Y, sin embargo, tan joven…

SN1979C_in_M100Brrrr… Hoy tengo un apetito voraz… Es curioso. Hace unos años no comía tanto. Estaré “gestando algo”. Jeje… el desayuno es la comida más importante. Siempre lo han dicho. Aunque yo no tengo mucho problema con eso: cualquier hora es buena para comer. Para engordar. ¿Engordar? Bueno, eso habría que discutirlo -¿dónde habré dejado los cubiertos?-.

¿Acaso engorda un agujero negro? Porque si se trata de acumular gran cantidad de masa en un espacio muy compacto… engordar, engordar, lo que se dice engordar… Pero, ¡por toda la materia oscura, qué hambre más grande tengo! Me voy a colocar la servilleta al cuello que luego me pongo perdidito…

En realidad eso de comer no me había gustado tanto hasta ahora. Antes, en mi vida pasada (anda que… ¡¿lo tengo que explicar todo?!)… Antes yo era una estrellota, una estrella masiva. Las hay enormes, mucho mayores, pedazos de estrellas que, se supone, pueden alcanzar hasta 300 veces el tamaño de la estrellita esa que os alumbra. Pero esas tan gordas viven la vida loca, porque son tan grandes que lo bueno les dura poco… las pobres… ¡Boom!

Bueno, volviendo a mí, (que soy el centro de esta conversación unilateral) no es que yo fuera un monstruo, pero vamos, con unas veinte veces la masa del Sol, grande era.

Hasta que pegué el reventón.

Hijos, qué le voy a hacer. La materia evoluciona. Y a mí me toco pasar de ser estrella masiva a ser un agujero negro. Podría haber acabado como una estrella de neutrones, pero no… Me tomaba un par de planetoides de tapa. Pero, por todos los asteroides, ¡qué apetito tengo! Mira, yo no sé si lo que está orbitándome por ahí (lo veo por el rabillo del ojo) es mi estrella compañera o son restos de la explosión, ¡pero que no se acerque que me lo trago! El salero… ¿dónde está el salero?

Tengo que reconocer que, tras el estallido, he sufrido una ligera pérdida de memoria… Hay muchos datos de mi vida pasada que no recuerdo ni por asomo… Tampoco es que me preocupe mucho. Me han llamado de todo, pero desde luego el último nombre es de lo más curioso: SN1979C. Como si yo no supiera cómo me llamo… -pues la verdad es que no me acuerdo…-

No es que tenga problemas de personalidad… Ni de doble personalidad… Es que, aunque parezca que tengo una larga vida a mis espaldas no paran de decirme que soy un chaval. Tan viejo… y sin embargo tan joven.

 

Inspirado en la noticia del diario El País Un joven agujero negro en nuestro vecindario cósmico”, por A.R./Madrid

Enlace a fuente de la imagen.

El tupper

Un tupper especialAdelino es de los de boina y chaqueta de pana. Camina despacio. Ya muy mayor, de cejas pobladas y surcos en la cara. Adelino camina encorvadito, con las manos a la espalda. Camina con sus albarcas en verano y sus zapatos de suela de goma en invierno. Le gustan las suelas de goma porque se siente más grande. Pero las albarcas dejan que sus pies cansados respiren mejor (y huelan peor, qué se le va a hacer).

Adelino nunca sabe cuándo se van los dolores de las articulaciones, pero sabe cuándo llegan porque siente los avisos. Hace años que se entiende con los cambios de temperatura. Y se comunica con ellos: “Hola. Ya estás aquí. A ver cómo de fuerte vienes este año, jodío”.

Este año se ha dado cuenta de que sus pasos son más cortos y que arrastra un poco los pies. Lo nota más con las albarcas. “Los años”, piensa. Cada tarde, cuando el tiempo lo permite, sale a la plaza y se sienta en el borde de la jardinera de obra de su árbol favorito. Él era pequeño cuando lo plantaron. Y ahí está, tan hermoso y oscuro. Dando sombra todo el año.

Prefiere sentarse ahí que en los bancos que puso el ayuntamiento. También se está a la sombra, pero a él le gusta más la jardinera porque se le quedan los pies colgando y le recuerda a su infancia. Los vecinos le dicen que un día se va a caer una torta como siga dando esos saltitos para alcanzar la jardinera. Pero él piensa que cuando llegue el día, si eso ocurre, ya nada merecerá la pena. Así que sigue retando a la gravedad con su diminuto cuerpecillo.

En su bolsillo, Adelino lleva un tupper. Es de esos pequeñitos que, en las colecciones de 24 tuppers, nunca sirven para mucho. No cabe casi nada. Pero él lo lleva siempre encima. Cuando se sienta bajo el árbol, una señora encina, saca el tupper y lo mira.

Adelino entonces, como si de una película de Tolkien se tratase (él ha visto la saga de “El Señor de los anillo” en versión extendida y luego se ha leído los libros -le gustan más las películas-) se siente como el hobbit que lleva la pesada carga del anillo. Lleno de pesar pero, al mismo tiempo, con la sensación de tener que cumplir una misión, dura y dolorosa, pero necesaria. Adelino deja volar su imaginación. En su mente, rememora la plaza del pueblo cuando, muchos años antes, se llevaron a su padre para nunca volver.

Dos gotas de sangre se hallaron sobre el suelo, en el que alguien había dejado caer unas bellotas. Una gota de sangre sobre una de las bellotas. La otra en la tierra. De esas bellotas crecería la encima que es hoy su sombra. La de la gota de sangre la cogió aquel niño Adelino y la guardó mimosamente en un pañuelo de hilo, el que ahora estaba dentro del pequeño tupper. Cuando miraba el tupper sentía la manaza de su padre sobre su cabecita, revolviéndole el pelo.

