujir con los cambios de temperatura (“crac crac”).

Ella dormía bajito, respirando en sueños, como si, pese a estar dormida, no quisiera alterar ese Silencio.

Dormía en silencio y él la miraba dormir.

En silencio.

Hasta que la besó y el día despertó con sus ojos y su sonrisa de amor en silencio.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, un despertar en una mañana de un día cualquiera en la que el Silencio placentero se adueñó de todo.

P.D.: Cuento dedicado a nuestro admirador número 100 de facebook, (él sabe quién es).

El niño al que le gustaba poco leer

Érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un otoño que decidió apagar todas las letras y hacer desaparecer todas las palabras. De repente, un olor ocre de humo que acompañaba a las últimas tardes de septiembre, fue cayendo inexorablemente sobre plazas, mercados, calles desiertas y bibliotecas. Y, misteriosamente, como si la neblina fuera suficiente para borrar siglos de historia, todos los libros del mundo se fueron quedando en blanco.

Al llegar noviembre, sólo la mitad de los libros, muchos escritos en idiomas ya desaparecidos, permanecían resistentes a la fría neblina que todo lo borraba. Parecía una enfermedad. Se inició una campaña de investigación y numerosos científicos y estudiosos intentaron recuperar las palabras que se volatilizaban… era como si nunca hubiesen existido, como si la materia de la que estaban hechas nunca hubiese sido real. Continuar leyendo “El niño al que le gustaba poco leer”

Al llegar la Navidad y entrar el invierno, ya no quedaban sino los antiguos manuscritos de los museos y las piedras talladas con jeroglíficos. Nadie pensó que esta extraña maldición pudiese afectar a soportes que no fueran el papel. Con el año nuevo la piedra Rosetta amaneció completamente lisa. Hubo mucha gente que lloró desconsolada. La escritura cuneiforme desapareció. Para mediados de febrero no quedaba nada.

Los medios de comunicación informaban de todos estos acontecimientos como si se tratara de un terrible accidente o de un desastre natural. Todavía no sabían lo que iba a ocurrir a continuación. Nadie lo sospechaba.

Entre toda esta marabunta, un niño de unos 12 años al que le gustaba poco leer, se preguntaba dónde estaba el problema. Este niño de ojos grises vivía pegado al ordenador y a los juegos. “Total, teniendo televisión, internet y play station no le faltará información al mundo…”, pensaba. Y, además, seguro que casi todo estaba digitalizado. ¿Para qué querían conservar objetos que, con el tiempo, desaparecerían?  Los objetos son perecederos…  De hecho, las grandes instituciones culturales, los gobiernos y las fundaciones, conscientes de que el ser humano es de memoria frágil, intentaron asirse a las nuevas tecnologías.

Pero unos días antes de que acabara el mes de febrero los teclados empezaron a perder todas sus letras. ¿Cómo era posible? ¡Los documentos guardados en los archivos de los ordenadores estaban vacíos! Fue una progresión extraña, empezando por los archivos y acabando por los accesos… Ya no se podían usar los ordenadores. Comenzó el caos mundial. Fue un verdadero desastre.  Habían pasado dos semanas y no se podía leer absolutamente ninguna letra en ninguna parte. En las fronteras no podían leer los documentos de identidad de los pocos que se atrevían a viajar. De repente no se sabía cuánto tiempo de condena le quedaba a los criminales. Los hospitales perdían los diagnósticos. Todos los informes estaban en blanco.

El niño de 12 años se levantó una mañana de marzo. Se dirigió a la cocina. Cogió una caja de cereales y echó de menos poder leer la cantidad de azúcar que iba a ingerir esa mañana en su desayuno… “Menuda tontería -se dijo el niño de ojos grises-, echo de menos las letras…”. Sopló sobre la ventana de la cocina. La impregnó de vaho. Sonrió. Y escribió, pensando en la niña más bonita de su clase, con un trazo lento y preciso: “te quiero”.

Mientras suspiraba, miró cómo desaparecían las letras. La ventana quedó traslucida y pudo ver el pequeño jardín frente a la ventana de la cocina. Uno de los rosales de su madre tenía una flor a punto de abrirse. Llevaba tiempo sin salir de la casa, con tanto caos y tanto desastre. Así que decidió salir al jardín. Había una luz intensa. Se acercó a la flor. Cerró los ojos y la olió.