Hoy Adelino ha decidido enterrar la bellota con la esperanza de que aún pueda brotar algo de ella. Se ha levantado muy temprano, aún con el alba, y ha ido a la plaza, a la zona que no está ensolada. Ha sacado el tupper. Lo ha abierto. Ha sacado el pañuelo de hilo, casi hecho jirones, y ha mirado la bellota seca. Tal vez no sirva para nada. Tal vez esté muerta. Pero Adelino sonríe cuando la entierra y la riega. Una vez terminada la operación, mete el pañuelo en el tupper y se vuelve a desayunar.

Cuando amanece del todo, Adelino sale a la plaza con su ritmo bailarín, despacito, despacito. Salta sobre la jardinera. Se balancea peligrosamente (como siempre) y acaba sentadito con las piernas colgando. Saca el tupper y, como cada día desde hace años, lo mira.

La estrella fugitiva

Créditos imagen: NASA/JPL-Caltech - http://www.spitzer.caltech.edu/images/5517-sig12-014-Massive-Star-Makes-Waves
Créditos: NASA/JPL-Caltech

“¿Horóscopo? ¿Qué horóscopo? ¿Qué es eso? ¡Anda, anda! Como si no tuviera yo bastantes preocupaciones para que me vengan ahora con tonterías, ¡vamos, por favor!

¿Pero no ven que esto está que arde? ¡La separación ha sido explosiva! Qué manía tienen algunas estrellas de explotar como supernovas… A ver ahora dónde me meto yo. La verdad es que todo el día orbitando y orbitando… ya estaba yo cansado de tanta vuelta. Hasta que mi compi reventó y ahora no hay manera de parar esto…

Y digo yo, que a esta velocidad, a 86.000 km por hora -¡24 km por segundo!, que se dice pronto, oigan- como me la acabe pegando, el reventón va a ser para crear nueva estadística…

Que si “estrella fugitiva” (mira, a ver si me contratan para hacer una película), que si “surcando el polvo espacial” (mejor me callo), que si “estrella desenfrenada surca el espacio” (¿desenfrenada?… ¡y cómo pretenden que me frene!), que si “estrella que se escapa”, que si “labrando el espacio” (qué romántico e inspirador)…

Sí, sí, ¡mucho nombrecito y mucho titular y pocas aseguradoras, que nadie se ha ofrecido para echarme una manita! ¡A ver si se creen que esto es plato de gusto! ¡Cómo voy a estar de buen humor si a la que me descuido me pego una leche! ¡Y mi vida social, ¿eh?! ¿Han pensado en eso? No hay manera de parar en ningún sitio para tomarme algo (¡ahora que por fin entró en vigor la ley antitabaco!).

Y si sólo fuera eso…

Cuando mi colega explotó lo dejó todo perdido. No se pueden imaginar el desastre que tenemos por aquí. Pues para no pegármela (y porque uno es ordenado y limpio) no puedo parar de soplar para abrirme camino, que aquí está todo lleno de polvo y uno no está para andar pagando equipos de limpieza… qué se creían. ¡Con veinte veces el tamaño de su Sol necesito ejércitos para adecentar esto un poco! Y los astrónomos, con sus telescopios infrarrojos, ven mi estela y les encanta. Bonita es, ¡pero no se hacen una idea de lo que cuesta!

Agotado estoy… ¿Porque saben cuánto tiempo llevo así? ¿Eh? ¿Listillos? ¡Pues un millón de años (año arriba, año abajo)!

Me llaman Zeta Ophiuci, y como a alguien se le ocurra hablarme del horóscopo o del zodíaco o de alguna otra cosa de esas… ¡le doy un soplido!

¡Uy! No me puedo despistar ni un momentito, casi me como un trozo de roca… ¡Hala, a ver si alguien se apiada y me echa el freno! Aunque mucho me temo que esto va a terminar reventando por algún sitio. Si ya lo decía yo, no te juntes con estrellas más grandes que tú, que tienen un pronto… “.

 

Inspirado en las noticias “Una estrella se escapa de la constelación que ha cambiado el horóscopo”, por Judith de Jorge/ABC; y en Hallan una estrella fugitiva labrando en el espacio”, Madrid/EUROPA PRESS.

Cuento publicado originalmente el 01/02/2011 en CreativaCanaria.

Créditos imagen: NASA/JPL-Caltech – http://www.spitzer.caltech.edu/images/5517-sig12-014-Massive-Star-Makes-Waves

Jack

Guante de lana.Nunca sabremos de dónde vino, sólo que lo compraron en una tienda por tres euros. Al par. A los dos. Por tanto, a euro y medio cada uno. Al contrario de lo que pueda pensar la gente, dos guantes no tienen por qué llevarse bien. Ni siquiera tienen que conocerse. Pueden pasarse la vida sin hablarse. Es muy triste, sí. Pero es así.

Nadie comprende cómo, habiendo estado juntos tanto tiempo (fabricación, almacenaje, transporte, exposición, adquisición, uso y, fuera de temporada, cajón de la derecha) tienen esa tendencia tan peculiar a permanecer como entes autónomos manteniéndose a la defensiva y evitando entablar relaciones profundas entre ellos. Tal vez lo vean como algo antinatural. Pero ¿qué puede ser lo natural en la vida de un par de guantes?

Yo tengo una teoría. Jack sabía que, tarde o temprano, iba a pasarle lo que le pasó. Nos pasa a todos. Y, para evitarse disgustos, se dejó llevar por su tendencia natural al ostracismo (o, en este caso, al “guantecismo”).

Aquel día ocurrió lo que todos tememos que nos ocurra alguna vez: se perdió.

“No entiendo cómo le has dicho que sí, después de todas las conversaciones que hemos tenido sobre este asunto –María (pues así se llamaba la joven, aunque Jack no lo supiera) se sentó en el banco del metro, quitándose el gorro y sus propios guantes, sin ver que, en el respaldo, reposaba Jack-. ¿Pero no ves que te está engañando? No… No, cariño… No se trata de dinero. Pero si ya lo hemos hablado. Es tu dignidad, ¿no te das cuenta? ¡Así es como se desprestigia una profesión! Pues… pues ya nos arreglaremos. Ya… Ya sé que lo estás pasando mal… ¿Crees que yo no? No es… -se acerca, inexorable, el metro, y María se levanta y se aleja-“.

Jack se queda perplejo. Señala en su mente lanuda las palabras nuevas que ha escuchado: “engañando”, “dinero” y “dignidad”. Empieza a darle vueltas a las posibles combinaciones de letras de palabras cuyo significado no acaba de entender. Porque Jack es un guante pequeño, como de mano de cinco años, y hay cosas a las que aún no ha tenido acceso. Aunque avispado (sin aguijones), Jack es aún joven para discernir ciertas cosas.

Hay mucha gente yendo y viniendo y pocos se sientan en el banco del metro. Lo que más extraña a Jack es que pocos hablan. Leen, miran sus teléfonos móviles, hablan por teléfono… Jack está demasiado acostumbrado a una niña de cinco años que habla por los codos, habla de todo y con todos. Por eso le extraña. A Jack le gusta escuchar y ahora le resulta difícil. Sólo oye retazos, palabras sueltas, murmullos.

Es curioso… Jack no está asustado. Tiene la sensación de que esto forma parte de su trayectoria vital. La vida de un guante de lana de mano pequeña implica perderse. Puede que esa sea su última etapa. Si nadie le ve utilidad, si nadie lo coge, si nadie…

Ahora se ha espaciado el tiempo entre metro y metro y se empiezan a sentar personas. Si no se conocen, no hablan. Eso Jack no lo comprende. Si puedes hablar, deberías intentar hacerlo con los desconocidos. A los conocidos ya se lo has contado todo, ¿no? Tal vez por eso, en la genética de un guante, esté definido el no hacer buenas migas con tu reflejo especular, con tu guante opuesto… aunque a mí me sigue pareciendo una actitud muy, pero que muy rara.

“Esa discusión no me interesa –se sienta una pareja mayor- porque es algo que hemos hablado un millón de veces y siempre llegamos, agotados, a la misma conclusión”. Ella tiene el pelo blanco, tirando a ese azul extraño que llevan algunas abuelas, fruto de una libre interpretación, en las peluquerías, de qué color proporciona mayor presencia a una dama entrada en años. Él está un poco calvo, y el pelo que le queda es gris. Se toca el cuello antes de replicar: “Ya sé que siempre acabamos en tablas, no se trata de convencer a nadie de nada. Y tampoco es una discusión, es una conversación. ¿No podemos hablar de este tema sin sentirnos… agredidos?”. Ella lo mira, sorprendida, y se levanta cuando ve que falta un minuto para el siguiente metro. “No sólo eres testarudo, también eres ingenuo. Y la combinación de las dos cosas te hace ser encantador, pero también pesado. Eres un cansino”. Él se levanta tras ella y ambos entran en el metro, despacito, de la mano. Cuando se cierran las puertas, Jack ve cómo se besan.

Jack sigue ahí cuando se apagan las luces. Ha pasado mucha gente hoy por el metro. Perderse y que te coloquen sobre el respaldo de un banco tiene su encanto. Ha aprendido palabras nuevas. “Conclusión”, “agredidos”, “ingenuo”. “Cansino” ya se la sabía. Y sigue mascullando mentalmente las nuevas palabras, que ya forman parte de su acervo guantil.

Al día siguiente, Marta hace el mismo trayecto que el día anterior. Hoy no ha llevado a la peque a la escuela, le tocada a Alberto, que le ha mandado un whatsapp por si sabe dónde está el guante que le falta. “Vaya, pues igual se le ha perdido. No le gusta que se los ate…”. “Bueno, no pasa nada –escribe Alberto-. Creo que debo tener algunos viejos míos por ahí que guardó mi padre, ya sabes que lo guarda todo. :)”. En ese preciso instante Marta pasa junto al banco donde está el guante. Jack la reconoce. Marta va mirando el móvil…

Y pasa de largo.

Porque el hombre, Sancho, nunca deja de soñar…

Aquella tarde, sin saberlo, Don Quijote decidió cambiar el rumbo de la historia.

Se lanzaría hacia los gigantes a sabiendas de que acabaría molido a palos… o no. Se colocó la destartalada armadura, subió a su maltrecho Rocinante y, mirando a Sancho, sonrió con la confianza de aquel que sabe que tiene razón. Lo había hecho en numerosas ocasiones y no podía defraudar a su nuevo lector.

Pero, por una vez, alguien, en algún recóndito rincón del mundo, leyendo por no se sabe cuál vez aquella breve pero intensa aventura del caballero de la triste figura enfrentándose a los molinos de viento, por una vez, digo, el lector, sorprendido, leería una historia distinta.

La propia pluma de Cervantes, aliada con la tinta en un arranque de independencia, había elegido otros caminos cuando se imprimió aquella versión, redactada en un mundo paralelo de fantasía: hoy el loco vencería a los gigantes.