Volvió a entrar en la casa. Se cruzó con el espejo en el pasillo y cuál no fue su sorpresa al comprobar que sus ojos ahora eran de un intenso color verde… ¿Cómo…? Volvió corriendo a la cocina. El calendario, que antes era un diseño en blanco y negro, era ahora tan verde como el césped del jardín, como sus preciosos ojos verdes… Marzo.  Veintiuno de marzo. Primavera.

Volvió a mirar a través de la ventana y ahí estaban, brillando, las letras que había trazado.

Y es que érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un otoño que decidió apagar todas las letras y hacer desaparecer todas las palabras.

¿…Todas?

No.

Todas no.

La esencia

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte.

Era esta una esencia dulce, penetrante, pero a la vez suave y llevadera, nada posesiva. A veces, parecía que se perdía y, quien la buscaba, cerraba los ojos y aspiraba profundamente para recuperarla de ese aire volátil que bailaba en todas direcciones.

La esencia nunca había salido de su pedazo de campiña, de la que se alimentaba diariamente. En invierno, penetraba en la tierra, huidiza, húmeda, vistiéndose, gracias al verdor del campo, de notas de frescor incomparables. En verano, tórrida entre las hierbas resquebrajadas, se escondía entre las piedras, a la sombra de algunas hojas secas, para conservar crujientes notas de viveza. El otoño era un renacer de los sentidos, con el anuncio del frío invernal y sus noches de rocío danzarinas cantando la llegada de las tardes anaranjadas en el horizonte. Pero, sin duda, la reina de las estaciones era la primavera. Continuar leyendo “La esencia”

Las flores se disputaban la atención de la esencia, presumidas, con sus colores, sus olores y sus formas, en un alarde de belleza infinita, tan infinita como su sencillez, como su significado efímero, terrenal y a la vez paradisíaco.

Esta esencia veía pasar los días alegre, rescatando aromas de toda su campiña, bailando al son del viento, dejándose llevar siempre por su inmensa paz interior, la que la naturaleza le otorgaba por su calidad de esencia.

¿A qué puede temer una esencia, etérea, sin cuerpo, desposeída de preguntas y miedos?

¿A qué puede temer una esencia que se realimenta constantemente y que vive en plenitud consigo misma?

¿A qué puede temer…?

Y así, una noche tormentosa en que se refugiaba confiada bajo unas hojas de higuera, la esencia cayó en un sopor parecido al sueño, un sopor en el que vio cosas increíbles y desconocidas por ella hasta el momento.

La esencia siempre se había preguntado adónde iban las hojas cuando se secaban, adónde las flores cuando se marchitaban. Adónde fue el anciano roble cuando, viejo y cansado tras luchar durante años contra los devastadores efectos de un rayo abrasador, se dejó vencer por el sueño y desapareció, lenta, pero inexorablemente, fundiéndose en la tierra en la que se adentraban sus raíces. A veces pensaba en eso, pero no le daba demasiada importancia… las cosas habían sido así desde siempre. Árboles, hierbas, flores, hojas, ramas, animalillos… todos llegaban y, al tiempo, se marchaban. Algunos permanecían más tiempo, como el roble, y otros se marchaban pronto, como algunos insectos que vivían tan sólo un día.

En su sueño, la esencia, que nunca había sentido curiosidad hasta ese momento, se vio a sí misma como un diminuto brote en un tallo del viejo roble. De un intenso verde de indescriptible brillo, el joven tallo deseaba con todas sus fuerzas crecer hacia la luz de la primavera. La esencia sintió en su sueño cómo la forma del tallo, de un nuevo olor a vida, se estiraba y retorcía, alimentada en sus venas por la sabia savia del viejo roble, feliz al sentir la fuerza de la juventud en sus ramas. El tallo creció como hoja, y de su base, nacieron nuevos tallos, enérgicos, poderosos, delicados y hermosos como el mejor regalo de la tierra.

Aquel tallo se convirtió en rama. La esencia era ahora una hoja expuesta al sol, bebiendo de la luz del sol de verano para transformarlo en vida. Calor. Un intenso calor placentero. Nunca se había sentido tan expuesta al calor… Las noches eran refrescantes, relajadas, de ensueño…frondosa y llevadera, la esencia que soñaba que era una hoja, miraba a su alrededor y se sentía plena.

Luego, extrañada, notó que había cambios alrededor… llegaba el otoño y la hora de dejar al roble, pues cada día se hacía más difícil la supervivencia. El suelo seco no dejaba absorber los nutrientes de la tierra, las raíces sufrían demasiado por tener que alimentar a tantas hojas… otro ciclo de la vida del roble llegaba a su fin. Pero no había tristeza.

La caída de las hojas era toda una fiesta: cuando llegaba el momento, se oía un pequeño “clic” en la base de la hoja, y ésta caía en un vuelo libre, con una risa de felicidad que no podía compararse con ninguna otra risa. Miles de diminutas voces en plena risotada se mezclaban, pues las hojas iban cayendo, una tras otra, en una lluvia, en cascada, alteradas como niños en una fiesta…

La esencia sintió que le llegaba el turno. “Clic” y… flotaba de un lado a otro, notando la leve resistencia del aire bajo su cuerpo de hoja, sintiendo que iniciaba un nuevo viaje… Al final, cayó al suelo, suavemente, depositándose sobre otras hojas que habían caído antes que ella. Sintió una especie de sopor tranquilizador, un cansancio que la invitaba a dormir en un merecido sueño reparador, después de tanto esfuerzo por hacer que el roble, un año más, completara su ciclo.

Si darse cuenta, en su sueño, la esencia sintió cómo las hojas se fundían junto con la tierra, en un proceso que las hacía desaparecer para aparecer de nuevo en otras formas, en otros elementos, en otros bailes y en otras risas… se fundían con la tierra y eran de nuevo absorbidas por las raíces, corriendo frenéticas por las venas del roble, en veloces carreteras de vida, en savia desbordada, hasta llegar, misteriosamente, de nuevo, a aquel diminuto brote verde intenso que nacía en primavera…

La esencia despertó de su letargo.

La tormenta había pasado.

Las gotas cristalinas hacían de lupa sobre algunas hojas.

Amanecía. La vida se iluminaba como estallando en sensaciones. La esencia ya sabía algo más, en el paréntesis de ese sueño, incrustado en su tránsito eterno, había descubierto lo que tanto le intrigaba.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, una esencia tan antigua como el tiempo que quiso descubrir el significado de la muerte, que no es más que el de la propia vida…

Un corazon (con acento en la o)

Érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un corazón cansado que latía con dificultad. Era este un corazón animoso y joven, cargado de ilusiones y esperanzas pero que, por algún motivo, en los últimos días, notaba su vigor aminorado y sus fuerzas reducidas.

Miraba extrañado a su alrededor, contemplando las venas y arterias que de él salían dirigiéndose al resto del cuerpo, divisando a ambos lados a los pulmones que le miraban con cara de preocupación, intentando esforzarse más para que no faltara el oxígeno, asomándose a la izquierda del esternón para poder ver el resto de órganos, más abajo, tocando al compás de su latido para trabajar como uno sólo… Siempre había ido todo bien, pero hoy se sentía extrañamente cansado.

Ventrículos, aurículas, tabique, válvulas (pulmonar, aórtica y mitral), aorta, “venas cavas”… El corazón hacía todo lo que podía, pero se sentía fatal. Le preocupaba que Aurora, su anfitriona, su “usuaria”, su yo, en definitiva, estuviese sufriendo por su culpa. Notaba cómo ella se llevaba la mano al pecho e intentaba seguir con normalidad, pero se veía obligada a sentarse debido a la repentina fatiga.

Algo iba mal. Continuar leyendo “Un corazon (con acento en la o)”

Un par de días después del inicio del problema, el corazón oyó unas voces hablando con Aurora. Menos mal que había ido al médico en seguida. Los oídos prestaron atención y encendieron los altavoces internos para que todos pudieran escuchar lo que decían los doctores. A corazón le fallaba una válvula (anda, -pensó- es verdad, la pobre… Últimamente le cuesta moverse).

Debían operar.