Y Sancho, perplejo, vio cómo Don Quijote se alejaba y divisó, no sin sorpresa, anchos brazos sobre enhiestas cabezas, gruesas piernas intentando aplastar al enjuto hidalgo en un lento y pesado caminar… Pero, inexplicablemente, no pudieron con él. Continuar leyendo “Porque el hombre, Sancho, nunca deja de soñar…”

Venció.

Exhaustos, sentados a los pies de los ahora molinos, fueron quedándose dormidos mientras les envolvía un atardecer que iba preñando de estrellas el firmamento. “Hemos vencido a los gigantes”, murmuraba satisfecho el caballero andante a su escudero fiel, mientras este, creyéndose inmerso en una ensoñación, afirmaba con la cabeza incrédulo, al tiempo que descubría una Vía Láctea impresionante…

Nadie sabe por qué la pluma y la tinta decidieron regalarles una nueva aventura, pero, de repente, ya no estaban recostados sobre el muro del molino: sin saber cómo, aparecieron a los pies de una enorme cúpula plateada, desde donde podía verse un magnífico mar de nubes.

– Señor, no sé cómo ha sido esta maravilla, pero muy mal hemos de andar para aparecer y desaparecer de libros sin ver nosotros la manera en que esto ocurra…

– No has de temer, Sancho, que magias similares he visto hacer al hombre… pero no parece ésta mala cosa –decía levantándose y mirando hacia arriba-. ¡Pues sí que es éste extraño molino!… Veamos dónde tiene la puerta…

Y dando la vuelta al lugar, dejando al viejo Rocinante y al pollino olisqueando algunas hierbas, encontraron una puerta a través de la cual entraron al interior del edificio del telescopio, pues no era este gigante otro que el GTC.

– ¡Mira Sancho, las maravillas que sabe hacer el hombre! ¿Ves esta enorme mole de metal? ¿Ves, posadas sobre sus piernas, las superficies que, cual espejos, reflejan el cielo? Con estos ojos gigantes, Sancho, estudian los sabios las aventuras que, más allá de las tierras conocidas, ocurren en otros libros.

– Sí que es extraña la cosa, señor, pues lo que ven mis ojos parece un gigante y se mueve despacio, como lo hacían esta tarde al entrar en batalla, pero no veo por ninguna parte cómo puede ayudar a los sabios…

– Este es, Sancho, un invento del futuro… Mientras nuestro autor, Miguel de Cervantes, está escribiendo ésta y la segunda parte de nuestra historia, se suceden en el mundo de la Ciencia maravillosos descubrimientos, entre ellos, el telescopio.

– ¿El teles qué?

– Sancho, un invento que acerca los astros… Pareciera que ves las estrellas más cerca de lo que en realidad están.

– Y eso, ¿por qué lo hacen, señor Don Quijote?

– Porque el hombre, Sancho, nunca deja de soñar.

De repente, se acercó una astrónoma de soporte que les dio la bienvenida…

– Les estábamos esperando. ¿Están preparados para iniciar la visita?

Sorprendidos, Don Quijote y Sancho Panza se miraron y, sin dudarlo un instante, afirmaron con la cabeza.

– Di que sí a todo, Sancho, que vamos a iniciar un viaje por las páginas de este extraño libro, acompañados por inquietos ojos, a quienes desvelaremos quién es este cíclope y cuáles son sus secretos…

—————————- (Tras visitar el telescopio)——————————-

Don Quijote y Sancho llegaron, finalmente, a la sala de control, donde los astrónomos recibían la información enviada por los instrumentos.

– Un telescopio es como una máquina del tiempo: con él se pueden ver cosas que pasaron hace mucho tiempo. Esto es una nebulosa: la estamos estudiando para conocer su evolución… Están compuestas de gases y polvo, y en ellas se forman estrellas y sistemas planetarios semejantes al nuestro…

A Sancho, que ya tenía hambre porque no había cenado, se le antojó que la nebulosa parecía una inmensa bandeja de brillantes viandas… A Don Quijote le maravilló tanto el contemplarla que pidió, si aún no se le había puesto nombre, que la llamasen Dulcinea.

– “Nebulosa Dulcinea”… La sin par del Toboso puede estar contenta. De esta aventura he logrado, no sólo vencer por fin a los gigantes, sino que he podido también contemplar una belleza igual a la de mi amada reflejada en el cielo. ¡Volvamos, Sancho, a nuestra historia! Que no se diga que no nos enfrentamos a mil aventuras con valentía. Hoy hemos cambiado un poco el discurrir de Cervantes, pues hemos burlado unos cuantos golpes y hallado un nuevo gigante cuyos vientos nos han sido favorables. Otros libros nos han acogido hoy, Sancho. Pero hemos de regresar.

Salieron al exterior. La noche cerrada no impidió que encontraran sus cabalgaduras. Pero, antes de marcharse, decidieron sentarse de nuevo a los pies de aquel gigante para contemplar la hermosa noche de la isla de La Palma.

Sancho preguntó, no sin antes pensar en las palabras de la astrónoma sobre la “máquina del tiempo”:

– ¿Por qué habremos hecho este viaje, señor?

A lo que Don Quijote respondió:

– Porque quiénes sino nosotros, dueños tan sólo de la ilusión por alcanzar lo imposible, podíamos acompañar a los lectores en este descabellado empeño donde lo imaginado se hace realidad…

Sancho cerró los ojos, de nuevo adormecido, viendo en sus retinas la magnífica nebulosa que acababa de contemplar y recordando la frase que le dijera Don Quijote:

“Porque el hombre, Sancho, nunca deja de soñar”.