Los cardiólogos le decían a Aurora que su vida corría peligro si no le hacían un trasplante urgente. ¿Trasplante de qué? – pensó aterrado el corazón-. Oh, no… Trasplante de corazón. Es lógico. Estoy enfermo y la vida de Aurora corre peligro… Qué decepción… ¿Cómo puedo fallarle a estas alturas?

El corazón de Aurora, triste, decepcionado, sintiéndose un fracasado, pensó en todo lo que habían vivido juntos, desde que maduró cuando Aurora no era más que un feto, en su tercera semana de formación desde su fecundación, en el cálido útero materno, donde latía más de 140 veces por minuto, ansioso por verla crecer y saber cómo sería su carita. ¡Ay Aurora! ¡Si ni siquiera sabía si ibas a ser niño o niña hasta unas semanas después de conocernos!

Ahora no soy más que un estorbo -se dijo-. Por un momento se sintió abatido. Todos le miraron, apenados… Él, que era la chispa de la fiesta… El pulmón derecho se dirigió al corazón con decisión. Mira, Cori, -le llamaban cariñosamente “Cori”-, las cosas no están en su mejor momento, todos lo sabemos. Pero no te dejaremos tirar la toalla. Ya has oído a los médicos.

Aurora va a necesitar un corazón nuevo. Pero hasta entonces, hasta que le salven la vida, tenemos que aguantar. No puedes venirte abajo ahora. Tienes que resistir. Por todos nosotros…

El corazón de Aurora, henchido de orgullo, aunque con evidentes signos de deterioro, decidió aguantar lo que hiciera falta. Y, ayudado por sus compañeros, empezó su lucha.

Paradójicamente, Aurora tenía ahora que esforzarse por no hacer esfuerzos. Ignoraba el trabajo en equipo que sus órganos desarrollaban, ignoraba incluso que ella era una pieza más de ese trabajo en equipo. Ahora se cuidaba mucho de no hacer nada que pudiera cansarla, tomaba sus medicamentos y procuraba no ponerse nerviosa.

Evidentemente, debido a su miedo a la muerte, los nervios a veces la traicionaban, pero intentaba pensar en cosas hermosas para tranquilizarse y evitarle un mal trago a su corazón, que se aceleraba sobremanera cuando ella se preocupaba demasiado.

Inevitablemente, un par de meses después, todo empeoraba paulatinamente. Corazón estaba casi exhausto. Creía que no aguantaría mucho más, y los pulmones se dieron cuenta de que todo empezaba a encharcarse. El hígado y los pies se estaban hinchando. Tuvieron que ingresar a Aurora para ayudarla. El corazón nuevo no llegaba y Aurora estaba tan cansada…

Cori no podía oír. Ni podía permitirse prestar atención a otra cosa que no fuera aguantar, obligando a su válvula defectuosa a continuar funcionando, dándole y dándose ánimos, empeñados en luchar. Sólo podía pensar en seguir latiendo. Un latido más. Un latido más. Que no sea el último… Uno, dos, tres, cuatro… aurículas, ventrículos, empuja, vamos… otra vez…uno…dos…  uno… dos…

Estaba tumbado cuando, casi dando un impotente adiós, de pronto, vio algo que se abría sobre él. Algo que le enseñaba la luz. La luz de un quirófano. En un último intento, se dijo que debía aguantar, que ya estaba allí su sustituto. Uno, dos, tres, cuatro… ¡otra vez! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡¡Uno, dos tres, cuatro!!

Una incisión en el esternón, hábiles manos redirigen la sangre con unos tubos hacia una máquina que bombea la sangre para que se mantenga oxigenada y siga su circuito durante la operación, para que el resto de los órganos sigan funcionando con normalidad.

Todo listo. Ha llegado el momento. “Me estoy moviendo de mi sitio. Nunca me había movido así…”.

Uno, dos, tres, cuatro…

Uno, dos, tres…

Uno, dos…

¡Uno!

Los médicos extraen el corazón cansado de Aurora. Justo un último latido. Púm pum. Sólo el tiempo necesario para ver cómo ponen en mi lugar a un precioso y sano corazón. Púm pum.

Miro hacia abajo y lo veo. Le guiño un ojo. Púm pum.

Todo irá bien, amigo. Púm pum.

Tiene cara de asustado. Púm pum.

Es normal. Acaba de perder a su “anfitrión”. Púm pum.

Pero ahora tiene otro nuevo. Y será bien recibido. Púm pum.

Me ponen en una preciosa bandeja plateada… Mmmmm, qué cómodo estoy… Púm pum.

Ahora puedo descansar tranquilo… Púm… estoy… agotado… pum.

Cuánta luz hay por  aquí… Púm… ¡ahora entiendo que los ojos pidieran a gritos unas gafas de sol! …pum.

Qué cansado estoy… Púm… ya está …pum.

Ya puedo dejar de latir… Púm… qué paz …pum.

…y es que érase una vez que se era, como todas las cosas que existen y existirán, (Púm…) un corazón cansado que latía con dificultad (…pum).

La mirada

Érase que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un hueco en un muro viejo. Era un muro casi histórico, de esos que separan dos terrenos en el extenso campo verde, un muro de piedras y barro, con la consistencia que dan el paso de los años y el respeto ante algo que divide y nos dice qué es tuyo y qué es mío. Junto al muro, un árbol silencioso que casi nunca hablaba porque dormitaba la mayor parte del tiempo, cantando la canción del susurro de las hojas. El hueco, relativamente joven, oía hablar al viejo muro, compuesto de infinitas partes que a su vez opinaban sobre cada pensamiento y elucubración del anciano ya que, aunque eran historias que casi todos conocían, no les importaba escuchar cómo el muro las repetía una y otra vez. Y el hueco escuchaba siempre con atención cada historia.

La que más le interesaba era la de su propio nacimiento, la que narraba cómo cayó la piedra que estaba antes en su lugar y cómo más tarde desapareció, llevada por alguna mano misteriosa. Continuar leyendo “La mirada”

Dicen que un día, mientras las nubes corrían blancas sobre el inmenso plato celeste, como la espuma de las olas que se escurre entre la arena mojada de la playa, el muro vio llegar dos ejércitos, uno por cada lado.

Se apostaron miles de hombres, frente a frente, dispuesto a matar y a morir por no se sabía qué extraño motivo, ya que el muro y todos sus infinitos componentes no podían comprender semejante estupidez en los humanos. Durante días, vieron cómo los hombres excavaban túneles de gusano (nunca entenderé por qué en esos días adquirieron esos hábitos subterráneos -decía la voz profunda del muro- pero os aseguro que se arrastraban y olían como los gusanos de tierra y se movían como las retorcidas lombrices).

Luego, a la vez que sacaban la tierra, la colocaban a modo de pared en la superficie del terreno. Como si un muro ancho y resistente como yo no fuese suficiente -escuchaba decir el hueco al orgulloso muro-.

“Claro que -continuaba el muro- los hombres sabían muy bien lo que hacían, pese a que sus fines fuesen tan ignominiosos para con todo el conjunto de la humanidad…” -el muro siempre hablaba con la propiedad que confieren la experiencia y la ancianidad… aunque a veces nadie entendiera lo que decía.

Durante días la vida se limitó a contemplar la actividad de los humanos de uno y otro lado. Hasta que, terminadas las obras de construcción de aquellos túneles y… -el muro pensó unos instantes- “¡Trincheras! Así es como ellos las llamaban…”. Terminada la construcción de las trincheras, los hombres, una noche de verano, empezaron a lanzarse fuego cruzado.

¡¡¡Fiiiiunnnn, bbbaaaabooooom, ssssssslottt, tran tran, pim pam pum!!!

En esta parte el muro se emocionaba tanto que todos sus componentes temblaban… la pequeña piedra que se sostenía milagrosamente en la esquina más apartada, casi en el filo del muro, temblaba de miedo cada vez que llegaba esta parte de la historia, pues temía caer al suelo y no volver a  formar parte nunca más de aquella intensa vida colectiva, que era la única que conocía o recordaba.