—-

Cuento publicado en el “Libro del GTC“, editado con motivo de la Primera Luz del Gran Telescopio Canarias en el año 2007.

Macroaventuras de un microbio

Me presenté voluntaria para esta misión porque consideré que supondría un avance para la ciencia.

Mi vida de Bacillus Subtillis (Bacu para los amigos, aunque a todas nos llaman igual…) es bastante rutinaria.

Normalmente vivo pegado al suelo (como verán, utilizo indistintamente el sexo masculino y femenino, por eso de que no tenemos…-qué cosas-).

La verdad es que como soy tan endiabladamente resistente pensé: “¿Por qué no viajar al espacio y pasar allí una temporadita? Total, el sueldo está bien y no voy a tener gastos. ¡Vámonos pues!”.

Soy algo así como un extremófilo, entendiendo por extremófilo no aquello que se afila en un plis plas, no. Un extremófilo tampoco es un bicho extremista (es que he oído de todo en estos meses, antes de salir de misión, y me gusta dejar las cosas claras).

Un microorganismo extremófilo es un bichito microscópico que puede vivir en condiciones extremas: lo mismo enterrada en el hielo del Ártico que en un ardiente desierto, o en líquidos ácidos o zonas radiactivas en las que se supone que nada vivo puede sobrevivir (valga la redundancia, pero es que no hay otra forma de decirlo… o sí, pero no me traje el diccionario por falta de espacio… menos mal que está la wikipedia).

Parece ser que tengo una endospora bastante dura… en realidad, cuando veo que la cosa se pone fea, en unas diez horas tengo este escudo protector que me deja tranquilo. Eso no lo atraviesa casi nada. Y me quedo tan ancha. Me convierto en “SuperBacu”. No llego a ser un tardígrado, pero me defiendo bien. Por eso nos propusieron este viaje, para ver qué tal la vida aquí en el espacio para nosotras. De hecho, la nave se llama O/Oreos (Organism/Organic Exposure to Orbital Stresses), o sea, que nos van a poner nerviosas a ver qué tal reaccionamos (pero para mí que yo me voy a quedar igual…).

Y aquí estamos: no hacemos mucho, la verdad es que esto se parece bastante a la rutina de allí abajo. Bueno, la diferencia es que al no haber gravedad no hacemos más que flotar, flotar, y flotar a 640 kilómetros sobre la Tierra en lo que llaman “microgravedad” (claro, al ser pequeñitas, todo es “micro”). Y es que estamos metidas en una nave del tamaño de una barra de pan (de las buenas, no de esas minis que venden ahora, que ahí sí que habría fricciones entre nosotros). Aquí no sólo estamos las Bacu, también hay Halorubrum chaoviatoris y cuatro tipos de materia orgánica…

¡Uy! Ya empieza lo bueno. ¡Marchaaa! Están empezando a darnos caña con la radiación ultravioleta y la radiación cósmica. Ay mi madre… nos están rehidratando. Pues nada, a ver qué tal van los experimentos. Esto va a ser la fiesta del siglo, aunque como empecemos a reproducirnos lo mismo se “calienta un poco la cosa”… por algo somos los organismos más extendidos del planeta, no nos para nadie…

Por cierto, ¿no creen ustedes que para ser tan pequeños estamos viviendo una aventura impresionante? ¿Qué hace un microorganismo en una micronave espacial? Ya se lo digo yo:

¡Vivir una macroaventura!

Inspirado en la noticia del diario ABC “Una micronave de la NASA pone a prueba la vida en el espacio , por Judith de Jorge/Madrid

Publicado el 22 de enero de 2011 en el blog de CreativaCanaria, lo recupero aquí y se lo dedico a mi recién doctorada amiga Laura, que de bichitos extremófilos sabe un rato. 😉

¿Me concede este baile, señorita?

Los satélites TanDEM-X y TerraSAR-X durante su vuelo. Créditos: DLR.14 de octubre de 2010. Fue entonces cuando por fin empezó a acercarse a mí. Llevaba un tiempo observándolo, llena de preguntas. El vacío está helado. ¿Se imaginan estar allá arriba, sola, en silencio, sin nadie con quien hablar, sin un triste compañero con quien compartir las alegrías y las penas?

¿Se imaginan mi sorpresa, después de estar tres años sola, cuando vi que él llegaba hasta donde estaba yo y empezaba a mirarme? Al principio me asusté. Han sido cinco meses de mirarnos en la distancia. Sin más…

Así que cuando empezó a acercarse se me recalentaron todos los circuitos (es una metáfora, claro). Porque, generalmente, estamos solos. Hay muchos como nosotros. Muchas almas perdidas orbitando la Tierra que, con el tiempo, cuando ya no son útiles, van acercándose a la atmósfera y la atraviesan hasta desintegrarse o, con suerte, caer al mar. Continuar leyendo “¿Me concede este baile, señorita?”

Caer al mar… Dejar atrás el silencio…

Ahora ya no estoy sola. Me llamo TerraSAR-X, soy alemana y me encanta la fotografía. De hecho, me dedico a ello profesionalmente. Mi pareja, mi media naranja, quien ha completado mi vida de satélite, se llama TanDEM-X.

Cuando inició su acercamiento cualquier paso en falso habría dado al traste con nuestras ilusiones… Pero todo salió bien. “¿Me concede este baile, Señorita?, me dijo”.

Aunque el vacío sigue siendo frío y el silencio impera, ahora mismo todo es diferente. Ahora mismo miramos hacia abajo y fotografiamos juntos la Tierra para hacer un mapa tridimensional de lo más completo. Ser un satélite no significa que no tengamos nuestro corazoncito. Y es la primera vez en la historia de la tecnología que dos satélites bailan tan cerca.

Y, aunque el riesgo de choque sea un temor callado, él y yo no paramos de sonreír.

Publicado en octubre de 2010 en el blog CretivaCanaria, inspirado en la noticia del diario ABC “Dos satélites alemanes vuelan casi pegados en una arriesgada maniobra”, por J. de J./Madrid.

Se me han roto las alas

Luisa Rojo Gayán. Exposición de Fotografía “Alas rotas”. http://www.luisa-rojo.com/fotografia/exposiciones/alas-rotas.html

Estaba yo con la cabeza en otra parte.

Sí.

Literalmente.

Me la desencajé por la base del cráneo y me la fui dejando por ahí… es que soy muy despistada. Me la dejé en la frutería, al lado de los melones, y no quedaba mal, incluso hacía juego (salvo por el color, claro… y porque los melones no tienen ojos). Me la dejé también en un probador de ropa y esa vez tardé más en recordar dónde me había dejado a mí misma. En realidad no sabía muy bien quién dejaba olvidado a quién. Creo que por momentos era la cabeza la que perdía al cuerpo. Aunque no me preocupaba mucho. Era como si durante algunos segundos nada importase. Imagínense: olvidar la cabeza. Perderla y no recordar dónde la has dejado… y que no te importe lo más mínimo. A veces la tenemos tan cargada de cosas que es más cómodo desmontarla y deshacerse temporalmente de ella. Otras veces basta con conectarla a alguna fuente de vaciado, como puede ser una tele o algún juego chorra de internet. ¡Uy, internet! Eso mejor no, que llena mucho y a veces hasta hace pensar. La tele no. Para encontrar algo que merezca la pena hay que buscar mucho… En fin, es como todo. Yo ahora mismo no sé ni cómo estoy escribiendo. Tengo la cabeza en otra parte. Tal vez en la cocina mirando la nevera vacía y valorando dónde quedarían mejor los huevos (esos morenos que tienen impresa en rojo la fecha de caducidad). O en la ventana viendo la lluvia mientras cae la tarde, chocando sobre el cristal y formando diminutos riachuelos que resbalan hasta caer sobre el alféizar. O en el parque respirando la humedad de la tierra, sintiendo cómo se me moja el pelo y se me pega a la cara… O en aquel balcón cálido parecido a un invernadero, junto a mi orquídea preferida, viendo en tiempo real cómo se abren sus magníficas flores… mientras detrás el sol tiñe de naranjas el juego de nubes que flotan sobre el mar… Continuar leyendo “Se me han roto las alas”

Mi cabeza no está. Se ha enfadado. Y creo que se ha enfadado conmigo. Ay, qué difícil es lidiar con alguien tan cabezota… Lleva días ignorándome. Cada vez que intento que vuelva se da la vuelta y se enfurruña… Yo le digo que no he podido evitarlo, que tenía que elegir. Ella no entiende que en la vida, como decía mi querida Cleopatra, hay unas pocas opciones: hacer lo que debes, hacer lo que quieres… o no hacer nada.

A mí me ha tocado hacer lo que debo. Lo he hecho en contra de mí misma. He tenido que elegir entre mi miedo y mis alas. Y mi cabeza no me lo ha perdonado. Menudo fastidio… Ahora que he hecho lo que debía mi cabeza ha decidido no hacer nada hasta que elija lo que de verdad quiero hacer y lo haga. ¡Esa maldita cabeza llena de pelos! Mira que me está dando quebraderos de cabeza… ¡En realidad me importa un bledo que se quede por ahí! Lo prefiero. Esta cabeza no sigue la corriente, no encaja en este mundo… ¿No entiendes que las alas ya no servían para volar? Solo me daban problemas. ¿Saben lo que cuesta el mantenimiento de unas buenas alas? ¿Unas alas bien cuidadas y preparadas? Es un esfuerzo muy grande para los tiempos que corren. Y ya no era fácil.

… por eso se me han roto las alas…

¿Creen que hice mal?

Ay, mi cabeza… Es posible que si voy a aquel jardín me la encuentre oliendo alguna flor chuchurrida. Yo le diré “eso no huele a nada”. Y ella me responderá “porque tú lo digas, idiota”. Me mirará, de nuevo enfurruñada, y elegirá un trozo de hierba verde desde el cual me ignorará con el entrecejo marcado (si pudiera, se cruzaría de brazos y me daría una patada en la espinilla). Mientras, yo seguiré esperando que se vuelva. En algún momento, se volverá a mirarme. Yo, descabezada, seguiré ahí, esperando.  Y cuando vea que su ceño se relaja un poco (porque en el fondo le doy pena) me daré la vuelta para enseñarle mis alas. “Las mandé arreglar”, le diré. Y ella sonreirá primero. Luego soltará una lágrima. Volverá conmigo mientras acaricio una de mis alas heridas.

Voy a curarme despacio. Me va a costar no estar todo el día discutiendo con ella, con mi cabeza. Sé que volverá a quedarse por ahí, en la barra de alguna cafetería junto a los restos de un colacao, o en un andén de metro tirada en un rincón. Es que soy muy despistada. Pero aunque a veces discutamos, aunque alguna que otra vez incluso nos odiemos, tengo que reconocer que tiene razón. Prefiero hacer lo que quiero. Prefiero tener miedo durante un tiempo que toda la vida. Y, llegados a un extremo, prefiero no hacer nada durante un tiempo para que me dé tiempo a pensar (valga la redundancia). Y luego hacer las cosas bien. Lo que quiero, no lo que debo. Así conservaré mis alas. Que ha costado mucho llegar hasta aquí para que ahora me las corten.