Toda una noche estuvieron con el estruendo del fuego -contaba el muro con voz profunda- veía cómo pasaban volando sobre mí aquellas cosas infernales, debo reconocer que pasé mucho miedo (todos se sobrecogían, piedras, granos de arena, briznas de hierba, motas de polvo, granos de polen, tierra esparcida, gotas de rocío y huecos de aire, todos, al imaginar cuán terrorífica debía ser una situación para llegar a atemorizar al imponente muro). “Hasta que vi cómo algunos empezaron a arrastrarse, en medio del ruido, saliendo de sus agujeros, y acercándose hacia mí. Podía verlos en cada explosión, de esas tan intensas que iluminan la noche, parecidas a cuando, en fiestas, los vecinos de los pueblos circundantes lanzan sus fuegos artificiales (todos asentían, recordando la primera vez en que cada uno de ellos vio cómo la noche se hacía día con la intensidad de la luz del fuego).

Sentí un profundo terror cuando vi a dos hombres, una de cada bando, acercándose frente a frente. Claro que, como yo estaba en medio, no podían verse. Fue tan providencial como extraño; iban el uno derechito a la posición del otro. Cuando se apostaron contra el muro pude verles mejor. Estaban cubiertos de barro, oliendo al intenso aroma que genera el miedo, respirando de forma entrecortada, mojados por el rocío que había caído sobre la hierba desde el atardecer, negras sus uñas de tierra húmeda, solos sus cuerpos ante la incertidumbre de la muerte y el pánico al dolor… Uno frente al otro.

Luego, uno de ellos cogió algo que llevaba colgado del cuello, lo besó, y empezó a hablar, con la cabeza gacha, susurrando el incomprensible idioma de los hombres. Al otro lado, el otro hombre escuchó, al principio sorprendido, luego, inmensamente triste, de manera que acabó llorando, siendo escuchados sus sollozos por el hombre que susurraba. Sobresaltados ahora los dos, comenzaron a hablarse a través del muro, agachados… al parecer se conocían.

Cuán terrible puede llegar a ser la locura del hombre.

“Y cuán maravillosa su cordura -apostilló el árbol, con voz de mujer, que dejó a todos impresionados por lo poco habitual que era oírlo hablar- pues el humano es sorprendente para lo malo, pero también para lo bueno”.

“Resultó – continuó el árbol ante el asombro de todos, incluido el muro, que permaneció, no ofendido, sino halagado por su participación, ya que nunca lograba terminar el cuento de una forma atractiva- que aquellos hombres de guerra, llevados por la historia que no puede escribirse porque está sometida a la voluntad de los que ignoran a conciencia la esencia de la vida, eran en realidad hombres de paz”.

“Serenos -dijo el árbol moviendo lentamente sus ramas hacia el hueco, impactado por el súbito protagonismo que estaba tomando- empujaron la piedra que se hallaba antes en este hueco. Al contrario de lo que afirma el anciano y sabio muro, aquellos hombres no se conocían. Pero, para el hombre, hay algo tan universal como para nosotros el viento que nos roza, tan propio del mundo como el tiempo.

Y es que el hombre reza.

Es ese susurro, ese ruego a la vida. No importa en qué idioma se haga, ni a qué divinidad se dirijan, pues todos lo entienden como una súplica, una entrega, el reconocimiento de su infinita pequeñez ante el engranaje de la propia existencia… y esos hombres, vistas sus caras a través del hueco, -el hueco no recordaba muy bien sus primeros momentos de vida- bañados en lágrimas sus ojos, decidieron que no habría muerte en sus manos esa noche. Fracasados sus mutuos intentos, apagados sus iniciales arrebatos, los hombres se miraron y comprendieron que, al menos esa noche, debían conservar algo de humanidad, esa que la locura les estaba arrebatando”.

“Mucho tiempo después -dijo el muro, complacido- un hombre viejo y canoso pasó por aquí. Parecía conocer el terreno, y, paseando lentamente, afectado por los años, vino directo al hueco -al sentirse aludido el hueco miró a su alrededor, recordaba al hombre viejo-. Buscó en el suelo y encontró la piedra que aquella noche de fuego los hombres derribaron para verse las caras. Y el hombre dijo unas palabras, las primeras comprensibles que hemos oímos nunca de boca de hombre:

– “Jamás he podido olvidar esa mirada”.

El anciano miró al árbol, miró el muro, y se agachó para ver a través del hueco. Esta parte la recordaba el hueco claramente.

“Yo lo vi –dijo tímido el hueco, cuya voz sonaba infantil-. Sus ojos parecían mirar al infinito, pero en realidad se paraban justo al otro lado, en donde estuvo la cara de aquel otro hombre. Vi en su retina el reflejo de cada gesto, de cada lágrima, noté cómo sentía en su pecho el ritmo de su respiración… Él también lloró entonces, cansados sus ojos de recordar, pero con la conciencia en paz.”

Cuán terribles pueden ser los recuerdos de un hombre.

Y cuán convincente su mirada.

Porque érase que se era, como todas las cosas que existen y existirán, un hueco en un muro viejo.

La lata de cocacola

Érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, una lata de cocacola muy especial. Era ésta una lata muy peculiar que había recorrido mundo. Ya no era en absoluto parecida a una lata nueva, de esas que habitan en una máquina refrigerada en las que depositas una moneda, ni de esas relucientes que hay en las estanterías de los supermercados, no. Esta lata estaba toda abollada. Como era una lata antigua, había perdido la argolla y sólo un triste tono anaranjado, recorrido por unas letras grisáceas, podía dar a entender que, en su día, fue una brillante lata de cocacola.

Esta lata, que no solía dar mucho la lata, recorrió las carreteras a base de golpes. Recordaba su primer golpe. De hecho recordaba toda su vida, desde que salió de la fábrica, fue llenada del preciado líquido, depositada en una caja junto con numerosas compañeras, cual ejército rojo y plata, hasta que, situada en primera fila en la estantería de una tienda de ultramarinos, en la esquina entre las calles “La Serrana de la Vera” con “El séptimo sello”, en la ciudad de Venezuela, fue trasladada a la nevera para estar fresquita y, de allí, pasó a las manos de un chaval llamado Tito. Continuar leyendo “La lata de cocacola”

La lata recordaba cómo, en una calurosa tarde veraniega, el chaval, mirando aquella lata como si se tratara de un bien tan preciado como un esperado regalo, se la llevó hasta un muro junto a una papelera y, como en un ritual, se sentó sobre el muro, con las piernecillas colgando, ya que no debía tener más de nueve o diez años.

El chaval tiró de la argolla de metal hacia fuera, (las latas modernas de hoy se abren empujando hacia adentro) abriéndola en un estruendoso “prrsshhhtttsss”. Luego, sediento, tiró la argolla en la papelera y se llevó la abertura de la lata a la boca, sintiendo ambos el cosquilleo de las burbujas de gas, que querían ser siempre protagonistas de estos momentos íntimos entre la lata y quien la bebía. La lata casi no pudo despedirse de su argolla, que pasó a una nueva y más reducida existencia, aunque no por ello menos apasionante (pero esa será otra historia).

La lata pensó, mientras el niño bebía, que era para eso para lo que había estado esperando desde que pudiese recordar. La magia del beso entre la lata y el niño, ese rato que pasó, mientras iba consumiendo su contenido, era el motivo y fin de su creación…

¿Y ya está? -pensó en un rápido reflejo de supervivencia que le impidió disfrutar del momento- ¿Ya se acaba mi historia? ¿Qué ocurrirá cuando termine el niño de beber? ¿Qué será de mí?

Había escuchado alguna historia sobre viejas latas que, finalmente, habían sido recicladas. Otras terminaban en lugares maravillosos y otras… nunca se volvía a saber de ellas. Debe ser triste la vida de una lata una vez usada.

El momento se acercaba. Estaba casi vacía. Y sintió temor ante lo que vendría después.

Cuando Tito terminó de beber, sentado en un pequeño muro junto a un terreno en el que los chavales solían jugar, miró la lata con satisfacción, cogió una piedra afilada del suelo y empezó a rayar la lata: estaba escribiendo su nombre. Miraba la lata, mordiéndose la punta de la lengua y entornando los ojillos, como quien está haciendo algo complicado y quiere que le salga bien. Cuando casi estaba terminando de rayar, un chaval gamberro pasó por su lado y, de un manotazo, le arrebató la lata y echó a correr. Tito salió corriendo tras él, decidido, gritando que le devolviera su lata. Corrieron y corrieron. La lata no recordaba cuánto tiempo pasaron persiguiéndose, pero sí recuerda que, en un momento dado, el chico gamberro, viendo que iba a ser atrapado, antes de rendirse y devolver la lata, prefirió soltarla sobre un montón de basura. Al pasar, frenético en su persecución, Tito no la vio… sus esperanzas de volver con él desaparecieron en cuanto dejó de escuchar el ruido de los chavales.