El roce en tu mejilla

 

Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)
Imagen del blog de Silvia Plana Pintoretto (http://ilustracion-pintoretto.blogspot.com)

Dicen los que cuentan cuentos que, a veces, los sueños dominan la realidad y nos abren puertas hacia secretos deseos que desconocíamos.

Las conexiones neuronales de nuestros cerebros (ese cuyos perjúmenes nos sulibellan cuando quieren), nuestras percepciones (engañosas las más de las veces), lo que olemos, tocamos y saboreamos, se mezcla en extrañas vías paralelas y nos arrastra hacia caminos inextricables. Entramos en bosques de acero como quien entra a un jardín de acacias, paseamos por valles de fuego como si las llamas fueran de caramelo, jugamos con la luz como si pudiésemos asirla, el puntillismo se convierte en una colección de galaxias o el roce de la lana, de repente, nos hace cosquillas en el paladar…

Son sueños de plastilina, de madera viva, de hierro con sabor a menta… son sueños de dibujos animados, sueños en blando y negro, sueños sin forma amarilla o sueños que cantan alegres réquiems. Son sueños de azúcar glasé que brota de tallos verdes, campañas de políticos afónicos, tacones planos envueltos en nubes, una película hecha sólo de créditos, una canción de una sola nota que, sin embargo, no suena. Sueños con personalidad propia e impropia. Sueños emergentes, divergentes o detergentes.  Esos sueños pueden ser tan reales que, a veces, nos despertamos llorando. Continuar leyendo “El roce en tu mejilla”

Nos despertamos. Creemos que nos despertamos. Y ya nunca nada vuelve a ser igual. Esa fracción de tiempo que flota en el aire, ese margen de tiempo en el que todo es tan firme como el agua, ese entorno asfixiante de liberación infinita que, hasta hace un momento, era nuestra única realidad, ese abismo en nuestro espacio, esa miseria del alma enrarecida… eso es el roce en tu mejilla.

Ayer estabas en mis sueños. Eras tan real que me enamoré de ti. Vivimos una vida juntos. Recuerdo vagamente el momento en que te conocí, los hijos (3 o 7) que tuvimos juntos, el día de nuestro compromiso ante un millón de estorninos, la primera vez que te dije “te quiero”, el accidente en aquella carrera de caracoles del que nos salvamos por los pelos, nuestro primer hogar, dulce; aquella pelea en la que me tiraste un pan bimbo y nos reímos de Punset, el primer camión de bombonas de butano de juguete que tuvo nuestra hija, el césped brillante sobre el que te sentabas a leer, la sensación de amor salvaje que me invadía al mirarte sentado fuera, mientras yo tomaba un té en la cocina (¿o era el dormitorio… o el salón?).

Recuerdo cómo me mirabas mientras tú creías que dormía, el miedo cuando ellos crecían, tu mano de huellas en la mía, las discusiones por el gato/perro/ornitorrinco que brincaba en la terraza (¿o era un jardín?). Los besos eternos, eternos, eternos, eternos… También recuerdo cada marca de tu cuerpo, blanco, mío, suave, delicado, firme… Cada pliegue de tu piel envejecida por el tiempo. Y seguí amándote a través de las arrugas y te seguí mirando y me seguiste mirando y el ornitorrinco/gato/perro seguía allí enredado en nuestros pies de zapatillas y periódico y libros no digitales.

Recuerdo las carreras para llegar a la facultad de pizzas, los nervios de un examen que no recuerdo de qué era, tus palabras sin sentido que cobraban vida y echaban a andar sobre aquel terraplén de grava, cuando no echaban a correr hacia el alfeizar de la ventana desde la que te asomabas a no despedirme porque nunca me iba…

Recuerdo lo guapísimo que estabas cuando ya no te fijabas en mi pelo, y lo lejos que quedaban tus manos cuando la casa de cinco teras empezó a desmoronarse… y lo cerca que estaban tus labios del espejo cuando te viste por fin y llegaste corriendo con aquel libro debajo del brazo y me dijiste que ya lo entendías todo, que ahora podrías empezar a fabricar cristales de azúcar moreno…

Cuando todo parecía ser un bucle perfecto en el que oía coches frenando, barcos en el puerto, cielos cargados de cigüeñas que ya nunca se van, flores rojas que nunca se secan, Esperanza Spalding (¿estaba en el despertador?) susurrándome “Little fly” de William Blake, tú diciendo que los mosquitos eran para el verano, niños armando un escándalo horroroso, el sol haciéndome cosquillas en la playa a la que nunca voy, el sudor de alguien que no sé quién es… cuando todo parecía ser algo tangible, entonces desperté.

En ese puente entre la actividad neuronal del no yo y mi personificación más allá del holograma… en ese momento en el que aún no sabemos si somos o no somos… en ese salto al vacío, juro, prometo, que eras tan real que me enamoré de ti. Y me atrevo a apostar algo… sentí el roce de tu mejilla.

Y es todo lo que me queda.

 

El Asesino

ATENCIÓN: Este es un cuento de muy mal gusto (no quiero con ello decir que lo haya escrito nadie llamado Muy Mal Gusto, sino que realmente se trata de un cuento de mal gusto, así que si creen que su sensibilidad puede verse herida, no sigan leyendo).

Érase una vez que se era, como todo lo que existe y existirá, un asesino en serie que quiso dejar su meteórica carrera. Era este un asesino sádico, despiadado, metódico y sin complejos. Al contrario de lo que pretenden vendernos en las películas, este asesino no quería entrar en lid con ningún poli chulo, ni pretendía salir en los periódicos, ni tener ningún tipo de protagonismo. Era un asesino de los de verdad, dedicado a su “trabajo”. No aceptaba encargos (a alguno que había intentado hacérselos le había dado finiquito) ni mantenía contacto con nadie del “gremio”. Se dedicaba a lo suyo y nada más. Continuar leyendo “El Asesino”

Durante una época tuvo que fingir una vida normal para no despertar sospechas. Eso sí que era un fastidio. Llegaba a casa e intentaba convivir con su familia y, aunque “viajaba” bastante, nadie le hacía preguntas porque todo estaba planificado y justificado a la perfección. Lo intentó durante unos años, pero le costaba mucho disimular cariño… la verdad es que se le daba fatal. Estaba todo el día generando traumas por falta de afecto. Y eso le molestaba…  Le gustaba hacer las cosas bien y era totalmente consciente de su falta de capacidad para amar. Lo único que le gustaba era matar. Al final se cansó de estar fingiendo y eliminó a toda su familia. Fue un lamentable accidente. Volvió a una vida solitaria. Y nunca nadie sospechó nada.

Al principio, como en todo, mataba de uno en uno. Pero la última vez había matado a veinte personas de una atacada. Pensaba que era mucho más práctico, y que ya que se ponía a trabajar, podía intentar repetirlo en los entornos adecuados. Sus técnicas eran también muy variadas, no le hacía ascos a ningún arma, a ninguna técnica, a ninguna víctima. En realidad no se ajustaba a ningún perfil de asesino en serie. Siempre le pareció una gilipollez eso de andar eligiendo pelirrojas, o jóvenes imberbes, o mujeres que te recuerdan a tu madre… No. Este asesino mataba lo que pillaba. Tampoco es que fuera así, al tun tún, pero vamos, que lo mismo daba un anciano, que una joven, que un caballero, que un niño… Era un asesino asquerosamente  democrático.

Sin embargo, un día, sentado frente al espejo, nuestro asesino en serie empezó a plantearse algunas cosas. Le parecía injusto no poder hacer la declaración de la renta. Porque, claro, no podía dar a conocer sus actividades. Y es que nuestro protagonista aprovechaba los crímenes para robar un poco de aquí y otro poco de allá, básicamente para ir tirando. No era una persona ambiciosa, se conformaba con lo que tuviera la víctima de turno, pero eso de no poder declarar sus ingresos le fastidiaba. Frívolo como el que más, se planteaba esto mientras estudiaba su siguiente asesinato.

Además de esta cuestión pecuniaria, este personaje empezó a plantearse que su papel en la sociedad era necesario. Que sin sus esfuerzos no habría temor, no existiría el miedo… muchas leyendas se alimentaban de asesinos que en algún momento habían sido reales. El hombre del saco, el sacamantecas, Jack el destripador…  Pero él no pretendía destacar. Se limitaba a su día a día. ¿Crímenes sexuales? Por favor, qué vulgaridad… No, no, no. Crímenes sociales. Justificados. Necesarios. Tampoco es eso de ir por ahí asesinando asesinos (como en Dexter)  pero creía estar cumpliendo con una obligación. Si tenía esa capacidad era por algo. La vida le había forjado así. No tuvo una mala infancia. Sus padres eran normales. Estudió. Y antes de graduarse ya había asesinado a unas cuantas personas. Y, al hacerlo, sintió que había nacido para eso. Pensó que muchos antes que él ya lo habían hecho. Y no se equivocaba.

Lo reconoció una vez más: había tenido mucha suerte. Su capacidad para matar, su innegable falta de empatía, sus tendencias criminales… se habían cruzado con aquella magnífica guerra. La guerra. La razón que justifica toda atrocidad.

Nuestro asesino se levantó, se caló la gorra, se miró el uniforme y salió al campo. Le daba igual si eran blancos, negros, asiáticos, judíos o árabes, ateos o cristianos. Él estaba allí por lo que estaba. Porque había encontrado su lugar en el mundo. Y si algún día llegaba el final de esta guerra, le daba igual. Sabía que habría más. Qué gran satisfacción le daba eso (casi tanta como el propio acto de matar). Y también sabía que podía irse cuando quisiera. Matar a todos los que se suponía que eran sus compañeros y desaparecer sin dejar rastro.

Pese a que se planteaba dejarlo algún día (“¿Dejarlo? Esto no es como fumar, amigo”, le había dicho una vez a un soldado mientras charlaban inocentemente)  no encontraba el momento. Se estaba haciendo mayor, sus técnicas se iban refinando, pero su destreza iba disminuyendo. Su carrera era meteórica, sí, pero una vez en la cima, solo quedaba bajar.  Tal vez había llegado la hora. Tal vez, con lo que tenía ahorrado, pudiera dedicarse a otra cosa. Solo tal vez. Y planteándose las opciones que le había ofrecido el destino, descubrió algo: que había muchas formas de matar. Múltiples y variadas maneras de asfixiar a la víctima. Miles de formas de estrujar sus entrañas hasta dejarlas sin nada… Muchísimas maneras de disfrutar mientras dejas al otro sin respiración. Y nuestro asesino en serie, que existió, existe y existirá, decidió cambiar de profesión y hacerse banquero.

NOTA: Lo advertí: si eres banquero, lo siento, es solo ficción.