Al principio, se quedó sobre aquel montón de basura sin inmutarse. Veía pasar a la gente, a los perros, a los gatos, y no se movía. Luego, aburrida, decidió dejarse caer por un lado del montón de basura, a ver si lograba llegar a algún sitio… puede que Tito lograra encontrarla…  Se impulsó un poco y, ligera (nunca se había sentido tan liviana) empezó a rodar calle abajo. Al principio aquello le pareció emocionante y divertido. La cuesta abajo le iba dando velocidad… Rodaba y rodaba rebotando sobre el suelo de tierra y piedras, hasta que llegó al final de la calle y… menudo susto. Un montón de coches pasaban a toda velocidad… ¡y ella estaba en medio! Un pequeño roce bastaba para mandarla al otro lado de la calle, hacerla girar, enviarla de nuevo a la otra punta…

¡Bing, bang! En uno de esos golpes, fue tanto el impulso que rebotó unos metros y acabó cayendo por el hueco de una alcantarilla.

Ahora flotaba sobre una especie de riachuelo plagado de objetos… y, en un santiamén, llegó al mar. Y allí pasó muchas horas, flotando. El oleaje y las mareas la fueron llenando de agua, hasta que, cansada de resistirse, fue a parar al fondo del océano. Allí conoció otro mundo, la vida submarina, tan distinta a todo lo que conocía. Pero no era su medio y sentía nostalgia de la superficie. Hasta que, un día aciago, un pesquero de arrastre la sacó del fondo marino junto con cientos de peces. Cayó sobre la superficie del barco y, al verla, un pescador la tiró de nuevo al mar. Qué tristeza la suya.

Al menos, vacía, podría flotar unos días más y disfrutar del aire fresco… Vieja, abollada, descolorida, quemada por el sol y el salitre, perdida toda ilusión, flotó durante largos días y oscuras noches. Llevada por las corrientes, una noche volvió a caer en una red de pescadores, pero este barco era más pequeño y se dirigía hacia la costa. Por fin a tierra -pensó-.

Una vez en la playa, al abrir las redes, varios hombres se acercaban y daban precios, cogían pescado y se lo llevaban. Un señor mayor que había ido a comprar pescado fresco, vio la lata, la cogió, la miró detenidamente, y se la llevó.

Después de todo lo que la lata había visto, esto hizo que se sintiera confusa y sorprendida. No entendía para qué querría alguien una lata vieja y sucia. El señor viejo lavó la lata con mucho cuidado, la secó y la envolvió. Cuando la lata volvió a ver la luz, alguien, con la ilusión de un niño y un cuerpo de hombre, la estaba desenvolviendo con una inmensa pasión. Cuando la vio, y se fijó en las letras rayadas, se le saltaron las lágrimas. La lata no entendía nada. El hombre miró al anciano y se abrazaron.

– Papá, ¿cómo…?

– Los caminos del Señor son infinitos -le dijo el anciano al hombre-. Vete tú a saber la de cosas que podría contarnos esta lata…

– Cuánto lloré el día que Luis me la quitó y echó a correr como un demonio. Cuando le pillé y no la tenía encima… Te había suplicado tanto que me dieras una, guardando el secreto de para qué la quería y darte una sorpresa, que luego no pude parar de llorar…

– Ahora ya tienes tu lapicero, hijo. El mejor del mundo. Con tu nombre y todo…

La lata sintió que Tito la acariciaba con un cariño especial… Ahora, tras tantas aventuras, cargada de lápices y bolígrafos, sobre un escritorio lleno de papeles, mira por la ventana hacia el exterior y divisa el cielo azul… No importa que sus colores no sean intensos.

Todo lo demás lo es.

Porque érase una vez que se era, como todas las cosas que han existido y existirán, una lata de cocacola muy especial.